Capítulo 5 La confesión del nombre prohibido
El mes de noviembre hizo su entrada en Derbyshire con una helada temprana que vistió los brezales de un blanco cristalino y quebradizo.
En Ravenswood House, el fuego de carbón de las chimeneas apenas lograba disipar la humedad que se filtraba por los zócalos de roble, y el ambiente familiar se había vuelto aún más opresivo.
Lord Thomas había recibido dos misivas lacradas desde Londres: una anunciando la inminente llegada de un viejo conocido de la corte para la temporada invernal, y otra exigiendo la liquidación de ciertos pagarés atrasados vinculados al arrendamiento de las tierras bajas.
Para Isabella, cada conversación en la mesa del desayuno era una sutil partida de ajedrez donde sus padres movían las piezas en dirección a un matrimonio ventajoso, mientras ella utilizaba su ingenio para esquivar los jaques con una cortesía tan impecable que resultaba desesperante.
Dos días después del encuentro en el claro de los sauces, el mundo exterior volvió a colarse en la vida de Isabella a través de un canal insospechado.
Eran las diez de la mañana cuando la doncella Martha entró en el salón matinal con una bandeja de plata, visiblemente pálida y sosteniendo un paquete envuelto en papel encerado y atado con un cordel de cáñamo oscuro.
—Señorita Isabella… —susurró la muchacha, mirando hacia la puerta por si Lady Eleanor aparecía en el pasillo—.
El mozo de cuadras dice que el… el criado enorme de la casona vecina dejó esto en la cancela baja hace una hora.
No dijo palabra, solo pronunció su nombre con una voz que parecía salir de debajo de la tierra y se marchó cuesta arriba. ¿Debo tirarlo al fuego del horno?
Isabella sintió un vuelco súbito en el pecho, pero su semblante permaneció tan sereno como el agua de un pozo.
—Si tiramos al fuego la correspondencia de los vecinos, Martha, tendríamos que arrojar también las cartas del vicario, y Dios sabe que no tenemos carbón suficiente para tantas quejas —respondió con una sonrisa mordaz—.
Dámelo. Es una muestra de cortesía botánica por unas ramas secas que retiraron del linde.
Vuelve a tus labores y no mortifiques a mi madre con fantasmas imaginarios.
La doncella asintió aliviada y desapareció con un crujido de enaguas.
A solas en la biblioteca, junto a la ventana donde Argos descansaba con el hocico apoyado en una pila de atlas antiguos, Isabella desató el cordel con dedos ágiles. Bajo el papel encerado no había joyas ni notas galantes de salón. Había un pliego de partituras de una antigüedad prodigiosa.
El papel era recio, de un tono marfil tostado por los años, con los bordes ligeramente deshilachados.
En la parte superior, trazada con una caligrafía magistral en tinta sepia que olía vagamente a corteza de encina y sándalo, figuraba el título de una composición: Passacaglia para tecla y cuerda menor.
No llevaba nombre de autor impreso, pero la notación musical mostraba una complejidad armónica que dejó a Isabella sin aliento.
Entre los pliegos había una tarjeta de cartulina gruesa. En ella, con una letra cursiva recta, firme y de trazos aristocráticos, se leía:
«Para la señorita Ravenswood.
Dicen que la verdad solo puede encontrarse en el silencio de las notas que no buscan el aplauso del vulgo.
Esta pieza fue escrita en el sur de Europa mucho antes de que el mundo decidiera que la prisa era una virtud.
Me tomé la libertad de rescatarla del polvo de mi equipaje creyendo que sus manos sabrían devolverle la respiración.
Estaré esta tarde junto al viejo puente de piedra del arroyo bajo, si el clima y la prudencia inglesa le permiten a una dama discutir de contrapuntos sin el arbitrio de un tribunal parroquial.
—M.»
Isabella releyó la nota tres veces. La audacia del caballero pálido rozaba lo intolerable para las normas de 1799, pero la sutileza con la que apelaba a su intelecto desarmaba cualquier reproche moral.
Aquel hombre no la cortejaba como a una jovencita tonta con versos empalagosos; le hablaba de igual a igual, desafiando su mente y reconociendo su soledad.
A las tres de la tarde, cuando el sol comenzaba su lento declive teñido de cobre sobre las laderas heladas, Isabella se abrigó con su capa de lana gruesa forrada en piel, calzó sus botas de marcha y, con un chasquido suave, llamó a Argos.
Salió por la puerta trasera de los huertos, bordeando los establos para no levantar las sospechas de los criados.
El viejo puente de piedra al que se refería la nota era una construcción romana semiderruida que cruzaba el arroyo en el fondo de la vaguada, justo en el punto ciego donde los árboles ocultaban la vista tanto de Ravenswood House como de Blackwood Manor.
El agua corría allí con un murmullo frío y cristalino entre piedras tapizadas de musgo verde oscuro.
Cuando Isabella llegó al recodo del sendero, Argos soltó un ladrido alegre, sacudió las orejas y trotó hacia la barandilla de piedra con la familiaridad de quien acude a una cita largamente esperada.
Allí estaba él.
El caballero pálido vestía una levita de paño pardo oscuro, abotonada hasta el cuello con botones de hueso, y calzones de montar ajustados.
Apoyaba un codo en el pretil de piedra del puente, contemplando el fluir del arroyo con esa quietud absoluta que parecía propia de una estatua de abadía.
Al escuchar las pisadas de Isabella sobre la grava helada, se volvió despacio.
Bajo la luz dorada y oblicua del atardecer, su piel traslúcida parecía casi tibia, y sus ojos oscuros brillaron con una vivacidad que transformó de inmediato la solemnidad de su porte.
—Puntual como el sol de noviembre, señorita Ravenswood —dijo él, quitándose el sombrero de copa plano con un ademán amplio y ceremonioso, revelando su cabello negro peinado con sobria elegancia—.
Confieso que aposté conmigo mismo tres peniques a que la prudencia de Derbyshire ganaría la partida y me dejaría aquí congelándome en compañía de las truchas.
Isabella se detuvo a tres pasos de él, con las manos resguardadas en su manguito de lana y una ceja ligeramente arqueada.
—No se vanaglorie demasiado, señor Conde —replicó ella con voz modulada y serena—.
Mi presencia aquí no responde a su galantería epistolar, sino a una duda puramente técnica.
La Passacaglia que envió a mi casa tiene una progresión en el tercer compás que desafía cualquier tratado armónico que haya estudiado.
¿De dónde ha sacado esa partitura? La tinta parece tener al menos un siglo de antigüedad.
El noble soltó una risa baja, un sonido cálido y sincero que pareció entibiar el aire cortante de la vaguada.
—La partitura tiene exactamente ciento diez años, señorita.
Y la progresión armónica a la que se refiere fue una discusión encendida durante una cena en Sevilla entre un organista flamenco bastante terco y un servidor, que sostenía que el bajo continuo debía obedecer a la emoción y no a las matemáticas de la Sorbona.
Por supuesto, el flamenco terminó arrojándome una copa de vino de Jerez a la pechera, lo que demostró que su temperamento era bastante más salvaje que su música.
Isabella clavó sus ojos avellana en él. La agudeza de su mirada no dejó escapar un solo detalle: la compostura perfecta, la absoluta naturalidad con la que el caballero soltaba aquellas fechas imposibles y la falta total de impostura en su rostro.
—Otra vez —dijo Isabella, dando un paso al frente con una media sonrisa irónica que acentuó la curva inteligente de sus labios—.
Sevilla. Hace ciento diez años. Si sigue acumulando residencias y siglos a este ritmo, señor mío, empezaré a pensar que me encuentro ante un loco muy leído o ante un fabulador extraordinariamente entretenido.
¿Acaso espera que me crea que cenó con organistas en tiempos del rey Carlos II de España?
El caballero la contempló en silencio durante unos segundos. Sus ojos oscuros, habitualmente velados por una capa de distanciamiento aristocrático, se abrieron con una mezcla de sorpresa y fascinación desarmada.
En ese momento, una figura inmensa emergió silenciosamente de la espesura del robledal a unos treinta pasos de distancia.
Nicholas se detuvo junto a un fresno centenario, con los brazos cruzados y la mirada de acero atenta a los caminos altos.
Medía su metro noventa con la inmovilidad de una torre de vigía, pero no hizo ademán de intervenir.
El noble bajó la mirada hacia Argos, que se había sentado sobre las hojas secas junto a sus botas, demandando atención.
El caballero se inclinó, rascó el pecho del perro con esa ternura instintiva que siempre mostraba hacia los animales y luego extrajo de su bolsillo un trozo de cecina curada, limpia y envuelta en lino, ofreciéndosela al setter.
Argos la tomó con una delicadeza impecable y comenzó a masticar con ojos entornados de felicidad.
—Los sobornos gastronómicos son un recurso indigno para ganarse a un filósofo, señor Conde —comentó Isabella, cruzándose de brazos con fingida severidad.
—La diplomacia antigua siempre ha dependido de los banquetes bien provistos, señorita —bromeó él, enderezándose despacio y sacudiéndose los dedos con una sonrisa chispeante—.
Pero tiene usted toda la razón: su inteligencia es demasiado despierta para los juegos de salón, y me temo que mi lengua tiene la mala costumbre de recordar las cosas en voz alta cuando se encuentra ante alguien que realmente sabe escuchar.
El caballero dio dos pasos lentos sobre los adoquines del puente, apoyándose en su bastón de ébano con pomo de plata.
Se detuvo junto al pretil, mirando hacia el curso del agua que se perdía en las sombras de los sauces.
Cuando volvió a hablar, el tono burlón y ligero había desaparecido por completo, sustituido por una gravedad profunda, tan densa y limpia como el cristal de una roca antigua.
—Usted me preguntó el otro día, a través de la verja, si debía llamarme «Conde de Mortemer» —comenzó él en voz muy baja, asegurándose de que el murmullo del arroyo amortiguara sus palabras—.
Y yo le respondí que ese título bastaría para las conciencias de este condado.
Pero veo en sus ojos que las respuestas convenientes le resultan un insulto.