Capítulo 4 El encuentro en la verja de los sauces #2
Isabella lo observó con renovada agudeza. No era el halago vacío de un galán de salón; era el análisis certero de alguien que comprendía la anatomía íntima de la música.
—La música que no tiene espacio para el silencio es solo ruido bien ordenado —repuso Isabella, cruzando las manos dentro de su manguito de piel—.
Me aburren profundamente las piezas complacientes que mi madre insiste en que aprenda.
Parecen compuestas para acompañar el tintineo de las cucharillas de té y los murmullos sobre quién ha comprado una nueva yegua en la feria.
Albinoni, al menos, parecía entender que la tristeza es el único sentimiento del que el ser humano no puede burlarse.
El caballero soltó una exclamación apagada, un suspiro de deleite intelectual que iluminó sus ojos oscuros como dos brasas en la penumbra del bosque.
—¡Dios bendito! —murmuró, sacudiendo la cabeza con una sonrisa que mostraba unos dientes blancos y perfectos—.
Una dama inglesa en 1799 que comprende la dignidad del dolor en el arte.
Si le dijera cuántas tardes pasé en los salones dorados de Viena y Madrid escuchando a damiselas aporrear el clavicordio solo para exhibir la blancura de sus muñecas ante pretendientes idiotas, usted entendería por qué este jardín abandonado me parece ahora mismo el lugar más afortunado de Europa.
Isabella enarcó una ceja castaña, atrapando al vuelo el detalle temporal con la rapidez de un halcón.
—¿Madrid y Viena? Parece que su señoría ha viajado mucho.
O que tiene una memoria histórica extraordinariamente vívida.
Primero Mantua hace ciento cincuenta años, y ahora los clavicordios de Madrid.
Si sigue acumulando residencias, empezaré a pensar que el vicario no estaba tan equivocado cuando sugirió que usted podría haber presenciado la caída de Constantinopla.
El noble no se inmutó. Por el contrario, soltó una risa franca, baja y melodiosa, apoyando ambas manos sobre la empuñadura de plata de su bastón y mirándola con una chispa de picardía traviesa en los ojos.
—Constantinopla me pilló un poco lejos, lo admito; por entonces el Mediterráneo oriental era un hervidero de galeras otomanas bastante incómodo para los viajeros pacíficos —bromeó con una seriedad fingida tan impecable que resultaba imposible discernir dónde terminaba la burla culta y dónde
empezaba la realidad—.
Pero le concedo el punto: mi lengua suele ser más rápida que mi prudencia cuando encuentro a un interlocutor que no necesita que le expliquen las metáforas dos veces.
Dio un paso lateral y señaló con el bastón hacia un viejo cerezo silvestre que crecía junto al sendero.
—Dígame, señorita Ravenswood, ya que hemos despojado a la música de sus máscaras sociales: ¿qué es lo que realmente le gusta tocar cuando nadie la escucha? ¿Qué busca cuando sus dedos tocan esas teclas de caoba?
La pregunta era directa, desprovista de la falsedad de los cumplidos habituales.
Isabella sintió que aquel hombre, con su piel de mármol y su halo de misterio extranjero, la estaba mirando por dentro, traspasando las barreras que ella misma había construido durante años para protegerse de la superficialidad de su entorno.
Isabella respiró hondo. El aire olía a corteza mojada y a resina de pino.
—Busco la verdad —respondió ella con voz pausada y sincera, olvidando por un momento la ironía defensiva—.
Vivimos en una época en que todo el mundo finge.
Mi padre finge que nuestras tierras siguen produciendo lo mismo que en tiempos de mi abuelo; mi madre finge que los bailes de Londres son el centro del universo moral;
y los pretendientes que se acercan a nuestra casa fingen que les interesan mis pensamientos cuando en realidad solo calculan el valor de la dote o la docilidad de mi carácter.
En el piano no se puede fingir. Si tocas una nota falsa, la cuerda vibra y te delata.
No hay perdón, no hay cumplidos de compromiso.
Hay verdad. Y me gustan los compositores que no tuvieron miedo de escribirla: los viejos maestros alemanes, los himnos antiguos que no buscaban aplausos, sino tocar algo eterno.
El caballero permaneció en silencio durante varios segundos tras escucharla. La leve sonrisa burlona de sus labios se había transformado en una expresión de respeto profundo, casi solemne. Su rostro pálido, enmarcado por las sombras de los sauces, parecía haber perdido cualquier rastro de fatiga.
—«Tocar algo eterno»… —repitió él en un susurro grave, saboreando las palabras con una devoción que heló dulcemente la sangre de Isabella—.
Pocas personas en este mundo comprenden la carga que supone buscar la eternidad, señorita.
La mayoría de los hombres se conforman con dejar una estatua de piedra que el tiempo terminará por desmoronar, o un apellido inscrito en un registro de parroquia que la humedad borrará en tres generaciones.
El noble bajó la mirada hacia Argos, que en ese momento se ponía de pie perezosamente, sacudiéndose las briznas de hierba del lomo y acercándose a Isabella para lamerle la mano con afecto.
—Su perro tiene razón —dijo el caballero, recuperando el tono ligero y afable con esa facilidad desconcertante que poseía—.
La tarde cae deprisa en este valle y la bruma de Derbyshire no es piadosa con los pulmones de los vivos.
No quisiera ser responsable de que su respetable familia organice una partida de búsqueda con antorchas creyendo que ha sido devorada por los mastines de Blackwood.
—Los mastines de Blackwood parecen estar más interesados en dormir la siesta que en devorar señoritas imprudentes —comentó Isabella con una media sonrisa, señalando a los dos enormes perros negros que roncaban plácidamente junto a la glorieta de mármol.
—Tienen buen criterio; solo muerden a los cobradores de impuestos y a los malos poetas —replicó él con una carcajada seca—.
Vaya con cuidado hacia su verja, señorita Ravenswood.
Y si me lo permite… deje abierta la ventana de su salón de música de vez en cuando.
Este viejo jardín se vuelve mucho menos inhóspito cuando sus notas cruzan el arroyo.
Isabella sintió un calor repentino subirle al pecho. Hizo una reverencia impecable, inclinando la cabeza con una gracia que combinaba la etiqueta aristocrática con una sinceridad que jamás había mostrado ante los lores de la comarca.
—Lo haré, señor Conde. Buenas tardes.
—Buenas tardes, señorita —respondió él, llevándose dos dedos al ala de su sombrero con un gesto impecable.
Isabella llamó a Argos con un chasquido de lengua y comenzó a caminar de regreso hacia la abertura de la verja. Cuando llegó a la hilera de sauces, antes de cruzar hacia los terrenos de su familia, no pudo evitar detenerse y mirar hacia atrás por encima del hombro.
El caballero pálido seguía allí de pie en medio del claro, recortado contra las sombras del jardín marchito, con el gigante Nicholas a sus espaldas como una guardia de piedra.
Tenía una mano apoyada en su bastón de ébano y la otra descansando con naturalidad sobre el lomo de uno de sus mastines, que acababa de despertar.
Sus miradas se encontraron una última vez en la penumbra del crepúsculo: una chispa de inteligencia compartida, un diálogo mudo entre dos almas solitarias que acababan de reconocerse en medio de la niebla.
Isabella cruzó la verja y emprendió el camino de subida hacia Ravenswood House con el paso ligero y el pulso encendido.
Ya no tenía ninguna duda: aquel hombre no era un simple aristócrata convaleciente, ni un excéntrico millonario aburrido.
Había en él una profundidad que desafiaba el entendimiento humano, y ella estaba decidida a desentrañar cada una de las capas de su misterio.
Lo que Isabella no sospechaba era que el misterio estaba a punto de abrirse ante ella mucho antes de lo que esperaba, en un secreto que llevaría el peso de un nombre que nadie más en Inglaterra tenía derecho a pronunciar.