Sombras En La Colina Capítulo 4 El encuentro en la verja de los sauces
14%

Capítulo 4 El encuentro en la verja de los sauces

El sermón doméstico que siguió al paseo matutino fue tan previsible como el cambio de las mareas.

Lady Eleanor pasó el resto de la tarde recordando a quien quisiera escucharla que las señoritas de la casa Ravenswood no conversaban a través de las cercas con caballeros sin presentar, y mucho menos con extranjeros cuya palidez recordaba a los mármoles de la cripta parroquial.

Lord Thomas, por su parte, regresó de la aldea con el ceño algo menos fruncido pero con el bolsillo igual de resentido: el juez de paz le había confirmado que los títulos de compra de Blackwood Manor eran inatacables,

expedidos por un reputado bufete londinense y pagados al contado en moneda de curso legal.

La ley inglesa no tenía objeciones morales contra la piel blanca ni contra los mayordomos gigantes.

Para Isabella, sin embargo, el ruido del mundo exterior se desvaneció en cuanto el reloj marcó las cuatro de la tarde.

Refugiada en el salón de música, con la puerta que daba a la terraza entreabierta apenas un par de pulgadas para dejar entrar el aire limpio de los brezales, sus dedos se deslizaron sobre el marfil del fortepiano.

Esta vez no tocó la pieza menor de la víspera.

Escogió un adagio sobrio, una composición antigua, casi sacra, atribuida a los maestros venecianos de principios de siglo.

Las notas brotaron lentas, profundas, elevándose hacia el techo artesonado con una tristeza majestuosa que parecía pedir perdón a la tarde por extinguirse tan pronto.

Argos dormitaba junto a la pedalera, moviendo la cola de tarde en tarde como un metrónomo perezoso.

A través del resquicio de la puerta acristalada, el sonido flotaba hacia el valle, disolviéndose en la bruma que comenzaba a ascender desde el arroyo de los sauces.

Isabella cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por la arquitectura invisible de los compases.

Durante casi media hora, no hubo en su mente deudas familiares, ni la sombra ominosa de un futuro matrimonio de conveniencia, ni la estrechez mental de la comarca.

Solo existía la pureza matemática y dolorosa de las armonías.

Cuando la última resonancia se apagó contra la madera del instrumento, un silencio espeso y reverente cayó sobre la colina. Isabella permaneció inmóvil, con las yemas de los dedos aún rozando las teclas frías.

Desde el otro lado de la vaguada, a través del aire quieto del crepúsculo, no llegó ningún aplauso vulgar.

Solo un sonido tenue: el aleteo asustado de un bando de zorzales que abandonaban las ramas secas de Blackwood Manor, como si alguien hubiera estado escuchando desde la linde del bosque y acabara de dar un paso atrás entre las hojas secas.

Isabella sonrió para sus adentros, se puso de pie y acarició el lomo de su sabueso.

—Él estaba ahí, muchacho —murmuró con suavidad—. Escuchando.

La tarde del día siguiente trajo consigo una calma engañosa. El viento del este había amainado, dejando el ambiente suspendido en una frialdad húmeda y penetrante. Los sauces que marcaban el límite entre ambas propiedades parecían esqueletos retorcidos sobre el fondo ceniciento de las nubes bajas.

Aprovechando que sus padres habían acudido en calesa a una merienda formal en la rectoría de High Ash —a la cual Isabella se había negado a asistir con el pretexto infalible de una jaqueca incipiente—, la joven decidió salir a caminar.

Se enfundó una capa corta de terciopelo marrón forrada de piel de conejo, se calzó sus botas de cuero y dejó que Argos trotara libremente por los senderos bajos del parque.

El perro avanzaba con el hocico pegado al fango, siguiendo el rastro invisible de tejones y faisanes.

Isabella caminaba con las manos metidas en un manguito de lana, respirando con deleite la soledad de la finca.

Su mente analítica no dejaba de dar vueltas a las palabras del noble pálido: «Hace unos ciento cincuenta años, en un palacete de los alrededores de Mantua…»

. Había buscado en la biblioteca de su padre mapas antiguos del norte de Italia y crónicas sobre las guerras ducales de finales del siglo XVII.

Si aquel hombre pretendía deslumbrarla con citas eruditas o desvaríos novelescos, descubriría muy pronto que Isabella Ravenswood no era una dama crédula fácil de impresionar.

De pronto, un ladrido alegre y agudo quebró la quietud del bosque de sauces.

Isabella alzó la vista y se detuvo en seco.

—¡Argos, aquí! ¡Quieto! —ordenó con voz firme.

Fue inútil. El viejo setter había encontrado un tramo donde la verja de hierro forjado estaba rota: dos barrotes carcomidos por el óxido se habían doblado hacia afuera, dejando una abertura suficiente para que un animal de su tamaño se escurriera con facilidad.

Guiado por su curiosidad insaciable, Argos cruzó el límite y desapareció entre los laureles salvajes y la maleza descuidada del jardín de Blackwood Manor.

—Maldito perro… —farfulló Isabella, apretando los dientes, aunque en el fondo una chispa de emoción imprevista le aceleró el pulso.

Cualquier señorita juiciosa de 1799 se habría quedado en su lado del linde, llamando a su criado o esperando a que el animal regresara. Pero Isabella no poseía la paciencia de las damas pasivas. Se recogió las faldas con una mano, sorteó las zarzas con paso ágil y se aproximó al hueco de la verja.

—¡Argos! —llamó en un susurro sonoro, asomando la cabeza entre las ramas desnudas.

Al traspasar la línea de los sauces, el paisaje cambiaba de forma radical.

El jardín de Blackwood Manor parecía detenido en el tiempo: una antigua glorieta de mármol agrietado, sepultada bajo la hiedra, presidía un claro donde crecían manzanos silvestres y rosales que habían perdido toda forma humana.

En el centro del claro, sobre un banco de piedra semicircular cubierto de musgo húmedo, había alguien.

Isabella contuvo el aliento.

El caballero pálido estaba sentado allí con una pierna cruzada sobre la otra, luciendo una levita de paño gris de corte impecable y un chaleco oscuro bordado con filigranas de seda casi invisibles.

Tenía un libro abierto en una mano, pero no estaba leyendo.

Con la otra mano, completamente desprovista de guante, acariciaba la base de las orejas de Argos, que se había tumbado sobre las hojas secas a sus pies, con la panza hacia arriba en una rendición incondicional y desvergonzada.

A escasos cinco pasos de distancia, de pie junto al tronco de un roble centenario, la figura monumental de Nicholas vigilaba la escena.

El gigante medía sus casi 1.90 m con la solidez de una torre de vigía, con las manos cruzadas a la espalda y los ojos de acero fijos en la brecha del seto por la que acababa de asomarse Isabella.

Al verla, Nick no se movió, ni dio la alarma; se limitó a inclinar levemente la cabeza en un saludo formal de una sobriedad pétrea.

El noble, alertado por el gesto de su criado, levantó la mirada del libro.

Al reconocer a Isabella entre las ramas de sauce, no mostró sorpresa ni fastidio. Una expresión de genuina calidez iluminó sus rasgos afilados, y sus labios dibujaron esa sonrisa sutil, inteligente y ligeramente socarrona que parecía su firma personal.

—Buenas tardes, señorita Ravenswood —dijo el caballero, cerrando el libro sobre su regazo con un movimiento suave—.

Debo felicitarla por su diplomático. Si todos los embajadores de las coronas europeas tuvieran la simpatía, el buen juicio y la falta absoluta de malicia de este noble caballero de cuatro patas, nos habríamos ahorrado al menos tres tratados de paz inútiles y unas cuantas guerras en los Países Bajos.

Isabella no retrocedió. Salió de entre los sauces con paso medido, enderezando la espalda con una dignidad natural que no necesitaba de miriñaques ni corsés ostentosos.

—Le ruego que perdone su atrevimiento, señor Conde —respondió ella, clavando sus ojos avellana en los de él—.

Argos tiene la molesta costumbre de considerar que toda tierra que contenga conejos y hierba fresca es propiedad comunal.

Veo que se ha tomado la libertad de invadir sus dominios sin una carta de presentación formal.

—La formalidad es el refugio de los que no tienen nada inteligente que decirse, señorita —repuso el noble, poniéndose en pie con una soltura elegante, apoyándose apenas en su bastón de plata—.

Y en cuanto a la invasión, le aseguro que es el invitado más grato que ha cruzado este umbral en varias décadas.

Nicholas y yo solemos ser una compañía bastante monótona; ninguno de los dos sabe mover la cola con tanto entusiasmo cuando le rascan el cuello.

Nicholas emitió desde su posición un sonido seco por la nariz, algo que sonó sospechosamente a una risa ahogada antes de recuperar su imperturbabilidad militar.

El noble dio dos pasos pausados hacia ella, deteniéndose a una distancia prudente y respetuosa, la exacta que dictaban las normas de la cortesía más refinada.

La miró a la cara con atención serena, sin esa mirada invasiva o condescendiente con la que los jóvenes aristócratas solían examinar a las mujeres en los salones de baile.

Había en su presencia una deferencia genuina, un cuidado casi reverencial en cada palabra y en cada gesto.

—Debo darle las gracias, señorita Ravenswood —añadió el caballero en un tono más bajo, donde la ironía dio paso a una sincera gravedad—. Ayer por la tarde, el viento trajo hasta estos muros en ruinas algo que hacía mucho tiempo no escuchaba con tanta pureza.

Isabella sintió un leve rubor encenderle las mejillas, pero mantuvo la mirada firme.

—¿La sonata veneciana? No estaba segura de que el sonido alcanzara esta ladera. El fortepiano de mi casa es antiguo y tiene el mecanismo algo gastado.

—El mecanismo puede tener achaques de la edad, como todo lo material en este mundo, pero las manos que tocaban no tenían ninguna vacilación —dijo él, ladeando la cabeza con admiración evidente—.

Reconocí el adagio de inmediato. Es una pieza de Tommaso Albinoni, compuesta en las postrimerías del siglo pasado.

La mayoría de los intérpretes modernos se empeñan en tocarla con una prisa frívola, como si temieran que el silencio los devorara si alargan las notas.

Usted, en cambio, la dejó respirar. Le dio a cada silencio el peso exacto de una despedida.