Capítulo 3 Bajo la luz del mediodía #2
Isabella no pudo contener una sonrisa auténtica que iluminó sus facciones. La maniobra del desconocido había sido impecable: una mezcla magistral de audacia, burla y sentido común.
Fue en ese instante cuando el Conde comenzó a caminar despacio por el sendero interior de su jardín, alejándose de la fachada principal y avanzando en dirección a la hilera de sauces llorones.
Con cada paso que daba hacia la verja divisoria, la respiración de Isabella se volvía más acompasada y atenta. No se movió de su asiento de piedra; mantuvo el libro abierto entre sus manos, fingiendo una lectura sosegada, aunque su mente procesaba cada detalle con la velocidad de un estratega.
El caballero se detuvo frente a un rosal silvestre que crecía enredado en los hierros oxidados del linde, a no más de veinte pasos de donde ella se encontraba. Sacó una pequeña navaja de bolsillo con empuñadura de nácar y cortó una rama seca con un movimiento diestro y limpio.
—Una lástima —murmuró el hombre, examinando el tallo leñoso entre sus dedos largos y pálidos—. La falta de poda puede arruinar la estirpe más noble en menos de dos décadas. Ocurre con las rosas, ocurre con los imperios y ciertamente ocurre con las dinastías europeas.
No estaba claro si hablaba para sí mismo, para el mayordomo que aguardaba a la distancia o para la joven sentada bajo los sauces.
Luego, como quien advierte un detalle trivial en el paisaje, el noble giró la cabeza con parsimonia y clavó sus ojos en Isabella.
La luz del día reveló lo que la noche había ocultado: sus ojos no eran negros como parecían en la sombra, sino de un pardo tan oscuro y denso que recordaba a la madera de roble sumergida en agua durante siglos.
Había en ellos una profundidad abrumadora, una mirada pesada, sabia y solitaria, pero templada en ese momento por un destello inequívoco de humor mordaz.
El caballero no desvió la vista con el pudor forzado de la nobleza local.
En lugar de eso, la contempló con un respeto desprovisto de insolencia, apreciando con calma evidente la postura erguida de la joven, sus rizos castaños escapando de la horquilla bajo la brisa y la serenidad inteligente de su rostro.
Isabella, fiel a su propio temperamento indomable, sostuvo la mirada sin pestañear. Levantó apenas la barbilla, cerró el libro de Hume y apoyó una mano sobre el lomo de Argos.
El noble bajó los ojos hacia el sabueso cobrizo. Una expresión de genuina ternura cruzó sus facciones afiladas, desarmando la rigidez aristocrática de su porte.
—Un magnífico animal, señorita —dijo el caballero.
Su voz, escuchada ahora de cerca y sin la barrera de los cristales, poseía un timbre aterciopelado, profundo y sereno, capaz de llenar el espacio sin necesidad de alzarse.
—Gracias, señor —respondió Isabella con voz firme y modulada, sin levantarse del banco pero inclinando la cabeza con exquisita cortesía—. Argos tiene la virtud de no juzgar a las personas por los cuentos que inventan en la taberna de la aldea. Lo cual, en Derbyshire, es un talento bastante escaso.
El Conde enarcó una ceja oscura. La agudeza de la respuesta pareció tomarlo por sorpresa durante una fracción de segundo, antes de que una media sonrisa franca y luminosa transformara por completo la palidez de su rostro.
—Un talento escaso en Derbyshire y en cualquier rincón del orbe civilizado, temo decir —repuso él, dando dos pasos pausados hacia la verja de hierro, apoyando suavemente una mano enguantada en el metal oxidado—.
La ignorancia es la flor más resistente de cualquier jardín; no necesita agua, ni abono, y florece con una rapidez pasmosa en cuanto cae la noche.
—O en cuanto llega un carruaje negro al anochecer —añadió Isabella con ironía sutil, sosteniéndole la mirada dorada con una chispa de desafío.
El caballero soltó un murmullo bajo que era casi una risa íntima, sacudiendo la cabeza con deleite contenido.
—Touché, señorita Ravenswood. Veo que las ventanas de su hermosa residencia tienen una vista inmejorable del camino bajo. Y veo también que la prudencia no le impide ejercer el noble oficio de la observación crítica.
Isabella sintió una leve punzada de calor subirle por el cuello ante la mención de su apellido, pero no se dejó intimidar.
—La observación crítica es la única defensa que nos queda a las mujeres en este siglo, señor Conde… si es que ese es el título por el que debo dirigirme a usted.
El hombre pálido ladeó la cabeza. Por un brevísimo instante, una sombra de algo antiguo y melancólico cruzó sus ojos oscuros, antes de recuperar su máscara de cortesía impecable.
—«Conde de Mortemer» bastará para los registros parroquiales y para las conciencias tranquilas de sus vecinos, señorita. Los títulos no son más que ropajes prestados que los hombres nos ponemos para que el mundo sepa en qué estante de la biblioteca colocarnos.
—Un estante bastante polvoriento, en este caso —señaló Isabella, mirando las torres desmoronadas de Blackwood Manor.
El noble miró hacia su propia mansión y luego volvió a mirarla a ella, con los ojos brillando de una complicidad chispeante.
—Admito que la propiedad requiere ciertas…
reformas estructurales. Hace unos ciento cincuenta años, en un palacete de los alrededores de Mantua, conocí a un jardinero que aseguraba que la hiedra tiene memoria y que solo crece sobre las piedras que han guardado demasiados secretos.
Si es así, me temo que esta casa tiene material suficiente para escribir una enciclopedia entera.
Isabella frunció levemente el ceño ante el comentario.
¿Mantua? ¿Hacía ciento cincuenta años? La naturalidad con la que el caballero había soltado la frase sonaba a una broma literaria, a una hipérbole elegante propia de un hombre educado en los clásicos.
Sin embargo, no había habido rastro de burla en su entonación; solo una familiaridad extraña y casual, como si hablara de una anécdota del verano anterior.
Antes de que ella pudiera profundizar en el enigma, Argos se puso de pie sobre la hierba. El perro dio dos pasos lentos hacia la verja de hierro forjado, metió el morro húmedo entre los barrotes oxidados y movió la cola con cadencia suave, mirando fijamente al noble pálido.
El Conde no dudó. Sin importarle la herrumbre ni la humedad del hierro, dio un paso al frente, se quitó el guante de la mano derecha —revelando una piel blanca, con cicatrices antiguas y finas en el dorso— y rascó con infinita dulzura la frente del animal, hablándole en un susurro bajo:
—Hola, viejo guerrero… Tú tienes ojos de haber corrido por muchos páramos y haber visto pasar muchas estaciones. Eres un buen perro, sí señor. Mucho mejor compañía que la mayoría de los príncipes que he tenido el disgusto de conocer.
Argos cerró los ojos con arrobamiento absoluto, apoyando todo su peso contra la verja para disfrutar de la caricia.
Isabella se puso de pie despacio, fascinada por la escena.
Había algo profundamente conmovedor en ver a aquel hombre, rodeado por el halo siniestro que el pueblo le había atribuido, arrodillándose en la tierra fría para confortar a un sabueso viejo con la paciencia de quien no tiene prisa por que los siglos avancen.
El Conde alzó la vista hacia ella desde su posición junto a los barrotes.
—Tiene usted un protector leal, señorita Ravenswood. Y por lo que veo en sus ojos, él sabe discernir la verdad mucho mejor que los hombres de leyes de este condado.
—Argos sabe quién tiene manos limpias de rencor, señor —respondió Isabella en voz baja, dando unos pasos hacia el límite de la verja—. Los animales no entienden de disfraces ni de títulos extranjeros.
El hombre pálido se puso en pie con un movimiento grácil, sosteniéndose en su bastón con una elegancia serena. Miró hacia las ventanas del piso superior de Ravenswood House, donde una cortina pareció agitarse con nerviosismo repentino: Lady Eleanor o alguna doncella vigilaban sin duda la escena.
—Me temo que nuestra pequeña tertulia sobre botánica y filosofía canina está a punto de provocar un desmayo en su respetable residencia —dijo el noble con un tono seco y divertido, señalando la ventana con un leve gesto del mentón—.
Y sería una descortesía imperdonable por mi parte ser la causa de que gasten las sales aromáticas de la casa tan temprano.
Isabella miró hacia la mansión y reprimió un suspiro de resignación.
—Mi madre considera que hablar a través de una verja es el preámbulo directo de la ruina moral.
—Entonces conservemos su paz de espíritu por hoy —repuso el Conde, dando un paso atrás y colocándose nuevamente el guante negro—. Aunque debo confesarle que hacía mucho tiempo que una conversación no me resultaba tan… estimulante.
Hizo una reverencia perfecta, ceremoniosa pero impregnada de una calidez sincera que desmentía la frialdad de su piel.
—Que tenga un buen día, señorita Ravenswood. Cuide de este noble filósofo de cuatro patas.
—Buenos días, señor Conde —respondió Isabella, sintiendo que un latido acelerado y dulce le golpeaba el pecho.
El hombre pálido dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia la escalinata de Blackwood Manor, seguido de cerca por sus dos mastines y la silueta pétrea de Nicholas, que aguardaba pacientemente junto a la puerta lateral.
Isabella permaneció junto a la verja unos instantes más, con una mano apoyada en la cabeza de Argos, observando cómo la figura enjuta del noble cruzaba el umbral hacia el interior de la mansión.
«Mantua… hace ciento cincuenta años», repitió mentalmente la joven, con su mirada avellana brillando de una intriga incontenible.
Una broma culta, sin duda. O el desliz fascinante de un hombre cuya mente habitaba en dimensiones que los mortales comunes de Derbyshire jamás llegarían a sospechar.
Con una sonrisa desafiante y el libro de Hume apretado contra el pecho, Isabella emprendió el regreso a la casa, lista para enfrentar la tormenta de reproches que la aguardaba tras las puertas de Ravenswood House.