Sombras En La Colina Capítulo 3 Bajo la luz del mediodía
9%

Capítulo 3 Bajo la luz del mediodía

El reloj de pie del vestíbulo de Ravenswood House dejó caer sus pesadas campanadas de bronce, anunciando las once y media de la mañana.

Por una extraña y casi milagrosa concesión del clima de Derbyshire, el espeso manto de nubes grises que solía cubrir el valle se había desgarrado, dejando al descubierto una franja de cielo de un azul gélido y cristalino.

Un sol otoñal, bajo pero deslumbrante, bañaba las colinas con una luz dorada y nítida que hacía relucir la escarcha adherida a los brezales como si fueran esquirlas de diamante.

Isabella no había perdido la cuenta de los minutos.

En el salón matinal, Lady Eleanor se afanaba en ordenar unos ovillos de seda color malva con la dedicación exhaustiva de quien busca evadir una catástrofe inminente.

A su lado, la doncella principal, una mujer enjuta llamada Martha, limpiaba los candelabros de plata mientras susurraba con voz trémula las últimas novedades recogidas en el lavadero de la aldea.

—Dice el señor Higgins, milady, que esta noche pondrán ramas de serbal y ajos en los establos de la posada —murmuraba la doncella, mirando de hito en hito hacia la ventana con ojos desorbitados—.

El vicario ha pasado la mañana buscando en sus libros viejos de Oxford.

Asegura que los extranjeros de piel blanca como la cal que no pisan el templo pertenecen a la estirpe de los caídos.

Y ese gigante que le hace de criado… ¡Madre de Dios!

Dicen que en la taberna un mozo intentó sostenerle la mirada y sintió que la sangre se le congelaba en las venas.

Isabella, sentada junto al mirador con un pesado volumen de ensayos filosóficos de David Hume sobre el regazo, alzó los ojos con una expresión de paciente aburrimiento.

—Martha, por el amor de Dios, si el vicario supiera de teología la mitad de lo que cree saber sobre supersticiones campestres, la iglesia no tendría las goteras que tiene desde la Pascua pasada —comentó con tono mordaz, pasando una página con calculada lentitud—.

Y si el nuevo vecino fuera un demonio devorador de almas, dudo mucho que su primera orden a la aldea hubiera sido encargar tres sacos de avena, manteca fresca y té de Ceilán.

Los espíritus infernales suelen tener un apetito bastante menos doméstico.

Lady Eleanor soltó un bufido indignado, dejando caer las tijeras de bordar sobre la mesa con un tintineo agudo.

—¡Isabella! Tu constante frivolidad ante los asuntos graves de la moral me resulta intolerable.

Tu padre ha ido a consultar al juez de paz precisamente para averiguar qué clase de papista o de conspirador jacobino se nos ha metido en el linde de nuestras tierras.

Una joven respetable debería estar horrorizada, rezando en su tocador, y no leyendo tratados heréticos con la puerta abierta al jardín.

—Rezaré con fervor, madre, en cuanto vea la primera prueba de que el caballero tiene colmillos o pezuñas hendidas —repuso Isabella, cerrando el libro con un golpe seco pero elegante que sobresaltó a la doncella—.

Mientras tanto, prefiero aprovechar este sol insólito antes de que regrese la lluvia.

Argos necesita caminar, y yo necesito aire que no huela a cera vieja ni a histeria colectiva.

Sin esperar la previsible reprimenda materna, Isabella se puso en pie con la soltura ágil que la caracterizaba.

Llevaba un vestido sencillo de lana peinada de color verde musgo, con mangas largas y una gorguera pequeña de lino blanco que resaltaba la línea esbelta de su cuello.

Se echó sobre los hombros un chal grueso de lana escocesa, cogió sus guantes de piel de cabritilla y silbó suavemente hacia el rincón de la chimenea.

Argos no necesitó una segunda invitación. El viejo setter se desperezó en un movimiento elástico, sacudió el lomo cobrizo y siguió a su dueña hacia la puerta de cristal que daba a las terrazas traseras de la propiedad.

El aire exterior era cortante, pero revitalizante.

Olía a tierra húmeda, a hojas de roble en descomposición y al humo dulce de las turberas lejanas.

Isabella bajó los peldaños de piedra carcomida de la terraza y enfiló el sendero que serpenteaba entre los setos de tejo hacia el extremo norte de la finca: la zona donde la propiedad de los Ravenswood colindaba con los dominios salvajes de Blackwood Manor.

Aquel límite no estaba marcado por un muro alto, sino por una antigua verja de hierro forjado, comida por el orín del tiempo y flanqueada por una densa hilera de sauces llorones que ahora mecían sus ramas desnudas con el viento.

Desde un banco de piedra semicircular situado bajo los árboles, Isabella tenía una vista privilegiada y directa de los jardines de la casona vecina.

Se sentó en el banco de piedra, acomodó el chal sobre sus rodillas y colocó el libro de Hume frente a ella, usándolo como el pretexto perfecto para disimular su vigilia.

A su lado, Argos se echó sobre la hierba marchita, apoyando la cabeza entre las patas pero con las orejas tiesas, orientado hacia el silencio de la mansión de enfrente.

En el camino bajo que bordeaba el valle, a un cuarto de milla de allí, Isabella distinguió a varios campesinos y mozos de labor que fingían reparar una cerca de piedra.

Se movían despacio, con horquillas y azadones en mano, mirando de reojo hacia las ventanas de Blackwood Manor.

El rumor de la taberna había corrido como pólvora seca: la aldea entera aguardaba con morbosa expectación comprobar si el «monstruo nocturno» se atrevería a dar señales de vida.

Entonces, el reloj de la torre de High Ash comenzó a repicar las doce del mediodía.

Las doce campanadas resonaron por el valle con una claridad cristalina, flotando sobre la bruma que aún persistía en los fondos de las hondonadas. Cuando el eco de la última campanada murió en el aire, la pesada puerta lateral de roble de Blackwood Manor se abrió de par en par.

Isabella contuvo la respiración. Sus dedos se cerraron sobre el borde de las páginas de su libro.

En el sendero bajo, los campesinos detuvieron en seco sus azadones, petrificados por el terror y la curiosidad.

Quien cruzó el umbral primero fue Nicholas.

El gigante vestía ahora una chaqueta corta de paño gris oscuro y botas de campo, con la cabeza descubierta, dejando a la vista un cabello corto, castaño y entrecano que le confería un aspecto aún más severo.

El criado se hizo a un lado y sostuvo la puerta con una mano firme.

Un segundo después, el «Conde» salió a la luz del sol.

No hubo nubes de azufre, ni la figura se consumió en llamas como juraban las leyendas campesinas. La luz cruda, brillante e implacable del mediodía cayó de lleno sobre él.

Isabella sintió una extraña fascinación apoderarse de sus sentidos.

A la luz del día, el noble no parecía un espectro, aunque su aspecto seguía siendo profundamente insólito para los cánones ingleses.

Llevaba una levita de corte impecable en paño verde botella oscuro con botones de plata deslustrada, chaleco de brocado adamascado y calzones de montar de cuero claro.

No usaba peluca ni polvos blancos: su cabello, intensamente negro como el azabache, estaba peinado hacia atrás con una elegancia despojada de artificios, sujeto en la nuca con una cinta oscura.

Bajo los rayos directos del sol, su piel era, en efecto, de una palidez asombrosa, un blanco alabastro casi translúcido donde se adivinaba el trazo azulado de las venas en las sienes.

Sin embargo, no era la palidez viscosa de un cadáver, sino la de una estatua de mármol clásico que hubiera cobrado vida tras siglos de reposo.

Sus rasgos afilados, la nariz recta y aristocrática y los pómulos altos parecían cincelados con una precisión quirúrgica.

En su mano izquierda sostenía su bastón de ébano con pomo de plata, en el que se apoyaba con cierta levedad, como si la debilidad de la víspera hubiera menguado considerablemente. Y en la derecha… llevaba una manzana roja.

El noble dio varios pasos sobre la grava del sendero y se detuvo en medio de la explanada del jardín descuidado.

Cerró los ojos por un instante y alzó el rostro hacia el cielo despejado, respirando el aire frío y luminoso de Derbyshire con una deleitación evidente, como un prisionero que regresa al mundo tras un confinamiento interminable.

A su alrededor salieron trotando los dos enormes mastines que Isabella había visto la noche anterior. Los animales brincaban sobre los matorrales secos con la torpeza alegre de los cachorros gigantes.

El Conde abrió los ojos, miró a uno de los mastines y, con un movimiento rápido y divertido, arrojó la manzana al aire. El perro dio un salto monumental, atrapó la fruta al vuelo con un chasquido sordo de mandíbulas y cayó rodando sobre la hierba húmeda.

Una carcajada clara y sonora escapó de los labios del caballero pálido.

—Bien jugado, Nerón —dijo en voz alta, en un inglés de dicción perfecta pero con esa cadencia musical y ligeramente exótica que Isabella había advertido en la noche—. Aunque me temo que tu técnica para cazar fruta carece de la mínima compostura romana. Eres un bárbaro con cuatro patas.

Nicholas, que permanecía de pie dos pasos detrás de él con los brazos cruzados tras la espalda, emitió un carraspeo seco que sonó casi como una risa reprimida.

—Al menos él no se queja del fango inglés, señor.

—Porque él no tiene que limpiar sus propias botas, Nicholas —replicó el noble con un brillo irónico en la mirada, mientras se sacudía una mota de polvo imaginaria de la manga—.

Y porque no tiene que soportar el espectáculo de media docena de labradores mirándonos desde el seto como si fuéramos un circo de fenómenos de feria llegado de Flandes.

El Conde no miró directamente hacia el camino bajo, pero sus palabras, pronunciadas con una resonancia calculada, flotaron en el aire con total nitidez.

Isabella observó por el rabillo del ojo cómo los campesinos del camino bajo, humillados y desarmados al comprobar que el caballero caminaba, sonreía y jugaba bajo el sol de mediodía sin derretirse ni convocar al demonio,

recogían apresuradamente sus herramientas y se alejaban a paso ligero hacia la aldea, rascándose la coronilla con desconcierto total.

La leyenda del vampiro que temía la luz acababa de desmoronarse contra el suelo de grava.