Capítulo 2 Susurros en la aldea #2
Nick asintió de nuevo, dio media vuelta y continuó su camino cuesta arriba hacia el carruaje que aguardaba junto al camino principal, dejando tras de sí un sendero de huellas profundas y un murmullo ensordecedor que estalló en la plaza en cuanto estuvo fuera del alcance del oído.
—¡Es un gigante pagano! —exclamó la mujer del carnicero, persignándose con premura mientras salía a la calle—. ¿Habéis visto las monedas con las que ha pagado a Cooper? ¡Florines de oro puro! No tienen la cara de nuestro rey Jorge. Vienen de las tierras del Papa o del mismo infierno.
—Y el amo nunca sale —intervino Ned, el mozo de cuadras de la posada, acercándose al grupo con un rastrillo en la mano—.
Mi primo Tomás bajó ayer a medianoche por el camino bajo y juró por la memoria de su madre que vio una sombra blanca paseando entre las ortigas de Blackwood.
Iba flotando, dice. Sin linterna, sin abrigo, con una cara que parecía la de un ahogado sacado del río.
¡Es un espectro, os lo digo yo! Un cadáver andante que se alimenta de la niebla.
Isabella soltó un resoplido involuntario y dio media vuelta, acariciando el lomo de Argos mientras emprendía el regreso a casa.
—Un cadáver andante que compra harina de trigo, jengibre y aceite de linaza en la botica —murmuró para sí con ironía mordaz—. La estupidez humana siempre prefiere inventar demonios antes que admitir que no comprende a un caballero extranjero.
Sin embargo, a pesar de su desdén por las supersticiones locales, la intriga de Isabella no hizo más que multiplicarse durante el resto del día.
Al caer la tarde, la lluvia cesó, dejando tras de sí un cielo despejado pero gélido, salpicado de estrellas tempranas y una luna creciente que bañaba el valle en tonos plateados y azulados.
Isabella esperó a que la casa se durmiera.
A las diez de la noche, cuando el reloj del pasillo dio sus campanadas apagadas y el silencio se adueñó de las habitaciones de sus padres, la joven encendió una pequeña palmatoria,
la cubrió con una pantalla de papel para no delatar su posición y ocupó su lugar favorito junto al ventanal gótico del salón de música.
Apoyó los codos en el alféizar, con Argos tumbado fielmente a sus pies, y miró a través de la oscuridad hacia los dominios de Blackwood Manor.
La vieja mansión parecía un castillo dormido. No había antorchas encendidas en las almenas, ni luces en las ventanas principales, excepto un tenue resplandor ambarino que se filtraba a través de las cortinas pesadas del piso superior: la biblioteca.
Y entonces lo vio.
Una figura emergió por la puerta lateral que daba al antiguo jardín de los sauces.
Isabella sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Era él.
A la luz de la luna, el «Conde de Mortemer» parecía todavía más delgado y etéreo que la víspera.
Llevaba una levita oscura de terciopelo, desprovista de la capa pesada, y caminaba despacio, apoyando de tarde en tarde su bastón de plata en la tierra cubierta de hojas húmedas.
Su piel blanca resplandecía bajo los rayos de la luna con un brillo de mármol antiguo, casi espectral, pero sus movimientos no eran los de un moribundo.
Caminaba con una elegancia pausada, deteniéndose frente a los rosales silvestres que habían crecido descontrolados durante veinte años de abandono.
Isabella abrió con sumo cuidado una de las hojas del ventanal para escuchar. El aire frío de la noche le heló las mejillas, pero no le importó.
En el silencio absoluto del valle, llegó hasta ella un sonido inesperado: una voz.
El Conde no estaba rezando ni conjurando demonios, como habrían jurado los aldeanos de High Ash. Estaba hablando en un tono bajo, cálido y sorprendentemente melódico.
Al pie de la escalinata del jardín, dos enormes mastines negros —animales guardianes que sin duda habían llegado en el séquito de carretas de la mañana— se revolcaban en la hierba.
El hombre pálido se arrodilló sobre una rodilla en el fango, sin importarle en absoluto manchar la tela exquisita de su pantalón, y rodeó con ambos brazos el cuello de uno de los perros,
frotándole los costados con un cariño desbordante mientras el animal le lamía la comisura de la mandíbula con entusiasmo ciego.
El Conde se rio.
Fue una risa baja, seca, teñida de una ironía inteligente y luminosa que cruzó la distancia a través de la noche y golpeó los sentidos de Isabella como una nota de música perfecta.
—Basta, Nerón, basta… —decía el hombre en un inglés fluido pero aromatizado por una cadencia antigua y exótica—.
Eres tan empalagoso como los cortesanos de Versalles antes de que perdieran la cabeza, y hueles considerablemente peor que ellos.
Déjame un poco de dignidad; ya bastante cuesta convencer a este clima inglés de que no me disuelva los huesos en escarcha.
El perro soltó un ladrido apagado y el noble pálido se puso en pie con un suspiro divertido, sacudiéndose las rodillas.
En ese momento, la figura inmensa de Nick emergió de las sombras del cobertizo. El gigante se acercó a su señor y se detuvo a dos pasos de distancia, manteniendo esa postura marcial y reverente.
—Las provisiones están a buen recaudo, señor —informó Nick en su tono bajo—. Aunque me temo que la compra nos ha costado algo más que el oro.
El Conde ladeó la cabeza, apoyándose en su bastón con aire distraído.
—¿Problemas con el cambio, Nicholas? ¿O es que el boticario descubrió que los doblones no tienen la efigie de su amado soberano sajón?
—No es el dinero, señor. Es el miedo. En la aldea no se habla de otra cosa.
Dicen que usted es una abominación. Un espíritu de la tumba, un aristócrata maldito que bebe sangre en cálices de plata y no puede soportar la luz del día.
Los mozos de cuadra vigilan los linderos del camino bajo esperando vernos volar convertidos en murciélagos.
El caballero pálido permaneció inmóvil un instante. Luego, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada genuina, breve pero cargada de un sarcasmo delicioso.
—¡Vampiros! —exclamó con desdén divertido, sacudiendo la cabeza con amargura—.
¡Qué falta de imaginación tienen estos sajones!
Confundir el rigor de la Gran Obra con las plagas inmundas de la noche…
Si supieran cuánto aborrezco a esas sanguijuelas carroñeras, me pondrían un monumento en la plaza en lugar de persignarse con manteca.
—Aun así, señor —insistió Nick con gravedad respetuosa—, la estupidez humana armada con antorchas y horquillas suele ser bastante destructiva, incluso para quienes han visto caer imperios.
Si las sospechas crecen, el magistrado enviará preguntas a Londres, y Londres es el último lugar del mundo al que deseamos alertar en este momento.
El Conde dejó de sonreír. Su rostro recuperó esa serenidad gélida y reflexiva que Isabella le había visto la noche anterior. Miró hacia las alturas, contemplando la luna que empezaba a ocultarse tras un denso manto de nubes de tormenta.
—Tienes razón, mi viejo amigo. La discreción siempre ha sido nuestro escudo más fuerte, y la soledad diurna en una comarca de viejas beatas es una invitación al desastre. Si los campesinos quieren ver a un monstruo que teme la luz, se quedarán con las ganas de su cuento de invierno.
El noble hizo una pausa y luego añadió con un tono mordaz:
—Mañana al mediodía, Nicholas, prepara mi abrigo ligero de paño verde y el sombrero nuevo.
Bajaremos al jardín cuando el sol esté en su punto más alto.
Pasearé entre los manzanos a la vista de cualquier idiota que tenga un catalejo.
Les demostraremos que este «cadáver andante» tiene bastante mejor porte bajo el sol que la mitad de los lores borrachos de este condado.
—Será como ordene, señor —respondió el gigante con una leve reverencia.
El Conde se disponía a regresar al interior de la casa, pero justo antes de pisar el primer peldaño, se detuvo exactamente como lo había hecho la víspera.
Giró la cabeza hacia la mansión de los Ravenswood.
Isabella no se movió. A pesar de saberse en penumbra, sintió la punzada casi física de aquella mirada oscura atravesando la distancia. Sabía que la ventana entreabierta y el aliento tibio de su respiración contra la escarcha del marco la delataban.
El hombre pálido alzó una mano —lenta, deliberada, elegante— y tocó el ala de su sombrero en un saludo silencioso y casi cómplice, antes de desaparecer tras las pesadas puertas de roble de Blackwood Manor.
Isabella cerró despacio la ventana y apoyó la espalda contra la madera fría de la pared, sintiendo que una sonrisa amplia y desafiante se dibujaba en sus propios labios.
—Así que mañana al mediodía, señor Conde…
—murmuró la joven en voz baja, acariciando la cabeza de Argos que la miraba expectante—.
Veremos qué tan bien resiste su piel de mármol la luz de Derbyshire.
Y veremos si ese ingenio afilado suyo es tan rápido cuando tenga que responder a una dama frente a frente.
Con el corazón latiendo con una emoción nueva y vibrante, Isabella sopló la vela y se retiró a descansar, sabiendo que el día siguiente rompería para siempre la monotonía gris de su existencia.