Sombras En La Colina Capítulo 2 Susurros en la aldea
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Capítulo 2 Susurros en la aldea

La mañana siguiente despuntó con una luz mortecina y grisácea, tamizada por bancos de niebla que se arrastraban perezosos por los setos de Derbyshire. En Ravenswood House, sin embargo, la atmósfera era considerablemente más tormentosa que el clima exterior.

El comedor olía a arenques ahumados, té negro fuerte y tostadas ligeramente quemadas.

Lord Thomas Ravenswood, un hombre de cincuenta y cuatro años con patillas pobladas y una perpetua expresión de agravio ante las finanzas del reino, hojeaba la gaceta provincial con dedos irritados, mientras Lady Eleanor vertía la leche con un tintineo nervioso de porcelana.

—Es una vergüenza para el orden de la parroquia —dictaminó Lord Thomas, descargando la taza sobre el platillo con más fuerza de la debida—.

Veinte años de litigios con los albaceas de Londres para que, de la noche a la mañana, la Cancillería venda Blackwood Manor sin consultar al juez de paz local.

¿A quién? A un extranjero. Un aristócrata del continente que ni siquiera ha tenido la decencia de presentar sus credenciales en la iglesia los domingos.

Isabella, sentada frente a su padre con una taza de té tibio entre las manos y un plato de avena que apenas había tocado, alzó la vista con expresión inocente, aunque en sus ojos avellana brillaba una chispa de divertida malicia.

—Quizá pensó, padre, que después de atravesar el Canal de la Mancha y recorrer trescientas millas de barro inglés, lo primero que necesitaba era descansar, y no escuchar al vicario sermonear sobre el diezmo del trigo durante dos horas.

Lord Thomas frunció el ceño por encima de sus gafas de montura de carey.

—Tu ironía no viene al caso, muchacha. Estamos en el año de gracia de 1799.

Francia arde bajo el yugo de ese advenedizo corso llamado Bonaparte, media Europa está sumida en la guerra y ahora tenemos a un desconocido viviendo a menos de un cuarto de milla de nuestros terrenos.

La servidumbre ya está murmurando cosas absurdas.

La cocinera dice que los establos de Blackwood apestan a azufre y que el hombre que bajó del coche no proyectaba sombra.

—La señora Higgins dice lo mismo de cualquiera que no compre en su carnicería de confianza —repuso Isabella con calma, cortando un trozo de pan—.

Anoche lo vi llegar desde el salón de música.

No había azufre, padre. Solo dos caballos magníficos, un carruaje de viaje bastante pesado y un caballero con un aspecto muy fatigado.

Lady Eleanor dejó escapar un suspiro teatral y se llevó el pañuelo a la frente.

—¡Por los cielos, Isabella! ¿Te quedaste en la ventana espiando en la oscuridad?

¿Y si ese hombre te hubiera visto? La reputación de una señorita se marchita con una sola mirada indecorosa.

Dicen en la aldea que se hace llamar el «Conde de Mortemer».

Un título francés, o tal vez de los Países Bajos austríacos.

Pero Dios sabe qué sangre corre por sus venas.

El señor Higgins asegura que el criado que lo acompaña no es humano, sino una mole sacada de las montañas del norte.

—Ese «criado», madre, parece simplemente un hombre muy alto y muy bien entrenado —señaló Isabella, apoyando los codos en la mesa, postura que le valió una mirada desaprobadora inmediata de su madre—.

Y respecto al título, dudo que un refugiado francés común pueda permitirse comprar una mansión de cuarenta habitaciones y un tiro de percherones negros de primera clase.

Hay mucho dinero o mucho misterio detrás de ese escudo vacío. O ambas cosas.

—Lo que hay es una falta absoluta de decoro —zanjó Lord Thomas, poniéndose de pie con la gaceta doblada bajo el brazo—.

Iré a la aldea a hablar con el magistrado.

Y tú, Isabella, no te acerques a las verjas de los sauces.

No quiero que el apellido Ravenswood se mezcle con las habladurías de la taberna.

Isabella asintió con una reverencia formal, pero en cuanto su padre cruzó la puerta de la biblioteca, miró hacia la esquina del salón. Allí, echado con la cabeza entre las patas delanteras, Argos la miraba fijamente, batiendo la cola rítmicamente contra la tarima.

—¿Qué opinas tú, Argos? —susurró la joven con una sonrisa traviesa—. ¿Nos quedamos bordando cojines como damas ejemplares, o vamos a comprobar si el monstruo del pantano ha decidido devorar a los aldeanos de High Ash?

El sabueso soltó un bufido que pareció una risa perruna y se puso en pie al instante, trotando hacia la puerta de servicio.

Media hora después, envuelta en una capa de lana gris con capucha que la protegía de la humedad y calzada con botas de cordones hechas para pisar el fango de Derbyshire, Isabella descendía por el sendero pedregoso que conducía a High Ash, la aldea más cercana.

Argos corría delante, deteniéndose de vez en cuando a olisquear las madrigueras de conejo en los ribazos.

El pueblo de High Ash constaba de unas cuarenta casas de piedra techadas con pizarra, una herrería, una posada llamada El Jabalí Blanco, la vicaría y un puñado de tiendas que se apiñaban alrededor de una plaza irregular cubierta de adoquines desgastados.

A esa hora de la mañana, la aldea solía ser un hervidero de carros de forraje, lavanderas con cestas de mimbre y niños persiguiendo ocas.

Sin embargo, en cuanto Isabella y su perro doblaron la esquina de la panadería, percibió que algo no marchaba según la rutina habitual.

El silencio en la plaza era denso, tenso, casi palpable.

No se oía el tintineo alegre del martillo del herrero, ni los gritos de las verduleras.

Una docena de vecinos —campesinos, tenderos y mozos de cuadra— se encontraban inmóviles, pegados a las fachadas de los edificios, con las miradas clavadas en la entrada de la botica y tienda de ultramarinos del señor Cooper.

Argos se detuvo a la altura del costado de Isabella, levantando el morro para oler el aire. El perro no gruñó ni erizó el lomo; por el contrario, sus orejas se orientaron hacia adelante con una mezcla de respeto y curiosidad pacífica.

Entonces, la puerta de la botica se abrió.

El hombre que salió al porche de madera tuvo que inclinar la cabeza de forma pronunciada para no estrellar el sombrero de copa plano contra el dintel. Isabella, oculta bajo la sombra de su capucha cerca de la fuente de piedra, sintió un escalofrío de pura fascinación visual.

De noche, desde la distancia de su ventana, el cochero de Blackwood Manor parecía imponente; pero a la luz cenicienta de la mañana, en medio de aquel pueblo de casas bajas y gentes encorvadas por el trabajo del campo, Nicholas «Nick» resultaba monumental.

Rondaba con facilidad el metro noventa de estatura, pero no era solo su altura lo que helaba la sangre de los campesinos: era la solidez pétrea de su complexión.

Sus hombros, cubiertos por un gabán oscuro de paño grueso sin adornos, parecían tallados en granito de cantera.

Llevaba el rostro afeitado con un rigor impecable, mostrando una mandíbula ancha y cuadrada, una nariz recta que parecía haber sobrevivido a viejas batallas y unos ojos de color acero que recorrían la plaza con una calma calculadora, totalmente ajena a la intimidación colectiva.

En cada una de sus enormes manos enguantadas en cuero negro transportaba sacos de lona pesada con grano, provisiones secas y frascos de botica envueltos en paja, sosteniéndolos con la facilidad con la que una dama cargaría un ramillete de violetas.

Detrás de él, el viejo señor Cooper asomó la cabeza por la puerta de su propio establecimiento, blanco como una sábana y con las manos temblorosas aferradas a un fajo de papel de estraza.

—V-vuelva cuando guste, señor… su señoría… señor criado —tartamudeó el tendero, inclinándose torpemente mientras guardaba en el bolsillo de su delantal algo que tintineó con el peso inconfundible del oro extranjero.

Nick no respondió con palabras. Se limitó a hacer una inclinación de cabeza de una sobriedad milimétrica, un gesto aristocrático en su propia frialdad, y comenzó a caminar a través de la plaza.

Los aldeanos se apartaron como las aguas del mar ante la proa de un navío de guerra.

Las mujeres jalaron a sus hijos hacia las faldas y el herrero apretó las tenazas de hierro como si temiera un asalto, pero Nick ni siquiera los miró.

Su paso era pesado, rítmico y constante, rompiendo los charcos de lodo sin desviarse un solo centímetro de su trayectoria.

Al llegar a la altura de la fuente, el gigante pasó a escasos cuatro pasos de Isabella.

La joven no retrocedió. Sostuvo la mirada con una serenidad obstinada, observando la textura del paño de su ropa, la ausencia absoluta de sudor en su frente a pesar del cargamento que transportaba y la absoluta frialdad de su semblante.

Fue en ese momento cuando Argos dio un paso al frente.

Cualquier perro guardián del condado habría ladrado desesperadamente ante un forastero de tales proporciones. Pero el viejo setter inglés simplemente movió la cola, avanzó dos pasos y olfateó el bajo del pantalón del coloso con amistosa familiaridad.

Isabella contuvo la respiración, esperando un golpe o una reprimenda áspera.

En cambio, Nick detuvo su marcha de piedra.

Bajó los ojos grises hacia el animal. Por un brevísimo segundo, una fracción de tiempo que nadie más en la plaza aterrada pudo advertir, las líneas de acero de la mandíbula del gigante se suavizaron.

Deslizó un dedo enguantado bajo la barbilla de Argos, rascándolo en el punto exacto que al perro más le gustaba, y luego alzó la vista hacia Isabella.

Sus miradas se cruzaron. No hubo hostilidad en los ojos de Nick; solo un reconocimiento silencioso, la confirmación de que sabía perfectamente quién era ella y qué ventana ocupaba en la colina de enfrente.

—Buenos días, señorita —dijo Nick.

Su voz no fue un rugido cavernoso, como los aldeanos habrían jurado después en la taberna, sino un murmullo bajo, profundo y perfectamente educado, con un acento extranjero que Isabella no logró ubicar: no sonaba francés, sino más bien seco, templado por las vocales firmes del sur de Europa.

—Buenos días —respondió Isabella con voz clara y firme, sin titubear.