Sombras En La Colina
© inepub.com
Capítulo 1 El carruaje en la penumbra
Las colinas de Derbyshire agonizaban bajo el peso de un cielo color plomo.
El viento de finales de octubre barría los brezales con un quejido áspero, desnudando los últimos sauces del valle y arrojando puñados de hojas marchitas contra los ventanales emplomados de Ravenswood House.
En el interior del salón de música, sin embargo, el único pulso vivo parecía emanar de las cuerdas de un fortepiano de caoba.
Isabella Ravenswood no tocaba para entretener a las visitas, ni para complacer el estricto canon de habilidades que se esperaba de una joven casadera a las puertas del siglo XIX.
Tocaba porque en la vibración de las cuerdas de metal encontraba un orden y una lógica que el mundo de los humanos parecía empeñado en destruir.
Sus dedos, largos y ágiles, atacaron una sonata menor con precisión matemática.
Frente a ella, el espejo ovalado sobre la repisa de la chimenea le devolvía su propio reflejo: la mata de pelo castaño recogida con descuido mediante una horquilla de carey, las mejillas apenas sonrosadas por el calor de las brasas y aquellos ojos suyos, inquisitivos y grandes,
de un avellana tan claro que a veces parecía miel dorada.
No había en sus facciones la docilidad que su madre tanto le reprochaba; había una chispa de ironía constante, una inteligencia despierta que resultaba casi incómoda para los caballeros que frecuentaban el té de las cinco.
A sus pies, estirado sobre una alfombra raída de terciopelo verde, Argos, un setter inglés de diez años con el lomo moteado en cobrizo, exhaló un suspiro profundo.
El perro abrió un solo ojo, movió la punta de la cola al compás de la mano izquierda de Isabella y volvió a cerrar los párpados, roncando con suavidad.
—Al menos tú tienes buen gusto para el compás, viejo amigo —murmuró Isabella sin detener la melodía, esbozando una sonrisa torcida—. Si dependiera de mi padre, estaríamos escuchando marchas militares de trompeta para celebrar la última subida de impuestos del Parlamento.
La puerta de roble del salón se abrió sin previo aviso, cortando el eco de la última nota.
Entró Lady Eleanor, con el paso ligero y apresurado de una mujer que vivía en un estado de perpetua alarma social.
Llevaba en las manos un pañuelo de encaje y un libro de cuentas que hojeaba con evidente disgusto.
—Isabella, por piedad divina, ¿otra vez esa música fúnebre?
—suspiró la madre, dejándose caer en un diván cercano mientras miraba de reojo las esquinas de la estancia—.
¿No podrías interpretar algo más vivaz? Algo de Haydn, o tal vez esas cancioncillas campestres que las hijas del vicario cantaron la semana pasada. Tienen un encanto tan… doméstico.
—Las hijas del vicario desafinaron en tres octavas distintas, madre, y la menor pasó la velada intentando no derramar su jerez sobre el chaleco del reverendo —replicó Isabella con impecable serenidad, pasando con suavidad un paño de lino sobre las teclas de marfil—.
La música menor no es fúnebre; simplemente no miente.
Describe el otoño tal y como es, sin fingir que estamos en primavera.
Lady Eleanor entrecerró los ojos, reconociendo el tono agudo y mordaz de su hija. Había aprendido que discutir de lógica con Isabella era un terreno resbaladizo.
—Tu ingenio te va a costar caro algún día, querida —dijo la mujer, ajustándose el encaje del cuello—.
Un caballero de posición busca una esposa que le brinde serenidad, no un tribunal que examine cada una de sus palabras.
Y hablando de caballeros y de ruinas: tu padre está furioso con las cuentas del molino.
Si no encontramos un buen partido antes de la próxima temporada en la capital, me temo que tendremos que despedir a dos de las doncellas.
Y tú sigues aquí, despeinada, gastando cera de abejas y hablando con ese animal pulgoso.
Argos, al oír la palabra “animal”, alzó la cabeza y emitió un gruñido bajo, como si hubiera comprendido y rechazado formalmente la acusación. Isabella no pudo evitar una risita baja y cómplice hacia el sabueso, a quien rascó brevemente detrás de las orejas aterciopeladas.
—Argos no tiene pulgas, madre; tiene principios. Y respecto a los pretendientes, dudo mucho que Londres ofrezca algo mejor que los cazadores de dotes de Derbyshire. Al menos los de aquí huelen a hierba húmeda y no a perfume rancio de lavanda francesa.
Lady Eleanor chasqueó la lengua, derrotada, se levantó con un crujido de faldas de tafetán y se encaminó hacia la puerta.
—Cierra las cortinas antes de que caiga la noche. Hay bruma en el camino y el cochero dice que ha visto vagabundos cerca de los lindes de la propiedad. Por favor, sé una muchacha sensata al menos durante la cena.
—Siempre lo soy, madre. Eso es precisamente lo que tanto les preocupa.
Cuando el eco de los pasos de Lady Eleanor se extinguió en el pasillo, Isabella no encendió más velas ni cerró las cortinas. Al contrario: se acercó al gran ventanal gótico que dominaba la ladera norte de la finca y apoyó la frente contra el cristal frío.
Afuera, la penumbra se tragaba el valle a un ritmo vertiginoso. Más allá de la hilera de sauces desnudos y del muro de piedra que marcaba el límite de las tierras de los Ravenswood, se alzaba la silueta imponente, tétrica y olvidada de Blackwood Manor.
La propiedad vecina era una leyenda local y una herida en el paisaje.
Construida dos siglos atrás, con muros de piedra gris ceniza y altas chimeneas góticas que parecían garras arañando las nubes, llevaba más de veinte años cerrada a cal y canto.
Nadie en el pueblo recordaba a los últimos ocupantes; solo se hablaba de disputas legales, deudas coloniales y un abandono tan absoluto que la hiedra venenosa y los matorrales habían terminado por ahogar los patios y sepultar las verjas de hierro forjado en una maraña impenetrable.
O al menos, así había sido hasta las últimas semanas.
Hacía tres días, Isabella, con su agudo ojo para los detalles, había notado algo insólito: una solitaria columna de humo gris ascendía de la chimenea oeste de la casona abandonada.
Además, las verjas principales de hierro, que habían estado bloqueadas con cadenas oxidadas desde antes de que ella naciera, aparecían abiertas, y el fango del sendero mostraba la huella reciente de carretas pesadas que transportaban baúles y muebles protegidos con lonas enceradas.
—Alguien ha comprado el viejo mausoleo, Argos —susurró Isabella.
El perro se acercó despacio, apoyando el hocico pesado en el alféizar de madera, mirando con fijeza en la misma dirección que su dueña. Sus orejas se plegaron hacia atrás en señal de alerta.
En ese instante, el viento trajo un sonido sordo que hizo vibrar el cristal: el crujido metálico de ruedas pesadas girando sobre grava húmeda y el chapoteo rítmico de cascos herrados.
Por la curva del camino de carruajes apareció un vehículo.
No era una calesa ligera de las que usaban los terratenientes locales para ir al mercado, sino un gran coche de viaje de cuatro ruedas, pintado de un negro mate tan denso que parecía absorber la poca luz mortecina que quedaba en el horizonte.
No llevaba blasón alguno pintado en los paneles de las puertas, ni faroles dorados; únicamente dos linternas de hierro forjado que balanceaban llamas amarillentas y vacilantes en los costados.
Lo tiraban dos percherones de pelaje azabache, animales de una envergadura impresionante que resoplaban vaho blanco contra el frío de la tarde.
El carruaje no vaciló al llegar a la bifurcación: ignoró el desvío hacia el pueblo y enfiló directamente hacia los arcos de entrada de Blackwood Manor.
Isabella sintió que la curiosidad, ese fuego constante que su familia consideraba un defecto incorregible, le encendía la sangre. Dio un paso más hacia el cristal, cruzándose de brazos para combatir el frío que se colaba por las rendijas de plomo.
—Mira eso… —murmuró.
El carruaje se detuvo con una sacudida frente a la escalinata de piedra carcomida de la casona vecina. Durante unos segundos interminables, nada se movió. La finca parecía contener la respiración en medio de la niebla.
De repente, el pescante crujió y el cochero saltó al suelo.
Isabella contuvo el aliento de forma involuntaria.
Incluso a la distancia de cincuenta yardas que separaba su ventana de la entrada contigua, la silueta del hombre resultaba colosal.
Medía fácilmente cerca de un metro noventa; sus hombros eran anchos como las vigas maestras de un granero y vestía una librea de paño oscuro, austera y marcial, rematada por un sombrero de copa plano y botas altas de cuero embarrado.
El criado no se movía con la torpeza que suele acompañar a los hombres de semejante tamaño; sus movimientos eran fluidos, calculados y eficientes, como los de un centinela entrenado para matar en silencio.
El gigante cogió una de las linternas de hierro del carruaje y, con una reverencia que denotaba una devoción casi militar, abrió la portezuela del vehículo.
Primero emergió una bota fina, de cuero lustrado pero sin adornos ostentosos. Luego, una mano extraordinariamente delgada, con dedos pálidos y largos que sostenían la empuñadura de plata de un bastón de madera oscura. Y finalmente, el dueño del carruaje descendió hacia el barro de Derbyshire.
Isabella aguzó la mirada, fascinada.
El caballero era de estatura alta, pero su extrema delgadez acentuaba su silueta hasta hacerla parecer casi espectral.
Llevaba una capa de viaje de lana negra con cuello alto levantado contra la cellisca, y bajo ella se adivinaban ropas de un corte exquisito, aristocrático, pero con un aire extranjero y ligeramente atemporal, ajeno a las modas extravagantes que llegaban de Londres o París.
Sin embargo, lo que retuvo el aliento de Isabella fue su rostro cuando la luz oscilante del farol lo iluminó de lleno.
Su piel era de una blancura absoluta, un tono alabastro que parecía no haber conocido jamás el sol de mediodía o que acababa de escapar de las garras de una enfermedad letal.
Sus facciones eran afiladas, de líneas rectas y nariz aguileña, con pómulos prominentes que proyectaban sombras huesudas bajo las cuencas de los ojos.
El pelo, de un negro azabache salpicado por mechones oscuros que caían sobre su frente alta, estaba recogido en la nuca con una sobria cinta de seda.
Cualquiera en el pueblo —cualquiera como su madre o el vicario— habría retrocedido espantado, persignándose y murmurando historias sobre cadáveres andantes o espíritus en pena.
Pero Isabella no vio a un fantasma. Con su mirada analítica y despierta, vio algo mucho más complejo: vio a un hombre que caminaba con una debilidad evidente, apoyándose en el bastón con un esfuerzo contenido, pero que sostenía la cabeza con una dignidad regia que ninguna enfermedad podía quebrar.
Y vio algo más, un detalle que desarmó al instante cualquier juicio apresurado:
Antes de subir el primer escalón hacia la puerta carcomida de la mansión, el recién llegado se detuvo.
Alargó la mano pálida —la que no sostenía el bastón— y acarició despacio el morro cubierto de escarcha de uno de los grandes percherones que tiraban del coche.
El caballo, un animal de batalla imponente y nervioso por el viaje, bajó las orejas y frotó la cabeza con docilidad contra la palma del hombre pálido, exhalando un largo resoplido de alivio.
El caballero sonrió; fue un movimiento mínimo, apenas perceptible en la comisura de sus labios finos, un gesto de cálida complicidad hacia el animal que transformó momentáneamente la severidad gélida de sus facciones.
Luego, le dirigió unas breves palabras al criado gigante. Isabella vio cómo los labios del noble pronunciaban un sonido grave y conciso, y la respuesta del coloso fue una inclinación de cabeza de respeto absoluto.
—Nick… —adivinó Isabella, leyendo la forma en que los labios del recién llegado se habían movido.
El gigante asintió, recogió dos baúles de cuero pesado con una sola mano como si fueran cajas de cartón vacías y se adelantó para empujar la pesada puerta de roble de Blackwood Manor, que cedió con un gemido de bisagras oxidadas que resonó por todo el valle.
El caballero de negro dio dos pasos hacia el portal. Pero justo en el descansillo de la entrada, antes de cruzar el umbral hacia la oscuridad de la casa, se detuvo en seco.
No fue una casualidad. No fue un tropiezo.
Lentamente, con una calma que hizo que a Isabella se le helara la sangre en las venas, el hombre giró el cuerpo y levantó el rostro hacia la colina de los Ravenswood.
Sus ojos —dos pozos oscuros y profundos encajados en la palidez de su rostro— buscaron directamente el único ventanal iluminado de la finca vecina.
La distancia era considerable, y entre ambos mediaba la bruma que empezaba a elevarse del suelo empapado.
Sin embargo, Isabella tuvo la certeza absoluta de que el extraño la estaba viendo.
No solo a la silueta detrás del cristal, sino a ella: sus ojos abiertos de par en par, su expresión de asombro y el sabueso que permanecía inmóvil a su lado.
El aire en el salón de música pareció volverse repentinamente denso, cargado de una electricidad silenciosa.
Isabella no se agachó. No corrió las cortinas como habría hecho cualquier señorita educada atrapada espiando a un desconocido.
Sostuvo la mirada del hombre pálido con esa terquedad inteligente que su familia tanto temía, clavando sus ojos avellana en aquella figura solitaria.
El caballero no mostró sorpresa. Durante un segundo que pareció dilatarse en el tiempo, sus labios dibujaron otra vez esa media sonrisa irónica, sutil y misteriosa, como si encontrara divertido o fascinante que alguien lo desafiara con los ojos a través de la penumbra.
Luego, con una lentitud casi ceremonial, bajó levemente la cabeza en una reverencia mínima y aristocrática, dedicada exclusivamente a la muchacha de la ventana.
Un instante después, la silueta se dio la vuelta y cruzó el umbral. El gigante Nick entró tras él y la enorme puerta de roble se cerró con un golpe seco que selló la casona, dejando el jardín muerto otra vez sumido en las sombras de la noche.
Argos emitió un gemido suave y empujó la mano de Isabella con el morro.
La joven bajó la vista hacia su perro y respiró por primera vez en lo que pareció una eternidad. Sus dedos estaban fríos, pero en el centro de su pecho ardía una curiosidad feroz, más intensa que cualquier fuego de chimenea.
—Un Conde extranjero, dicen… —susurró Isabella para sí misma, recorriendo con la yema de los dedos el borde del cristal húmedo—. Nadie que camine así, ni que mire de ese modo a los animales y a las sombras, es un simple noble inglés enfermo. ¿Quién eres?
Abajo, el reloj de pared del vestíbulo dio las siete campanadas con su timbre metálico, llamando a la cena que Lady Eleanor presidía con su habitual letanía de quejas.
Isabella no cerró las cortinas. Se apartó despacio del ventanal, apagó con los dedos humedecidos la vela solitaria que alumbraba el fortepiano y, con Argos pegado a sus faldas, bajó las escaleras dispuesta a escuchar los rumores que, sin duda alguna, no tardarían en estallar por todo el condado.