Capítulo 9 Furia en el bosque #2
—¡Basta, carroña de Westminster!
La voz resonó con una autoridad tan pura, tan limpia y aterradora que el viento helado pareció detenerse en seco entre las ramas de los sauces.
De la penumbra del sendero emergió Julián Romero.
Isabella, incorporándose con esfuerzo sobre sus rodillas en el suelo, contuvo el aliento ante la visión.
El caballero español no vestía la bata de terciopelo de su biblioteca ni mostraba la fragilidad que la sociedad inglesa le atribuía.
Llevaba una levita militar de paño negro ceñida por un tahalí de cuero repujado, y en su mano derecha sostenía la hoja desnuda de una espada ropera de guarnición calada, forjada en acero puro que resplandecía con un brillo dorado y cálido, como si capturara la luz del sol en su interior.
No había en Romero la grotesca deformación monstruosa de Sterling.
Su piel seguía siendo de un alabastro inmaculado y sus facciones conservaban una belleza serena, noble y altiva; pero de su cuerpo entero emanaba un poder colosal, constante, imperturbable.
A diferencia del vampiro, cuya fuerza fluctuaba con las fases del día y de la noche, Julián Romero se erguía en medio de las sombras como un sol de medianoche: su energía era plena, perfecta, inmutable bajo la luna o bajo el cenit.
Sterling se detuvo en seco al ver la hoja de la espada. Por primera vez desde su llegada a Derbyshire, el terror más absoluto desfiguró las facciones de cera del noble londinense.
—Tú… —jadeó el vampiro, retrocediendo dos pasos con la espalda encorvada y los ojos desorbitados—. ¡No es posible! ¡El Conde de Mortemer… eres un iniciado de la Rosa!
Julián dio un paso al frente con una elegancia marcial que convirtió el terreno embarrado en un salón de armas real. Su espada trazó un círculo en el aire que dejó tras de sí un leve silbido metálico cargado de chispas tenues.
—Arthur Sterling —dijo Romero con una frialdad majestuosa, desprovista de cualquier odio vulgar—.
Hace cien años que tu inmunda logia de parásitos huye de mí a través de las capitales de Europa.
Se arrastran como gusanos cobardes bajo el sol del mediodía porque la luz divina los reduce a la mitad de su miserable fuerza, y salen al anochecer a alimentarse de doncellas indefensas creyendo que la oscuridad los convierte en dioses.
Julián ladeó la cabeza y una sonrisa de desprecio soberano curvó sus labios:
—Olvidaste una lección fundamental, vampiro: la Gran Obra no depende de las sombras. Mi fuego arde con la misma pureza a las doce del día que a las doce de la noche.
Sterling soltó un grito de pánico y furia, comprendiendo que estaba en una desventaja mortal. Lanzó un zarpazo desesperado con ambas garras hacia el pecho de Romero, confiando en la velocidad nocturna de su estirpe.
Pero Julián no esquivó como un mortal. Se movió con una rapidez cegadora, divina, anticipando el ataque con la precisión de quien ha librado mil duelos antes de que los reinos modernos existieran.
Con un desvío magistral de su espada, la hoja de Toledo cortó el aire y atravesó el hombro derecho del vampiro de lado a lado.
Un haz de luz dorada brotó de la herida abierta. Sterling aulló de dolor con un chillido que no pertenecía a este mundo, cayendo de rodillas sobre la grava mientras la carne profanada de su pecho comenzaba a quemarse y ennegrecerse al contacto con el metal sagrado de la espada rosacruz.
Nicholas dio un paso al frente con el machete en alto dispuesto a decapitar a la criatura de un solo golpe, pero Julián alzó su mano libre con un ademán tajante.
—¡Déjalo, Nicholas! —ordenó Romero con voz de trueno.
El gigante se detuvo en el acto, bajando el acero pero manteniendo su metro noventa de músculo tenso a un paso del caído.
Julián retiró la espada del hombro de Sterling con un movimiento seco y colocó la punta dorada del acero directamente sobre la garganta palpitante del no-muerto.
—No mancharás el suelo de esta casa con tus cenizas corruptas, monstruo —le advirtió Romero en un susurro que heló el tuétano del vampiro—.
Regresa arrastrándote a tu cónclave de Mayfair.
Dile a tus amos en Londres que el Guardián de la Cruz Dorada está en Inglaterra.
Dile a tu logia que cada paso que den hacia el poder de este reino será castigado con el fuego de la Verdad.
Si vuelves a pisar este valle, si vuelves a pronunciar el nombre de Isabella Ravenswood, no quedará de ti ni el polvo para el viento de los páramos. ¡Lárgate!
Julián apartó la espada.
Sterling no esperó una segunda oportunidad.
Aferrándose el hombro humeante con una garra temblorosa, se arrastró sobre el fango, se puso en pie con un estertor de agonía y huyó hacia la espesura del bosque norte con la velocidad de una sombra quebrada, perdiéndose en la noche como una alimaña apaleada.
El silencio que cayó sobre los jardines del invernadero fue absoluto. Solo se escuchaba el goteo del agua sobre los cristales rotos y el silbido del viento invernal entre los tejos.
Julián limpió la hoja de su espada con un pañuelo de seda blanco, la enfundó con un chasquido impecable en su bastón de ébano y se volvió de inmediato hacia Isabella.
Toda la severidad marcial de su rostro desapareció en un parpadeo. Una expresión de angustia sincera, teñida de una ternura desbordante, iluminó sus ojos oscuros mientras caía sobre una rodilla en la grava junto a ella.
—Isabella… —dijo él con la voz entrecortada, tomándole suavemente las manos frías entre las suyas—. Por el cielo, ¿está herida? ¿Esa bestia la tocó?
Isabella respiraba con dificultad. Tenía el terciopelo del vestido desgarrado en el hombro y un moretón violáceo comenzaba a marcarse en su muñeca, pero al sentir el contacto de las manos de Julián —manos cálidas, vivas, firmes, que no temblaban ni quemaban con el frío de la muerte—,
una fuerza indómita volvió a fluir por sus venas.
Miró a Julián a los ojos. No había histeria en su rostro, ni lágrimas de terror ciego. Había una conmoción inmensa, el choque brutal de una mente racional que acababa de presenciar el velo de la realidad desgarrándose ante sus pies.
—Estoy bien… —logró decir ella, y su voz, aunque trémula, conservaba su timbre firme e inteligente—. Intentó usar sus garras… pero logré golpearlo antes. Nicholas llegó a tiempo.
Julián miró hacia el gigante, que permanecía de pie a pocos pasos limpiando la hoja de su machete con un trapo de lino. Nicholas asintió con una leve reverencia hacia su señor y hacia la joven, con los ojos brillando de una lealtad inquebrantable.
—Llegamos a tiempo por un suspiro —murmuró Julián, apretando los dedos de Isabella con una devoción que parecía desafiar a la noche entera—. Jamás me habría perdonado que ese engendro marchitara una sola hebra de su vida.
Isabella alzó la vista hacia el sendero donde Sterling había desaparecido y luego volvió a clavarla en el rostro blanco de Romero.
Su mente procesó a una velocidad vertiginosa todo lo que acababa de presenciar: la transformación monstruosa de Sterling, su debilidad diurna y su furia nocturna, la espada de acero solar que no obedecía a las armas comunes,
las palabras de terror de la bestia llamándolo «iniciado de la Rosa» y el poder constante y absoluto de Julián que no menguaba jamás.
—Tú no eres un hombre común, Julián —susurró ella, y por primera vez pronunció la frase no como una sospecha ingeniosa, sino como una certeza incontestable—. Esa cosa… esa criatura era un vampiro. Un no-muerto de las leyendas. Y tú… tú lo heriste con una luz que no pertenece a este siglo.
Julián sostuvo su mirada durante un silencio que pareció durar una era. En el fondo de sus ojos oscuros no hubo más evasivas, ni bromas aristocráticas, ni disfraces de salón. Había llegado el momento supremo de la revelación.
El caballero español se puso de pie despacio y le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—Tiene razón, Isabella —dijo él con una solemnidad majestuosa que hizo vibrar el aire frío de los páramos—. El tiempo de las medias verdades y de las sonatas a través de la verja ha terminado. Usted ha sangrado por culpa de esta guerra y tiene derecho a contemplar la faz entera del misterio.
Julián señaló con su bastón hacia la silueta oscura y distante de Blackwood Manor, donde las luces de la biblioteca alta resplandecían como un faro en la noche.
—Acompáñeme. Nicholas cuidará de que nadie en su casa note su ausencia esta noche. Ha llegado la hora de que conozca el Gran Manuscrito, el secreto de la Piedra Filosofal y la verdad sobre quién soy y qué fuerzas están disputándose el alma de este reino.
Isabella enderezó la espalda, se ajustó el corpiño desgarrado con orgullo intacto y tomó la mano firme de Julián Romero.
El miedo había muerto en el fango de los tejos. Lo que aguardaba al otro lado del arroyo era la eternidad.