34 YRIS #2
Mi plan comenzó a tomar forma mientras compraba el sedante, junto con algunos analgésicos y gasas para su herida.
Tenía que fingir que todo estaba normal, que no había escuchado nada la noche anterior.
Y cuando llegara el momento, lo pondría fuera de combate para que no pudiera detenerme.
Con las medicinas en la bolsa, me dirigí de vuelta al apartamento, el sonido de mis botas resonando en la acera vacía.
A cada paso, la rabia que sentía por Orión se entrelazaba con una tristeza profunda, una especie de desilusión que me quemaba por dentro.
Pensaba en todas las veces que habíamos hablado, en cómo le había confiado partes de mi vida, secretos que nunca le había contado a nadie.
Y ahora, todo parecía insignificante, una farsa.
Me sentía ridícula, estúpida por haber caído en sus mentiras.
Pero esa sensación de vulnerabilidad solo alimentaba mi determinación de escapar.
Cuando llegué al apartamento, Orión estaba en la cama, con los ojos entrecerrados por el dolor.
Lo miré un momento, asegurándome de mantener mi rostro neutral, sin que él pudiera notar el torbellino de emociones que se arremolinaba en mi interior.
Me acerqué a la cama y dejé la bolsa de medicamentos sobre la mesita de noche.
—Conseguí lo que necesitabas —le dije, intentando que mi voz sonara lo más casual posible.
Orión asintió, agradecido, y trató de incorporarse, pero se quejó del dolor.
Me acerqué y comencé a limpiar su herida con cuidado, aplicando las gasas y el analgésico.
Cada vez que mis manos rozaban su piel, sentía una punzada de rabia.
Había confiado en él, le había contado cosas que no debería haber revelado a nadie, y él lo había usado en mi contra.
—Gracias —murmuró, cerrando los ojos mientras yo seguía limpiando la herida.
—No te preocupes —respondí, casi en un susurro, mientras mis dedos terminaban de envolver la gasa alrededor de su brazo.
Durante el resto de la mañana, Orión permaneció acostado, recuperándose de la herida y el cansancio.
Yo, por mi parte, me movía por el apartamento como un fantasma, revisando cada rincón, calculando mis opciones, pensando en cómo ejecutar el plan que había comenzado a trazar en mi mente.
Tenía que salir de allí con las joyas antes de que cayera la noche, antes de que él pudiera entregarme a la policía.
Pero no podía hacerlo de manera obvia. Orión sospecharía si intentaba huir de forma repentina.
Necesitaba un plan que me diera la ventaja.
A media tarde, él seguía tumbado en la cama, y yo me quedé mirando por la ventana. La ciudad estaba en calma, pero sabía que esa calma era temporal. Sabía que la policía estaba buscándome, y que Orión solo estaba esperando el momento adecuado para llevar a cabo su plan.
—¿Estás bien? —preguntó de repente, su voz sonaba cansada, como si estuviera entre el sueño y la vigilia.
—Sí, solo pensando —respondí sin apartar la vista de la ventana.
—¿En qué piensas? —insistió.
Me giré para mirarlo, asegurándome de que mi expresión no revelara nada.
—En lo que haremos después de esto. No es como si pudiéramos quedarnos aquí para siempre.
Orión me miró durante unos segundos, sus ojos llenos de algo que no podía descifrar. ¿Era culpa? ¿O simplemente estaba evaluando si yo sabía más de lo que debería?
—Lo sé. Pero tengo un plan —dijo finalmente, como si eso bastara para calmar mis dudas.
Asentí, fingiendo que sus palabras me reconfortaban, pero en realidad, lo único que hacían era fortalecer mi resolución. No podía confiar en él. No después de lo que había escuchado. Si quería salir de esto con vida, tenía que actuar antes de que fuera demasiado tarde.
Cuando la tarde comenzó a desvanecerse y el sol empezó a caer, Orión se levantó con dificultad, todavía adolorido por la herida. Parecía un poco más animado, como si el tiempo que había pasado descansando le hubiera dado algo de energía.
Estuvimos juntos viendo una película hasta que casi se dieron las doce.
—Deberíamos celebrar —dijo, de repente—. No todos los días se roba una fortuna en joyas, ¿no?
Lo miré, evaluando sus intenciones. Sabía que esto formaba parte de su plan, probablemente para calmarme, para hacerme sentir que todo estaba bien. Pero también era la oportunidad perfecta para llevar a cabo el mío.
—¿Champán? —pregunté, tratando de sonar lo más despreocupada posible.
—Claro, ¿por qué no? —respondió con una sonrisa que me dio escalofríos.
Mientras él iba a buscar la botella, yo me aseguré de tener el sedante a mano. Lo mezclaría con su bebida y esperaría a que hiciera efecto. Tenía que mantener la calma, actuar como si todo estuviera bien, como si no supiera nada.
Saqué dos copas y las coloqué sobre la encimera.
—Voy a por una botella de champán, están en un almacén abajo, ahora vuelvo.
Asentí y di un respiro.
Mientras él iba a por la botella, yo cogí dos pastillas para que el efecto fuese más fuerte, y con la base de una de las copas que había sacado, comencé a hacer las pastillas añicos hasta convertirlas en polvo demasiado fino, perfecto para echarlo al champán y no verlas.
Orión regresó con una botella de champán.
Descorchó la botella con un gesto elegante y me sirvió una copa antes de llenar la suya.
Aproveché el momento en el que se dio la vuelta para verter discretamente el sedante en su copa.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, pero me aseguré de mantener mi rostro impasible.
Levantamos las copas para brindar, y Orión me miró con una sonrisa que, en otro momento, me habría hecho sentir segura. Pero ahora solo veía en él la traición.
—Por nosotros —dijo, alzando su copa.
—Por nosotros —repetí, fingiendo una sonrisa.
Bebió de su copa sin sospechar nada, y yo hice lo mismo, aunque apenas probé el champán. Sentí cómo la tensión en mi cuerpo aumentaba con cada segundo que pasaba, esperando que el sedante comenzara a hacer efecto.
Después de unos minutos, Orión empezó a parecer más relajado, como si el dolor de su herida y el cansancio comenzaran a pesarle.
—Quiero que sepas algo —dijo de repente, su voz más suave, casi vulnerable—. Lo que hemos hecho... todo lo que ha pasado... no ha sido solo un trabajo para mí.