Sombras del Oasis 34 YRIS
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34 YRIS

Había algo en el aire que no me dejaba tranquila.

No era el olor a pólvora que aún flotaba en el ambiente, ni las luces azules de los coches de policía que se perdían en la distancia mientras nos alejábamos.

Era otra cosa, algo más profundo, más visceral.

Podía sentirlo en cada respiración, en cada mirada que Orión y Amira se intercambiaban.

Pero no dije nada. Me mantuve en silencio, observando, mientras el coche avanzaba rápidamente por las calles oscuras.

Amira estaba al volante, sus manos firmes en el volante como siempre, pero esa calma aparente no me engañaba.

Conocía demasiado bien esa fachada. Después de todo, habíamos pasado semanas entrenando juntos, perfeccionando cada detalle de lo que acabábamos de hacer.

Pero había algo en ella esa noche, algo diferente.

Y Orión… Orión era un misterio aún más grande.

Podía ver cómo miraba hacia el retrovisor de vez en cuando, como si estuviera evaluando la situación, como si tuviera un plan en mente que aún no había revelado.

El camino hacia el almacén fue silencioso.

El único sonido que llenaba el coche era el rugido constante del motor y, de vez en cuando, el eco distante de alguna sirena que se apagaba poco a poco.

Mi corazón seguía latiendo con fuerza, aún lleno de la adrenalina del robo.

Lo habíamos hecho. Habíamos logrado burlar todos los sistemas de seguridad, y ahora las joyas estaban con nosotros, escondidas en la mochila que yo sostenía en mi regazo.

Era un triunfo, pero no me sentía triunfante.

Algo estaba mal, lo sabía. Lo sentía en mi interior, pero no podía ponerle nombre.

Finalmente, llegamos al almacén, el mismo lugar donde habíamos pasado incontables horas entrenando, preparándonos para esta noche.

Orión fue el primero en salir del coche, tambaleándose un poco debido a la herida en su brazo.

La bala no lo había atravesado, pero estaba claro que el dolor lo estaba afectando.

Amira lo observó desde la distancia, pero no dijo nada.

Simplemente apagó el motor y salió del coche con la misma calma de siempre.

Entramos al almacén en completo silencio, como si no quisiéramos romper la tensión que flotaba en el aire.

El lugar estaba oscuro, frío, y cada paso resonaba en el eco de las paredes vacías.

Me acerqué a una de las mesas de metal que habíamos usado para practicar y dejé la mochila con las joyas encima.

Me quedé ahí, mirando las sombras que se alargaban en el suelo, tratando de organizar mis pensamientos.

—Hemos ganado la primera parte de esta guerra —dije, finalmente rompiendo el silencio. Mi voz sonaba extraña, distante incluso para mí.

—Sí, pero no cantes victoria aún —respondió Amira desde el otro lado del almacén. Estaba revisando su teléfono, probablemente verificando las rutas de escape o algo por el estilo.

Orión no dijo nada. Simplemente asintió, pero su mirada no estaba en las joyas, ni en mí. Estaba en Amira, y esa pequeña interacción, ese breve intercambio de miradas, me hizo sentir como si me estuviera perdiendo algo. Algo importante.

Me senté en el borde de una de las cajas de madera que había cerca.

Mis músculos aún estaban tensos, la adrenalina seguía recorriendo mi cuerpo, pero ahora estaba mezclada con una sensación de vacío, de incertidumbre.

Orión se sentó a mi lado, y por un momento, me permití relajarme en su compañía.

Había algo en él que siempre había logrado tranquilizarme, una especie de calma innata que irradiaba, incluso en los momentos más caóticos.

Pero ahora, esa calma solo me ponía más nerviosa.

El silencio del almacén se hizo pesado, opresivo, y sentí que necesitaba decir algo, cualquier cosa, para romperlo.

—¿Te duele mucho? —le pregunté, señalando su brazo herido. Era una pregunta estúpida, lo sabía, pero no se me ocurría nada mejor.

—Un poco —respondió él, encogiéndose de hombros—. Pero estaré bien.

Me quedé mirándolo, observando cómo sus facciones se endurecían mientras trataba de ocultar el dolor. Sabía que había algo más detrás de su fachada, algo que no estaba diciéndome. Pero no sabía cómo abordarlo, cómo confrontarlo sin levantar sospechas. Así que me quedé en silencio, esperando.

Amira fue la primera en moverse. Se dirigió hacia uno de los sacos de dormir que habíamos dejado allí durante nuestras prácticas, se acomodó y, sin decir una palabra más, se envolvió en el saco y cerró los ojos.

Orión y yo nos quedamos allí, en medio del almacén, en ese colchón improvisado que habíamos arrastrado desde el fondo para poder descansar un poco.

—Deberías descansar —murmuró Orión, estirándose a mi lado.

—Sí, quizá tengas razón —dije, aunque no estaba segura de poder dormir esa noche.

Nos tumbamos en el colchón, y sentí el calor de su cuerpo junto al mío, la familiaridad de sus movimientos.

Sus brazos me rodearon, y por un momento, quise creer que todo estaba bien.

Quise convencerme de que, a pesar de las dudas que me consumían, Orión era alguien en quien podía confiar.

Pero esa ilusión se desvaneció rápidamente.

Pasaron varias horas, o al menos eso parecía, antes de que comenzara a escuchar el murmullo de voces.

Estaba a punto de quedarme dormida cuando noté que Orión se había levantado del colchón con cuidado, como si no quisiera despertarme.

Me quedé completamente quieta, con los ojos entrecerrados, fingiendo que seguía dormida.

Lo vi caminar en silencio hacia donde Amira estaba. Ella estaba despierta, revisando su teléfono, y cuando Orión se acercó, se levantó para hablar con él en voz baja. No pude escuchar mucho al principio, pero después de unos segundos, sus palabras se hicieron más claras.

—No tenemos mucho tiempo —susurró Orión, mirando hacia el reloj que llevaba en la muñeca—. La policía estará buscando a Yris. Tenemos que seguir con el plan y entregarla antes de que sea demasiado tarde.

Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago.

Las palabras de Orión me atravesaron, helándome por completo.

Todas las dudas, todas esas pequeñas señales que había estado ignorando, comenzaron a cobrar sentido en ese momento.

Orión, la persona en quien había empezado a confiar, me estaba traicionando.

Todo lo que habíamos compartido, todas las confidencias, las promesas, las miradas... todo había sido una mentira.

Sentí una mezcla de rabia y dolor creciendo dentro de mí, una furia que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

¿Cómo había sido tan estúpida? ¿Cómo había podido confiar en él?

Había dejado que mis sentimientos nublaran mi juicio, había bajado la guardia, y ahora todo eso me estaba explotando en la cara.

Cuando Orión volvió al colchón, me mantuve completamente inmóvil.

No podía dejar que supiera que había escuchado su conversación con Amira.

Cerré los ojos con fuerza, intentando calmar la tormenta de emociones que se desataba dentro de mí.

Sentí su brazo rodearme de nuevo, y su cuerpo se acomodó a mi lado como si nada hubiera pasado.

Pero para mí, todo había cambiado. La confianza que había comenzado a desarrollar hacia él se había evaporado por completo.

No me moví, no reaccioné. Simplemente me quedé allí, fingiendo estar dormida, mientras Orión se quedaba a mi lado, ajeno a la verdad. Y en ese momento, mientras escuchaba su respiración calmada, juré que no permitiría que me traicionaran de esa manera.

A la mañana siguiente, el ambiente en el almacén era tenso.

Amira fue la primera en levantarse, recogiendo sus cosas sin decir una palabra.

Nos informó que se iría a su casa, y Orión y yo asentimos, despidiéndonos brevemente.

Fue un intercambio frío, sin emociones, como si ninguno de nosotros quisiera reconocer la realidad de lo que había sucedido la noche anterior.

Sabía que Orión intentaría llevar a cabo su plan en algún momento, pero no pensaba darle la oportunidad de hacerlo.

Tomamos un taxi hacia el apartamento de Orión, y el viaje fue silencioso.

Cada vez que intentaba mirarlo, recordaba lo que había escuchado la noche anterior, y mi cuerpo se tensaba de inmediato.

No podía creer que había caído tan bajo, que había permitido que él se acercara tanto a mí solo para descubrir que todo había sido una mentira.

Pero no iba a dejar que eso me debilitara.

Tenía que ser más fuerte que eso. Tenía que pensar en mi siguiente movimiento.

Cuando llegamos al apartamento, Orión estaba claramente cansado, el dolor en su brazo lo estaba afectando más de lo que quería admitir.

Se quitó la camisa con dificultad, y me ofrecí a ayudarlo a curar la herida.

Fingí preocupación, fingí interés, todo mientras mi mente trabajaba a toda velocidad, tratando de encontrar una manera de escapar de esta situación.

—Voy a bajar a la farmacia a comprarte algo para el dolor —le dije, después de que lo ayudé a acostarse en la cama.

Él asintió, agradecido, sin sospechar nada. Le dije que necesitaba algo de tiempo para buscar los medicamentos adecuados y me dirigí hacia la puerta, tomando mi bolso con las joyas que había separado de la mochila.

Salí del apartamento sintiendo el aire fresco en mi rostro, pero mi mente estaba atrapada en el caos de emociones.

La traición de Orión pesaba en cada paso que daba, como si las sombras de sus palabras me siguieran, no importa cuánto me alejara.

Mientras caminaba por las calles buscando la farmacia más cercana, repasaba mentalmente cada conversación, cada gesto, intentando identificar el momento exacto en el que él había decidido que yo no era más que una pieza en su juego.

No tardé en llegar a una pequeña farmacia en la esquina de la calle.

El lugar estaba iluminado con luces cálidas, lo que contrastaba con el frío y la humedad de la mañana.

Entré, y mientras recorría los estantes, mi mente no dejaba de buscar una solución.

Tenía que salir de esto, tenía que escapar de él antes de que me entregaran.

Pero no podía hacerlo de manera impulsiva.

Necesitaba tiempo, y para ganar tiempo, necesitaba neutralizar a Orión.

Mis ojos se posaron en una caja de sedantes.

Ramelteon, un medicamento usado para inducir el sueño.

No era tan fuerte como para ser peligroso, pero lo suficiente como para hacer que alguien como Orión, herido y cansado, se sumiera en un sueño profundo.