Sombras del Oasis 33 ORIÓN
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33 ORIÓN

Había algo en la adrenalina que siempre me dejaba los sentidos más agudos.

Mi respiración era lenta, pero cada vez más profunda.

El museo estaba en completo caos, aunque por fuera parecía todo lo contrario.

La gente, vestida con sus trajes de gala, caminaba despreocupada, bebiendo champán y charlando sobre arte, como si no supieran que, en solo unos minutos, todo se iría al infierno.

Miré a Yris. Ella estaba impecable, tan fría y calculada como siempre.

A simple vista, parecía una invitada más, alguien con dinero de sobra y ganas de ver joyas carísimas.

Pero solo yo sabía lo que realmente se escondía detrás de esos ojos oscuros.

El vestido negro le quedaba perfecto, resaltando cada uno de sus movimientos precisos, mientras su mirada escaneaba la sala como si pudiera ver todos los riesgos ocultos.

Era como si cada músculo en su cuerpo estuviera entrenado para esto.

—¿Todo listo? —pregunté, inclinándome hacia ella. Me puse el pasamontañas negro para cubrir mi rostro. Mi voz era baja, apenas un susurro entre la multitud.

—Lo está —respondió Yris sin mirarme, colocándose el pasamontañas también, concentrada en los guardias que hacían su ronda—. Amira tiene control sobre las cámaras. Tenemos diez minutos antes de que se den cuenta.

Diez minutos. Eso era todo el tiempo que teníamos para ejecutar el plan, robar las joyas y desaparecer sin dejar rastro.

Miré a mi alrededor. La sala estaba llena de vitrinas de cristal, cada una conteniendo alguna pieza de la famosa colección de Horus Gad: collares, anillos, brazaletes, cada uno más impresionante que el anterior.

Sabía que el objetivo principal era el collar de Horus, una joya legendaria, pero en el camino, íbamos a llevarnos todo lo que pudiéramos.

—Vamos a empezar —dije, manteniendo la calma mientras nos movíamos hacia el centro de la sala.

Yris no dijo nada, pero me siguió de cerca.

Nos mezclamos con los invitados, moviéndonos con fluidez entre los grupos de gente.

Nadie se dio cuenta de que nos estábamos acercando peligrosamente a las vitrinas más valiosas.

El ambiente en el museo estaba cargado de lujo y glamour.

El sonido suave de las copas entrechocando se mezclaba con risas contenidas, mientras las luces brillaban en las joyas, dándoles un brillo casi hipnótico.

—Ocupémonos de las joyas más pequeñas primero —dije por el micrófono oculto en mi oreja, sabiendo que Amira estaba escuchando desde su posición fuera del museo.

Ella respondió rápidamente. —Tenéis luz verde. Los sensores de movimiento están desactivados.

Eso era todo lo que necesitábamos. Yris se movió con una precisión casi mecánica.

Mientras los guardias giraban en su ronda, ella deslizó una pequeña herramienta bajo la vitrina más cercana y desactivó la alarma interna.

El cristal se abrió suavemente, sin un solo sonido.

Tomó un par de pendientes de diamantes y los deslizó en el bolso escondido en su vestido.

Yo hice lo mismo con una pulsera de zafiros.

Cada joya que tomábamos parecía un paso más hacia la libertad…

o hacia el desastre, dependiendo de cómo lo mires.

Mientras seguíamos saqueando vitrinas, mi pulso empezó a acelerarse.

Estábamos a mitad del plan, y aún no había señales de complicaciones.

Pero sabía que eso podía cambiar en cualquier momento.

Yris, sin embargo, se movía con una frialdad increíble.

Era como si hubiera nacido para esto, como si no hubiera nada que pudiera detenerla.

Su confianza me daba seguridad, pero también me recordaba que seguía desconfiando de mí.

Lo veía en sus ojos, cada vez que me miraba de reojo, como si esperara que, en cualquier momento, la traicionara.

Finalmente, llegamos a la vitrina principal.

El collar de Horus Gad brillaba bajo las luces, como si estuviera esperándonos.

Era la joya más valiosa de toda la colección, y también la más peligrosa de robar.

Cualquier movimiento en falso, y las alarmas del museo se activarían.

Miré a Yris, que ya tenía la herramienta en la mano, lista para desactivar los sensores.

—Cinco minutos —nos advirtió Amira por el auricular—. Los guardias están a punto de volver.

Cinco minutos. Sabíamos que el tiempo se estaba agotando.

Yris, con una precisión que me impresionó, desactivó la alarma de la vitrina y abrió el cristal.

El collar estaba justo ahí, al alcance de la mano.

Pero en ese momento, un ruido sordo resonó en la sala.

Giré la cabeza rápidamente, y vi cómo uno de los guardias había entrado antes de lo previsto.

—¡Oye! —gritó, sacando su arma.

Todo pasó en un segundo. Yris, con movimientos calculados, desenfundó su pistola y disparó antes de que el guardia pudiera siquiera apuntarnos.

El sonido del disparo resonó en toda la sala, y en un instante, el caos se desató.

La alarma del museo comenzó a sonar con fuerza, y los invitados, que hasta ahora habían estado ajenos a todo, comenzaron a gritar y correr en todas direcciones.

—¡Joder! —exclamé, sacando mi propia arma y cubriendo a Yris mientras ella tomaba el collar de Horus Gad y lo guardaba rápidamente en su bolso.

—Tenemos que movernos —dijo ella, sin dejar de disparar hacia los guardias que llegaban por las entradas laterales.

El museo se había convertido en un campo de batalla.

Las balas rebotaban en las paredes y el suelo, mientras corríamos hacia la salida trasera.

Amira nos gritaba a través del auricular, pidiéndonos que nos apresuráramos.

Los guardias se movían rápidamente, bloqueando nuestras rutas de escape, pero habíamos estudiado este lugar al detalle.

Sabíamos cómo salir, incluso bajo fuego.

—¡Por aquí! —grité, agarrando a Yris del brazo y tirando de ella hacia un pasillo estrecho.

Corrimos a través de las sombras, disparando de vez en cuando para mantener a los guardias a raya.

El dolor en mi brazo izquierdo me recordó que una de las balas había alcanzado su objetivo, pero no podía detenerme ahora.

Yris no decía nada, pero su rostro estaba marcado por la concentración.

Sabía que ella también estaba en el límite de su resistencia.

Cuando finalmente llegamos a la salida trasera, Amira ya estaba allí, esperándonos en el coche con el motor encendido.

—¡Subid ya! —gritó, abriendo la puerta trasera mientras disparaba a un guardia que se acercaba demasiado.

Nos tiramos dentro del coche y Amira pisó el acelerador. El sonido de los disparos se fue desvaneciendo mientras nos alejábamos a toda velocidad, pero las sirenas de la policía ya empezaban a acercarse. Teníamos que perderlos, y rápido.

—¿Lo tenemos todo? —preguntó Amira, sin apartar la vista de la carretera.

—Todo —respondió Yris, sacando el collar y otras joyas del bolso—. Pero no nos han dado tregua.

El dolor en mi brazo comenzó a intensificarse, pero lo ignoré. No podíamos permitirnos distraernos ahora.

—Están demasiado cerca —dije, mirando por la ventana trasera. Las luces azules de los coches de policía se veían a lo lejos.

Amira giró bruscamente el volante, llevándonos por una calle secundaria que habíamos memorizado de antemano. Sabíamos que las calles de esta parte de la ciudad eran un laberinto, y si jugábamos bien nuestras cartas, podríamos despistarlos.

—¿Qué tan herido estás? —preguntó Yris, mirándome de reojo.

—No es nada que no pueda manejar —respondí, aunque el dolor era cada vez más insoportable.

Sabía que Yris no estaba realmente preocupada por mi herida. Estaba más preocupada por si seguía siendo un riesgo para el éxito del plan. No había terminado de confiar en mí, y eso lo sabía desde el principio. Pero ahora no había tiempo para enfrentamientos emocionales. Teníamos que escapar.

El coche dio otra vuelta rápida, y finalmente, las luces de la policía comenzaron a desvanecerse.

Habíamos logrado perderlos, al menos por ahora.

Me recosté en el asiento, intentando calmar mi respiración.

Habíamos robado una fortuna en joyas, pero no podía ignorar el peso que sentía sobre mis hombros.

Miré a Yris. Ella también estaba exhausta, pero en sus ojos brillaba algo más. Tal vez era satisfacción, tal vez desconfianza, o tal vez una mezcla de ambas. Pero mientras nos alejábamos del museo, supe que aunque habíamos logrado el robo, la verdadera batalla entre nosotros aún no había terminado.