32 YRIS
Despertar junto a Orión en el día del robo era una experiencia tan inusual como inquietante.
La mañana llegó cargada de nerviosismo y anticipación.
Cada rincón del hotel parecía estar en silencio, y la promesa de un evento monumental se sentía en el aire.
La presión del momento estaba palpable, y mi estómago revoloteaba con una mezcla de emoción y ansiedad.
—¿Ya te levantas? —se quejó Orión, tapándose con las sábanas mientras aún estaba medio dormido.
—Sí, hoy es el gran día, estoy nerviosa —respondí, tratando de mantener la calma.
—No te preocupes, todo va a ir bien —dijo él, con un tono que intentaba ser tranquilizador.
Suspiré, sintiendo un ligero escepticismo. Lo miré con seriedad, incapaz de ocultar mis dudas.
—¿Me estás mintiendo? —pregunté, con un tono que era más una declaración de mis temores que una verdadera pregunta.
Orión se sentó en la cama de golpe, sorprendido y con el ceño fruncido.
—¿Por qué coño piensas eso? —sonó molesto—. Joder, Yris, eres tremenda.
Lo miré confundida. No entendía a qué se refería exactamente.
—¿Qué? ¿Por qué?
—¿No te das cuenta? —dijo él—. Te he estado diciendo que lo que siento por ti es real, todo el maldito tiempo, y sigues sin creerme.
Suspiré profundamente y me puse las manos en el rostro. Sentía el peso de mi propia desconfianza, la lucha constante entre el deseo de creer en él y el miedo a ser traicionada.
—Es que es verdad. ¿Vas a poder por una puta vez en estos meses confiar en mí? Joder, tampoco soy un monstruo.
—Yo no s…
—No digas que no sabes. Piensas que todas tus experiencias pasadas van a repetirse una y otra vez. Yris, yo soy yo, tus exes son tus exes, no yo, entiende eso. ¿Quién te ha hecho tanto daño como para que te cueste tanto confiar?
Me quedé callada, sin saber cómo responderle. La verdad era que no tenía una respuesta clara.
—Venga, Yris, dilo ya. Ya es hora de pasar página y darte cuenta de que no todos son iguales, no todos te van a hacer sufrir, no todos te van a manipular, usar, engañar…
—Nadie, Orión, nadie. No tengo ningún ex porque nunca he estado con nadie. Nadie me ha usado, manipulado, engañado, ni sido infiel. Ahí está el problema.
Él me miraba fijamente, esperando a que continuara.
—Vivo con el miedo constante de que me engañen o manipulen, así que para protegerme, desconfío de todos —dije, sentándome en la cama mientras sentía un nudo en la garganta y el corazón hecho pedazos—.
A lo largo de mi vida, claro que me han gustado otros chicos, pero tú...
tú eres diferente. No es que los demás sean iguales y tú seas único en un millón, pero lo que hay entre nosotros…
siento que es algo especial, algo más profundo.
Es mucho más intenso que cualquier cosa que haya sentido antes por alguien.
Orión me miraba con una mezcla de comprensión y sorpresa. Esta vez, al escuchar mis palabras, parecía estar viendo una faceta de mí que antes había estado oculta. Me estaba mostrando mis propias vulnerabilidades, algo que ni siquiera yo había sido capaz de entender del todo.
—Podré parecer segura, fuerte, astuta, al haber sido ladrona estos años atrás, pero emocionalmente soy una persona inestable, insegura, con tantos miedos que no me abro a nadie, que voy sin intenciones de sentir amor real.
Siempre he tenido un bloqueo emocional enorme, no he sido durante muchos años capaz de sentir algo por alguien…
Orión terminó la frase con suavidad.
—...¿hasta que me conociste a mí?
Asentí, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban en mis ojos. Era una revelación dolorosa pero liberadora, admitir que finalmente había encontrado a alguien que hacía tambalear mis defensas.
Orión me miró con una mezcla de tristeza y ternura. Me tomó la mano con delicadeza, y aunque las palabras no eran suficientes para resolver todo, el gesto fue un consuelo.
—Yris… No tenía idea de que llevabas todo eso dentro. Pero déjame decirte algo. No tienes que ser perfecta, ni tener todo bajo control todo el tiempo. No conmigo.
El nudo en mi garganta se apretó aún más. Estaba acostumbrada a manejar todo sola, a mantener las barreras en pie para protegerme. Pero Orión estaba rompiendo esas barreras, y me aterrorizaba la posibilidad de ser herida si dejaba caer mi guardia.
—Es difícil para mí confiar, lo sabes —dije en voz baja, desviando la mirada hacia la ventana—. Sé que dices que me quieres, pero… no sé si puedo permitirme creerlo.
Orión suspiró, su frustración era evidente, pero no estaba enfadado. Sabía que estaba luchando contra mis propios miedos, y eso era algo que ni él ni yo podíamos cambiar de la noche a la mañana.
—No puedo hacer más que demostrártelo, Yris. Si después de todo esto aún no puedes confiar en mí, no sé qué más hacer. Pero te prometo que estoy aquí, contigo, y lo que siento es real.
Nuestros ojos se encontraron en un silencio cargado de emociones. La duda seguía presente, pero había algo en su mirada que me hacía querer creer. El problema no era Orión, sino mi propia incapacidad para soltar el control y permitir que alguien más viera mis vulnerabilidades.
Finalmente, rompí el silencio.
—He pedido que suban el desayuno a la habitación —dije en voz baja, cambiando de tema porque no sabía qué más decir—. Sé que no estás hospedado aquí, pero pensé que podríamos comer algo antes de… bueno, antes de lo que sea que pase hoy.
Orión me miró con una leve sonrisa, agradeciendo el gesto sin necesidad de palabras. Sabíamos lo que se avecinaba: el robo, la tensión, la incertidumbre. Pero en ese momento, en esa burbuja de calma antes de la tormenta, todo parecía un poco más soportable.
—Gracias —dijo, tomando mi mano de nuevo—. Por eso también sé que lo que tenemos es especial. Porque a pesar de todo, de tus miedos, sigues siendo tú, sigues cuidando de mí, incluso cuando crees que no puedes confiar.
Me permití un pequeño momento de paz mientras esperábamos el desayuno. Aunque el miedo seguía latente, su presencia cerca de mí hacía que todo pareciera un poco más fácil.
—Vamos a desayunar —dije, intentando mantener la calma—. Hoy será un día largo.
Orión asintió y, mientras esperábamos el desayuno, me preguntaba si tal vez, solo tal vez, esta vez podría ser diferente.
El día avanzó rápidamente, y a medida que se acercaba la hora de la presentación, nos preparábamos para lo que sería la culminación de dos meses de planificación.
A las 8:15 en punto, Orión y yo nos dirigimos hacia la puerta del hotel.
La limusina esperábamos, y Orión, con su elegante traje negro, me recibió con una sonrisa que era tan tranquilizadora como llena de determinación.
—¿Cómo estás? —preguntó, mientras me ayudaba a subir al vehículo.
—Lista para hacer historia —respondí, sintiendo una mezcla de nervios y emoción.
A medida que la limusina avanzaba hacia el museo, las luces de la ciudad pasaban en un borrón de colores.
El museo se alzaba en el horizonte, majestuoso y deslumbrante, con una alfombra roja extendida y arreglos florales que marcaban la entrada.
La fachada del edificio estaba iluminada por luces brillantes, destacando su arquitectura impresionante.
Cuando llegamos, el ambiente estaba cargado de sofisticación y glamour. La entrada del museo estaba llena de invitados elegantemente vestidos, y el murmullo de conversaciones animadas se mezclaba con el sonido de los flashes de las cámaras. La expectación estaba en el aire.
Entramos al vestíbulo, que estaba decorado con elegancia. Las cortinas de terciopelo, las luces tenues y los arreglos florales creaban un ambiente de lujo. La música suave de fondo y el aroma de champán y flores llenaban el espacio.
Amira, disfrazada de camarógrafa, se acercó a nosotros.
—Todo listo por mi parte —dijo en un susurro—. Me mantendré en contacto. Ustedes sigan con el plan.
—Gracias, Amira —respondí—. Nos vemos más tarde.
Orión y yo nos dirigimos hacia la zona de la exposición, donde las vitrinas contenían las joyas de Horus Gad.
Cada una estaba expuesta con gran detalle, creando un espectáculo de lujo y opulencia.
La multitud de invitados disfrutaba de las exhibiciones y la conversación, ajena a lo que se estaba gestando.
—Aquí está el plan —dijo Orión, sacando un pequeño dispositivo de su bolsillo. La pantalla táctil mostraba la disposición de las vitrinas y las alarmas—. Necesitamos sincronizar nuestros movimientos con precisión. Recuerda, el tiempo es clave.
Estudié el dispositivo con atención. La complejidad del sistema de seguridad era evidente, pero estábamos preparados. Cada paso debía ser meticulosamente calculado. Me sentí más segura al ver la confianza de Orión mientras ajustaba los detalles finales.
La noche avanzaba, y el evento se volvía más animado. Los invitados se mezclaban y charlaban, y la tensión entre Orión y yo se hacía más palpable. La adrenalina estaba en su punto máximo mientras nos preparábamos para ejecutar el plan.
Finalmente, llegó el momento. La multitud estaba distraída con un discurso del anfitrión, lo que nos proporcionaba la cobertura perfecta. Orión y yo nos dirigimos a la vitrina principal con precisión.