31 YRIS
Me desperté al sentir la calidez de un cuerpo a mi lado.
Me tomó un segundo recordar dónde estaba y qué había sucedido la noche anterior.
Orión y yo estábamos en la cama, entrelazados en un abrazo que, aunque reconfortante, me llenaba de confusión.
Giré ligeramente la cabeza y lo vi, aún dormido.
Su rostro relajado, libre de la tensión que usualmente lo caracterizaba, me parecía casi irreconocible.
No pude evitar sentir una punzada en el pecho al verlo así, tan vulnerable, tan diferente de la figura en la que no había confiado desde el principio.
Me quedé observándolo, mi mente un torbellino de emociones encontradas.
Una parte de mí quería seguir así, disfrutando de esta extraña calma, pero otra parte, la más racional y calculadora, me recordaba que no podía permitirme bajar la guardia.
Orión me había prometido que sus sentimientos eran reales, que quería estar a mi lado, pero ¿cuántas veces había escuchado esas mismas palabras en labios de hombres que sólo buscaban manipularme?
Sabía que era peligroso confiar en él, pero también sabía que no podía ignorar lo que estaba empezando a sentir.
El dilema en mi interior crecía con cada segundo que pasaba.
Por un lado, estaba mi deseo de venganza, el plan que había trazado con tanto cuidado y que estaba tan cerca de ejecutarse.
No podía permitir que nada ni nadie se interpusiera en eso.
Por otro lado, estaba esta creciente atracción hacia Orión, esta conexión que parecía fortalecerse con cada momento que pasábamos juntos.
Me sentía atrapada entre lo que quería hacer y lo que sentía, y esa lucha interna me estaba destrozando.
Respiré profundamente, intentando calmarme, pero el dilema seguía ahí, punzante.
Necesitaba mantener la cabeza fría, recordar por qué había empezado todo esto.
El robo que planeábamos era mi forma de ajustar cuentas, de equilibrar una balanza que había estado inclinada en mi contra durante demasiado tiempo.
Y aunque Orión me había demostrado que sus sentimientos eran reales, no podía permitirme confiar completamente en él.
Aún no. Aún había demasiadas incógnitas, demasiadas cosas que no encajaban.
Debía seguir con el plan, pero también debía prepararme para cualquier traición.
Me levanté con cuidado para no despertarlo y me dirigí al baño.
Necesitaba un momento para mí, para ordenar mis pensamientos.
El reflejo en el espejo me devolvió una imagen de alguien que no reconocía del todo.
Mis ojos estaban más oscuros, las ojeras marcaban las noches sin descanso.
Me pasé una mano por el cabello, despeinándolo aún más.
¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo había llegado a este punto?
El sonido de una suave respiración me devolvió al presente.
Orión seguía dormido, ajeno a la tormenta en mi interior.
Cerré los ojos por un momento, intentando bloquear todo lo que me estaba abrumando.
Pero la imagen de él, con su brazo aún estirado hacia donde yo había estado, no me dejaba.
No sabía cómo seguir adelante sin perderme en este mar de emociones que me estaba ahogando.
Cuando regresé a la habitación, Orión comenzaba a despertar.
Se estiró lentamente, y cuando abrió los ojos, me miró con una expresión que hizo que mi corazón se acelerara.
Había ternura en su mirada, algo que me hizo sentir más insegura que nunca.
¿Cómo podía mantenerme firme en mis decisiones cuando él me miraba de esa forma, como si realmente le importara?
—Buenos días —murmuró, su voz ronca por el sueño.
—Buenos días —respondí, mi voz más firme de lo que me sentía.
Nos quedamos en silencio por un momento, y luego él se incorporó, apoyándose en los codos mientras me observaba con curiosidad.
—¿Estás bien? —preguntó, genuinamente preocupado.
Asentí, sin confiar en mi voz para responder con algo más elaborado. Había tantas cosas que quería decirle, tantas preguntas que quería hacerle, pero sabía que no podía mostrar todas mis cartas. No aún. Sabía que tenía que mantener la distancia, a pesar de lo que pudiera estar sintiendo.
Antes de que pudiera sugerir salir a desayunar, como solíamos hacer, le dije que ya había pedido que subieran el desayuno a la habitación.
Sabía que Orión no estaba hospedado en mi hotel, que su apartamento estaba en otro lugar de la ciudad, y la idea de que tuviéramos un poco más de tiempo juntos, a solas, me parecía una forma de mantenernos en ese pequeño refugio que habíamos creado en medio del caos.
Él sonrió, agradecido, y me ayudó a preparar la pequeña mesa junto a la ventana.
Mientras organizábamos las cosas, noté cómo me observaba, cómo parecía medir cada uno de mis movimientos, como si intentara descifrar lo que estaba pasando por mi mente.
Era extraño, pero a la vez reconfortante.
A pesar de todo, él seguía tratando de entenderme.
Nos sentamos a desayunar, y aunque la conversación era ligera, ambos sabíamos que había mucho más detrás de las palabras.
Había una tensión subyacente, una especie de electricidad en el aire que hacía que cada palabra se sintiera más significativa de lo que realmente era.
Me sorprendió lo fácil que era estar con él en esos momentos, como si las dudas y el dilema que me atormentaban no existieran.
Pero no podía olvidar la realidad que nos esperaba fuera de esa habitación.
Durante el desayuno, hablamos sobre los planes para el día.
Orión sugirió que fuéramos a revisar un par de ubicaciones que podrían ser claves para el robo.
Necesitábamos asegurarnos de que todo estuviera listo, de que no hubiera sorpresas de último minuto.
Aunque hablábamos en términos prácticos, mi mente seguía ocupada con mis propios pensamientos.
Mientras discutíamos los detalles, observaba cada uno de sus gestos, cada palabra que salía de su boca, buscando algo, cualquier cosa que me diera una pista de sus verdaderas intenciones.
Pero cuanto más lo observaba, más difícil se me hacía mantener mi distancia.
Después de desayunar, nos dirigimos a uno de los lugares que habíamos identificado como parte del plan.
Era un almacén abandonado en las afueras de la ciudad, perfecto para esconder parte del botín antes de hacer la entrega final.
Mientras revisábamos el lugar, Orión me explicaba sus ideas, sus planes para asegurarse de que todo saliera bien.
Yo asentía, participando en la conversación, pero en realidad, mi mente seguía luchando con mis propias emociones.
No podía evitar sentirme atraída por él, por la forma en que se movía, por la seguridad con la que hablaba.
Había algo en él que me hacía querer confiar, que me hacía desear que todo lo que decía fuera cierto.
Pero sabía que no podía permitirme ese lujo.
No después de todo lo que había pasado, no cuando aún había tantas cosas en juego.
Cuando terminamos de revisar el almacén, decidimos que era hora de regresar al hotel y planificar los siguientes pasos.
El viaje de regreso fue tranquilo, pero la tensión seguía presente.
Orión se acercó más a mí en el asiento trasero del taxi, y yo no me aparté.
No sabía por qué lo hacía, por qué permitía que se acercara tanto cuando mi mente me decía que me alejase.
Pero en ese momento, simplemente no pude resistirme.
Llegamos al hotel y subimos a la habitación.
Nos sentamos en la cama, repasando los detalles del plan.
Pero mientras hablábamos, me di cuenta de que mi atención estaba más en él que en lo que decía.
Observaba cada uno de sus gestos, buscando alguna señal que me indicara si realmente podía confiar en él.
Pero cuanto más lo observaba, más difícil se me hacía mantener mi distancia.
De repente, Orión dejó de hablar y me miró fijamente. Sentí cómo mi corazón se aceleraba al ver la intensidad en sus ojos. Sabía lo que estaba a punto de hacer, y aunque cada fibra de mi ser me decía que debía detenerlo, no pude moverme.
Se inclinó hacia mí, y antes de que pudiera reaccionar, sus labios rozaron los míos en un beso suave, casi tímido.
No pude evitar corresponder, aunque sabía que esto complicaba todo aún más.
Sentí su mano en mi mejilla, su calor traspasando mi piel, y todo lo que había estado luchando por mantener bajo control se desmoronó en ese instante.
Nos separamos después de un momento, y él me miró con una mezcla de amor y preocupación.
—No tienes que decidir ahora, Yris —dijo en voz baja—. Sé que todo esto es complicado, pero estoy aquí, y estoy dispuesto a esperar.
Sentí las lágrimas acumularse en mis ojos, pero las contuve. No podía permitirme mostrar tanta vulnerabilidad. No ahora.
—Orión… —comencé, pero mi voz se quebró.
Él me interrumpió, colocando un dedo en mis labios.
—No tienes que decir nada. Solo quiero que sepas que lo que siento por ti es real. Y sé que es difícil de creer, pero… lo es.
Asentí, incapaz de responder con palabras. Mi mente seguía dividida, atrapada entre lo que debía hacer y lo que sentía. Sabía que tenía que seguir adelante con el plan, pero también sabía que, con cada momento que pasaba, se hacía más difícil mantener mi distancia de él.
—¿Puedo dormir aquí? Me siento más completo a tu lado —exclamó Orión suavemente.
Asentí. En el fondo, también quería dormir junto a él.
El sol iba poniéndose. Estábamos sentados en la cama, con la espalda en el cabecero, mi cabeza sobre su hombro, riéndonos, hablando de todo lo que se nos pasaba por la cabeza. Era un momento que nos hacía sentir más juntos, más conectados.
Pedimos la cena para la habitación. Cenamos juntos y tras recoger la mesita, me fui a la ducha. Después fue él.
Finalmente, me recosté en la cama, sintiendo el peso de todo lo que me rondaba la cabeza.
Él se acostó a mi lado en silencio, sin decir una palabra, pero su cercanía lo decía todo. Cuando su mano buscó la mía, entrelazando nuestros dedos, una extraña calma me invadió. Era como si, con ese gesto, me prometiera que a su lado las cosas no tenían por qué ser tan complicadas.
Cerré los ojos y, sorprendentemente, el caos en mi mente comenzó a disiparse.
Era extraño cómo, cuando él estaba cerca, todo parecía más fácil, menos caótico.
Las dudas, los miedos, las preguntas se desvanecían un poco, solo por sentirlo a mi lado.
Dormirme junto a él siempre se sentía así, como si su presencia fuera suficiente para hacer que el mundo exterior desapareciera.
Por más tormenta que hubiera en mi interior, su calor me envolvía y todo se volvía simple.
Era en esos momentos cuando podía dejar de luchar conmigo misma y simplemente descansar.