Sombras del Oasis 30 ORIÓN
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30 ORIÓN

Salimos del bar en silencio, el aire fresco de la noche nos envolvía mientras caminábamos hacia la calle.

Mi mente aún procesaba todo lo que había pasado, pero sabía que necesitaba estar allí para Yris, sin importar lo que eso significara.

Pedí un taxi con mi teléfono, y mientras esperábamos, noté que Yris estaba temblando ligeramente.

No sabía si era por el frío o por la confusión que seguramente sentía, pero instintivamente la envolví con mi brazo para darle un poco de consuelo.

El taxi llegó rápidamente. Ayudé a Yris a entrar en el coche, y le di la dirección del hotel al conductor.

Nos sentamos en el asiento trasero, y aunque estábamos cerca el uno del otro, el silencio entre nosotros era pesado, lleno de pensamientos no dichos y emociones contenidas.

El trayecto fue corto, pero se sintió eterno.

Mientras el taxi avanzaba por las calles desiertas, me encontré pensando en todo lo que había pasado esa noche.

Enzo, la confesión de Yris, y el golpe que le había dado.

No sabía si había hecho lo correcto, pero no podía borrar la imagen de su rostro lleno de lágrimas de mi mente.

Cuando llegamos al hotel, pagué al conductor y salimos.

El lobby estaba casi vacío, y el ambiente tranquilo del lugar contrastaba con el caos de la noche.

Acompañé a Yris hasta el ascensor, y subimos hasta su piso en un silencio que seguía sin romperse.

Sentía la tensión en su cuerpo, y me preocupaba no estar haciendo lo suficiente para ayudarla.

Una vez dentro de su habitación, Yris se dejó caer en la cama, exhausta.

Me quedé de pie en la entrada por un momento, sin saber si debía irme o quedarme.

Pero cuando ella me miró con esos ojos llenos de confusión y tristeza, supe que no podía dejarla sola.

Cerré la puerta detrás de mí y me acerqué lentamente, sentándome a su lado en la cama.

—Oye, Yris… —comencé, buscando las palabras adecuadas—. No tienes que pasar por esto sola. Estoy aquí para lo que necesites.

Ella me miró, sus ojos brillaban con una mezcla de emociones que no podía descifrar del todo. Sin decir nada, se inclinó hacia mí y dejó que su cabeza descansara en mi hombro. Sentí cómo su respiración se volvía más lenta y profunda, como si finalmente pudiera relajarse un poco.

—Gracias, Orión —susurró, su voz apenas audible—. Por estar aquí.

Pasamos un rato así, sin hablar, solo sintiendo la presencia del otro.

Poco a poco, sentí que la tensión en su cuerpo se desvanecía, como si estuviera soltando todo lo que había estado cargando.

Yo también me sentía más tranquilo, sabiendo que, aunque no teníamos todas las respuestas, al menos estábamos juntos en esto.

Finalmente, Yris se movió y se levantó lentamente de la cama.

Me miró por un momento antes de caminar hacia el baño.

La seguí con la mirada, preocupado de que pudiera derrumbarse en cualquier momento, pero también confiaba en que necesitaba un momento para sí misma.

Mientras tanto, me quité los zapatos y me acomodé en el borde de la cama, tratando de poner en orden mis propios pensamientos.

Cuando Yris salió del baño, llevaba puesta una bata de hotel y su rostro estaba limpio, pero aún podía ver el rastro de las lágrimas en sus ojos.

Se acercó a la cama y se detuvo frente a mí, como si dudara de lo que debería hacer a continuación.

Extendí mi mano, y ella la tomó, dejándose caer a mi lado una vez más.

—No sé cómo llegamos a esto —dijo, su voz llena de cansancio—. Todo es tan complicado.

—Lo sé —respondí—. Pero lo resolveremos, juntos. No tienes que enfrentarlo sola.

Me miró a los ojos, y en esa mirada vi algo más que confusión y dolor.

Vi una chispa de algo que no habíamos querido admitir hasta ahora, algo que había estado creciendo entre nosotros desde hace tiempo.

Sin pensarlo, la acerqué a mí y ella se dejó envolver por mis brazos, acurrucándose contra mi pecho.

—Me siento tan perdida, Orión —confesó en un susurro—. Pero cuando estoy contigo, es como si todo tuviera un poco más de sentido.

Sentí un nudo en la garganta al escuchar sus palabras.

No era el momento para grandes declaraciones o promesas que no sabíamos si podíamos cumplir.

Pero en ese instante, supe que no quería estar en ningún otro lugar.

Quería estar con ella, darle el apoyo que necesitaba, y quizás, encontrar una forma de navegar por todo este caos juntos.

—Yo también estoy confundido, Yris —admití—. Pero lo que siento por ti es real. No sé qué significa todo esto, pero sé que quiero estar a tu lado.

Ella no respondió, pero su agarre en mi camisa se hizo más fuerte, como si no quisiera dejarme ir.

Apoyé mi barbilla en su cabeza y cerré los ojos, dejando que el silencio nos envolviera nuevamente.

No necesitábamos más palabras en ese momento.

Lo que compartíamos era suficiente para sostenernos, al menos por ahora.

La noche avanzó, y lentamente el cansancio nos fue venciendo.

A medida que la respiración de Yris se hacía más lenta y profunda, supe que estaba quedándose dormida.

Me moví ligeramente para acomodarla mejor en la cama, y ella se acurrucó aún más cerca, buscando mi calor.

La abracé con más fuerza, sintiendo su cuerpo relajarse completamente contra el mío.

En la penumbra de la habitación, mientras el sonido suave de su respiración llenaba el espacio, me permití cerrar los ojos.

Todo lo que había pasado esa noche seguía girando en mi mente, pero en medio de todo eso, había una sensación de paz que no había sentido en mucho tiempo.

Quizás no teníamos todas las respuestas, pero en ese momento, no las necesitábamos.

Lo único que importaba era que estábamos juntos, y eso, de alguna manera, hacía que todo lo demás se sintiera menos abrumador.

La abracé más fuerte, dejando que su calidez me envolviera mientras el sueño comenzaba a tomarme. La última cosa que sentí antes de quedarme dormido fue la suavidad de su respiración en mi pecho.