29 YRIS
—Orión, —empecé, mi voz temblando un poco—, te debo una disculpa. No quería… no sé, hacer que te preocuparas.
Orión asintió, sus ojos fijos en mí con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—Lo que pasa es que…—continué—, Enzo intentó besarme. Y yo simplemente no sabía qué hacer. No somos nada, y nunca lo hemos sido, pero su actitud me hizo sentir incómoda y me llevó a alejarme.
Sentí cómo las lágrimas empezaban a acumularse en mis ojos, y traté de secarlas rápidamente antes de que Orión lo notara. Pero no pude evitarlo. Un sollozo se me escapó, y mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Por qué estás llorando? —preguntó Orión, acercándose a mí con una expresión de preocupación genuina.
—Es solo que…—dije, mi voz rota—. Estoy cansada. Todo esto me resulta tan confuso. No sé qué hacer, cómo actuar. Todo lo que sé es que… me siento atrapada.
Orión se acercó aún más, sus manos suavemente acariciaron mi rostro, secando mis lágrimas con un gesto tan tierno que me hizo sentir más vulnerable.
Nos miramos a los ojos, y por un momento, todo el ruido y la confusión del mundo exterior se desvaneció.
Había un entendimiento mutuo en esa mirada, un silencio que hablaba más que cualquier palabra.
—Yris, —dijo Orión con voz suave—, ¿quieres decirme qué está pasando realmente?
Sus palabras eran un consuelo, un refugio en medio de la tormenta. Asentí, y empecé a hablar con más claridad.
—La verdad es que… no sé qué siento por ti, Orión. Mi vida está llena de mentiras y traiciones, y tú… tú has sido una constante en medio de todo eso. Pero lo que más me duele es saber que me estás engañado, y que ahora me siento tan perdida.
Orión me miró, y vi en sus ojos la misma lucha interna que sentía en el mío. Me acerqué a él, sintiendo cómo su calor me envolvía. La conexión entre nosotros parecía más real en ese instante de vulnerabilidad, y nuestras miradas se entrelazaron con un amor que no habíamos permitido reconocer antes.
No pude evitarlo. Me lancé a sus brazos, y él me abrazó con fuerza, como si estuviera protegiéndome de todo lo malo del mundo. Sentí su aliento en mi cuello, su calidez y la firmeza de sus brazos a mi alrededor.
—Perdón —susurró Orión—. Sé que no me creerás, pero de verdad que ese mensaje de Amira no significa nada, solo estoy convenciéndola de que va a pasar, cuando realmente no va a ser así.
Con sus manos frías, sujetó suavemente mi barbilla, y nuestras miradas se encontraron, llenas de un sentimiento que compartíamos en silencio. Ese sentimiento, tan bello como devastador, que nos desbordaba el alma: el amor, en su forma más intensa y difícil de enfrentar.
El aire se volvió denso, casi tangible, entre Orión y yo.
La sala en penumbra se llenó de una energía eléctrica, esa sensación inconfundible que solo surge cuando dos almas se encuentran en un punto de no retorno.
Nuestros ojos se encontraron en un instante que se alargó eternamente, como si el tiempo hubiese decidido detenerse solo para nosotros.
En ese cruce de miradas, todo lo que había sido incierto se transformó en una verdad aplastante.
Sentí que el corazón me latía con fuerza, pero no por miedo o incertidumbre, sino por la certeza de que lo que estábamos a punto de compartir era algo mucho más grande que nosotros, algo tan poderoso que solo podía destruir o salvar.
Había en Orión una intensidad que siempre me había atraído, pero en ese momento, era como si esa atracción hubiera alcanzado su punto máximo, una fuerza imparable que nos empujaba a estar juntos.
El amor que flotaba en el aire era hermoso y devastador al mismo tiempo, una combinación peligrosa de deseo y necesidad, de anhelo y dolor.
Era un amor que quemaba, que iluminaba cada rincón oscuro de nuestras vidas, pero que al mismo tiempo amenazaba con consumirnos si no éramos capaces de manejar su intensidad.
Sabíamos que estábamos jugando con fuego, y aun así, no podíamos evitar acercarnos más, como dos mariposas hipnotizadas por la luz.
Orión se acercó, y pude ver en sus ojos una mezcla de amor y tormento, como si estuviera lidiando con las mismas dudas y temores que yo.
Sus manos encontraron mi rostro, acariciando suavemente mis mejillas, y en ese contacto, supe que lo nuestro no era algo simple.
Era una conexión profunda y visceral, como si nuestros corazones estuvieran destinados a encontrarse, a pesar de las circunstancias que intentaban separarnos.
Sentí su respiración mezclándose con la mía, sus labios acercándose lentamente.
El mundo exterior se desvaneció, quedando solo el latido acompasado de nuestros corazones, resonando al unísono en el silencio de la sala.
Sabíamos que lo nuestro estaba lleno de complicaciones, que el camino por delante era incierto y peligroso, pero en ese momento, nada de eso importaba.
Era un amor que dolía, pero un dolor dulce, el tipo de dolor que uno acepta con gusto porque sabe que detrás de él se esconde algo más grande, algo que da sentido a todo.
Y aunque ese amor nos desgarraba, también nos mantenía unidos, como si fuéramos dos partes de un todo que finalmente había encontrado su lugar.
Nos quedamos allí, a solo un suspiro de distancia, saboreando la intensidad de nuestra conexión, conscientes de que lo nuestro podría no durar, pero también seguros de que, mientras durara, sería lo más real que habíamos experimentado.
Y en esa conexión, en ese amor tan hermoso como devastador, encontramos una especie de paz, sabiendo que, pase lo que pase, habíamos encontrado algo que muchos pasan toda una vida buscando: una verdadera conexión, un amor que desafía al destino.
En ese momento, el ruido de la fiesta y las preocupaciones parecían lejanas. Nos estábamos aferrando el uno al otro, como si nuestra conexión fuera el único ancla en medio de la tormenta. Sin embargo, la calma no duró mucho.
Enzo apareció en la entrada de la sala, su rostro torcido por la ira. Al parecer, había estado observando todo desde la distancia, y su enfado se desató en cuanto vio cómo Orión me abrazaba.
—¿Qué mierda está pasando aquí? —gritó Enzo, avanzando hacia nosotros.
Yo me separé de Orión, sintiendo la tensión en el aire. Enzo estaba claramente celoso y furioso. Mi mente se nubló, y traté de pensar rápidamente en qué decir, pero no había palabras suficientes para explicar lo que estaba sucediendo.
—No estás en posición de exigir nada, Enzo. —dije con firmeza—. No somos nada, y no tengo por qué serte fiel.
Enzo se volvió hacia Orión, su mirada llena de rabia.
—¿Y tú qué haces aquí? ¿Qué crees que estás haciendo con Yris?
Orión, con una calma que apenas escondía la tensión, se levantó lentamente. Su rostro estaba serio, sus ojos fijos en Enzo. Y antes de que pudiera decir algo más, Enzo le lanzó una mirada desafiante.
En un abrir y cerrar de ojos, Orión le dio un puñetazo a Enzo. El golpe fue brutal y directo, y Enzo cayó al suelo, sin aire, sin fuerzas. La escena era caótica, y yo me quedé paralizada, con las manos temblando y los latidos del corazón acelerados.
—Hijo de puta —exclamó Orión mirándolo en el suelo.
No sabía qué hacer. La situación se había salido de control, y mi mente estaba confundida. Miré a Orión, su mirada estaba fija en Enzo, y luego se volvió hacia mí con un gesto de preocupación y arrepentimiento.
—Yris, ¿estás bien? —preguntó, acercándose a mí.
Asentí, aunque mi corazón seguía latiendo rápido y mi mente seguía girando en círculos. La noche no había terminado como esperaba, pero en medio de la confusión y el caos, lo que sentía por Orión se hacía más claro.
—Sí, estoy bien. —dije con voz temblorosa—. Gracias
Miré a Enzo aún en el suelo inconsciente. Y luego volvió mi mirada a Orión, con preocupación y sin saber qué hacer.
—Vámonos —dijo Orión casi en un susurro.
Le hice caso. Salimos por una puerta trasera que daba hacia la terraza del bar. Y entramos al ascensor discretamente.
Yo seguía con la mente en todo lo que había pasado. Tan rápido. Enzo estaba mostrando ahí su faceta tóxica, una faceta que en él la detestaba, y recién la conocía.