28 ORIÓN
Acabé de acomodar un mechón de pelo y apagué la luz del baño. Fui al dormitorio a mirarme al espejo para terminar de colocarme la camisa negra que llevaba puesta para la cocktail party .
Sonaba jazz de fondo, para intentar relajar mis nervios. No sabía de qué eran esos nervios, pero los tenía en el estómago bastante activos. Como si me avisaran de que algo iba a pasar en la noche.
Recogí a Amira en una limusina y llegamos al bar. Subimos en el amplio ascensor con una cristalera impecable por la cual se divisaba toda la ciudad y los rascacielos y pirámides iluminadas.
Amira llevaba puesto un vestido midi en tono champagne que contrastaba a la perfección con su piel morena, con un delicado satén que resplandecía a la luz.
El diseño sin tirantes dejaba los hombros al descubierto, mientras que la falda drapeada caía con elegancia, creando un efecto fluido y sofisticado.
Durante los minutos en los que el ascensor subía al ático donde Oasis se encontraba, Amira y yo hablamos poco.
—¿Y va a estar el chico ese con el que me pusiste los cuernos o…? —Decidí romper el hielo, un poco molesto.
—Sí.
—¿Por qué no te ha recogido él?
—Porque él viene después y yo quería estar aquí a esta hora.
La puerta se abrió. Ni siquiera me miró a la cara. Amira pasó adentro del lugar, yo levanté las cejas cansado de su actitud, y pasé al igual que ella.
El bar estaba envuelto en un cálido resplandor, con luces ámbar y rojas que bañaban cada rincón, creando una atmósfera íntima y opulenta.
La gente se movía entre destellos dorados, con copas que reflejaban el brillo suave de la iluminación.
Era una noche especial, una de esas cocktail parties donde cada detalle había sido pensado para impresionar.
Me senté en un taburete alto y pedí un Moscow Mule.
Mi mente estaba continuamente pensando en Yris.
¿Cómo me había enganchado a ella de esta manera tan magnética?
El tiempo pasaba. Aburrido. De vez en cuando conversaba con alguna persona que se sentaba a mi lado, pero nada interesante. Sentía que esperaba a Yris, aunque no sabía nada sobre si ella vendría o no. De todos modos mi mente seguía centrada en ella.
Amira se fue con el chico con el que me fue infiel.
Y yo me quedé solo, allí sentado. El ambiente de tanta multitud no ayudaba a deshacerme de la sensación de soledad que tenía en ese momento.
Me levanté del taburete para ir a la terraza y así poder respirar algo de aire fresco, pues tanta gente vestidos de piedras preciosas me agobiaban, aunque ya estuviera acostumbrado.
De pronto, el ascensor se abrió, y una presencia magnética llenó el espacio cuando Yris hizo su entrada, acompañada por Enzo.
Había una brillantez en su actitud, una confianza innata que parecía hacerla brillar bajo las luces del lugar.
Cada paso que daba era una declaración de poder, como si el mundo a su alrededor se detuviera solo para admirarla.
Yris llevaba puesto un elegante vestido de terciopelo negro con brillos delicados y pequeños por toda la tela, ajustado a su figura con una gracia impecable.
Sentí de nuevo los nervios en el estómago, dándome patadas que provocaron que me fuera rápidamente de allí, para alejarme de Yris.
Ya eran las dos de la madrugada. Todavía Yris no había aparecido por la terraza de Oasis. Yo había conversado con varios chicos y con alguna que otra chica. Pero con quien realmente quería hablar era con Yris.
Me levanté para ir al baño, pues tantos Moscow Mules hacían su efecto.
Al pasar entre la gente, la vi. Ella estaba bastante cerca de Enzo, Yris puso sus manos en el pecho de él y le empujó suavemente hacia atrás, sonrió incómoda y se fue de su lado.
Vi que se alejaba hacia una sala que era de uso exclusivo para alfombra roja y famosos de gran nivel, que para aquella fiesta no estaba abierta, pero como la puerta estaba sin cerradura, ella se coló en aquella sala.
La curiosidad se apoderó de mí y me provocó querer seguirla.
De forma disimulada, entré en la sala. Era enorme, una gran pantalla de cine al fondo y a cada lado de la pantalla había grandes ventanales para poder ver la ciudad iluminada.
Estaba oscura, pero había algunas luces que alumbraban esquinas y el pasillo que separaba dos grupos de asientos, como un cine.
Yris estaba sentada en el escenario, delante de la gran pantalla. Estaba ojeando el móvil. Dejando caer su pelo largo sobre su vestido y sus brazos doblados.
Yo iba lentamente caminando. Al llegar cerca de ella, me miró asustada, suspiró y se puso las manos sobre el pecho aliviada.
—Orión, no te había visto, perdona…
—Nada, no te preocupes. Hola Yris —sonreí.
Ella sonrió tímidamente, fingiendo su sonrisa, pero sus ojos se mostraban cansados, sin brillo ninguno, haciendo que sus iris verdes tan solo parecieran manchas de pintura sin ninguna emoción y no hermosas turmalinas brillantes.
—¿Ey, estás bien? —fruncí el ceño, al ver que no dejaba de mirarme, dándome a entender su preocupación.
No respondió. Giró la cabeza y puso su mirada en sus tacones negros con detalles brillantes plateados.
Vi como una lágrima descendía de su ojo por su mejilla.