22 YRIS
El cielo de El Cairo se teñía de un naranja dorado cuando dejé atrás el mercado.
Las voces de los vendedores ambulantes, mezcladas con el murmullo de los turistas, resonaban como un eco distante mientras caminaba hacia el hotel.
Sentía el peso de la noche anterior todavía sobre mis hombros, como si cada paso me acercara más a una verdad que no estaba lista para enfrentar.
Aquel mensaje de Amira a Orión no dejaba de atormentarme.
Intentaba mantener la mente clara, pero las palabras seguían clavándose en mi cabeza como espinas envenenadas.
Me detuve en una esquina, observando cómo el sol se deslizaba lentamente hacia el horizonte, llevándose consigo los últimos vestigios de luz.
Las sombras se alargaban en la calle, reflejando la dualidad de mi propio ser.
Por un lado, estaba la mujer fuerte y decidida que había sobrevivido a todo, desde robos hasta traiciones.
Por otro, una mujer vulnerable, atrapada en una telaraña de emociones y deseos que no había previsto.
Cuando finalmente llegué al hotel, sentí un nudo en el estómago.
Había algo en la quietud del vestíbulo que me puso nerviosa, como si el lugar supiera algo que yo no.
Crucé el espacio con paso firme, fingiendo una confianza que no sentía en lo más mínimo.
El recepcionista, un hombre mayor con un bigote gris, me sonrió cortésmente, pero yo apenas pude devolverle el gesto.
Mi mente estaba en otra parte, atrapada entre lo que había visto y lo que aún no podía comprender.
Subí a mi habitación lentamente, sintiendo cada escalón como una carga adicional sobre mis hombros.
Cuando finalmente llegué a la puerta, dudé antes de girar la llave.
La habitación estaba exactamente como la había dejado, pero el aire se sentía distinto, cargado con una tensión que no sabía de dónde venía.
Cerré la puerta detrás de mí y me dejé caer sobre la cama, con la mirada perdida en el techo.
Los pensamientos comenzaron a arremolinarse en mi mente como una tormenta desatada.
¿Quién era realmente Orión?
La pregunta me carcomía por dentro. ¿Era el hombre que me había mostrado una pasión que no había conocido en años? ¿O era el traidor que Amira describía en ese mensaje?
La duda se enredaba en mi mente, debilitando mi determinación. Sabía que no podía confiar plenamente en nadie, pero había algo en Orión que me hacía querer creer en él, aunque fuese solo un poco.
El sonido del teléfono en mi habitación rompió el silencio de mis pensamientos, haciéndome sobresaltar.
Al principio dudé en contestar, temiendo que pudiera ser Orión con alguna excusa o, peor aún, Amira con otra amenaza velada.
Sin embargo, cuando tomé el teléfono, la voz del recepcionista fue inesperadamente calmada.
—Señorita Yris, hay un caballero aquí abajo que pregunta por usted. Dice que se llama Enzo.
El nombre de Enzo me hizo detenerme. No lo había pensado mucho últimamente, atrapada como estaba en la telaraña de Orión y Amira.
Me había distanciado de Enzo, lo sabía, pero no había sido intencionado.
Tal vez era por esa misma razón que ahora sentía una mezcla de culpabilidad y alivio al saber que estaba aquí, buscando un momento conmigo.
—Dígale que ya bajo —respondí, mi voz casi un susurro.
Frente al espejo, me observé un momento.
Las sombras bajo mis ojos delataban el cansancio que llevaba acumulado.
Mis pensamientos eran un caos, pero no podía ignorar la posibilidad de que Enzo pudiera ser una salida, una opción segura en medio de la tormenta que se avecinaba.
Tal vez con él podría encontrar la estabilidad que tanto anhelaba, aunque mi corazón no latiera con la misma intensidad por él como lo hacía por Orión.
Al bajar las escaleras, lo vi esperando cerca de la entrada, sus manos en los bolsillos y una expresión de preocupación en su rostro. Cuando me vio, esbozó una sonrisa leve, pero sus ojos estaban cargados de preguntas.
—Yris —dijo suavemente—. ¿Estás bien? Me pareció que... no sé, estabas un poco distante últimamente. Quería asegurarme de que todo esté bien.
—Gracias, Enzo —respondí, tratando de esconder la turbulencia en mi interior—. Sí, claro. Podríamos dar una vuelta, me vendría bien el aire fresco.
Salimos juntos del hotel, y el aire nocturno me envolvió, refrescando mis pensamientos por un instante.
Mientras caminábamos en silencio, pude sentir la duda de Enzo, su deseo de entender qué estaba sucediendo entre nosotros.
Sabía que no podía ofrecerle las respuestas que buscaba, pero tampoco podía rechazar su compañía.
—Yris, ¿te pasa algo? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio—. Siento que estás distante, y me preocupo por ti. No quiero presionarte, pero si hay algo que te preocupa, estoy aquí para escucharte.
Lo miré de reojo, y por un momento sentí un atisbo de culpa. Enzo era bueno conmigo, pero no podía sacarme a Orión de la cabeza. La atracción peligrosa que sentía por él, la incertidumbre de sus intenciones... todo me mantenía atrapada en un círculo vicioso del que no sabía cómo salir.
—No es fácil de explicar —comencé, eligiendo las palabras con cuidado—. He estado... confundida, supongo. Muchas cosas han cambiado en poco tiempo, y no sé bien cómo manejarlo.
Enzo asintió, y aunque su preocupación era evidente, no me presionó para dar más detalles.
Era una de las cosas que siempre había valorado en él: su paciencia, su disposición a esperar, incluso cuando la situación era complicada.
Pero en ese momento, no podía evitar compararlo con Orión, con la intensidad que él provocaba en mí, la tensión y el deseo que se entrelazaban en cada encuentro.
Nos detuvimos en un pequeño café al borde de una calle tranquila. Enzo pidió un par de bebidas, y mientras esperábamos, sentí la necesidad de sincerarme, aunque fuese un poco, para no perder del todo el contacto con él.
—Enzo, aprecio mucho que estés aquí —le dije, con la mirada fija en el reflejo de la luna en mi taza de té—. Pero... hay cosas que están pasando, cosas que ni yo misma entiendo del todo.
—No tienes que explicarlo ahora, Yris. Solo quiero que sepas que no estás sola. Estoy aquí para lo que necesites.
Sonreí, agradecida por su comprensión. Pero sabía, en el fondo, que mi corazón estaba dividido.
Orión seguía ocupando mis pensamientos, con sus misterios y su magnetismo innegable.
Y aunque Enzo podía ofrecerme la estabilidad que tanto necesitaba, no estaba segura de que eso fuera suficiente para acallar la tormenta que Orión había desatado en mi vida.
—Gracias, Enzo. De verdad, significa mucho para mí que estés aquí.
Terminamos nuestras bebidas en silencio, y luego me acompañó de vuelta al hotel.
Las calles estaban desiertas, y la noche era un manto oscuro que no dejaba ver más allá de unos pocos pasos.
Antes de despedirnos, Enzo se acercó y me dio un abrazo, cálido y reconfortante.
Sentí su cariño y su preocupación, pero también la duda que ambos compartíamos sobre lo que vendría después.
—Cuídate, Yris —me dijo, soltándome suavemente—. Hablamos pronto, ¿de acuerdo?
Asentí, y lo vi alejarse en la noche. Cuando volví a mi habitación, la oscuridad me envolvió de nuevo, y aunque el abrazo de Enzo había sido reconfortante, no pudo disipar el frío que sentía en mi interior.
Me dejé caer en la cama una vez más, con la mente dividida entre la seguridad que Enzo representaba y la incertidumbre peligrosa que Orión traía consigo.
No sabía cuánto tiempo más podría mantener este equilibrio precario, pero una cosa era cierta: pronto tendría que tomar una decisión.