21 YRIS
Los días pasaban, el robo se acercaba, el verano se alejaba.
Ya solo quedaban 10 días para el robo.
Me puse un vestido largo de lino sin escote, y un pañuelo beige sobre los hombros.
Bajé a la puerta del hotel donde me esperaba Neith, tímida e insegura, mirando a su alrededor. Ella llevaba una abaya rosita y el hiyab del mismo color.
Nos saludamos sonrientes con dos besos en las mejillas.
—Sabah el-kheir —me saludó.
—Buenos días.
—Es raro estar por esta zona… —se señalaba su vestimenta refiriéndose a su situación económica.
—No te preocupes, aquí nadie nos conoce —le respondí, intentando tranquilizarla.
Decidimos pasar la mañana visitando algunas de las mezquitas más famosas de El Cairo.
La ciudad, con su bullicio constante y su mezcla de olores y colores, siempre me había fascinado.
Neith, aunque nerviosa, también parecía impresionada por la majestuosidad de los edificios y la historia que respiraban sus muros.
—Esta es la Mezquita de Al-Azhar —me dijo, señalando la estructura imponente frente a nosotros—. Es una de las más antiguas y prestigiosas universidades del mundo islámico.
—Es hermosa —dije, con los ojos llenos de admiración.
Nos acercamos y, tras dejar nuestros zapatos en la entrada, entramos en el vasto patio interior. La serenidad del lugar contrastaba con el caos de las calles exteriores. Caminamos en silencio, admirando la arquitectura y la tranquilidad que se respiraba en aquel lugar sagrado.
—¿Te gustaría sentarte un rato? —le pregunté, señalando una zona sombreada.
—Sí, por favor.
Nos sentamos en un rincón tranquilo, donde podíamos observar a la gente pasar. Estuvimos allí unos minutos, en silencio, disfrutando de la paz.
—¿Qué piensas de todo esto? —me preguntó finalmente.
—Es... abrumador —respondí, mirando a mi alrededor—. Nunca había visto algo así.
Después de un rato, decidimos seguir explorando.
Caminamos por las calles estrechas y abarrotadas de El Cairo, deteniéndonos en pequeños mercados y tiendas de recuerdos.
Neith compró un par de especias y yo adquirí algunos amuletos y pulseras que me llamaron la atención.
Tenía las muñecas llenas de pulseras y brazaletes, pero el que más me gustaba era el que me regaló Orión hace un par de semanas.
Al mediodía, hicimos una pausa para almorzar en un pequeño restaurante callejero. La comida era sencilla pero deliciosa: falafel, hummus y pan de pita recién horneado. Mientras comíamos, Neith me contó más sobre su vida en El Cairo.
—¿Y tú? —me preguntó de repente—. ¿Cómo acabaste aquí?
—Es una larga historia —respondí, sonriendo—. Pero básicamente, necesitaba un cambio de aires. Y aquí estoy.
Después de comer, decidimos visitar la Mezquita del Sultán Hassan, otra maravilla arquitectónica de la ciudad. Al llegar, quedé impresionada por la majestuosidad del edificio y su imponente fachada.
—Es increíble —dijo Neith, admirando la estructura.
—Sí, lo es —respondí, sintiéndome pequeña ante la grandeza del lugar.
Pasamos la tarde explorando cada rincón de la mezquita, maravillándonos con los detalles y la historia que se respiraba en cada sala.
Estaba atardeciendo, aunque todavía no eran las ocho de la tarde.
—¿Te importa si voy al baño de ese restaurante? —preguntó Neith.
Le negué con la cabeza y me senté en un banco de la calle.
A lo lejos divisé a alguien. El corazón a mil como siempre. Orión. Lo miré sin poder ocultar una sonrisilla. Él al darse cuenta de mí, sonrió de oreja a oreja iluminando su cara, y vino hacia mí. Me levanté para recibirlo. Nos dimos un abrazo y él me robó un beso rápido en los labios. Yo me reí.
—Hey, bonita, ¿qué tal?
¿Me había dicho bonita? ¿Él? ¿A mí? ¿Él a mí?
—Hola —sonreí sin saber qué responder a eso—, bien, estaba con Neith, hemos ido a visitar mezquitas.
—¿Y Neith?
—En el baño de ese restaurante —señalé el local.
—Ah, bueno —yo miraba a mi alrededor para no sostenerle el contacto visual ya que notaba que él no paraba de observarme—, oye, ¿te apetece ir ahora al parque Al-Azhar? Antes de que cierre, cierra a las diez.
—Pues —miré a Neith que salía del local y venía hacia mí—, déjame preguntarle, ¿vale?
Él asintió y se mordió el labio pensativo.
—Hola —saludó Neith a Orión—, ¿te vas con él ya? —me miró. Nos apartamos hacia un lado ambas.
—Pues, me había dicho de ir con él a un lugar, pero si quieres me quedo contigo, no quiero que te quedes sola y…
—Ve con él, no pasa nada, además ya es tarde, tengo que ir a atender a mi bebé, que estará ahora con mi madre en casa.
—¿De verdad? En serio que no me importa quedarme aquí contigo Neith.
—Que no, Yris, vete con él, yo ya te venía a decir que tenía que irme a casa.
Asentí y la abracé. Volvimos hacia Orión y ella se despidió de ambos.
Orión y yo nos fuimos hacia un taxi. Ya allí dentro, sentados, íbamos muy juntos, él puso su mano cerca de mi muslo y de vez en cuando lo acariciaba con el dedo meñique tímido, mientras disimulaba mirando por su ventana. Me entraba calor cada vez que sentía su roce.
Nos bajamos y caminamos mirando el ambiente.
El parque Al-Azhar estaba en calma, como un oasis de serenidad en medio del bullicio de El Cairo.
Caminamos en silencio por sus senderos, rodeados de jardines bien cuidados y fuentes que susurraban suavemente en el atardecer.
A medida que avanzábamos, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, creando un contraste entre la tranquilidad del parque y la vida frenética que nos rodeaba.
Orión tomó mi mano, sus dedos entrelazados con los míos.
Sentí un estremecimiento recorrerme. Era un gesto simple, pero cargado de una intimidad que no había experimentado antes.
Caminamos juntos, como si fuéramos dos personas cualquiera disfrutando de un paseo al anochecer, olvidando por un momento todo lo que nos rodeaba, los planes, las traiciones.
Solo estábamos él y yo, en ese instante.
Nos detuvimos en un mirador que ofrecía una vista espectacular de la ciudad.
El sol ya casi se había escondido, dejando un resplandor naranja y dorado en el horizonte.
Orión se acercó aún más, y me giré para mirarlo.
Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, ahora parecían suaves, llenos de una calidez que nunca antes había visto en él.
Nos quedamos allí, en el mirador, sin decir nada más por un momento.
Orión seguía sosteniendo mi mano, y aunque la vista era impresionante, no podía dejar de pensar en él.
Había algo en su presencia, en la manera en que me miraba, que hacía que el resto del mundo desapareciera.
Estábamos tan cerca que podía sentir su respiración acompasada, tranquila, y su calor irradiaba hacia mí, manteniéndome anclada en ese instante.
Finalmente, rompió el silencio.
—¿Te has dado cuenta de que nunca nos hemos preguntado nuestra edad? —me dijo impresionado.
—Tienes razón, en ningún momento le di importancia.
—Es curioso, ¿no? —continuó, con una sonrisa pensativa—. Hemos compartido tantas cosas, hablado de tantos temas, y nunca nos detuvimos a preguntar algo tan básico.
Asentí, sintiendo la misma extrañeza. Habíamos pasado por alto algo tan elemental, como si nuestra conexión trascendiera esos detalles mundanos.
—Ahora que lo mencionas, me intriga saber —le dije con una risa suave—. ¿Cuántos años tienes?
Él se inclinó hacia atrás, como sopesando su respuesta.
—Tengo veinticuatro, ¿y tú?
—Yo tengo diecinueve.
Se quedó en silencio un momento, como si estuviera asimilando esa información, aunque no parecía realmente importante. Luego, con un gesto relajado, dijo:
—Es curioso cómo la edad nunca fue un factor entre nosotros. Siempre se trató de cómo nos sentíamos al estar juntos, ¿no crees?
—Sí —respondí, sintiendo un calor reconfortante en su mirada—. Es como si todo lo demás fuera secundario.
—¿Te gusta El Cairo? —preguntó, con esa voz suave que parecía envolverme por completo.
Asentí, mirando hacia la ciudad que se extendía ante nosotros.
—Sí, es… diferente a todo lo que he conocido. Caótica, pero también llena de vida. No sé, tiene algo especial —le dije, tratando de poner en palabras la sensación que me invadía.
Él sonrió, y luego, con un movimiento suave, me soltó la mano y rodeó mis hombros con su brazo, acercándome aún más. Mi corazón latía cada vez más fuerte, pero no me moví. No quería que ese momento se rompiera.
—¿Y yo? —preguntó de repente, mirándome de reojo—. ¿Qué piensas de mí?
La pregunta me pilló desprevenida. Lo miré, sorprendida, tratando de leer en sus ojos lo que realmente quería decir. Pero todo lo que encontré fue esa mezcla de calidez y algo más, algo que no podía descifrar del todo.
—Pues… —empecé, sin saber muy bien cómo responder—, eres… complicado.
Él soltó una carcajada, una risa profunda que me hizo sonreír automáticamente.
—Eso es diplomático —dijo, todavía riendo—. Pero, ¿complicado en qué sentido?
—No sé —admití, girándome para mirarlo directamente—. A veces eres tan frío, tan distante… pero luego haces cosas como esta, y me confundes. No sé qué pensar de ti, Orión.
Él dejó de reír y su expresión se volvió más seria. Se inclinó un poco, y con su mano libre, acarició mi mejilla con la yema de los dedos, un gesto tan suave que apenas lo sentí, pero que hizo que mi piel se erizara.
—Quizás porque yo mismo no sé qué pensar de mí cuando estoy contigo —murmuró.
Lo miré a los ojos, buscando alguna señal, algo que me ayudara a entender lo que estaba pasando entre nosotros. Pero antes de que pudiera decir algo, él acortó la distancia entre nosotros, y sus labios encontraron los míos en un beso suave, lento.
Al principio, me quedé paralizada, sorprendida por la suavidad y la ternura del gesto.
No era el tipo de beso robado y apresurado que me había dado antes.
Este era diferente. Real. Podía sentirlo en la manera en que me sostenía, como si quisiera asegurarse de que yo también lo sintiera, de que no quedara ninguna duda en mi mente sobre lo que estaba pasando.
Cerré los ojos y me dejé llevar, correspondiendo al beso con gran intensidad.
Sus labios eran cálidos, suaves, y se movían con una delicadeza que me desarmaba.
Todo lo que había pensado sobre él, todas las dudas y las preguntas, desaparecieron en ese instante.
No importaba nada más que la sensación de estar allí, en sus brazos, compartiendo ese momento.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos respirando entrecortadamente. No dije nada, pero lo miré, y él me devolvió la mirada con una intensidad que me hizo temblar.
—¿Y ahora? —preguntó, con una media sonrisa—. ¿Todavía te confundo?
Negué con la cabeza, sin poder evitar sonreír.
—Un poco menos —admití, y él soltó una risa suave.
Nos quedamos en silencio un rato más, disfrutando del atardecer, que se desvanecía en la noche. Orión me abrazó con más fuerza, y yo apoyé mi cabeza en su hombro, sintiéndome extrañamente en paz, como si todo en ese momento fuera justo donde debía estar.
—Deberíamos cenar —dijo finalmente—. Conozco un lugar aquí cerca, es muy sencillo, pero te encantará.
—Me parece bien —respondí, sin preocuparme demasiado por el lugar. Mientras estuviera con él, todo lo demás parecía secundario.
Nos levantamos del mirador y caminamos de la mano por los senderos del parque, dirigiéndonos hacia la salida. Tomamos un taxi que nos llevó a un restaurante callejero en una pequeña plaza. El lugar estaba lleno de gente, el aire impregnado con el olor a especias y comida recién hecha.
Nos sentamos en una de las mesas de afuera, y Orión pidió para ambos. Mientras esperábamos, nos dedicamos a hablar de cosas triviales, riendo y disfrutando de la compañía. Era fácil estar con él en esos momentos, casi como si toda la tensión y las complicaciones desaparecieran por completo.
En un momento dado, Orión se levantó para ir a buscar la comida que ya estaba lista. Dejó su teléfono sobre la mesa, y yo me quedé mirando el bullicio de la plaza, perdida en mis pensamientos.
De repente, la pantalla del teléfono se iluminó con un mensaje entrante.
Mi curiosidad me venció, y antes de darme cuenta, había echado un vistazo rápido a la pantalla.
El mensaje era de Amira. Decía: “Te he visto demasiado pegado a Yris. Después del robo, la entregamos a la policía. Nada de sentimentalismos”.
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago. El mundo se desmoronaba a mi alrededor mientras procesaba esas palabras. Orión volvía hacia la mesa, con la comida en las manos y una sonrisa en el rostro, pero yo apenas podía mirarlo. ¿Había sido todo una mentira? ¿Todo este tiempo?
Pero en lugar de confrontarlo, me obligué a sonreír, a actuar como si nada hubiera pasado. Tenía que mantener la calma, al menos por ahora. No podía dejar que él supiera que había descubierto su traición. Si quería salir de esta, tenía que jugar mis cartas con inteligencia.
Orión se sentó, ajeno a mi tormenta interior, y empezamos a comer. Hablaba de la comida, de lo mucho que me iba a gustar, pero yo apenas lo escuchaba. Mi mente estaba en otra parte, ya planeando cómo iba a manejar esta nueva situación.
Mientras comíamos, lo miré de reojo, sintiendo una mezcla de rabia y tristeza. Me había dejado llevar por mis sentimientos, y ahora me daba cuenta de lo ingenua que había sido. Pero no iba a dejar que eso me derrotara .
Esa noche, cuando regresé al hotel, me encerré en mi habitación y rompí a llorar.
Las lágrimas caían sin control, ahogando la mezcla de sentimientos que no podía contener más.
Había confiado en él, me había permitido sentir algo real, y ahora me encontraba en esta situación.
Pero una parte de mí se negaba a rendirse.
Tenía que seguir adelante, tenía que demostrar que no era alguien que pudiera ser utilizada y desechada tan fácilmente.
A pesar de todo, algo en mi interior me decía que Orión no era completamente culpable, que tal vez, en algún rincón de su corazón, sentía algo por mí. Pero ahora no era el momento de dejarme llevar por ilusiones. Ahora tenía que centrarme en el plan y en cómo iba a salir de esta, por mí misma.