20 ORIÓN
No me sentía culpable ya. Con Yris me mantenía a distancia por Amira.
Siempre evitaba pasar tiempo con ella, temiendo que mis sentimientos hacia Yris pudieran considerarse una traición, que en parte lo fueron.
Pero ahora que Amira ya no era una preocupación, ¿podría acercarme a Yris sin las cadenas del pasado?
Eché la bolsita del té karkade en la taza con el agua hirviendo.
Me percibía más tranquilo ante todo.
Me lo bebí en la butaca que estaba al lado del ventanal.
Ya estaba en mi apartamento, pero no por mucho tiempo, pues pensaba hacer más planes con Yris, ignorando el futuro y el pasado, estando en el presente con ella.
Le mandé un mensaje.
Orión: hey, ¿quieres ir esta tarde a una ruta en camellos? A las 8.
Yris: ¿es enserio? jajaja, sí, me apunto.
Mientras, fui al centro de la ciudad para poder comprar las entradas para la ruta guiada en una oficina de turismo.
El bullicio del Cairo me envolvía, las voces en árabe, el calor del sol reflejándose en las fachadas de los edificios antiguos, y el aroma de las especias en el aire me hacían sentir vivo.
Había algo en este lugar que siempre me había atraído, un magnetismo que ahora compartía con Yris.
Al llegar a la oficina de turismo, compré las entradas y me encontré mirando las fotografías de las pirámides, de los camellos, de las dunas infinitas.
Imaginaba a Yris riendo, su cabello ondeando al viento del desierto, sus ojos brillando con la emoción de la aventura.
La idea de estar con ella en esos momentos, de compartir experiencias tan únicas, hacía que mi corazón latiera más rápido.
Cuando nos encontramos en el punto de partida para la excursión, Yris llevaba un vestido ligero, perfecto para el calor del desierto. Su sonrisa era cálida y genuina, y en sus ojos había un brillo que me hacía querer protegerla y al mismo tiempo explorar el mundo con ella.
—Hola, Orión —dijo ella, acercándose con esa gracia que parecía innata en ella.
—Hola, Yris. ¿Lista para la aventura? —respondí, tratando de sonar despreocupado.
Ella asintió con entusiasmo. Mientras esperábamos a que el guía nos diera las instrucciones, me encontraba observándola. Había algo en su presencia que me desarmaba, algo que me hacía sentirme vulnerable y poderoso a la vez.
Montar los camellos resultó ser una experiencia más desafiante de lo que había anticipado.
Los movimientos del animal eran erráticos y al principio, Yris parecía tener dificultades para mantener el equilibrio.
No pude evitar reírme suavemente cuando su camello hizo un movimiento brusco y ella se aferró a las riendas con fuerza.
—Esto es más difícil de lo que parece —dijo entre risas, tratando de estabilizarse.
—Lo sé, pero te ves como toda una experta ya —respondí, sonriendo.
Poco a poco, nos acostumbramos al ritmo de los camellos.
El guía nos llevó a través de caminos serpenteantes de arena dorada, narrando historias antiguas sobre faraones y reinas, sobre dioses y mitos del desierto.
Yris escuchaba con atención, sus ojos llenos de curiosidad y asombro.
Yo, por otro lado, la observaba a ella, más interesado en sus reacciones que en las historias del guía.
La conexión entre nosotros se hacía más fuerte con cada momento. El desierto parecía un lugar mágico, aislado del mundo y de los problemas que nos habían traído al Cairo. Era como si el tiempo se hubiera detenido y solo existiéramos nosotros dos, compartiendo esta experiencia única.
Cuando llegamos a un mirador desde donde se veían las pirámides a lo lejos, el guía nos dio un momento para descansar y tomar fotografías.
El sol estaba empezando a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados.
Me acerqué a Yris, que estaba parada en el borde del mirador, mirando hacia el horizonte.
—Es hermoso, ¿verdad? —dijo ella, sin apartar la vista del paisaje.
—Sí, lo es —respondí, aunque en ese momento, para mí, la vista más hermosa era la de ella.
Nos quedamos en silencio por un momento, compartiendo la tranquilidad del atardecer.
Sentía la tentación de acercarme más, de tomar su mano, de decirle lo que realmente sentía.
Pero había algo que me detenía, una pequeña voz en mi cabeza que me recordaba mis intenciones originales, el plan que había concebido antes de conocerla de verdad.
—Yris —dije finalmente, rompiendo el silencio—, hay algo que necesito decirte.
Ella se volvió hacia mí, sus ojos buscaban los míos con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—¿Qué pasa, Orión?
Tomé aire, tratando de ordenar mis pensamientos. Las palabras que quería decir estaban atrapadas en mi garganta, luchando por salir. Pero en ese momento, todo lo que podía pensar era en cómo se sentiría perderla.
—Solo quería agradecerte por estar aquí conmigo. Este viaje, todo esto... no sería lo mismo sin ti.
Ella sonrió, un gesto que parecía iluminar el mundo a nuestro alrededor.
—Yo también lo estoy disfrutando mucho, Orión. Me alegra que estemos compartiendo esto.
Seguimos el recorrido, cada momento con Yris hacía que mis sentimientos por ella se volvieran más profundos, más complejos.
A veces, me sorprendía pensando en ella incluso cuando no estaba a mi lado.
Recordaba sus risas, sus gestos, la forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de algo que le apasionaba.
La idea de usarla, de traicionarla, empezaba a parecerme imposible, absurda.
Después del paseo en camello, decidimos caminar por el bazar cercano.
Las calles estaban llenas de puestos coloridos, vendiendo desde especias hasta telas finas y joyas.
Yris parecía fascinada por cada detalle, deteniéndose a admirar los productos, a hablar con los vendedores, a probar los diferentes sabores y olores del lugar.
—Mira esto, Orión —dijo, sosteniendo una pulsera de plata con pequeños amuletos colgantes—. Es muy bonita, ¿verdad?
—Sí, lo es. Te quedaría muy bien.
Ella se sonrojó ligeramente y volvió a mirar la pulsera. Viendo su interés, decidí comprarla para ella. Quería que tuviera un recuerdo de este día, algo que pudiera llevar consigo y recordar nuestra aventura juntos.
—Aquí tienes —dije, entregándole la pulsera—. Un pequeño recuerdo de nuestro día.
—Orión, no tenías que hacerlo... Pero gracias, es preciosa.
Ella se la puso y me mostró su muñeca, sonriendo.
Verla feliz me llenaba de una calidez que no había sentido en mucho tiempo.
Mientras seguíamos caminando, me di cuenta de que estaba desarrollando sentimientos profundos por ella, algo más allá de la atracción inicial.
Sentía una conexión que no podía ignorar, una que estaba empezando a redefinir mi relación con ella.
Finalmente, encontramos un café pequeño y acogedor en una esquina del bazar. Nos sentamos en una mesa al aire libre, disfrutando de la brisa nocturna y el bullicio del mercado que aún no se había apagado.
—¿Te gusta el Cairo? —le pregunté, observando cómo miraba a su alrededor con ojos llenos de curiosidad.
—Me encanta. Es tan vibrante, tan lleno de vida y de historia. Cada rincón tiene algo que contar.
Asentí, entendiendo perfectamente lo que quería decir. El Cairo tenía esa magia, esa capacidad de capturar el corazón de quienes lo visitaban.
Pasamos el resto de la noche hablando, riendo y compartiendo historias.
Cada momento hacía que me sintiera más cercano a ella, más conectado.
La idea de traicionarla, de usarla, se desvanecía cada vez más.
Empezaba a pensar que quizás había encontrado algo real, algo verdadero en medio de mis propios planes y dudas.
Cuando finalmente nos despedimos, la acompañé hasta la entrada de su hotel. La noche era fresca, y el silencio entre nosotros era cómodo, lleno de promesas no dichas.
—Gracias por hoy, Orión. Ha sido maravilloso —dijo ella, mirándome con una sonrisa que me hacía sentir que todo había valido la pena.
—Gracias a ti, Yris. Ha sido un día increíble por tu compañía.
Nos quedamos un momento más, en silencio, simplemente disfrutando de la presencia del otro. Finalmente, ella se acercó y me dio un suave beso en la mejilla.
—Buenas noches, Orión.
—Buenas noches, Yris.
Mientras la veía entrar en el hotel, me di cuenta de que mis sentimientos por ella eran más fuertes de lo que había admitido. No podía seguir ignorándolos ni pretendiendo que no existían. Necesitaba ser honesto con ella y conmigo mismo.
Caminé de regreso a mi apartamento, con el corazón y la mente en conflicto.
Las calles del Cairo estaban más tranquilas ahora, y en el silencio de la noche, mis pensamientos eran más claros.
Tenía que decidir qué hacer con mis sentimientos por Yris, cómo enfrentar la verdad de lo que sentía y lo que había planeado.
Al llegar a mi apartamento, me senté junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad.
Sabía que el camino por delante no sería fácil, que tendría que enfrentar mis propios miedos y dudas.
Pero también sabía que valía la pena. Porque Yris, con su sonrisa, su entusiasmo y su bondad, me había mostrado una parte de mí que pensaba perdida. Y no podía renunciar a eso.