19 YRIS
Orión ocupaba la mitad de la cama. A veces le intentaba apartar y él se movía hacia el lado opuesto, acercándose más a mí, dejándome sin espacio en la cama.
Él se quedó en mi habitación a dormir, aunque era lo que menos quería. Pero me daba pena decirle que no, se le veía mal la verdad. No llegó a contarme los detalles de esa pelea con Amira, de todos modos, ¿por qué le afectaría tanto? Simplemente sería una pelea entre compañeros de robo, nada nuevo.
Sonó la alarma que tenía puesta en mi móvil como cada día para bajar al desayuno a una hora buena y no despertar demasiado tarde y perdérmelo .
Al sonar la alarma Orión empezó a revolcarse con las sábanas mientras se quejaba, aunque no se le entendía.
—¿Te quejas en chino? —me reí mientras me ponía de pie.
—Aj, no quiero levantarme ya.
—No tienes por qué levantarte ya, voy a desayunar. Tú no puedes, no estás hospedado aquí.
—¿Puedo quedarme aquí todo el día? —se tapó la cabeza con la almohada.
—Hmm, déjame pensarlo…, no. Un día entero contigo, uf, no sé si llegaría a soportarte.
—Tú te lo pierdes.
—Sí, una pena.
Él se rió.
—¿Hasta qué hora entonces?
—Cuando suba después de desayunar, te vas.
—Está bien.
Fui a la maleta para escoger la ropa que llevaría hoy. Entré al baño para poder cambiarme de ropa y darme una ducha.
Mientras estaba en la ducha enjabonándome , escuché a Orión relatar algo, pero no le entendí.
—¿Qué has dicho? —subí el volumen—¡acércate!
—¿Qué? ¿Has dicho “éntrate”?
—¡No! ¡Que te acerques! —apagué el agua de la ducha y me puse una toalla en el cuerpo.
Él entró.
—¡Ah! ¿Pero qué haces?
—Has dicho que entre.
—No, he dicho que te acerques. Afina el oído para la próxima vez.
—Ah, ¿va a haber próxima vez? —en su boca dibujó una sonrisa pícara mientras me observaba de arriba a abajo entera.
—No creo —puse los ojos en blanco—, deja de mirarme, idiota.
Él levantó las manos haciéndose ver inocente y salió del baño para dejar que me cambiase de ropa.
Al rato salí y él seguía acostado en la cama, sin camiseta, mostrando un abdomen atlético pero no demasiado, mirando algo en el móvil.
—Me voy a desayunar. ¿Serás capaz de no tocar nada mío?
—¿Eso también me prohíbe tocarte a tí?
No pude aguantar y se me escapó una sonrisa. Negué con la cabeza aún sonriendo y salí de la habitación.
Después de estas semanas tan confusas, y ahora parecía que se comportaba distinto, más abierto, juguetón, cercano.
Tras media hora, volví a la habitación. Él seguía en la cama, todavía con el móvil. No se movió al verme entrar, tan solo miró de reojo y me ignoró.
—Bueno, ya es hora de que te vayas. Vete.
—No, después.
—¿Después de qué? —me senté en la cama para desatarme las sandalias.
—De esto.
Se puso de rodillas en el colchón detrás mía, me cogió de la cintura y me puso boca arriba acostada. Nuestros labios volvieron a tocarse agresivamente.
Me sorprendió mucho, pero no me quejé y me dejé llevar, pues en el fondo realmente deseaba que hiciera eso.
Empezó a explorar mi piel con sus dedos.
La calidez de sus manos me hizo estremecer. Sus labios recorrieron mi cuello, dejándome sin aliento. Sentía su respiración en mi oído mientras sus dedos exploraban mi cuerpo, arrancándome gemidos.
Orión me besó con fuerza, su lengua invadiendo mi boca. No había espacio para pensar, solo para sentir. Me quitó la ropa con una mezcla de urgencia y destreza, sus manos moviéndose por mi piel con una seguridad que me volvía loca.
—Me vuelves loca —le susurré, apenas capaz de controlar mi voz.
—Y tú a mí —respondió, su tono cargado de deseo.
Me sujetó las muñecas, levantándolas sobre mi cabeza mientras sus caderas se movían contra las mías. Su boca encontró mis pechos, mordiéndome suavemente los pezones, enviando oleadas de placer a través de mí.
Su boca descendió por mi cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos.
Bajó hasta mi vientre, sus manos firmes en mis caderas, manteniéndome en su lugar mientras sus labios y lengua exploraban más abajo.
Cuando su boca llegó a mi entrepierna, un gemido escapó de mis labios.
Su lengua se movía con precisión, lamiendo y succionando hasta que estuve retorciéndome bajo su toque.
—No pares... —rogué, mi cuerpo temblando de deseo.
Orión intensificó sus movimientos, sus manos apretando mis muslos mientras su lengua trabajaba incansablemente.
Se movió sobre mí, sus labios encontrando los míos en un beso cargado de lujuria. Sentía su erección presionando contra mí, y el deseo volvió a encenderse en mi interior. Sus manos se movieron por mi cuerpo, acariciándome, explorando cada curva y cada rincón.
—Te quiero dentro de mí, ahora —dije, jadeando.
Pero Orión no tenía prisa. Se tomó su tiempo, besándome salvaje mientras sus dedos jugueteaban. Se movió de nuevo, sus labios encontrando mis pezones una vez más, su lengua girando alrededor de ellos antes de morder suavemente.
Sus dedos se deslizaron dentro de mí, moviéndose con un ritmo constante que me hacía jadear.
Finalmente, con una sonrisa de satisfacción, Orión se acomodó entre mis piernas. Sentí la punta rozando mi entrada, y la anticipación era casi insoportable.
—Por favor —rogué—, métemela ya.
Él respondió sin palabras, empujando lentamente hasta que me llenó por completo. Solté un gemido profundo, sintiendo cómo me estiraba y llenaba. Él se movió con un ritmo constante, sus embestidas firmes y seguras, llevándome al borde una y otra vez.
Nos besamos con más pasión, nuestras lenguas jugando sin parar.
Sentía cada latido de su corazón contra mi pecho, cada respiración entrecortada que hacía que mi cuerpo respondiera de inmediato.
Sus manos se movían por mi cuerpo, agarrando mis caderas, apretando mi trasero, llevando el placer a niveles insoportables.
—Más fuerte —le pedí, y él cumplió, aumentando el ritmo de sus embestidas. El sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos y suspiros.
Nos quedamos así, jadeando y sudorosos, recuperándonos de la intensidad del momento. Orión se dejó caer a mi lado, su respiración lentamente volviendo a la normalidad.
—No quería que esto pasara, pero tampoco podía evitarlo —dijo Orión, mirándome a los ojos.
—Lo sé.