Sombras del Oasis 18 ORIÓN
50%

18 ORIÓN

Desperté más tranquilo, pero todavía con el sentimiento tan raro por la reacción de Amira.

Me hice un par de tostadas francesas y eché en una copa zumo de naranja. Me senté en un taburete de mi encimera. En silencio, repasé mentalmente todo lo que había pasado. La amarga visita a Amira, el encuentro con Yris, la conversación en su habitación.

Pero algo más se removía en mi mente: Amira. No podía ignorar la sensación de que algo estaba muy mal.

El bullicio del mercado ya empezaba a hacerse eco en mis pensamientos.

Salí de casa decidido a aclarar todo lo que pudiera.

Caminé entre los puestos, sintiendo el aire caliente de El Cairo envolverme.

Busqué con la mirada hasta que la vi. Yris, volvía otra vez a estar ahí, vendiendo en el mismo puesto que hace varios días.

Mi corazón latía más rápido al verla. No había tiempo para dudas.

—Yris —la llamé, acercándome con una sonrisa—, hey, ¿qué tal?

—Hola, Orión —sonrió, al mismo tiempo atendía a una mujer que estaba comprando un pañuelo con un estampado colorido—, bien, aquí, ayudando a Neith y a su madre.

—¿La conoces?

—Sí, la conocí hace poco, las ayudé y desde entonces me apetece seguir aquí, así no solo pienso en…, ya tú sabes el qué —comentó por lo bajo.

Sabía que se refería al robo.

—Ah qué bien, hola —sonreí a Neith y a su madre, también al bebé de Neith que ella cargaba en un fular portabebés de color beige—. Oye, Yris, sobre ayer, ¿todo bien? Después me recorrió una sensación algo rara, ¿sabes?

—Sí, todo bien, Orión. Y no te preocupes por lo de anoche, al menos ya lo resolvimos, ¿no?

No sabía cómo responder a esa pregunta. No sentía que todo estuviera resuelto aún, seguía con los mismos sentimientos por ella, aunque mis intenciones primarias fueran todo lo opuesto.

—Sí, supongo —miré unos pañuelos que colgaban del techo del puesto—. ¿Cuánto cuesta? —le pregunté a Neith.

—Cincuenta libras egipcias —respondió ella.

—Me lo compro. Toma —le di el dinero y me lo puse en la cabeza.

Yris al verlo se rió y me sonreía con un brillo en los ojos. Al verlos, no pude evitar sentir mariposas en el estómago.

Ella seguía atendiendo a clientes y ordenando los productos y colocando nuevos a la venta. Yo seguía al lado del puesto, sin saber muy bien qué hacer, si irme, esperar.

—Oye, Yris, ¿quieres ir a comer conmigo a un restaurante callejero cercano? Cuando acabéis de vender…

—Ah, sí claro, aunque hoy no nos vamos de aquí hasta las cuatro.

—No te preocupes, ve con él, mi madre y yo nos ocuparemos de todo bien —exclamó Neith sonriente.

Yris le abrazó y se despidió de ambas.

Salió afuera del puesto sonriendo de oreja a oreja y me agarró del brazo amistosamente.

En ese momento, sentí una oleada de calidez. La cercanía de Yris me hacía sentir vivo, como si el mundo se hubiera vuelto un lugar más brillante solo por estar a su lado.

—Gracias, Neith —dije, asintiendo hacia ella y su madre mientras Yris y yo nos alejábamos del bullicioso mercado.

Nos adentramos en las estrechas calles de El Cairo, bordeadas de tiendas y puestos callejeros, el aire impregnado del aroma a especias y comidas. Caminamos en silencio, disfrutando de la compañía mutua.

A veces, el silencio dice más que las palabras.

Llegamos a un pequeño restaurante callejero, cuyo nombre estaba escrito en árabe con colores vivos. Nos sentamos en una mesa de metal bajo una sombrilla desgastada por el sol. El camarero se acercó con un menú sencillo y pedimos unos falafels y unas ensaladas frescas.

—¿Cómo es que hoy no comes en algún sitio lujoso? —me preguntó ella observando el ambiente.

—Me apetecía algo más…, realista. Además, supuse que estarías en el mercado.

—¿Y qué tenía que ver que yo estuviera en el mercado? —frunció el ceño con una sonrisa a punto de salir.

—Pues, me apetecía comer contigo.

Era cierto.

Ella no respondió, se limitó a sonreír bajando la mirada. Sus mejillas se sonrojaron un poco.

Nos trajeron primero las ensaladas y mientras que las repartimos en el plato del otro, hablamos de todo. Ya no había incomodidad entre nosotros como la noche de la cena en el restaurante desértico.

Las cosas parecían ir mejor.

Y tanto.

—Ah, por cierto, Orión —miraba hacia atrás mío, aunque yo no me molesté en girarme a ver.

—¿Sí? Dime —pinché con el tenedor un falafel y me lo entré en la boca.

—¿Amira… —al escucharla pronunciar ese nombre, mi vista se puso rápidamente en ella—, tiene novio?

Mierda. ¿Qué debía responder ante eso? No podía confesarle nada sobre lo nuestro.

—Que yo sepa no, ¿por qué?

—Pues ahora sí tendrá.

Casi me ahogo al escuchar eso.

—¿Qué?

—Anoche, cuando fui a por las armas, la vi. De su casa salía un hombre, y ambos se besaron antes de que él se fuera. Era un hombre de piel morena, pelo rubio teñido muy corto, un poco robusto…

Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies.

El falafel que tenía en la boca de repente se convirtió en una masa sin sabor, difícil de tragar.

Mi corazón latía desbocado, cada golpe resonaba con la fuerza de un martillo.

La imagen de Amira, mi Amira, besando a otro hombre se proyectó en mi mente como una película en blanco y negro, surreal y cruel.

Intenté mantener la compostura, pero dentro de mí un torrente de emociones se desataba. Confusión, incredulidad, tristeza, y un enojo sordo que empezaba a bullir en mi pecho.

Quería gritar, quería preguntarle, quería saber por qué.

Pero allí, sentado frente a Yris, tuve que tragarme la rabia y el dolor.

No podía permitirme explotar. No allí , no ahora.

Así que solo asentí, fingiendo que las palabras no me habían atravesado como cuchillos, mientras mi mundo se desmoronaba silenciosamente a mi alrededor.

Ya no me sentía tan culpable por mis sentimientos hacia Yris.

Al terminar de comer, cada uno volvió a su sitio.

Al llegar a mi apartamento lo primero que hice fue dejarme caer sobre el sillón.

Amira me estaba siendo infiel.

Pero yo también.

¿Y ahora qué?

¿Y el robo?

¿Y los planes juntos?

Yo, aun sintiendo por Yris, no pensaba dejarla a ella. Yris había sido un error por completo y pensaba seguir con mis intenciones de usarla para el robo y entregarla…, pero, ¿y ahora?

Llegó la hora. No sabía si estaba haciendo bien o no. Pero, no pensaba quedarme con los brazos cruzados.

Llegué a la casa de Amira. Sus luces encendidas. Era de madrugada. Sentía ganas de vomitar.

Llamé a su puerta. Y al rato ella abrió. Amira puso una expresión de sorpresa y susto, y yo, no lo pensé dos veces, la aparté de la puerta y entré a la casa furioso.

Yris tenía razón. En su cama estaba sentado el mismo tipo que ella me había descrito mientras comíamos.

—¿¡Tú eres el cabrón, eh!? —me dirigí hacia él.

Lo sujeté de la camiseta con rabia y lo eché hacia atrás en el colchón. Le di un puño en la cara y él respondió igual.

La adrenalina corría por mis venas, cada golpe resonando con un eco ensordecedor.

Amira gritaba, pero sus palabras no podían atravesar la bruma de mi furia.

El tipo intentó defenderse, lanzándome un puñetazo que apenas sentí.

Con la fuerza del enojo, lo levanté del colchón y lo empujé contra la pared, sintiendo mis nudillos abrirse con cada golpe que le propinaba.

—¡Basta, Orión, por favor! —suplicó Amira, lágrimas corriendo por su rostro. Su voz finalmente rompió mi trance, y solté al tipo, dejándolo caer al suelo. Mis propios puños temblaban, manchados de sangre. Me giré hacia ella, la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando como un fuelle.

—¿Por qué? —mi voz salió rota, apenas un susurro—. ¿Por qué hiciste esto?

Amira me miró con ojos llenos de dolor y arrepentimiento. Se acercó, pero yo di un paso atrás, manteniendo la distancia.

—Orión, yo... me sentía sola. —Su voz era apenas audible—. Tú estabas distante, siempre preocupado por el robo, por tus planes... ya no sentía que fueras parte de mi vida. Necesitaba a alguien, necesitaba sentirme viva.

Las palabras eran cuchillas, cortando profundamente. Pero en algún lugar de mi ser, entendí su dolor. Porque yo también había fallado, yo también había buscado consuelo en otro lugar, en otra persona.

—Yo también fallé —dije finalmente, bajando la mirada.

Nos quedamos en silencio, dos almas rotas en medio del caos que habíamos creado. Finalmente, Amira me llevó a la cocina, apartados de aquel hombre, para poder hablar apenas susurrando.

—Esto no puede seguir así, Orión. —La voz de Amira era firme aunque temblorosa—. Tenemos que terminar con esto. Hagamos el robo, repartamos el dinero y sigamos nuestras vidas por separado. Ya no tiene sentido seguir fingiendo.

Las palabras de Amira retumbaban en mi cabeza como un eco amargo, pero no podía negar que tenía razón.

Habíamos llegado a un punto sin retorno, un cruce de caminos donde la única opción viable era separarnos.

Asentí lentamente, sintiendo un peso enorme levantarse de mis hombros.

Era hora de seguir adelante, de buscar nuestras propias rutas, aunque eso significara dejar atrás todo lo que habíamos construido juntos.

—Tienes razón. —Mi voz salió más suave de lo que esperaba.

Amira me explicó cómo nos dividiríamos el botín y cómo cada uno tomaría su camino después del golpe. Había una frialdad pragmática en sus palabras que me hizo darme cuenta de cuánto habíamos cambiado, de cómo el amor había sido reemplazado por una especie de compañerismo frío y calculador.

—¿Seguiremos usando a Yris?

—Claro —respondió fría—, la entregaremos de todos modos. No me cae bien…

—¿Y volveremos a vernos otra vez?

—Sí, el 1 de septiembre y el día antes.

Asentí con la cabeza.

Antes de irme, nos miramos. No había más palabras que decir, solo un doloroso silencio que decía todo lo que necesitábamos saber. Salí de su casa con una mezcla de alivio y tristeza, sintiendo que un capítulo de mi vida se cerraba definitivamente.

La noche era oscura y las calles de El Cairo estaban desiertas.

Caminé sin rumbo durante un rato, dejando que la brisa nocturna calmara mis pensamientos.

Finalmente, decidí que necesitaba hablar con Yris.

Llegué al hotel donde se hospedaba Yris.

La recepción estaba casi vacía, y el recepcionista apenas levantó la mirada al verme pasar.

Subí las escaleras de dos en dos, ansioso por verla.

Al llegar a su puerta, toqué suavemente, esperando que no estuviera dormida.

Después de un momento, la puerta se abrió e Yris apareció, su expresión preocupada al ver mi estado.

—Orión, ¿qué ha pasado? —preguntó, guiándome dentro.

—Necesito pastillas para el dolor —dije, señalando mis nudillos magullados—. Y hablar contigo.

Sin decir una palabra, Yris me llevó al baño, sacando un botiquín de debajo del lavabo.

Me limpió las heridas con cuidado, su toque suave y reconfortante.

Mientras lo hacía, le conté sobre una pelea de Amira y mía por temas personales, sin darle a entender que habíamos estado todo este tiempo en una relación.

Necesitaba desahogarme, aunque fuese contando mentiras.

Ella me escuchó en silencio.

Escuchábamos nuestras respiraciones. La mía agitada. La suya casi silenciosa.

Apoyé mi cabeza en su clavícula. Ella me acariciaba la nuca, y puso su barbilla en mi cabeza.

Allí, nosotros, solos, permitiéndonos estar cerca, sentir el calor del otro aunque intentásemos transmitirnos frío.