17 YRIS
Claro que estaba despierta, pensando en él. Pero no me apetecía verlo. Ni escuchar su voz. Su voz me encantaba, pero me daba arcadas con solo imaginarlo volviendo a exclamar “Yris, tienes que irte”.
No quería abrirle la puerta, aunque en el fondo sí quería abrirle. Me daba tanta curiosidad saber qué quería decirme.
—¿Yris? Por favor, necesito hablar. Me siento fatal por lo de anoche —seguía murmurando al otro lado de la puerta.
Yo estaba acurrucada entre las sábanas, mirando hacia la puerta, indecisa. Con los ojos clavados en el pomo, imaginando qué pasaría si me atreviera a abrirlo.
—Yris, sé que es tarde, pero tenemos que hablar. Por favor, te lo suplico.
Suspiré profundamente antes de levantarme de la cama e ir hacia la puerta.
Me encontraba enfrente de la puerta. Con la mano quieta sobre el pomo.
La curiosidad me ganó.
La curiosidad mató al gato. ¿Me mataría a mí también?
Abrí la puerta y Orión me atrajo hacia él, abrazándome tan fuerte que me costaba respirar. Yo aún no había exclamado ni una sola palabra.
—Yris, antes de que digas nada, perdón, en serio, no sabes cuanto lo siento. Llevo pensando en esto todo el día, yo he sido un capullo gigantesco, y de verdad, no sabes…
—Orión, por favor, déjalo.
—¿Qué?
—No tenemos nada. No somos nada. No tienes que darme ninguna explicación.
Es entendible, te arrepentiste al ver con quién estabas acostándote en ese momento.
No quiero darle más vueltas al asunto. Dejemos esto ya.
No volvamos a hablar hasta el 1 de septiembre y todo será más sencillo para ambos, ¿de acuerdo?
—¿Cómo? No, no, no, no, yo me…
—Me arrepiento muchísimo de haberte confesado mis más profundos sentimientos sobre tí, pero olvida todo lo que te dije, ¿está bien?
—No, no está bien. Yris, lo que te dije es cierto, pero… —miró hacia atrás mío, dirigiendo la vista hacia dos butacas junto al gran ventanal—, ¿podemos sentarnos y hablar ahí tranquilamente…?
Afirmé con la cabeza lentamente. Él pasó al interior de mi habitación.
Se iba fijando en mis maletas abiertas sobre el suelo, el desorden en el tocador con todo el maquillaje y productos de belleza, la mesa con la bandeja del desayuno de esta mañana (pues no me sentí bien como para bajar al comedor y desayunar como cada día).
Es muy observador. Eso era algo que me gustaba de él.
Nos sentamos suspirando y manteniendo la calma.
—Yris, me arrepiento por haberte dicho de aquella manera que te fueras anoche, no sé por qué me salió eso…
—Alguna razón tendrías.
Daba vueltas con los ojos mientras pensaba en qué contestar. Mi corazón latía rápido, sediento de respuestas.
—Sentía traición, culpabilidad.
—¿Por otra persona?
Se mantuvo callado, yo le repetí la pregunta de nuevo, confusa por su reacción del principio.
—Por mí. Sentí como que cometía un error cada vez que mis dedos rozaban tu piel, cada que nuestros ojos se encontraban…, porque en el fondo siento como algo electrizante, muy fuerte, imposible de evitar, algo que me llena por dentro aunque no lo deseé, un amor confuso…, por tí.
Percibía su sinceridad. No me miraba mientras hablaba; parecía que confesaba todo al aire, como si se lo dijera a sí mismo, tratando de aclarar sus propios pensamientos.
Escuchaba cristales rompiéndose en mi interior.
Lo que acababa de decir me había dejado sin aliento, desarmada ante su sinceridad. Sus palabras me habían dolido, pero yo sentía lo mismo.
—No siento que lo nuestro sea correcto —exclamó confiado.
Me rompí por completo al escuchar eso.
—Yo tampoco —mentí.
Él afirmó con la cabeza. Y yo bajé la vista al suelo.
—No puedo negar lo que siento por tí, pero la culpabilidad en mí aumenta cada vez que nos dejamos llevar por nuestras emociones.
—Me pasa igual —no quise dar muchos detalles—. Mejor, olvidemos lo que sentimos y centrémonos en nuestras responsabilidades —me costó mucho decirlo tan confiada.
—Sí. Y vuelvo a pedirte perdón por lo de anoche. No volverá a suceder.
¿Por qué siguen doliéndome sus palabras?
—Vale. Bueno, es tarde, gracias por tomarte la molestia de venir a disculparte , pero ya puedes irte a descansar.
—No es nada, perdona por molestarte a estas horas —antes de salir por la puerta, se giró hacia mí, recordando algo—.
Se me olvidaba decirte, le he encargado un par de pistolas a un tipo del bazar para tí, obviamente es secreto, pero deberías ir una de estas noches a recogerla, te pasaré la dirección por mensajes.
Yo ya recogí la mía. Dile que eres Hatman, y te la dará.
Afirmé con la cabeza y él se fue, cerrando la puerta suavemente evitando dar un portazo.
A los minutos recibí en el móvil el mensaje con la ubicación exacta de aquel tipo.
Como la conversación me había arrebatado el sueño, decidí ponerme ropa oscura e ir a recoger las armas ya para poder quitarme ese recado de encima lo antes posible.
Cogí una mochila y salí del hotel.
Se escuchaban en la calle ruidos de coches, de grillos, algo de brisa.
Pillé un taxi que me dejó cerca del bazar, cerca de donde se encontraba la casa del tipo de las armas. Al caminar por allí, me di cuenta de que también estaba cerca la casa de Amira, aún con las luces encendidas.
Llegué al hogar de aquel hombre. Di varios toques en la puerta desgastada y él abrió. Tenía una pinta algo desagradable. Me miró curioso.
—Soy Hatman.
Él no reaccionó con ninguna cara, solo tendió la mano para que yo le entregase la mochila y él entrase las armas ahí.
—¿No te debo nada…? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Tu amigo ya me lo ha pagado todo —señaló la calle—. Ya puedes irte.
No lo dudé y salí del umbral de su casa, ya que no había intentado entrar en su interior. Al caminar de regreso hacia el lugar donde me esperaba el taxi, pasé nuevamente cerca de la casa de Amira. Me detuve a observar, notando cómo las luces aún iluminaban el interior de su hogar.
¿Qué estaría haciendo?
Al ver que la puerta se abría, me escondí tras una robusta columna de granito que se encontraba en la calle.
Vi a Amira salir al umbral, acompañada de un hombre de tez muy morena, con el cabello teñido de rubio, de estatura media y corpulento.
Se besaron apasionadamente y, tras despedirse, él se marchó, mientras ella lo veía partir con una expresión de ensueño.