16 ORIÓN
Amira no contestaba mis llamadas. Me estaba poniendo de los nervios.
«¿Se habría enterado de algo de lo ocurrido anoche?»
Tragaba con fuerza la saliva, tratando de mantener la calma.
La única opción que veía ya, era ir a su casa a verla. Algo me echaba para atrás, pero igualmente salí para ir a verla.
Ya eran las diez de la noche. Seguramente ella estaría dormida. Pero no me importaba molestarla. Necesitaba despertarla para conseguir dormir yo.
Pillé un taxi que me llevó hasta una calle principal, para poder andar hacia el centro y llegar a su casa caminando.
Y así llegué. Sin aliento, pero con un poco de alivio al saber que sí o sí encontraría respuestas.
Llamé a la puerta, expectante, nervioso, con necesidad de saber de ella.
A los segundos abrió. Amira. Tenía el ceño fruncido. Un poco confundida. Tapándose el cuerpo con una bata de satén de mangas cortas.
—¿Orión?
Reaccioné abrazándola fuertemente. Ella simplemente me tocó la espalda acariciándola con suavidad y timidez.
—Amira, cielo, estás bien. Me tenías preocupado…, no has contestado ningún mensaje ni llamada mía. ¿Qué pasa? ¿Está todo bien conmigo?
—Claro, ¿por qué no iba a estarlo…? —seguía mirándola. La sonrisa que se me creó al verla, se iba apagando—. Y perdona, estaba acostada ya, no me di cuenta de los mensajes y llamadas.
—¿Ya estabas acostada…? Abriste muy rápido la puerta.
—Ah —se rió nerviosa—, justo cuando has llamado me había levantado a beber agua a la cocina. Perdona cielo, pero tengo sueño ya. Mañana hablamos, ¿eh? —Poco a poco cerró la puerta y no me dio tiempo ni a besarla de despedida.
Me sentía raro. Algo no encajaba. Pero no iba a darle más vueltas al asunto.
Volví a mi apartamento. Estaba tranquilo ya, pero por dentro seguía un sentimiento de desconfianza. Fue tan extraño.
Las dos de la madrugada. Aún no había sido capaz de pillar el sueño. Llevaba tres horas dando vueltas en la cama. Y además de dar vueltas sobre el colchón físicamente, mentalmente me encontraba en dos situaciones. Mi cabeza parecía un tiovivo a 100km/h.
Yris. Amira.
Yris. Amira.
Yris. Amira.
Ambas me estaban dando dolor de estómago y pecho.
Con Amira hablaría en la mañana…, pero, ¿y con Yris? ¿Cuándo hablaría con ella?
Necesitaba disculparme. Aunque sea un “perdón” me urgía decirle en persona.
Me levanté de la cama, me vestí, y decidido, cogí otro taxi para ir a su hotel. No sabía si estaba haciendo bien, pero por mi cabeza no pasaba ninguna otra idea mejor que esta.
Llegué a su hotel. Todo estaba ya calmado.
Di las buenas noches al chico que se encontraba en el mostrador de recepción, y subí al ascensor para buscar su habitación.
Recordé que a los pocos días de conocernos me dijo que su habitación era la 355.
Subí a la tercera planta y busqué rápidamente su puerta.
Al encontrarla, me coloqué enfrente de la puerta, algo nervioso, (bastante nervioso en verdad).
Sin pensarlo más, di varios toques en su puerta.
—¿Yris? —traté de llamarla para que escuchara mi voz y así no se alarmara —. ¿Estás despierta?