15 YRIS
Me dolía el corazón, el estómago se me revolvía cada vez que pensaba en sus palabras de anoche. Me sentí horrible. Tan mal que al llegar a mi habitación del hotel tenía náuseas y tremendo dolor de estómago.
Horrible.
No tenía ganas de volver a verlo.
Nunca más.
Quería que llegase ya el maldito día del robo, para acabar con esto lo más pronto posible. Robar, acabar mis problemas económicos e irme.
Olvidarle.
Volver a ser desconocidos.
No había nada que desease más en este momento.
Lo odiaba con todo mi ser.
Lo odiaba porque era un capullo e hipócrita.
Pero también le odiaba porque me provocaba una sensación de atracción y deseo inexplicable.
Quería irme de El Cairo ya, volver a Geneva, donde seguían mis padres viviendo, donde poder volver a tener una vida buena, desquitada de problemas.
Tenía ganas de llorar. De esconderme debajo de las sábanas y no volver a salir hasta el día del robo, el cual aún quedaban tres semanas para él, pues estábamos a principios de agosto, y el robo sería a principios de septiembre, exactamente el uno.
Ojalá no haber estado en el Oasis el mismo día que él.
Ojalá no haberle mirado nunca a los ojos.
Ojalá no haber compartido con él ni una sola palabra.
Ojalá… no haberle conocido nunca.
Bajé hacia la puerta de entrada del hotel, todavía con el estómago hecho un nudo, lleno de desconfianza, dolor, confusión y arrepentimiento.
Caminé por el lobby tratando de mantener la compostura, fingiendo que todo estaba bien, que no había un torbellino de emociones destrozándome por dentro. El aire acondicionado del hotel apenas lograba aliviar el calor sofocante de El Cairo, pero nada podría calmar el fuego que sentía en mi pecho.
Las paredes del lobby estaban adornadas con motivos árabes, los azulejos en colores vibrantes, los arcos elegantes que en otro momento habría admirado con detenimiento, pero hoy todo parecía desenfocado, perdido en una bruma de angustia y desesperación.
Mi corazón latía con fuerza, una tormenta atrapada en mi pecho, y mi mente no dejaba de repetirme las palabras que había escuchado la noche anterior, esas que me habían dejado en este estado de desolación.
Me dirigí al bar del hotel, con la esperanza de que una copa me ayudara a despejar la mente, aunque sabía que el alcohol no sería una solución a mis problemas.
Me senté en un taburete y pedí un whisky.
Observé cómo el camarero servía la bebida y pensé en cómo había llegado a este punto, a planear un robo para salir de mis deudas, sabiendo que ese pasado mío, hace un mes, había prometido que estaba acabado.
El plan era perfecto, al menos en teoría. Habíamos investigado durante semanas, calculando cada detalle con precisión milimétrica, y todavía nos quedaba por ultimar detalles. Todo estaba perfectamente alineado. Pero ahora, con cada día que pasaba, sentía que mi determinación se desmoronaba.
¿Qué me había llevado a confiar en alguien como él? ¿Cómo había dejado que me envolviera en su mundo de engaños y promesas vacías?
Me sentía atrapada en una telaraña de mentiras y manipulaciones, y el peso de esa realidad me aplastaba cada vez más.
El camarero me sirvió el whisky, y lo bebí de un trago, sintiendo el ardor en mi garganta.