Sombras del Oasis 23 YRIS
61%

23 YRIS

El aire de la madrugada en El Cairo había refrescado levemente, pero mi mente seguía atrapada en un torbellino de pensamientos oscuros mientras me acercaba al hotel.

Las luces parpadeantes de los faroles proyectaban sombras alargadas sobre las calles casi desiertas, donde el silencio solo era roto por el eco lejano de algún automóvil.

Mis pasos resonaban en las piedras, firmes, aunque cada uno de ellos parecía encaminarme hacia una encrucijada que no estaba preparada para enfrentar.

El encuentro con Enzo me había dejado una sensación de vacío, una especie de insatisfacción que no había esperado.

Sus palabras habían sido amables, incluso tiernas, pero no lograban penetrar la muralla que había construido a mi alrededor.

Sabía que él se preocupaba por mí, que tal vez aún albergaba esperanzas de que lo nuestro pudiera funcionar.

Pero en mi interior, la certeza de que mis sentimientos por él no eran los mismos que antes era abrumadora.

Me sentía como si estuviera atrapada en una corriente que me arrastraba lejos, muy lejos de la vida que había conocido.

Cuando llegué al hotel, la fachada del edificio se erguía imponente y fría frente a mí.

Una sombra oscura entre los edificios circundantes, que en lugar de ofrecerme refugio, parecía esconder secretos en cada rincón.

Mi corazón latía con fuerza, y esa sensación de ser observada volvió a envolverme como un manto.

Instintivamente, aceleré el paso, deseando llegar cuanto antes al interior del hotel, donde las paredes pudieran ofrecerme una falsa sensación de seguridad.

Al cruzar las puertas, la recepción del hotel me recibió con una quietud inquietante.

El mármol del suelo brillaba bajo las luces suaves, pero algo en el ambiente me resultaba opresivo.

No había ningún huésped a la vista, solo el recepcionista de rostro impasible, que levantó la vista brevemente cuando entré.

Sus ojos se encontraron con los míos durante un segundo antes de volver a su pantalla, y en ese breve intercambio, sentí que él sabía algo que yo no.

Me acerqué al mostrador, intentando parecer relajada. La verdad era que mi estómago se revolvía con una mezcla de ansiedad y miedo. No sabía si era producto de mi imaginación, pero la certeza de que alguien me había seguido era tan fuerte que casi podía sentir una presencia detrás de mí.

—Buenas noches —saludé, forzando una sonrisa mientras esperaba que él me dijera algo, cualquier cosa, que me indicara que todo estaba bien.

—Buenas noches, señorita —respondió el recepcionista, devolviéndome la sonrisa con amabilidad automática—. ¿Necesita algo?

Negué con la cabeza, intentando ignorar la sensación de que sus ojos me analizaban con demasiada atención.

—No, solo quería… —me interrumpí, dándome cuenta de que no tenía una razón válida para estar ahí, y mucho menos para estar tan alterada—. Solo quería pedir que no se molesten en llamar a mi habitación esta noche. Necesito descansar.

El hombre asintió, haciendo una nota en su libro.

—Por supuesto, señorita. Que tenga una buena noche.

—Gracias —murmuré, dando un paso atrás antes de girar y alejarme del mostrador.

Caminé hacia el ascensor, sintiendo su mirada en mi espalda, aunque probablemente era solo mi imaginación.

Pero justo antes de pulsar el botón, dudé.

Subir a mi habitación, sola, en medio de esa creciente sensación de peligro, me resultaba insoportable.

Necesitaba un momento para aclarar mi mente, para pensar con calma.

No podía permitir que el miedo me dominara, no ahora, no cuando había tanto en juego.

En lugar de subir, me dirigí hacia el bar del hotel. Necesitaba un lugar donde pudiera sentarme, donde pudiera observar a mi alrededor sin levantar sospechas. Quizás un trago me ayudaría a calmar los nervios, aunque sabía que lo último que necesitaba era nublar más mi mente.

El bar del hotel estaba casi desierto cuando entré.

Solo había un par de personas dispersas en diferentes mesas, demasiado absortas en sus propias conversaciones como para prestarme atención.

La penumbra del lugar, iluminada solo por lámparas bajas y la suave luz azulada que emanaba de la barra, me proporcionó una sensación de refugio momentáneo.

Elegí una mesa en la esquina, desde donde podía tener una vista completa del lugar, incluyendo la entrada.

Me senté despacio, deslizando la silla hacia atrás con un movimiento lento y deliberado, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera atraer miradas indeseadas.

Desde mi asiento, observé el reflejo de la entrada en el espejo detrás de la barra.

Me sentía vulnerable, como si cada pared del lugar pudiera ocultar algo, o alguien, que no quería que yo descubriera.

El barman se acercó poco después, un hombre de mediana edad con un semblante apacible, vestido con una camisa blanca impoluta y un chaleco negro que le daba un aire de formalidad. Sonrió al verme, una sonrisa educada y profesional, que no alcanzó a disipar la tensión que bullía dentro de mí.

—¿Qué le apetece tomar? —preguntó con voz suave, casi un susurro, como si supiera que el silencio era lo único que podía calmarme.

—Un whisky, por favor. Sin hielo.

Asintió y se giró con eficiencia para preparar mi pedido.

Mientras lo hacía, aproveché para observarlo, notando cada detalle de su movimiento, buscando algo fuera de lo común.

¿Estaba exagerando? ¿Era realmente posible que todo esto fuera solo un juego de mi mente, atormentada por la tensión de los últimos días?

La voz en mi cabeza me recordaba que debía estar alerta, que bajar la guardia podía costarme caro.

El whisky llegó rápidamente, servido en un vaso bajo que el barman colocó suavemente frente a mí. Le agradecí con un leve asentimiento, y él se retiró, dejándome sola con mis pensamientos y con la bebida que prometía calmar, aunque fuera momentáneamente, el caos en mi mente.

Tomé un sorbo, sintiendo el calor del alcohol extenderse por mi garganta, relajando ligeramente los músculos tensos de mis hombros.

Sin embargo, mi mente seguía en alta alerta, repasando cada detalle del día, cada palabra de Enzo, cada gesto.

Su preocupación por mí era evidente, pero también lo era su inseguridad.

No podía culparlo; después de todo, había algo en mí que había cambiado, algo que no podía definir claramente, pero que él, de alguna manera, había percibido.

Enzo había intentado ser comprensivo, hacerme reír, llevarme a esos tiempos en los que todo era más sencillo entre nosotros.

Pero mientras caminábamos por las calles de El Cairo, sentí como si estuviera con un extraño.

O, tal vez, como si yo misma fuera la extraña, una versión de mí que había emergido en medio de esta confusión.

Me había propuesto distraerme, alejar mis pensamientos de Orión y de ese mensaje que me quemaba por dentro, pero ni siquiera la compañía de Enzo había logrado apartarlo de mi mente.

Pensé en Orión, en su rostro que parecía esconder más de lo que mostraba.

En la intensidad con la que me miraba, como si tratara de descifrarme al igual que yo intentaba descifrarlo a él.

¿Qué sabía él que yo no? ¿Por qué me perseguía esa sensación de que cada uno de nuestros encuentros estaba cargado de significados ocultos?

Tomé otro sorbo de whisky, intentando ahogar las dudas que comenzaban a crecer en mi interior.

Mi atención se desvió cuando una figura familiar apareció en el reflejo del espejo.

El corazón me dio un vuelco al reconocer la silueta de Orión, entrando al bar con la misma calma calculada que siempre parecía acompañarlo.

No supe si fue él quien me vio primero o si simplemente nuestras miradas se encontraron en un punto invisible entre los dos, pero en ese momento, sentí que todo el aire del lugar se concentraba en torno a nosotros.

Orión se acercó lentamente, con esa manera suya de moverse que parecía no perturbar el espacio que ocupaba.

Llevaba una chaqueta oscura, con el cuello ligeramente levantado, y su expresión era indescifrable, una mezcla de interés y cautela.

Cuando llegó a mi mesa, se detuvo justo frente a mí, sus ojos buscando los míos con una intensidad que me hizo desviar la mirada, aunque solo fuera por un segundo.

—¿Te importa si me siento? —preguntó, aunque su tono sugería que no esperaba un "no" como respuesta.

Negué con la cabeza y él se sentó frente a mí, apoyando sus antebrazos en la mesa mientras me miraba con una mezcla de curiosidad y algo más que no pude identificar.

—Te vi en la entrada —comenzó, su voz baja, casi como si no quisiera que nadie más escuchara—. Parecías nerviosa. De hecho, te has visto algo… diferente desde que te fuiste de la cena. ¿Todo bien?

Había algo en su tono, en la manera en que formulaba sus preguntas, que me puso en alerta.

Orión siempre había sido directo, pero esta vez noté una sutileza en su abordaje, como si intentara arrancar información de mí sin que me diera cuenta.

O, peor aún, como si ya supiera la respuesta y solo quisiera confirmarla.

—Sí, estoy bien —respondí, quizás demasiado rápido, notando que mis dedos se tensaban alrededor del vaso—. Solo necesitaba un poco de aire, eso es todo.

Él asintió, pero sus ojos me decían que no estaba convencido.

El silencio se instaló entre nosotros, pesado, cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir.

Sentí que cada segundo que pasaba aumentaba la presión en mi pecho, como si las palabras que no pronunciaba se amontonaran dentro de mí, luchando por salir.

—Me alegra que estés bien —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Este lugar puede ser abrumador, especialmente si no estás acostumbrada. Pero… —dejó la frase en el aire, como si esperara que yo la completara.

—Pero… ¿qué? —le devolví, mis palabras cargadas de una defensiva que no había previsto.

Orión me estudió por un momento antes de continuar, su expresión se suavizó, pero su mirada seguía siendo penetrante.

—Pero no puedo evitar sentir que hay algo más que no me estás diciendo. Algo que te preocupa, que te mantiene distante. No es propio de ti.

Su comentario me tomó por sorpresa, no tanto por el contenido, sino por la precisión con la que había identificado mis emociones. ¿Acaso era tan evidente? ¿Había bajado tanto la guardia como para que él lo notara tan fácilmente?

—Todos tenemos días malos, Orión —respondí, tratando de restarle importancia a su observación—. Solo es uno de esos días.

—Puede ser… —murmuró, pero su tono sugería que no estaba convencido—. Pero parece más que eso. ¿Algo que ver con lo que has estado haciendo hoy? Quizá con quien has estado…

Su pregunta, formulada como una simple curiosidad, me puso en alerta de inmediato.

Había algo en la manera en que lo dijo que me hizo sentir atrapada, como si hubiera estado esperando esta oportunidad para interrogarme, para ver si mi reacción lo delataba.

Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, mi mente en un torbellino de posibilidades sobre lo que él podría saber o suponer.

Decidí mantener la calma, forzando una sonrisa mientras trataba de desviar el tema.

—Solo necesitaba un respiro, y Enzo se ofreció a acompañarme. Nada más. —Mis palabras salieron con un tono casi casual, pero en mi interior podía sentir cómo el miedo y la desconfianza se enroscaban como serpientes, listas para atacar en cualquier momento.

Orión asintió lentamente, como si estuviera procesando mi respuesta, aunque sus ojos seguían estudiándome, como si intentara leer algo más profundo en mi semblante.

—Entiendo —dijo finalmente, aunque no parecía del todo convencido—. Pero si hay algo más, Yris, lo que sea, puedes decírmelo. Sabes que estoy aquí para ayudarte, ¿verdad?

Su tono era tranquilizador, casi reconfortante, pero había algo en sus palabras que me sonaba como una advertencia velada.

¿Realmente podía confiar en él? ¿O estaba intentando manipularme, sacar alguna información que no debía compartir?

La línea entre la verdad y la mentira se volvía cada vez más difusa, y mi mente seguía repitiendo las palabras de Amira, recordándome que Orión no era quien aparentaba ser.

Tomé un último sorbo de whisky, el calor del alcohol recorriendo mi cuerpo como un falso consuelo. El peso de su mirada sobre mí era insoportable, y sabía que debía salir de esa situación antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirme.

—Lo sé, Orión —respondí con una sonrisa que no alcanzaba mis ojos—. Pero te aseguro que no es nada. Solo cansancio.

Él no insistió, y por un momento pensé que la conversación había terminado, que podía excusarme y volver a mi habitación. Pero antes de que pudiera moverme, él habló de nuevo, esta vez con un tono más bajo, casi como si compartiera un secreto.

—Si alguna vez necesitas hablar, si algo te preocupa… no dudes en buscarme.

Sus palabras me hicieron sentir una mezcla de alivio y desconfianza. ¿Era sincero en su ofrecimiento, o había algo más en su oferta? Sabía que la situación estaba lejos de ser sencilla, y que cualquier movimiento en falso podría costarme caro.

Me levanté lentamente, agradeciendo a Orión por su comprensión, y me dirigí hacia la salida del bar, sintiendo su mirada seguirme mientras me alejaba.

Al cruzar la puerta, me di cuenta de que había algo más en juego, algo que estaba por debajo de la superficie, y que mi propia seguridad podría estar en peligro.

El juego había cambiado, y ahora debía ser aún más cuidadosa.

Mientras me dirigía a mi habitación, mis pensamientos eran una maraña de dudas y temores, y sabía que no podía permitirme relajarme. La verdad estaba al acecho.