Sombras del Oasis 11 YRIS
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11 YRIS

Sentía que el tiempo no pasaba. Esa cena parecía una prisión. Llena de preguntas irrelevantes, una tensión creciente y fuerte, y ambos nos veíamos obligados a continuar comiendo y bebiendo juntos. Quería irme de ahí ya. No quería seguir sintiendo por él.

Su pregunta sobre Enzo provocaba que mi corazón, el estómago y el cerebro diesen vueltas. Sobre Enzo cada vez estaba más confusa.

Bueno, realmente estaba confundida por todo. Sentía una confusión horrible. ¿Qué se suponía que debía sentir y hacer exactamente?

Enzo me evocaba sentirme querida, importante, pero íbamos tan rápido que solo quería escapar y correr cuando estábamos cerca.

Orión era el motivo principal de mi confusión.

Lo odiaba. Lo odiaba porque me hacía sentir algo inexplicable, era algo que me recorría toda la piel, todos mis órganos, toda mi sangre, cada vez que nos mirábamos, rozábamos un milímetro de piel, o estábamos simplemente cerca.

No quería sentirlo. Pero tampoco podía evitarlo.

No quería mirarle a sus ojos, porque yo sabía que eso intensificaba lo nuestro y era justamente lo contrario a lo que deseaba.

Necesitaba irme ya a mi hotel. Dejar esa cena y descansar la mente en mi habitación tranquilamente.

Ya había anochecido, hacía más fresco, la brisa estaba comenzando a ser más fría y nosotros también.

Entre nosotros casi no fluían palabras, frases…, pues esa noche no me sentía demasiado cómoda con él. Era como si mi intuición me quisiera advertir de algo.

—Oye Orión, no me siento muy bien, mejor dejemos la cena para otro momento, ¿eh? Es que tengo un dolor de cabeza, uf —mentí. Me levanté del sitio y no le dejé decir ninguna palabra.

—Yr… —trató de levantarse y coger la cartera.

—Déjalo, yo pago, y lo siento por las molestias, eh —apoyé mi mano en su hombro y volví a bajarlo sentándose con fuerzas.

—¡Espera Yris!

Llevaba el paso ligero. Trataba de caminar más rápido, pero las dichosas sandalias con tacón que llevaba no me lo permitían.

—Joder —susurré. Me desabroché las hebillas con brillos de las sandalias y me las intentaba retirar. Me estaba agobiando pues mis dedos casi no funcionaban e intentaba hacerlo con prisas.

—¡Yris! —escuchaba de fondo a lo lejos, ya que estaba algo apartada del bar.

—Joder, joder —mis dedos temblaban mientras intentaba desabrocharlas.

De pronto noté una mano en mi espalda al mismo tiempo que yo estaba agachada. Di un respingo del susto y nervios, y me caí de culo a la arena.

—¡Puta madre! —grité, lo vi atrás mío y abrí los ojos como platos sorprendida—. ¡Orión, joder!

—¡Yris, Yris, espera, por favor! A ver, déjame ayudarte —me colocó sus manos en mi cintura para ayudar a que me levantase.

En ese momento noté como un calor inevitable empezó a subir por mi tronco hasta mi pecho.

—¡No, déjame! —respondí bruscamente apart ando sus manos con furia.

Orión me miró confundido y preocupado, sin exclamar ni una sola palabra. Al mismo tiempo que yo trataba de levantarme, él hacía intento de colocarme una mano encima, pero yo siempre se las quitaba.

Me levanté y pude sacarme las sandalias finalmente.

—Mira, Orión, vete tú a cenar, ¿vale? Déjame irme.

—¿Y en qué te irás? ¿En una alfombra mágica?

Mierda, no recordaba que él me había traído en su coche.

—Iba a llamar a un taxi.

—Ya… —me colocó su suave y caliente mano en mi brazo—. No sé qué te pasa, Yris, pero, creo que deberíamos hablar.

Por un momento me di cuenta de que él tenía razón. No podía seguir escapando de todos y de todo como si nada.

Ambos nos fuimos al parking donde habíamos dejado aparcado el coche, yo descalza y él sujetándome del brazo protectivo.

Llegamos a mi hotel. Nos colocamos en la puerta de entrada. Un silencio volvió a sembrarse entre nosotros.

—¿Entonces quieres… hablar? —pregunté tímidamente.

Él afirmó con la cabeza seriamente, pero en su mirada enseñaba vulnerabilidad.

Subimos en el ascensor hasta la azotea del edificio. Allí había una piscina con luces en el fondo de colores lilas y azules, unas cuantas tumbonas y algunas mesas con sombrillas.

No había nadie, así que sentiríamos más íntimo todo lo que habláramos.

Nos sentamos en el borde de la piscina. Él se subió los pantalones y se quitó los zapatos, yo me recogí el vestido un poco para que no se mojase. Sumergimos las piernas hasta las rodillas en el agua fresca de la piscina.

Ambos, en silencio, mirábamos la ciudad iluminada.

Las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas distantes, mientras el agua de la piscina reflejaba su resplandor, creando un ambiente casi onírico.

El murmullo de la ciudad se desvanecía lentamente, como si el mundo exterior no existiera, y todo se concentrara en este instante, en esta burbuja de silencio entre nosotros.

Las piernas sumergidas en el agua fresca me brindaban un alivio temporal, pero la tensión que llevaba dentro seguía latiendo con fuerza.

¿Qué hacíamos aquí? La confusión y el deseo se entrelazaban en mi pecho, haciéndome sentir como si estuviera atrapada en una tormenta emocional.

—No sé cómo llegamos a esto —dijo Orión al fin, su voz un susurro en la noche. Se pasó una mano por el cabello, un gesto que delataba su ansiedad—. Quiero ser honesto contigo, Yris. La razón por la que estoy aquí no es solo por… no es solo por lo que siento. Es complicado.

Sentí un escalofrío al escuchar esas palabras.

Era consciente de que su interés en mí no había sido inicialmente genuino, que todo había comenzado como un plan, una estrategia.

Pero a medida que pasaban los días, esa línea se había vuelto borrosa, y sus ojos reflejaban una lucha interna que no podía ignorar.

Todo era tan intenso, que apenas era capaz de librar la batalla correctamente con mis emociones y deseos más profundos.

En ningún momento había deseado sentir algo por él, ni por Enzo, yo solo quería liberarme de mis problemas personales, y al final, estaba haciendo todo lo contrario y peor, pues estaba en el centro de una tormenta interior.

—Lo sé —respondí, sintiendo que mi voz temblaba—. Al principio, pensé que solo éramos… amigos, o una distracción. Pero ahora hay algo más, y me confunde. No debería sentir esto, no debería ser así.

Orión me miró, sus ojos eran un torbellino de emociones.

Sentí que podía ver la batalla que libraba en su interior.

Quería acercarse , tocarme, pero al mismo tiempo había una barrera invisible que lo mantenía a distancia.

Era como si ambos supiéramos que este era un juego peligroso, una danza en la que cada paso podía llevarnos más cerca del abismo.

Yo solo quería llorar. Un fuerte nudo se estaba creando en mi garganta. Sentía que iba a explotar. Mis ojos, aguantaban secos, con miedo y vergüenza a desprender una sola lágrima, sabía que si desprendía aunque fuese una sola, mi debilidad sería aún mayor.

¿Qué era lo que realmente sentía?

—¿Debería de esperar algo de tí? —pregunté temblorosa con un hilo de voz.

Él se quedó en silencio.

No sabía cómo tomar ese silencio.

El silencio ahora era lo que menos deseaba. Aunque en mi interior era lo que más anhelaba.

—No siento nada por Enzo —conseguí exclamar.

Orión me miró con el ceño fruncido, confundido—.

No sé qué sentir realmente. No quiero ninguna relación ahora, ni con él, ni con ningún hombre.

Pero, al mismo tiempo, siento algo por tí.

Es una cuerda, que nos une. Me obligo a no pensarte, y te pienso.

Me obligo a no desearte, y te deseo. Me obligo a no quererte, y… te quiero…

Sentía como algo se rompía en mi interior mientras le confesaba mis sentimientos.

—...pero no deseo tener nada contigo. Aunque tampoco quiero que te vayas de mi lado.

Orión se mantuvo con la cabeza baja mirando el agua moverse.

—No debería de haberte dicho nada. Perdón por todo. Estoy realmente confundida —me levanté.

Unas lágrimas empezaron a desprenderse de mis ojos. Mi corazón latía fuerte, rápido, con ansiedad.

Me estaba hiriendo a mí misma emocionalmente.

Ni siquiera tuve la valentía para mirarle a los ojos. Ni él para evitar que me fuese.

Me coloqué las sandalias y entré en el ascensor.

Sentía que el ascensor era más estrecho, notaba que se encogía por cada latido de mi corazón.

Mi vista se ponía aún más borrosa, mis ojos echaban tantas lágrimas que casi estaban ciegos, mis manos temblaban y mis dedos apenas eran capaces de apretar los botones para cambiar de planta.

Me senté en el suelo tapándome la cara con las manos, desorientada, frustrada, agobiada.

No sabía qué hacer.

Ni cómo sentirme.