10 ORIÓN
Estábamos ya a finales de julio, aún quedaba un mes del gran robo, y para mantener el control de la situación necesitaba comprender a fondo los puntos débiles y las preocupaciones de Yris Hatman, por si en algún momento requería presionarla para lograr mis objetivos.
Mi mente era un caos de pensamientos y sentimientos contradictorios.
Una parte de mí sólo consideraba la posibilidad de usar a Yris para efectuar el robo y luego entregarla, llevándome todo el premio junto con Amira, y así, finalmente, vivir la vida que siempre habíamos soñado.
Sin embargo, otra parte de mí, fría y casi inexistente, sentía una leve atracción y cariño por Yris, como si nuestras almas se abrazaran en silencio, ignorando la distancia física y los obstáculos de mi relación con Amira y el enigmático Enzo.
Nada podría detener mis verdaderas intenciones con Yris.
La noche en la que tuvimos ese contacto físico tan profundo, que tan solo se quedó en besos y roces, ocurrida hace semanas pertenecía al pasado; mi mente podía intentar borrarlo, pero no permitiría que nada interfiriera en mi manipulación de Yris y en el vínculo que mantenía con Amira.
Fingir con Yris era un desafío, pues ella emanaba una energía y una conexión inexplicable, algo fugaz pero intenso, que solo me afectaba cuando estábamos juntos.
En su ausencia, mi mente volvía a centrarse en Amira.
Me sentía culpable por ello, pues Amira era todo para mí, mientras que Yris solo era una cómplice en el gran robo que Amira y yo habíamos organizado.
Decidí llamar a Yris y proponerle una salida, lejos del bullicio de El Cairo, a un lugar donde pudiéramos hablar con mayor libertad.
Ella aceptó. Acordamos vernos en un par de horas en la puerta de su hotel, para que yo la recogiera.
Había un bar en El Cairo que siempre había considerado ideal para tener conversaciones importantes, un oasis oculto en medio del desierto que fusionaba la majestuosidad de la naturaleza con la sofisticación de un refugio moderno.
Antes de encontrarme con Yris, decidí ver a Amira. Llegué a su casa y ella me recibió con una sonrisa amplia, esa que siempre me hipnotizaba y me hacía querer mirarla durante horas, apreciando cada uno de sus detalles faciales hasta querer tatuarlos en mi mente.
—Me alegro de que hayas venido, corazón —exclamó con una sonrisa.
—Tenía que ver a la mujer más hermosa del mundo.
Me respondió con un beso impregnado de felicidad y cariño, colmado de sentimientos.
—¿Quieres ir a cenar esta noche? Hace tiempo que no compartimos una cita así juntos. Desde que hemos empezado con el plan del robo, pasamos poco tiempo juntos, no quiero perderte —en sus ojos podía ver el sentimiento de pérdida y algo de tristeza que transmitía solo con la mirada.
—Pues, amor, no puedo —ella intentó exclamar una palabra pero yo seguí rápidamente—, es que he quedado con Yris.
—¿Con Yris? ¿Por qué? —respondió con ansiedad y preocupación.
—No, amor, tranquila, es que he planeado esa cena para poder conocer sus puntos débiles y así hacerle daño presionando ahí por si lo necesitamos en algún momento. Pero cariño, mañana tú y yo vamos a cenar, eh. ¿Entendido?
Amira asintió con tristeza y poco convencimiento.
Salimos a pasear agarrados de la mano; necesitaba seguir mostrándole el amor real que sentía por ella.
Compartíamos gestos de cariño y amor, intercambiamos algún que otro beso…
no quería perderla. Ella era mi motivación para el robo, mi estabilidad emocional solo era posible si todo estaba bien con Amira.
Por esa razón, Yris no significaba nada para mí.
Bueno, algo sí, no podía seguir negando la conexión con ella…
, pero, ¿por qué estoy hablando de Yris?
—¿Crees que el robo saldrá bien? —me preguntó Amira.
—Seguramente, cielo. No tienes de qué preocuparte. Tú eres increíble controlando la situación, e Yris y yo somos increíbles llevándola a cabo, así que, ten confianza en que todo va a salir bien.
—Ya, pero no sé, un simple movimiento fallido y todo saldrá mal…
—Amira, amor, deja de darle vueltas, todo va a ir genial, hazme caso. Además, aún quedan algunos días; mientras tanto, estemos relajados.
La miraba. Ella me miraba. La besé en la frente.
Ahí es cuando me di cuenta de lo mucho que la quería.
Estos años compartidos con Amira han sido lo mejor que me había pasado en toda mi vida.
Realmente no quería perderla. Amira era mi amor, mi razón de ser, el centro de mi universo, ella lo era todo para mí, y ambos sabíamos que esto lo hacíamos por una buena razón.
Nos despedimos en la entrada de su casa con un profundo y significativo beso en los labios.
Le di otro en la frente y ella me abrazó muy fuerte, con miedo a que yo dejara ir todo lo que habíamos construido en seis años juntos.
Me dirigí a cambiar de escena radicalmente, a volver al mundo de traiciones y pecados.
Y todo esto, lo hacía por el amor de mi vida: Amira.
Necesitábamos escapar, irnos a vivir nuestra vida soñada juntos, ambos estábamos mal económicamente, yo podría tener dinero, pero estaba a poco de perderlo por todos mis retrasos de pagos y todo lo que debía.
Llegué al hotel de Yris. Ella estaba en la puerta, mirando algo en su móvil.
Llevaba un top corto halter negro y una falda del mismo color, midi y lisa.
Ese conjunto le iba genial a su cuerpo, se lo esculpía y te daba ganas de mirarla durante horas, aunque no debería.
Me bajé del coche y la recibí con dos besos en las mejillas, ella respondió igual.
Con una sonrisa tímida y sincera, se subió a mi coche.
Durante el trayecto, pues teníamos que ir a las afueras de la ciudad, hablábamos de nuestro día y de cosas no importantes, de forma amistosa.
Al llegar, hacía algo de aire, y su cabello suelto con ondulaciones bailaba al mismo ritmo que la brisa cálida del desierto nocturno.
Caminábamos por la cálida arena que conducía a una inmensa formación rocosa, que se elevaba como un guardián antiguo en medio del paisaje.
Este lugar, esculpido por los siglos, estaba lleno de cuevas iluminadas desde dentro, como si la roca misma estuviera viva y respirando luz.
El bar se extendía en una amplia terraza de arena, donde mesas y sillas de mimbre estaban dispuestas de manera casual pero cuidadosamente pensada.
Cada mesa tenía su propia lámpara de aceite, cuyas llamas danzaban suavemente con la brisa nocturna.
Al caer la noche, las luces cálidas y doradas realzaban la belleza natural de las rocas, creando un juego de sombras y luces que transformaba el lugar en un escenario de ensueño.
Dentro de las cuevas, los asientos eran grandes sillones y divanes cubiertos con cojines de colores vivos y tejidos tradicionales, invitando a los visitantes a relajarse y perderse en la conversación o simplemente contemplar el entorno.
El aire estaba impregnado con el sutil aroma del incienso, que mezclado con el fresco aire del desierto, proporcionaba una experiencia sensorial única.
Las cuevas más grandes albergaban pequeñas barras donde se servían bebidas exóticas y cócteles artesanales, cada uno preparado con ingredientes locales y un toque de creatividad.
La música suave y envolvente se mezclaba con el susurro del viento, creando una banda sonora perfecta para la noche.
Podía escuchar risas distantes y murmullos de conversaciones animadas, mientras miraba hacia el cielo claro y estrellado.
La sensación de paz era profunda, como si el tiempo se hubiera detenido en ese rincón mágico del mundo.
Nos sentamos cómodamente, uno frente al otro.
Yris se acomodó dejando su bolso negro a su lado.
Vino el camarero y pedimos dos cócteles.
Aún no había una conversación estable entre ambos, tan solo comentábamos algo como “qué bonito es el lugar” o “qué tranquilidad”, pero nada más.
Decidí romper el silencio mientras esperábamos las bebidas.
—Y bueno, ¿qué tal?
Sí, la pregunta más diaria y normal del mundo, pero por algo se empezaba.
—Bien. Sí, bien, estoy normal, sin más, sí —no decía nada más, estaba algo incómoda—. ¿Y tú?
—Bien…, oye, ¿estás bien de verdad? Estás como… ¿distante? Sí, distante.
Se me estaba haciendo más difícil de lo que pensaba mantener una conversación con Yris, nunca había pasado esto, pues siempre manteníamos conversaciones que fluían con bastante juego.
—Sí, estoy bien, en serio.
Volvió a cortar el tema.
Me lo estaba poniendo muy complicado.
—Bueno, si tú lo dices… —no me estaba mirando, Yris movía su mirada hacia todas partes excepto a mis ojos—. ¿Y qué tal con ese tal Enzo?
—¿Tienes que sacarme el tema de Enzo aquí? Es de lo que menos me apetece hablar, Orión —se percató de mi cara de sorpresa y actuó con rapidez—: bueno, bien, él está muy enamorado de mí. Yo es que estoy un poco confusa en sí por todo, pero también, me gusta mucho. ¿Te sirve esa respuesta?
Sentí una punzada de celos recorrerme el cuerpo cuando la escuché hablar de él.
Ella me lo decía con sus ojos brillantes y su sonrisa encantadora, con un entusiasmo que nunca había visto en ella. La forma en que hablaba de él, la emoción en su voz, todo me hacía sentir insignificante, aunque tampoco debería de darle importancia a lo que yo significaba para Yris.
Nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos.
Mi corazón latía con fuerza, como si quisiera escapar de mi pecho.
Tenía un ojo azul y el otro marrón, y siempre había sentido que eso me hacía diferente, extraño.
Pero cuando sus ojos verdes claros como turmalinas se encontraron con los míos, todo lo demás desapareció.
Sentí que veía directamente a través de mí, como si pudiera entender cada uno de mis pensamientos y secretos.
El tiempo pareció detenerse. Ignore cualquier sonido de la multitud, de la música, del sonido de los vasos.
No había ruido, no había distracciones, solo la intensidad de su mirada.
Fue un momento de conexión pura, tan fuerte que casi me hacía temblar.
La forma en que sus ojos brillaban, llenos de una curiosidad y una profundidad que nunca había visto antes, me desarmaba por completo.
Era como si estuviera mirando un reflejo de mis propios sentimientos, pero con una claridad que me asustaba.
Sentía un torbellino de emociones cada vez que pensaba en Yris.
Al principio, mi plan era claro: acercarme a ella, ganar su confianza, hacer el robo y luego entregarla a la policía.
Era mi deber, lo que se suponía que debía hacer.
Sin embargo, con cada día que pasaba, la conexión y la atracción que sentía por ella se volvían más fuertes e inexplicables.
Yris me intrigaba, y no podía evitar sentirme fascinado por su manera de ser.
Sus ojos, su risa, la forma en que hablaba, todo me atraía de una manera que no esperaba.
Me encontraba pensando en ella en momentos inoportunos, deseando pasar más tiempo a su lado, aunque sabía que no debía.
Cada vez que ella me sonreía, sentía un calor inexplicable que me recorría el cuerpo.
Aquel contacto visual fue intenso, casi abrumador.
Cada segundo que pasaba, la conexión se hacía más fuerte, como si nuestras almas estuvieran entrelazándose.
Pero junto con esa conexión, la culpa se intensificaba.
Pensaba en Amira, en su confianza y amor incondicional, y me sentía como el peor de los traidores.
Sabía que mi corazón pertenecía a Amira.
Amira, mi amor verdadero, la mujer con la que quería pasar el resto de mi vida.
Amira, con su bondad y su lealtad, que nunca sospecharía de mis verdaderos sentimientos hacia otra persona.
Me sentía como si la estuviera traicionando cada vez que pensaba en Yris con más cariño del que debía.
Cada momento con Yris me hacía sentir como si estuviera caminando sobre una cuerda floja.
Sabía que mis intenciones originales con ella eran puramente estratégicas, que debía mantenerme enfocado en mi misión.
Sin embargo, cada vez que estaba cerca de Yris, sentía que las líneas entre el deber y el deseo se desdibujaban.
La culpa me consumía, atrapado entre mi deber y mis emociones.
Era una lucha constante, un conflicto interno que no me dejaba en paz.
Por un lado, estaba mi deber y la promesa que había hecho.
Por otro, estaba esta atracción poderosa y confusa hacia Yris.
Y en medio de todo esto, estaba Amira, la persona a la que realmente amaba y no quería perder.
Saber que mis sentimientos por Yris estaban creciendo solo añadía a la confusión y el dolor que llevaba dentro.
Estaba atrapado en un dilema que parecía no tener solución, sintiéndome cada vez más dividido y culpable.
Quería apartar la mirada, romper ese vínculo que me hacía sentir tan vulnerable, pero no podía.
Algo en los ojos de Yris me mantenía anclado, me hacía sentir que, aunque fuera solo por un momento, éramos los únicos dos en el mundo.
Fue un momento de honestidad brutal y cruda, donde no había lugar para las mentiras o las evasiones.
Cuando finalmente rompimos el contacto visual, sentí que algo dentro de mí había cambiado irrevocablemente.
Sabía que no podía seguir negando lo que estaba sucediendo, pero también sabía que ceder a esos sentimientos significaría traicionar a Amira y todo en lo que creía.
La confusión y la culpa me consumían, pero también lo hacía la certeza de que la conexión con Yris era real y poderosa.
—Sí, me sirve esa explicación, gracias —conseguí responder.
Yris no respondió. Puso una mueca algo confusa.
Nos trajeron los cócteles. Los probamos y comentábamos a veces de ellos. Pero la tensión, una fuerte tensión seguía entre ambos.
Mi intención era descubrir sus vulnerabilidades, pero ocurrió lo inesperado: junto a ella, era yo quien sentía mis propias debilidades.