Sombras del Oasis 12 YRIS
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12 YRIS

Ya había comenzado agosto. Hacía más de una semana que no veía, ni sabía nada de Orión. Desde aquella noche en la azotea no volví a verlo.

Él no leyó los últimos mensajes que le escribí aquella noche, ni yo volví a escribirle.

Necesitaba un respiro.

Los días en los que no nos habíamos visto me estaban sirviendo para descansar emocionalmente, pues ni siquiera hablé con Enzo tampoco, él me escribió, yo no le respondí.

Había aprovechado cada uno de estos días para descansar, en deshacerme de esa presión en el pecho que provocaba que me costara respirar.

A veces miraba el móvil, por si él me había escrito. Pero no había nada.

Eso me puso triste.

Lo extrañaba un poco.

Salí del hotel. No quería montarme en otro taxi.

Quería sentirme presente. Apreciar la ciudad en la que llevaba alojada un mes ya.

El sol ya estaba alto en el cielo, derramando su luz dorada sobre las calles bulliciosas de El Cairo.

Caminé por las aceras irregulares, bordeadas de palmeras polvorientas y puestos de vendedores ambulantes.

A medida que avanzaba, el aire se llenaba de una mezcla abrumadora de olores.

El aroma penetrante del comino y el cilantro, provenientes de las cocinas abiertas, se entremezclaba con el olor dulzón del tabaco de los narguiles, que se escapaba en finas volutas de humo azul desde las terrazas de los cafés.

Los vendedores de frutas exhibían montones de granadas, dátiles e higos, sus colores vivos contrastando con el polvo beige que parecía cubrirlo todo.

Pasé junto a una pequeña panadería, desde donde el olor del pan recién horneado me tentó a detenerme. Los panes planos, algunos aún humeantes, se apilaban en grandes cestas de mimbre. El panadero, con una sonrisa amplia y amigable, me saludó al pasar.

El Cairo es una sinfonía de sonidos. Las voces de los vendedores, pregonando sus mercancías con pasión y vigor, se mezclaban con el constante murmullo del tráfico, los bocinazos y el traqueteo de los carros tirados por burros.

De vez en cuando, el canto del muecín desde lo alto de un minarete cercano llenaba el aire, llamando a los fieles a la oración con su melodía resonante.

Llegué a una callejuela más estrecha, donde los edificios antiguos, con sus fachadas de piedra tallada y balcones de hierro forjado, proyectaban sombras largas y frescas sobre el camino.

Aquí, el bullicio de la ciudad parecía amainar un poco, y pude oír el leve chapoteo del agua de una fuente cercana.

Las paredes estaban adornadas con coloridos azulejos y grafitis que contaban historias de un pasado vibrante y un presente en constante evolución.

El mercado, mi destino, se extendía ante mí como un laberinto fascinante de puestos y tenderetes.

Los colores se intensificaron: el rojo brillante de las especias apiladas en montones cónicos, el verde de las hierbas frescas, y el dorado de los objetos de latón y cobre relucientes a la luz del sol.

Los olores también se hicieron más variados y penetrantes: incienso quemado, cuero recién curtido, y el dulce aroma del té de menta.

Los vendedores me llamaban con sonrisas y palabras amables, algunos incluso reconociendo mi condición de visitante.

Me detuve en un puesto que vendía tejidos.

Los colores y patrones de los pañuelos y alfombras eran hipnóticos, cada uno contando una historia diferente, reflejando la rica herencia cultural de Egipto.

Tras el puesto había una chica con la piel morena, ojos marrones penetrantes y cejas perfectamente perfiladas.

Llevaba varios brazaletes en la muñeca y un collar delicado que resaltaba contra su piel.

Sus labios llenos y rosados y una nariz recta y definida.

Vestida con una abaya beige y un hiyab blanco.

Ella estaba cargando a un bebé que no paraba de llorar, y una señora más mayor a su lado invitando a la gente a comprar sus telas y productos.

Se le veía agobiada. Tanto, que al darse la vuelta para agarrar una alfombra que estaba colgada en la pared, tiró sin querer algunas hebillas de lana.

La chica se asustó cuando algunas personas empezaron a gritarle.

Entré dentro del puesto sin pensarlo dos veces y la ayudé a colocar de nuevo todas las hebillas.

La chica se quedó sorprendida, aunque no pronunció ninguna palabra.

Con un gesto tímido, me dio las gracias moviendo la cabeza.

El bebé seguía llorando, así que le sonreí y le pedí suavemente que me lo dejara coger.

Ella, confiando en mi propuesta, me lo entregó.

Comencé a balancearlo con ternura, abrazándolo suavemente y susurrándole palabras tranquilizadoras.

Poco a poco, el bebé empezó a calmarse. Durante ese tiempo, la chica y la señora pudieron vender varios productos sin tanto agobio, aprovechando la paz momentánea que había traído el consuelo del pequeño.

Le devolví al bebé y ella me miró demasiada agradecida.

—Muchas gracias —exclamó con una voz suave.

—No es nada —sonreí. Permanecí quieta a su lado—. ¿Puedo ayudaros? Si no os molesta claro.

La chica me miró durante unos segundos y fue a la señora a susurrarle algo. Ella se acercó a mí, asintió y pronunció un “sí”, casi en susurro.

Sonreí y empecé a sentirme en el presente, a sentirme en una nueva realidad. No todo era dinero.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté a la chica.

—Neith.

En El Cairo, la mayor parte de la ciudad tenía ese encanto particular, donde la vida cotidiana se entrelazaba con actos sencillos de bondad y humanidad.

Las estrechas calles estaban llenas de pequeños puestos y mercados bulliciosos, donde comerciantes y clientes intercambiaban no solo productos, sino también sonrisas y palabras amables.

El aire estaba impregnado de aromas exóticos de especias y comidas callejeras, y las voces de los vendedores se mezclaban con el sonido de la vida que vibraba en cada rincón.

Pasamos toda la mañana vendiendo y atendiendo a clientes que eran turistas y otros residentes.

Al rato, todo se calmó más, pues mucha gente se iba a comer.

La chica regresó a su puesto con una sonrisa más relajada, agradecida por el respiro que había encontrado.

La señora, con una mirada de gratitud, continuó atendiendo a los clientes con renovada energía.

En ese momento, me di cuenta de que, en medio del caos aparente, había una profunda armonía en la forma en que la gente se apoyaba mutuamente, creando una comunidad resiliente y solidaria.

En El Cairo, entendí que la verdadera riqueza no se medía en dinero, sino en las conexiones humanas y en los pequeños gestos de generosidad que tejían el tejido de la vida diaria.

—Muchas gracias —murmuró la señora mirándome agradecidamente.

Sonaba un “muchas gracias” muy sincero.

Asentí con la cabeza y me fui al ver que ellas ya estaban empezando a cerrar el puesto.

Entré a un restaurante callejero cercano al mercado.

Pedí un sándwich de kofta, que es una delicia típica de la región.

La kofta es una preparación a base de carne picada, generalmente de cordero o ternera, mezclada con una variedad de especias y hierbas como cebolla, ajo, perejil, cilantro, comino y pimentón.

La mezcla se forma en pequeñas bolas o cilindros que luego se asan a la parrilla o se fríen.

Mientras esperaba el mío, miraba mi móvil.

Miré a ver si había alguna novedad sobre Orión.

No la había. Parecía que se había olvidado que existía.

Al mismo tiempo, vi los números de mis padres.

Hacía más de cinco años que no hablaba con mi madre ni con mi padre.

Desde que descubrieron el gran robo que hice en Chicago, se sintieron tan desilusionados y avergonzados que cortaron toda comunicación conmigo.

No los culpaba. Yo también me avergonzaba de mí mismo.

Mi vida había tomado un rumbo tan oscuro que a veces me costaba reconocerme en el espejo.

La tarde la pasé en mi habitación, en la piscina de la azotea y en la cafetería del hotel, el calor me impedía tener fuerzas para hacer otras actividades.

Como ya había anochecido, me quité el bikini, me di una ducha fría y me arreglé para bajar al comedor a cenar.

Bajé por las escaleras esta vez. Al bajar, miré a la puerta de entrada. Ahí estaba él. No, Orión no, Enzo.

Él estaba ahí, con una actitud nerviosa, vergonzosa, con un ramo de rosas en la mano derecha y la otra mano la tenía ocupada retocándose el pelo en el reflejo de la puerta.

Me quedé mirándolo. Tan inocente. Se veía tan dulce, que me dolía no sentir lo mismo que él por mí.

A pesar de todo, sonreí, intentando ocultar la tristeza que amenazaba con asomarse a mis ojos. Avancé hacia él, sintiendo cómo el peso de su expectativa colgaba en el aire entre nosotros.

—Hola —dije suavemente, mi voz tratando de no quebrarse—. ¿Cómo estás?

Él me miró, y sus ojos brillaron con una mezcla de esperanza y timidez.

—Hola —respondió, extendiéndome las rosas—. Son para ti.

Al tomar el ramo, una ola de sentimientos me invadió, una mezcla agridulce de amor y dolor que me oprimió el pecho.

Las flores eran hermosas, cada pétalo una promesa de cariño, y en ese gesto simple y puro, vi reflejados sus sentimientos más profundos.

Me dolía no poder corresponderle de la misma manera, pero también me sentía profundamente conmovida por su sinceridad y su valentía al expresarse.

El amor que sentía por él no era el tipo de amor que él esperaba.

Era un amor tierno, protector, casi fraternal, que me hacía desear su felicidad por encima de todo.

Sin embargo, la tristeza de no poder ofrecerle el amor romántico que buscaba se anidaba en mi corazón como una espina.

Y ni siquiera esta situación eran mis intenciones iniciales…

, ¿por qué ya no me interesaba tanto su dinero?

¿Por qué no me engañaba a mí misma? Había como una barrera invisible, que me impedía sentir por él y estar solo interesada en su riqueza, no quería herirle realmente.

—Gracias, son preciosas —respondí, tratando de mantener mi tono ligero.

Nos quedamos en silencio por un momento, sus ojos buscando los míos, mientras yo luchaba por encontrar las palabras correctas. Sabía que cualquier cosa que dijera podría herirlo, pues no quería causar más dolor por el momento.

—Más preciosas que tú no lo son.