Sombras del Oasis 9 YRIS
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9 YRIS

Los tres días que pasaron desde aquella cena con Horus Gad fueron una mezcla de inquietud y expectación para mí.

Las noches me permitían un respiro de las calles tumultuosas de El Cairo, pero mi mente no encontraba paz.

Me debatía entre la atracción inexplicable que sentía hacia Orión, el vínculo con Enzo, y el deber que tenía que cumplir.

Los momentos compartidos con él eran una amalgama de emociones contradictorias: cercanía y sospecha, deseo y desconfianza.

Decidí salir a caminar por el mercado. Necesitaba aire fresco, espacio para pensar y, quizás, un recordatorio del caos que era mi vida.

Las calles estaban llenas de voces, colores y olores que me envolvían en un abrazo familiar.

De repente, entre la multitud, vi una figura conocida.

Orión. No sabía si era una coincidencia o si él había planeado encontrarse conmigo.

Algo en su mirada me decía que debía estar preparada para cualquier cosa.

—Yris —me llamó con una sonrisa que iluminaba sus ojos—. ¿Qué haces por aquí?

—Necesitaba salir un rato —respondí, intentando que mi voz sonara casual.

Caminamos juntos durante un rato, dejándonos llevar por el bullicio del mercado.

Las charlas con los vendedores, las risas de los niños y el constante regateo de los compradores eran el telón de fondo de nuestra conversación.

Sin embargo, había una tensión latente en el aire, una tensión que se hizo más evidente cuando nos sentamos en el umbral de una vieja tienda de especias.

—Hay algo que necesito decirte —dijo Orión, mirándome directamente a los ojos.

—Dime —respondí, sintiendo un nudo en el estómago.

—He estado observándote durante mucho tiempo, Yris. Sé quién eres y qué haces —su voz era suave, pero sus palabras cayeron sobre mí como un martillo.

Mi mente se llenó de preguntas y dudas. ¿Hasta dónde llegaba su conocimiento? ¿Cuánto de mi vida había estado bajo su mirada escrutadora? Pero sobre todo, ¿por qué me tenía observada desde hace tiempo?

—¿Qué quieres decir con que me has estado observando? —logré preguntar, manteniendo la calma exteriormente.

—Conozco tu vida como ladrona, Yris. Conozco tus movimientos, tus contactos, tus debilidades —hizo una pausa, buscando una reacción en mi rostro—. Pero también he visto tu fuerza, tu determinación y… lo mucho que significas para mí.

Las palabras de Orión despertaron una mezcla de emociones en mi interior. Me sentí vulnerable y expuesta, traicionada por la persona en quien empezaba a confiar. Pero también había algo en su confesión que me intrigaba. La intensidad de sus sentimientos parecía genuina, y eso me descolocó.

Mientras asimilaba sus palabras, noté una figura de una chica entre la multitud que nos estaba observando mientras llenaba una bolsa de hierbas y telas.

No la conocía pero se me hacía muy extraño que nos estuviera mirando tan fijamente y de forma desconfiante, intensa y con las cejas fruncidas.

Estaba a una distancia prudente. Orión, en cambio, no pareció darse cuenta de su presencia.

Me pregunté qué hacía allí y si tenía algo que ver con Orión.

Decidí no decir nada sobre esa chica. Aún no sabía lo suficiente y no quería precipitarme. La conversación con Orión tenía prioridad.

—No sé qué decir —murmuré, más para mí misma que para él.

—No espero que confíes en mí de inmediato, Yris. Pero quería que supieras la verdad —Orión tomó mi mano, apretándola con suavidad—. Quiero que sepas que estoy aquí para ti.

Sentí una calidez en su gesto, una promesa implícita de apoyo. Pero también sabía que debía ser cautelosa. Aún no conocía todas las cartas que Orión tenía en su mano, y no podía permitirme bajar la guardia.

La tarde pasó en una mezcla de silencios compartidos y conversaciones superficiales. A medida que el sol se ponía, la sensación de ser observada no me abandonaba. ¿Esa chica seguía vigilándonos ? ¿Cuáles eran sus intenciones?

Regresé al hotel, aún dándole vueltas a todo lo que Orión me había confesado. La habitación estaba en penumbra cuando entré, y el cansancio del día me llevó directamente a la cama.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando un ruido me despertó.

Fue fuerte pero no era capaz de percibir de dónde procedía.

Una sombra se movía sigilosamente en la habitación.

El pánico me invadió al instante. Alguien había entrado.

No me moví mucho al verla, pero el corazón latía tan fuerte que estaba intentando romperme las costillas.

Antes de que pudiera reaccionar, una mano intentó cubrir mi cabeza con una tela.

La adrenalina se disparó en mi cuerpo. Mi respiración disminuía pero jadeaba agobiada y con terror por mis venas.

Le sujeté el brazo y un espejo que tenía en la mesilla de noche a mi izquierda, lo partí, agarré un trozo y le hice un corte en el brazo.

En la oscuridad, lograba apenas distinguir los contornos de una figura femenina.

Finalmente, logré darle un golpe fuerte en las costillas, escuchando un gemido de dolor.

La figura se tambaleó y, en un movimiento rápido, se deslizó fuera de la habitación, dejándome jadeando y aterrada.

Me quedé sentada en la cama, tratando de recuperar el aliento y de procesar lo que acababa de suceder.

¿Quién había intentado matarme? ¿Y por qué?

Recordé a la chica de la tarde, su presencia en el mercado y la expresión en su rostro.

Algo me decía que ella estaba detrás de esto, pero aún no tenía pruebas concretas.

La seguridad del hotel vino a verme y a hacerme varias preguntas.

Le cambiaron el número a la cerradura y a la tarjeta que funcionaba como llave, para así, descartar cualquier ataque de cualquiera.

Aunque no comprendía como había entrado, pues habría que tener mucha experiencia, determinación e inteligencia en ese ámbito.

La noche pasó lentamente, con mis pensamientos dando vueltas en mi cabeza. Sabía que debía estar más alerta que nunca.. Pero por ahora, lo único que podía hacer era mantenerme vigilante y preparada para cualquier cosa.

La mañana llegó y con ella, una determinación renovada. Me vestí rápidamente y salí a las calles, buscando a Orión. Lo encontré en un café, con una expresión de preocupación que se suavizó al verme.

—Yris, ¿estás bien? Pareces agotada —me dijo, ofreciéndome una silla.

—No dormí bien —respondí evasivamente, sin querer entrar en detalles todavía.

Pasamos el día juntos, intentando recuperar una normalidad que se sentía cada vez más lejana. Hablamos de trivialidades, pero en el fondo, ambos sabíamos que había asuntos más serios por resolver.

Ya iba atardeciendo, llegamos a Oasis para poder tomarnos alguno de esos cócteles tan maravillosos que preparaban.

Nos sentamos en los taburetes de la barra en la terraza, como el primer día.

El sol se desplomaba lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de El Cairo con tonos cálidos de naranja y púrpura.

Desde la terraza del exclusivo bar Oasis, un refugio de lujo en el corazón de la bulliciosa ciudad, la vista era nada menos que hipnotizante.

Más allá de las luces parpadeantes de los edificios y el laberinto de calles que comenzaban a encender sus farolas, se alzaban majestuosas las Pirámides de Giza.

A la distancia, las antiguas estructuras, bañadas en la luz dorada del atardecer, parecían flotar sobre el desierto.

Sus siluetas colosales guardaban siglos de misterios y leyendas, recordando a todos la grandeza de una civilización que aún perdura en el tiempo.

El Nilo, serpenteando tranquilamente hacia el norte, reflejaba el cielo en sus aguas, creando un espejo natural que duplicaba la belleza del atardecer.

Feluccas con velas blancas deslizaban sobre el río, añadiendo un toque de movimiento al cuadro estático, mientras el murmullo del agua se mezclaba con el suave murmullo de las conversaciones y las risas contenidas de los clientes del Oasis.

El aire, perfumado con una mezcla de jazmín y especias, transportaba un frescor que contrastaba con el calor del día.

Una suave brisa acariciaba los rostros de los presentes, trayendo consigo susurros del desierto y promesas de noches estrelladas.

En el fondo, una música suave y envolvente se elevaba desde los altavoces ocultos, creando una atmósfera de ensueño.

El sonido del oud y el qanun se entrelazaba con las risas y los brindis, tejiendo una melodía que parecía resonar con el alma misma de Egipto.

Mientras el sol finalmente se despedía, dejando tras de sí un rastro de colores desvanecidos, las primeras estrellas comenzaban a titilar en el firmamento.

La noche envolvía a El Cairo en su manto oscuro, pero la terraza del Oasis seguía siendo un faro de luz y elegancia, un rincón donde el lujo moderno y la historia milenaria convergían en una armonía perfecta.

—Creo que debería presentártela ya. Me ha preguntado mucho por tí —exclamó de pronto.

—¿Quién?

—Amira. Ayer la vi por la noche y no paraba de preguntarme por tí, o sea, me sorprendió pero me alegré, ojalá podáis hacer una buena amistad, o por lo menos no llevaros mal.

—Ah, sí, sí claro. ¿Y qué te preguntó?

—Nah, preguntas normales, sobre tu hotel, qué tal estás en El Cairo…, cosas así, ¿por?

—Curiosidad.

—Ah, vale.

Un silencio algo extraño se sembró entre nosotros.

Amira parecía una persona invisible. Escuchabas sobre ella, estaba involucrada en tus planes, en tu vida, pero no la veías.

—Te la presentaré ahora. ¿Qué te parece? La voy a llamar para que vaya.

—Eh…, bueno, vale —no estaba muy convencida pero tuve que aceptar.

Orión se levantó y se dirigió a una esquina tranquila para hacer la llamada. Observé el entorno, tratando de calmarme, pero la ansiedad aumentaba a cada segundo. Cuando Orión regresó, su sonrisa había vuelto a iluminar su rostro.

—Amira está en camino. Dijo que no tardará mucho.

Esperamos en silencio, el ambiente cargado de tensión. Finalmente, vi a Amira acercarse. Su caminar era seguro y su mirada, intensa. Al llegar, Orión la saludó con una calidez que me pareció más que amistosa.

—Amira, ella es Yris. Yris, esta es Amira.

Nos miramos mutuamente, una mezcla de desconfianza y curiosidad en nuestros ojos.

La conversación comenzó con cortesías, pero pronto noté algo que me hizo fruncir el ceño.