6 ORIÓN
No le di importancia. O al menos, demasiada.
Dejé que Yris se fuera aun sabiendo que me mentía sobre su supuesto “amigo”.
Cuando lo dijo, sentí unos innegables celos.
Y esa sonrisa tan segura, mostrándome que claramente me mentía y se atrevía a hacerlo, me encendió unas llamas por mi piel inmediatamente.
Pero, no debía. No porque ella ya tuviera a otro hombre, eso me daba igual, sino, porque no eran mis verdaderas intenciones.
—Amor —exclamó Amira abriéndome la puerta. Se abalanzó sobre mí y apoyándome sus manos en uno de mis hombros y nuca, me besó.
—Hola, mi reina —pasé al interior de la casa—. ¿Cuándo te vas a ir de esta casa? Está ya muy vieja —dije observándola nuevamente.
—Cuando tengamos el dinero que conseguiremos de las joyas que mi hombre va a robar —me acariciaba el pecho y me miraba los labios con gran deseo.
Yo me quedé callado durante un momento.
—¿Te pasa algo, amor?
—No —se notó mi sequedad y me miró con el ceño fruncido esperando una respuesta más larga y concisa—. Perdona, reina, es que…, estoy un poco preocupado por el plan y todo esto.
—Vas a robar con la tonta de la Yris Hatman, amor, ¿de qué te deberías de preocupar? Además, tu reina es la mejor en lo que hace, ¿no? Cero preocupaciones por eso, ¿vale?
—Ese es el problema. Hatman es muy inteligente, de las mejores ladronas de la década, ¿y si descubre nuestras verdaderas intenciones con ella?
—No seas imbécil, Orión. Yris será buena robando, pero vamos, la tienes enganchada ya.
Eso era cierto. O eso creía yo. La noche anterior Yris había mostrado tanto deseo, e incluso sentimientos en palabras, que se podía notar nuestra conexión, aunque todo esto no se lo conté a Amira, porque eso ha sido serle infiel,
y separarme de ella sería el movimiento definitivo para que todo se arruinara, y además mi amor por Amira era inevitable.
—Tengo ya ganas de ver el final del plan.
—Ya está decidido, ¿no? —dije confundido.
—No, idiota, quiero ver como Hatman cae en nuestra trampa. Como la vamos a usar, y después ver su cara al darse cuenta de que ha sido estúpida, va a ser genial.
—Sí, sí, lo será…
Me senté en su sillón, lleno de polvo, ropa y basura, pero a Amira no le quedaba otra que vivir por la zona más mísera de El Cairo para no coincidir conmigo y así Yris no sospechara nada.
No sabía qué sentir en ese momento. La noche anterior con Yris había removido algo en mi interior, en mi cabeza, había puesto barreras contra mis intenciones de utilizarla y luego entregarla.
Se había sentido tan real la conexión, como si realmente hubiese algo fuerte entre nosotros, algo tirante que nos unía a pesar de las mentiras de por medio.
Amira se sentó a mi lado. La veía tan bella. Amira era mucho más morena que Yris, ojos muy oscuros, pelo con trenzas larguísimas, de Puerto Rico.
Mientras miraba a Amira, sentía una mezcla de emociones que me resultaba difícil de manejar.
Ella siempre había sido mi roca, mi punto de apoyo en este mundo lleno de engaños y traiciones.
Yris, por otro lado, era un torbellino que había entrado en mi vida inesperadamente, desafiando mis planes y mi control.
—Amor, de verdad, no te preocupes tanto —me dijo Amira mientras acariciaba mi rostro—. Tienes todo bajo control. Yris no se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde.
—Sí, tienes razón —respondí, aunque mis palabras carecían de la convicción habitual.
Amira se levantó y caminó hacia la cocina, dejando que sus dedos rozaran mi hombro en un gesto cariñoso.
La seguí con la mirada, notando cada detalle de su figura esbelta y su andar seguro.
Sabía que la amaba, pero ahora, una pequeña parte de mí se preguntaba si alguna vez había sentido algo por Yris.
Mientras Amira preparaba algo de beber, me recosté en el sillón, tratando de ordenar mis pensamientos.
La noche anterior con Yris había sido intensa.
Habíamos compartido más que solo caricias y besos; había una conexión emocional que no podía ignorar.
A pesar de mis intenciones, Yris había empezado a significar algo para mí, algo que no había previsto.
—Aquí tienes, amor —dijo Amira, interrumpiendo mis pensamientos mientras me pasaba una copa de vino.
—Gracias, reina —dije, tomando un sorbo.
El vino era fuerte, con un sabor que quemaba mi garganta, pero eso era justo lo que necesitaba en ese momento. Amira se sentó junto a mí, su presencia reconfortante pero también un recordatorio de lo que estaba en juego.
—¿Has pensado en lo que haremos después de todo esto? —preguntó ella, mirándome fijamente.
—Claro, amor. Nos iremos lejos, empezaremos de nuevo, como siempre hemos soñado —respondí, tratando de sonar seguro.
Amira sonrió y se inclinó para besarme, pero justo antes de que nuestros labios se tocaran, mi mente volvió a Yris.
La manera en que me había mirado, la forma en que sus palabras habían resonado en mi mente.
Sabía que estaba jugando un juego peligroso, pero había algo en ella que me atraía, algo que no podía ignorar.
—Orión, ¿estás aquí? —preguntó Amira, notando mi distracción.
—Sí, claro. Lo siento, solo estaba pensando en los últimos detalles del plan —mentí.
Amira frunció el ceño ligeramente, pero no dijo nada. En su lugar, se acurrucó a mi lado, descansando su cabeza en mi hombro. Cerré los ojos, disfrutando de su cercanía, pero mis pensamientos seguían volviendo a Yris.
La verdad era que ya no estaba seguro de mis propios sentimientos. Amira era mi mundo, pero Yris había despertado algo en mí, algo que no podía ignorar. Sabía que tenía que seguir adelante con el plan, pero cada vez que pensaba en traicionar a Yris, una parte de mí se resistía.
El tiempo se agotaba y pronto tendría que tomar una decisión. Por ahora, solo podía esperar y ver cómo se desarrollaban las cosas, confiando en que, de alguna manera, encontraría una manera de salir de este enredo sin perder a las dos mujeres que significaban tanto para mí.
Amira se quedó dormida en mi hombro mientras yo seguía perdido en mis pensamientos.
La casa estaba en silencio, solo el lejano murmullo de la calle se oía a través de las ventanas medio abiertas.
El Cairo tenía esa mezcla única de caos y calma, un equilibrio que de alguna manera reflejaba mi propia vida.
Finalmente, me levanté con cuidado, tratando de no despertarla.
Necesitaba un momento a solas para aclarar mi mente.
Salí al pequeño balcón, donde el aire nocturno era un respiro bienvenido del sofocante interior de la casa.
Miré las luces parpadeantes de la ciudad y traté de encontrar alguna claridad en mis pensamientos.
Yris había sido un desafío desde el principio.
Sabía que involucrarla en el plan era arriesgado, pero también sabía que sus habilidades eran imprescindibles.
No había otra ladrona con su talento, su astucia, su habilidad para pasar desapercibida.
Pero había subestimado lo que su cercanía haría en mí.
La atracción que sentía por ella era innegable, y más que física, era una conexión emocional que no había anticipado.
Entonces, allí de pie en el balcón, con el aire nocturno acariciando mi rostro y las luces de El Cairo destellando en la distancia, me enfrenté a una verdad incómoda: no sentía más que una atracción superficial por Yris y, en realidad,
mi deseo principal era utilizarla para el plan y luego dejarla de lado sin miramientos.
Amira era mi estabilidad, mi confort en un mundo turbulento.
Desde que nos conocimos en Puerto Rico, había sido mi ancla, la persona que siempre estaba ahí para apoyarme en momentos difíciles.
Nuestra relación era sólida, llena de cariño y complicidad.
Habíamos planeado un futuro juntos lejos de todo este caos, construyendo una vida basada en la confianza y el amor mutuo.
Por otro lado, Yris era un instrumento necesario para el éxito del robo.
Desde el principio, su habilidad y su falta de escrúpulos la convertían en la candidata perfecta para el trabajo.
Pero más allá de eso, no había nada más que una mera conveniencia en mi interacción con ella.
Mi mente estaba clara en que no había lugar para emociones reales hacia Yris.
Me pasé una mano por el cabello, tratando de mantener mi enfoque en el plan. Necesitaba mantener la distancia emocional con Yris para asegurar que no interferiría con nuestros objetivos. Cerré los ojos y dejé que el silencio de la noche me envolviera, respirando profundamente para tranquilizarme.
Regresé al interior de la casa con determinación. Amira aún dormía en el sillón, su rostro tranquilo a la luz tenue que se filtraba por las ventanas. Me acerqué con cuidado y la observé por un momento, sintiendo un cálido afecto por ella y la seguridad que representaba en mi vida.
Decidí que era hora de asegurar me de que el plan continuara sin problemas. Me dirigí a la habitación donde había dejado mi teléfono y marqué el número de Yris. El teléfono sonó varias veces antes de que ella respondiera.
—¿Orión? —dijo su voz del otro lado, con una nota de expectativa.
—Yris, necesito discutir los detalles del ensayo del robo. ¿Podemos encontrarnos mañana por la noche en el almacén abandonado?
—Claro, estaré allí. Nos vemos entonces.
Colgué el teléfono y respiré profundamente. Sabía que mi enfoque debía ser puramente profesional con Yris, evitando cualquier complicación emocional que pudiera surgir. Ella era una pieza importante en el rompecabezas del robo, pero no había espacio para más en mi mente y corazón.
El resto de la noche transcurrió en preparativos meticulosos y conversaciones con Amira sobre los detalles logísticos del futuro. Intenté mantener mi mente enfocada en el trabajo por hacer, separando claramente mi vida personal de mis responsabilidades profesionales.
Cuando finalmente me retiré a descansar, cerré los ojos con la esperanza de que el día siguiente trajera claridad y éxito en nuestro plan. Mi determinación era mantener la distancia emocional con Yris, asegurando que mis deseos personales no interferirían con los objetivos del equipo.