Sombras del Oasis 5 YRIS #2
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5 YRIS #2

Con la mano izquierda me sujetó la cintura, juntándome más con él.

Yo me dejaba llevar, se sentía tan mágico, tan bien, tan irreal.

Hasta que nos interrumpieron.

—Perdonad por la interrupción, es que vengo a avisaros de que estamos a punto de llegar al muelle, para que vayáis yendo a la entrada del barco para desembarcar.

Asentimos y se lo agradecimos, aunque en mi interior sentía rabia. Estábamos a punto de hacer realidad ese beso del que Enzo tenía ganas desde el primer segundo, y ese beso del que me haría olvidar los besos de Orión.

Bajamos al muelle y se quedó parado enfrente mía, allí en el medio, causando que las demás personas que bajaban tuvieran que apartarse hacia los lados.

—No quiero que esta noche acabe así —murmuró, sujetándome las manos con fuerza—. Te voy a llevar a un último sitio, no lo tenía previsto, pero es que lo necesito.

No puse ninguna pega. Es que yo también estaba deseando continuar pasando más tiempo junto a él.

Nos montamos en un taxi y fuimos hacia el apartamento de él. Estaba cerca del de Orión, pero no tendría por qué encontrarlo a él . O al menos eso esperaba.

Enzo no subió hacia su apartamento. Bajamos en el ascensor, a dos plantas más abajo.

Entramos en el área de la piscina cubierta, era un espacio elegante y acogedor.

Todo estaba oscuro, excepto la piscina. La iluminación vibrante turquesa que provenía de las luces del fondo de la piscina iluminaban débilmente el lugar, creando un ambiente misterioso, oscuro, lujoso y sensual.

Las cómodas tumbonas estaban dispuestas alrededor de la piscina.

El techo de madera oscura y las plantas decorativas añadían un toque natural al ambiente, mientras que los detalles en piedra y madera mantenían una estética moderna y sofisticada.

Cerró la puerta dejando intimidad para ambos. Enzo se acercó a mí. Se quitó la camisa, desabrochando lentamente cada uno de los botones, hasta dejarla por completo abierta mostrando su abdomen, atlético pero no demasiado marcado. Se bajó lentamente los pantalones hasta quedarse en culotte .

Yo no podía apartar la vista de él. Quería tocarlo. Besarlo. Sentirl o. Estaba hipnotizada. Mirándole de arriba a abajo. Centrándome en su pelvis, en su abdomen, en sus hombros, en sus brazos, en sus dedos acariciándome los míos.

Suavemente me sujetó la mano y me llevó a la escalera de la piscina. Era la señal para quitarme la ropa yo también. Me bajé la cremallera de la parte trasera del vestido, dejándolo caer al suelo, quedándome en ropa interior.

Bajé los escalones de la piscina. El agua estaba templada, perfecta para un baño a esas horas de la noche.

Él me esperaba en la parte llana de la piscina, donde no importaba la diferencia de nuestras alturas.

El agua tocó todo mi cuerpo llegando hasta la mitad del pecho.

Las puntas de mi cabello tocaban el agua, flotaban iluminadas como si fuese irreal.

A Enzo solo le llegaba hasta el tronco, casi en la cintura.

Estábamos el uno enfrente del otro. Mirándonos con deseo.

Nos acercamos lentamente, cada paso en el agua creando pequeñas olas que se entrelazaban , como nuestros corazones latiendo al unísono.

Sentía la tensión en el aire, una mezcla de deseo y anticipación que electrificaba cada fibra de mi ser.

Su mirada fija en la mía, nuestros cuerpos acercándose, y cada centímetro recorrido aumentaba la intensidad del momento.

Finalmente, nuestras pieles se rozaron, su pecho desnudo contra el mío.

El contraste de la temperatura del agua y el calor de su piel era embriagador.

Sentí su mano deslizarse por mi espalda, dibujando caminos de fuego a medida que me acercaba más a él.

Mi respiración se hizo más pesada, mis labios entreabiertos, anhelantes por el contacto que ambos deseábamos.

Sus dedos se enredaron en mi cabello mojándolo, y con una suave pero firme presión, inclinó mi cabeza ligeramente hacia atrás, exponiendo mi cuello.

Aprovechó ese momento para besarme ahí, justo donde el pulso latía con fuerza, enviando un torrente de sensaciones a cada rincón de mi cuerpo.

Mis manos se aferraron a sus hombros, sintiendo los músculos tensarse bajo mis dedos.

Sus manos comenzaron a moverse nuevamente, explorando mi cuerpo con una mezcla de delicadeza y firmeza que me hacía temblar.

Sentí su mano izquierda deslizarse lentamente por mi espalda, siguiendo la curva natural de mi cuerpo hasta llegar a la base de mi columna.

La otra mano, todavía enredada en mi cabello, se movió para acariciar mi mejilla antes de descender por mi cuello y finalmente detenerse en mi clavícula.

Sus ojos no se apartaban de los míos, y en esa mirada había una promesa de algo más.

De pronto, su mano derecha continuó su descenso, siguiendo el contorno de mi pecho, acariciando suavemente a través del tejido fino de mi sujetador.

Mi respiración se aceleró, y pude sentir cómo mi piel se erizaba bajo su toque.

—Enzo —susurré, apenas podía pronunciar su nombre mientras el deseo crecía en mí.

Él respondió con un beso profundo, apoderándose de mis labios con una urgencia que me hizo olvidar todo lo demás.

Sentí su mano deslizarse aún más abajo, hasta llegar a mi cadera.

Con un movimiento firme y decidido, levantó mi pierna, envolviéndola alrededor de su cintura.

El agua templada nos envolvía, pero la calidez de su cuerpo era lo que realmente me mantenía en pie.

Sin dejar de besarme, su mano se movió hacia mi entrepierna, rozándola con una suavidad que me hizo gemir en su boca.

Mis manos se aferraron con más fuerza a sus hombros, tratando de anclarme mientras las olas de placer comenzaban a inundar mi cuerpo.

Sentí cómo sus dedos jugaban con el borde de mi ropa interior antes de deslizarse debajo de la tela, encontrando el camino hacia mi centro.

—Dime si quieres que pare —murmuró contra mis labios, sus ojos oscuros y llenos de deseo.

—No pares —respondí, mi voz cargada de necesidad y entrega.

Con esa confirmación, sus dedos comenzaron a moverse con más seguridad, explorando, acariciando, provocando.

Cada caricia era una chispa que encendía un fuego en mi interior, un fuego que solo él podía avivar.

Sus labios seguían trabajando en los míos, y cuando bajó para besarme el cuello, un gemido involuntario escapó de mis labios.

Sus dedos encontraron el punto exacto que me hacía perder el control, y comenzó a moverlos con una habilidad que solo aumentaba mi deseo.

Sentía cada movimiento, cada roce, como si su mano estuviera conectada directamente a mi alma.

Mis caderas empezaron a moverse instintivamente al ritmo de sus caricias, buscando más, necesitando más.

—Enzo, por favor —gemí, mis palabras mezcladas con suspiros y jadeos.

Él respondió acelerando el ritmo, sus dedos entrando y saliendo de mí con una precisión que me llevaba al borde de la locura.

Sentía cómo mi cuerpo se tensaba, cómo cada músculo se preparaba para el estallido de placer que sabía que estaba a punto de llegar.

Su otra mano seguía en mi cadera, manteniéndome cerca, asegurándose de que no me apartara ni un centímetro.

Mis manos se enredaron en su cabello, tirando suavemente mientras mis labios buscaban los suyos de nuevo. Nos besamos con una intensidad feroz, como si quisiéramos consumirnos el uno al otro. Sentí cómo mi cuerpo empezaba a temblar, y supe que estaba cerca. Muy cerca.

—Déjate llevar —susurró Enzo, su voz suave y firme al mismo tiempo.

Y lo hice. Con un grito ahogado, sentí cómo la ola de placer me arrasaba, dejando un rastro de sensaciones intensas a su paso.

Mis caderas se movieron de forma incontrolable, siguiendo el ritmo de sus dedos, mientras mi cuerpo se convulsionaba de placer.

Él me sostuvo, me mantuvo cerca, sus labios en mi cuello, sus palabras de aliento susurradas contra mi piel.

Salimos de aquel lugar. Nos montamos en el ascensor nuevamente. Comiéndonos a besos pegados por las paredes espejo del ascensor. No perdíamos el tiempo.

Salimos al portal del apartamento. Enzo volvió a sujetarme la cintura con fuerza y me besó tan fuerte que sentía que mis labios se rompían.

—¿Nos vemos mañana, no? —me preguntó sonriendo de forma traviesa.

Pensé en si tenía planes, y no, no tenía, así que asentí y pronuncié un suave “sí” cargándose de más deseo.

Nos dimos un beso de despedida, él se fue para dentro y yo salí a la calle. Salí con una sensación de placer aún en mi piel, en mi mente, una sonrisa de ilusión se me escapó.

Estaba todo bastante oscuro, pero como era la zona cara de El Cairo había aún muchas personas en restaurantes, bares, ventanas de edificios iluminadas dejando ver que todavía estaban despiertos.

Me dirigí hacia una zona donde sabía que solía haber taxis.

Tenía el pelo mojado, la piel empapada, la ropa interior chorreando de agua y el vestido demasiado pegado al cuerpo por la humedad.

Vi una silueta a lo lejos, bueno, no tan lejos. Se acercaba rápidamente. Se me hacía conocida, hasta que estábamos a escasos metros y lo reconocí. Orión.

Empecé a caminar lento. Aunque él ya me vio y no apartaba la vista, yo bajé la mirada al suelo. Cuando nos cruzamos, se paró a mi lado.

—¿Qué coño haces a las cuatro de la madrugada por aquí, Yris? —Me quedé callada sin saber qué decir. Me miró el vestido y me tocó el cabello empapado —. Estás mojadísima, joder, Yris.

—Ya. Bueno, ¿y tú qué haces por aquí? —Cambié de tema.

—Voy a ver a un amigo —se cruzó de brazos—. Sigues sin darme una respuesta, Yris.

Que pronunciase mi nombre al final de la frase me hacía gritar por dentro, no sé si era porque me gustaba o porque odiase que con su voz sonase mi nombre tan bien.

—Yo también vi a un amigo —sonreí atrevida.

Se puso muy serio.

—Bueno, hasta mañana —se despidió tan seco que no me apeteció gastar mis palabras para despedirme de él.