Sombras del Oasis 5 YRIS
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5 YRIS

Me desperté con un sentimiento confuso recorriéndome el cuerpo.

Mi estómago sentía nervios, y mi cabeza no paraba de dar vueltas.

Pensé tanto en anoche, que soñé que había otro momento así con Orión.

Solo fueron roces, besos vigorosos, intensidad en las miradas, y con eso nos bastó para sentir incontrolable deseo el uno por el otro.

La pequeña atracción que sentí por él en el primer momento, estaba aumentando, tan rápido como la espuma crece.

Me daba miedo. Tenía miedo de sentir demasiado.

Incluso, tan solo de sentir. Llevaba un tiempo centrada en mí, en el dinero, en los lujos, viajes, robos, etc., tanto, que le tenía miedo a los sentimientos de amor.

Porque cuando sientes amor por alguien, es incontrolable.

No puedes hacerlo desaparecer de un día para otro.

A veces, dejas sentir a tu corazón, otras no le haces caso, pero todos sabemos que aunque intentemos hacerle caso a nuestro cerebro en estas situaciones, el corazón sigue manteniendo esos sentimientos tan fuertes e intensos.

Tenía miedo de ser vulnerable, frágil, a tal punto de romperme en pedazos por alguien, o que alguien me rompiese y provocase que me perdiese a mí misma.

Sentía miedo de verdad, tanto, que pasé el camino a casa anoche con un nudo en la garganta.

Bajé al restaurante a tomar el desayuno tan rico que preparaban en el hotel de lujo en el que me alojaba. Me lo sirvieron y lo miré con deseo. No tanto con el que le miré a Orión anoche. Mierda. Ahora cualquier cosa me llevaba a los recuerdos de anoche.

Mordí la tostada mientras miraba alguna revista online de moda en mi móvil.

Desvié la vista de la pantalla hacia el café y de pronto me vibró el móvil.

Devolví la mirada a la pantalla con esperanzas de que fuese Orión.

Pero no. No lo era. Era Enzo. Me lo podía imaginar con una sonrisa deslumbrante en su rostro mientras me llamaba por teléfono. Le cogí la llamada.

—Buenos días Yris —me saludó simpáticamente. Podía notar su sonrisa dibujándose en sus bonitos labios.

—Buenos días Enzo. Qué detallista de tu parte llamarme —le respondí con el mismo entusiasmo, aunque todavía mantenía las mismas intenciones.

—¿Qué tal estás?

—Bien —me reí— justo me has pillado desayunando.

—Perdona. Es que tenía muchas ganas de escuchar tu voz. ¿Te apetece quedar hoy? Tengo un plan espléndido para ambos.

—¿De qué se trata?

—Es sorpresa —murmuró con tono misterioso—, pero te va a encantar, créeme, muy romántico.

Dibujé una sonrisa en mis labios involuntariamente. Sonaba bien el plan. Además, así podría despejarme de los pensamientos que se dirigían a los recuerdos de anoche.

—Vale, me parece muy bien.

—Genial, ¿te parece si a las una del mediodía quedamos?

—¿Así que me llevarás a comer, eh? —Mi interés de pronto creció.

—Claro, hermosa.

Nos despedimos tras acordar que vendría a recogerme al hotel.

El hotel. El hotel que me estaba costando demasiado caro, pero del que me aprovechaba y del que debía depender para poder alardear de los supuestos millones que tenía en mi cuenta bancaria.

Mi cuenta bancaria cada vez era más escasa.

Tras tomarme una pausa del mundo del robo, había notado el gran bajón económico, pero me lo tomaba con calma, porque el robo de las joyas, Enzo u otro hombre me ayudaría a dejar de preocuparme por ello.

Subí a mi habitación, dispuesta a elegir el outfit para la “cita” que tenía con Enzo al mediodía.

Elegí un vestido largo sin mangas con un estampado de serpiente.

Con tirantes finos tipo spaghetti y un corte ajustado que llega hasta los tobillos.

El escote era ligeramente drapeado, lo que le daba un toque elegante.

El estampado presenta tonos naturales y terrosos, imitando la apariencia de la piel de serpiente.

Elegante, llamativo, y lo más importante: provocador.

Debía de hacer que su deseo por mí aumentase.

Más obsesión que le ocasionara , significaría más dinero de su parte, más interés, más atención en mí.

Pasé algunas horas tirada en la cama, leyendo revistas con la televisión de fondo puesta en un canal que emitía música, así hasta que ya comencé a prepararme.

Me maquillé, me vestí y me dejé el pelo suelto.

El color oscuro de mi pelo hacía que mi piel y ojos resaltasen , así que iba en mi beneficio.

Me puse unas sandalias con un tacón no muy largo pero elegante.

Las tiras de las sandalias rodeaban mis tobillos.

Me coloqué algunos collares, anillos y pulseras doradas para destacar los escasos tonos bronceados de mi piel.

Cogí el bolso negro y bajé a la recepción.

Estaba algo nerviosa, pero emocionada e intrigada, con ganas de saber a dónde me iba a llevar esta vez.

Al verlo en la puerta esperando, sonreí sin esconder mis emociones.

Él se acercó a mí sonriente, dándome un ramo de rosas rojas oscuras. Lo acepté y nos dimos dos besos en las mejillas. Olía tan bien a perfume. Uf.

—Deslumbrante como siempre —me miró de arriba a abajo.

—Tú estás muy guapo, la verdad.

Me acarició la mejilla y me cogió de la mano. Agarrados de las manos salimos del hotel.

Su mano estaba caliente, era suave, más grande que la mía, sus dedos se enredaban con los míos creando una sensación de seguridad y cercanía.

Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía una conexión profunda, como si nuestras almas se comunicaran sin necesidad de palabras.

El tacto de su piel contra la mía era reconfortante, un recordatorio constante de que no estaba sola en este mundo.

Mientras caminábamos juntos, nuestros pasos se sincronizaban naturalmente, y en esos momentos, todo parecía estar en perfecta armonía.

Por un momento me olvidaba de Orión, de mis problemas económicos crecientes, del robo que estaba ya cercano, de mis verdaderas intenciones con Enzo.

Llegamos a un coche elegante que nos esperaba con puertas abiertas, como si nos estuviera invitando a un mundo de lujo y misterio.

Enzo, siempre galante, abrió la puerta para que subiera y luego se colocó a mi lado en el asiento trasero.

El chofer, un hombre de edad madura con uniforme impecable, nos saludó con una inclinación cortés y arrancó suavemente.

—¿A dónde vamos? —pregunté con curiosidad, observando el paisaje urbano que dejábamos atrás mientras el coche se deslizaba por las calles de El Cairo.

—Paciencia, hermosa. Ya lo verás —respondió Enzo con una sonrisa misteriosa, que solo aumentaba mi expectación.

El coche se dirigió hacia el río Nilo, y conforme nos acercábamos, una sensación de anticipación creció en mí.

Finalmente, llegamos a un muelle donde un elegante barco nos aguardaba.

Mis ojos se abrieron con sorpresa y emoción al ver la embarcación decorada con luces tenues y música suave que se escuchaba desde la distancia.

—¿Vamos a navegar por el Nilo? —pregunté, incapaz de ocultar mi entusiasmo al imaginarme la experiencia.

—Así es. Y además, vamos a disfrutar de una deliciosa comida a bordo y veremos el anochecer desde el río. ¿Te gusta la idea? —me dijo Enzo, ofreciéndome una mano para ayudarme a subir al barco.

—Me encanta —respondí sinceramente, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba ante la perspectiva de compartir este momento especial con él.

Subimos al barco, que estaba decorado genial, mostrándose precioso y elegante. Un camarero nos condujo a una mesa elegantemente preparada en la cubierta, con una vista panorámica del río que se extendía ante nosotros.

La suave brisa del Nilo acariciaba mi piel mientras me acomodaba en la silla acolchonada, admirando el reflejo del sol sobre el agua.

La comida fue una experiencia sensorial completa.

Platos finamente preparados llegaban a nuestra mesa, cada uno presentado como una obra de arte culinaria.

Sabores exóticos y texturas delicadas complacían mis sentidos, y la compañía de Enzo hacía que todo fuera aún más agradable.

Entre bocado y bocado, compartíamos risas y anécdotas, evitando temas que pudieran romper la atmósfera mágica del momento.

Conforme el sol comenzó a descender lentamente en el horizonte, nos trasladamos a la proa del barco.

Enzo me abrazó por la cintura, atrayéndome hacia él mientras observábamos juntos el espectáculo natural frente a nosotros.

Los colores cálidos del atardecer pintaban el cielo en tonos dorados, naranjas y rosados, reflejándose en las aguas serenas del Nilo.

—Es hermoso —susurré, apoyando mi cabeza en su hombro y sintiendo una paz interior que hacía mucho no experimentaba.

—No tanto como tú —respondió Enzo con voz suave, besándome suavemente en la frente.

En ese momento, me permití olvidarme de todo. De los problemas, de las preocupaciones, de las verdaderas intenciones con Enzo (las cuales empezaba a notar que cambiaban conforme el tiempo pasaba entre nosotros), de las máscaras que solía llevar puestas.

Solo existíamos nosotros dos, el río que fluía silenciosamente a nuestro alrededor, y el hermoso anochecer que pintaba el cielo con colores de ensueño.

Me sentí viva y presente, decidida a saborear cada segundo de esta conexión especial que estaba naciendo entre nosotros.

Al cabo de un rato pagamos la cena y nos sentamos en un banco en la popa, contemplando el Nilo, la luna casi llena con un color dorado, reflejándose en la majestuosa agua de aquel río.

Tenía mi cabeza sobre su hombro. Él me rodeaba con su brazo mi cintura, con su mano derecha apoyada sobre mi abdomen, sintiendo su calor, asimilando el momento, el contacto físico, cómo se sentía tener su piel rozando la tela de mi vestido, acariciándome de vez en cuando la mejilla.

Pero, en ningún momento me quiso besar, no hizo intento, respetó lo que le dije la primera vez, aunque ahora ya no sentía necesario seguir respetando esa decisión, pues no estaba pensando en la conexión con Orión, ni en la noche de anoche, de momento por lo menos.

Lo miré. Él me miró. Nuestros labios estaban tan cerca en aquel momento.

Apenas habían escasos centímetros separándolos.

Nos acercamos más. Él me miraba los labios, otras veces a mis ojos.

Intercambiando miradas nos manteníamos, cambiando la vista hacia los labios y hacia los ojos.

Enzo cambió la posición de su mano, acariciando y recorriendo todo mi torso, pecho y cuello hasta llegar a la nuca.