Sombras del Oasis 7 YRIS
18%

7 YRIS

La llamada en la madrugada de Orión me sorprendió mucho, y me tenía deseando saber si esa razón era la verdadera por la que me llamaba.

Sentía que desde que conocí a Orión todo iba muy rápido.

Su nombre era el motivo de mis dolores de estómago, de cabeza, de todo el cuerpo.

Cuando leía alguna palabra como Oro u Orar, por ejemplo, mi mente construía automáticamente “Orión” y no leía la palabra correcta.

Era un mareo constante con ese maldito nombre.

Solo habían pasado casi tres semanas desde que le conocí, y ya su nombre, por desgracia, había atravesado y estaba inundando toda mi mente, confundiéndome , sintiendo y dándole muchas vueltas por alguien tan descarado como él.

Me coloqué las botas y salí del hotel. Aún quedaban algunas horas hasta la noche, eran tan solo las cinco de la tarde.

Enzo me había llamado. Me alegré, aunque también estaba algo confundida por la rapidez con la que estaba pasando todo con él, y que mis intenciones con él parecían haber cambiado y ya no eran sólo acerca de su dinero.

Enzo estaba abajo en la recepción, en un sillón blanco individual, con las manos entrelazadas y mirando su entorno.

Al verme sonrió tanto que su alegría se transmitió a sus ojos, parecieron brillar con luz propia. Yo también sonreí. Nos dimos un abrazo y nos miramos.

—¿Quieres tomar un café aquí en la cafetería del hotel? Hace mucho calor fuera —propuse sonriente.

—Claro, Yris —me acarició el hombro.

Entramos a la cafetería y me dejé envolver por la atmósfera cálida y sofisticada.

El bar de cobre relucía bajo la luz suave, y los taburetes alineados parecían invitar a una conversación íntima.

La iluminación tenue realzaba las líneas elegantes del mobiliario, mientras los sofás acogedores ofrecían un rincón perfecto para relajarse.

Al fondo, una mesa de billar blanca destacaba, atrayendo miradas curiosas.

Todo en ese lugar hablaba de un lujo discreto, desde las lámparas minimalistas hasta la estantería con botellas cuidadosamente dispuestas.

Me sentí transportada a un oasis de calma y estilo, donde cada detalle había sido pensado con esmero.

Enzo y yo nos sentamos en los cómodos sofás del salón, el ambiente sofisticado nos envolvía con su calidez.

Pedimos café, y mientras esperábamos, el suave murmullo del lugar nos permitió una conversación tranquila.

Enzo, siempre atento, me miraba con una sonrisa mientras hablábamos de nuestros sueños y planes.

La luz suave del lugar acentuaba sus rasgos, haciéndolo parecer aún más encantador.

Cuando llegaron los cafés, el aroma intenso llenó el aire, añadiendo una capa más a la atmósfera acogedora.

Tomamos nuestros primeros sorbos, y el sabor fuerte del café se mezclaba con la suavidad de la conversación.

La mesa de cobre frente a nosotros reflejaba nuestras manos, que se encontraban casualmente, añadiendo un toque de intimidad a nuestro encuentro.

El tiempo parecía detenerse mientras hablábamos y reíamos, rodeados de la elegancia serena del lugar.

La mesa de billar al fondo permanecía en silencio, como si respetara nuestro momento.

Todo en ese instante se sintió perfecto, como si el mundo exterior desapareciera y solo existiéramos Enzo y yo, compartiendo una simple pero significativa taza de café.

—Oye, verás Enzo —me atreví a decirle—, no quiero ir rápido con lo nuestro.

Él me miraba atento, esperando a que más palabras salieran de mi boca.

—¿Qué quier…?

—Es que, no lo he pasado muy bien con mis antiguas relaciones porque íbamos muy rápidos. Quien más corre, antes se cansa, ¿sabes? —Interrumpí, en parte, mintiendo.

—Entiendo, Yris. ¿Y entonc…?

—He salido de situaciones muy tóxicas, y pues, a ti te siento, no sé, creo que distinto. Pero siento que vamos corriendo, y de verdad que odio esa sensación.

—¿Situaciones tóxicas?

—Sí. Bueno, mi trabajo antiguo tampoco me daba mucho tiempo para los hombres, o cualquier persona —paré de hablar al notar que estaba hablando de mi pasado.

—Nunca me has dicho de qué trabajabas. ¿Ya no trabajas?

—Pues, es que no suelo hablar mucho sobre eso, es complicado —me reí nerviosa—, pero, amm, bueno, ya que estamos…

, trabajé ayudando a un narcotraficante, sí —mentí.

Enzo abrió los ojos sorprendido y alzó las cejas—.

Es que, un ex amigo lo era, obviamente ya no tengo amistad con él.

Y no, no trabajo ahora. Vine a El Cairo a buscar un… , trabajo. Sí.

—Bueno, me alegro que ya todo esté bien.

—Gracias —me bebí el café en dos tragos —. Perdona Enzo, pero tengo que ir a una llamada importante en mi habitación, tienes que irte ya.

—Ah, bueno, vale, adiós entonces, Yris —me dio un beso en la mejilla y yo me fui rápidamente a mi habitación.

Odiaba esa sensación, como ansiedad de no controlar demasiado bien la situación, sentir la necesidad de estar sola.

Subí a mi habitación, cerré la puerta tras de mí y me apoyé en ella, dejando escapar un suspiro profundo.

La presión en mi pecho aumentaba con cada mentira, con cada historia inventada para mantener a salvo mi verdadera identidad.

No podía permitirme ser descubierta, no ahora que todo estaba en juego.

Sentía el peso de las expectativas y la incertidumbre sobre mis hombros, un recordatorio constante de la delgada línea que caminaba entre la verdad y la mentira.

Me dirigí al espejo, observando mi reflejo mientras trataba de calmar mi mente.

El rostro que me devolvía la mirada era el de una mujer decidida, pero también cansada.

Los ojos, aunque brillantes, reflejaban un cansancio acumulado por noches de insomnio y días llenos de tensión.

Cada mentira que había dicho para proteger mi verdadera identidad parecía haber dejado una marca invisible, un rastro de culpa y ansiedad que solo yo podía ver.

El cabello, recogido en una cola de caballo apretada, mostraba signos de haber sido peinado rápidamente, sin la paciencia de días mejores.

Miré el reloj. Aún quedaba una hora antes de que tuviera que reunirme con Orión para el ensayo del robo.

Decidí darme una ducha rápida, esperando que el agua caliente ayudara a despejar mis pensamientos y relajar mi cuerpo.

Mientras el agua caía sobre mí, cerré los ojos y dejé que el calor calmara mis nervios.

El vapor llenó el baño, envolviéndome en una neblina que parecía separar mi mente de las preocupaciones del mundo exterior.

El sonido constante del agua era casi hipnótico, y por un momento, pude olvidar la presión que sentía.

Me vestí con cuidado, eligiendo ropa que permitiera movilidad y discreción.

Pantalones oscuros y una camiseta ceñida.

Me até el cabello en una cola de caballo y me coloqué las botas, sintiendo cómo la determinación se afianzaba en mi interior.

Salí del hotel y caminé hacia el almacén abandonado, el lugar donde Orión y yo practicaríamos para el verdadero golpe.

El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de un tono anaranjado que bañaba la ciudad con una luz cálida y suave.

Las sombras se alargaban, creando un contraste de luces y oscuridades que daba a las calles una apariencia casi mágica.

El almacén, con su fachada descuidada y ventanas rotas, proyectaba una sombra larga y amenazante sobre el terreno.

Cada paso que daba hacia él parecía resonar con una mezcla de anticipación y temor.

Los grafitis en las paredes, en su mayoría mensajes de rebeldía y arte callejero, parecían cobrar vida bajo la luz tenue del atardecer, dándole al lugar un aire de desolación y misterio.

Al llegar, Orión ya estaba allí, esperándome con una sonrisa que reflejaba tanto confianza como misterio.

Su figura alta y atlética se recortaba contra el edificio, y por un momento, me sentí pequeña y vulnerable ante su presencia.

La brisa nocturna acariciaba su cabello, haciéndolo ondear ligeramente, y sus ojos, de un color indescifrable en la penumbra, brillaban con una intensidad que me dejaba sin aliento.

—¿Lista para el ensayo? —preguntó con su voz firme y segura, que siempre parecía estar cargada de una autoridad innata.

—Claro —respondí, intentando imitar su seguridad mientras mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho.

Comenzamos con las técnicas de desactivación de alarmas.

Orión me mostró cómo identificar los cables correctos y anular el sistema de seguridad sin desencadenar ninguna alerta.

Nos agachamos junto a un panel de control, y la proximidad de Orión hacía que mi respiración se acelerara.

Sus manos, seguras y precisas, se movían con una gracia que solo alguien con años de experiencia podría tener.

Me concentré en cada uno de sus movimientos, tratando de memorizar cada detalle mientras el sudor empezaba a perlar mi frente a pesar de la brisa.

—Mira, este es el cable principal. Si lo cortas aquí, desactivas la alarma sin que suene. Pero si cortas este otro, se activa el sistema de seguridad de respaldo —me explicó con paciencia, señalando los diferentes cables con la punta de un destornillador.

Sentí una mezcla de admiración y frustración.

Admiración por su habilidad y conocimiento, frustración porque sabía que él no confiaba completamente en mí, y eso me hacía cuestionar mis propias capacidades.

Mis dedos temblaban ligeramente mientras intentaba replicar sus movimientos, y no pude evitar que nuestras manos se rozaran accidentalmente.

Un escalofrío recorrió mi espalda, y por un instante, nuestras miradas se encontraron, cargadas de una tensión palpable.

En ese breve momento, parecía que el tiempo se detenía, y el mundo exterior desaparecía, dejándonos solo a nosotros dos y la electricidad que surgía de nuestro contacto.

Luego pasamos a la evasión de guardias. Orión me enseñó a moverme con sigilo, aprovechando las sombras y el terreno para no ser vista.

Cada paso era calculado, cada movimiento debía ser suave y preciso.

Sentía su mirada fija en mí, evaluando cada uno de mis gestos.

Su presencia a mi lado, aunque reconfortante en un sentido, también era una constante fuente de presión, recordándome que no podía permitirme ningún error.

—Recuerda, la clave es moverse rápido pero con cuidado. No queremos dejar rastro alguno —me dijo mientras practicábamos , su voz baja resonando en el silencio del almacén.

El almacén era un laberinto de sombras y espacios abiertos.

Cada rincón parecía tener su propio ecosistema de polvo y telarañas, y cada paso que daba levantaba una pequeña nube de partículas que brillaban en el aire antes de volver a asentarse.

Los techos altos y las vigas expuestas daban al lugar una sensación de amplitud, mientras que los escombros y las cajas abandonadas creaban una topografía irregular que debíamos navegar con cuidado.

Mientras seguía sus instrucciones, no podía evitar sentir una conexión creciente entre nosotros.

Cada vez que nuestros ojos se encontraban, había una chispa, una corriente eléctrica que me hacía sentir viva y al mismo tiempo vulnerable.

Intenté concentrarme en el ensayo, pero su presencia era como un imán que atraía todos mis sentidos.

Sus movimientos eran fluidos, casi felinos, y yo me esforzaba por imitar su gracia y precisión, consciente de que cada error podría ser fatal en una situación real.

Durante uno de los descansos, nos sentamos en una de las esquinas menos iluminadas del almacén.

Orión me observó detenidamente, su mirada intensa penetrando en mi alma.

El silencio entre nosotros estaba cargado de significado, y cada segundo que pasaba parecía profundizar la conexión que sentía con él.

—Eres buena, Yris. Muy buena —dijo, su voz baja y seria.

—Gracias —respondí, sintiendo un leve rubor en mis mejillas, aunque su elogio me hizo sentir un nudo en el estómago.

—Pero quiero que sepas algo —continuó, inclinándose un poco hacia mí—. En este mundo, la confianza es un lujo. Debemos estar siempre alerta, incluso con quienes creemos conocer.

Sus palabras resonaron en mi mente, despertando una chispa de desconfianza.

¿Acaso Orión estaba insinuando algo? ¿Podría realmente confiar en él?

Mis emociones se debatían entre la atracción que sentía por él y la necesidad de protegerme.

Cada palabra suya era un recordatorio de la naturaleza precaria de nuestra relación y del mundo en el que nos movíamos.

Las sombras en el almacén parecían susurrar secretos y advertencias, y no pude evitar sentir que cada rincón oscuro escondía peligros invisibles.

Volvimos al ensayo, practicando la comunicación táctica.

Utilizábamos señales y códigos, asegurándonos de que cada movimiento fuera sincronizado a la perfección.

A medida que avanzaba la noche, nuestra coordinación mejoraba, y podía sentir una conexión cada vez más fuerte con él, una conexión que me aterraba y me atraía a partes iguales.

La luz de la luna se filtraba por las ventanas rotas, creando patrones irregulares de sombras y luz en el suelo, que parecían moverse al ritmo de nuestros pasos.

Finalmente, después de varias horas de ensayo, Orión decidió que habíamos terminado por la noche.

—Buen trabajo, Yris. Creo que estamos listos para el verdadero golpe —dijo con una sonrisa, esa sonrisa que siempre parecía ocultar más de lo que revelaba.

Asentí, aunque una parte de mí seguía dudando. Sabía que debía mantener la guardia alta. Orión era fascinante y peligroso, y aunque sentía una conexión con él, también sabía que no podía confiar completamente en sus intenciones.

Nos despedimos en la entrada del almacén.

Mientras caminaba de regreso al hotel, no podía dejar de pensar en lo que Orión había dicho.

La confianza es un lujo. Debía mantener me alerta y no dejar que mis emociones nublaran mi juicio.

La vida de ladrona no permitía errores, y en este juego, debía jugar para ganar.

El camino de vuelta al hotel estaba bañado por la luz de la luna, creando sombras largas y sinuosas que parecían seguirme.

Cada paso resonaba en la quietud de la noche, recordándome que cada decisión que tomaba tenía consecuencias.

La brisa fresca de la noche acariciaba mi rostro, intentando calmar mi mente inquieta.

Llegué a mi habitación y cerré la puerta tras de mí, dejándome caer en la cama.

El techo parecía girar lentamente mientras mis pensamientos seguían divagando.

Orión, el ensayo, las mentiras que había tejido para proteger mi verdadera identidad.

Todo se mezclaba en un torbellino de emociones y dudas.

Necesitaba un plan claro, una estrategia que me permitiera mantenerme un paso adelante de Orión y cualquier otra amenaza.

Pero por ahora, debía descansar. La cena con Horus Gad sería el próximo desafío, y necesitaba estar preparada para lo que viniera.