Sombras del caos Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Fue entonces cuando se dio cuenta de la locura que había cometido: llegar a una casa desconocida con solo una llave que ni siquiera sabía si abriría la puerta.

Sabía que su impulso era una huida del dolor.

Pero no importaba.

Estaba segura de que todo estaba conectado con Thomas.

Y eso bastaba.

Estudió la casa con atención.

Estaba construida principalmente de madera y se integraba a la perfección con el entorno playero.

Rústica, sin perder su elegancia.

Destacaban las puertas correderas de cristal, que dejaban ver las finas cortinas blancas del interior.

Un pasillo lateral rodeaba toda la casa y terminaba en una terraza con una pequeña escalera que bajaba directamente a la playa. También había allí una mesa ovalada blanca, con varias sillas dispuestas alrededor.

La propiedad estaba cerrada.

En silencio.

Mia lo notó y, con una repentina inyección de sensatez, optó por esperar a ver si aparecía alguien en lugar de allanar literalmente la propiedad.

Fue entonces cuando recibió un mensaje de Candice:

«Que sea el hogar que soñaste a través de los lienzos…».

Era verdad.

Aquella casa era la gran sorpresa que Thomas había planeado para ella.

Mia se quedó mirando la pantalla del teléfono durante demasiado tiempo.

La mano le empezó a temblar.

Luego la otra.

Guardó el teléfono con dificultad y sacó la llave de la cajita. El metal estaba frío contra la palma, demasiado pesado para algo tan pequeño.

Se detuvo frente a la puerta.

El corazón le latía con fuerza.

La llave parecía arderle en la mano, aunque estaba fría. Había una casa entera ante ella. Un sueño entero. Un futuro que Thomas había planeado con esmero, detalle a detalle, sin haber tenido nunca la oportunidad de verla entrar.

Mia levantó la mano, pero no logró encajar la llave en la cerradura.

Se quedó inmóvil.

La respiración entrecortada.

Los ojos fijos en la puerta.

No sabía cómo adentrarse en un nuevo comienzo que no quería comenzar.

No sabía cómo cruzar ese umbral sin él.

Bajó la mano lentamente.

—No puedo… —susurró.

Renunció a entrar.

Dejó la mochila y el cuadro envuelto sobre la mesa de madera blanca de la terraza. Pasó los dedos por el papel que protegía el cuadro, acariciándolo con un cuidado casi doloroso.

El otro cuadro estaba dentro.

Estaba segura.

Y quizás eso era exactamente lo que hacía todo insoportable.

La esencia de un lienzo solo se revela en presencia del otro.

Mia miró la casa cerrada, luego el cuadro sobre la mesa.

Dos partes separadas.

Exactamente como ella se sentía.

Volvió la mirada hacia la belleza que la rodeaba.

El sol parecía un artista sensible que mezclaba tonos cálidos y dorados por el inmenso cielo. Las nubes, en suaves pinceladas, portaban matices delicados mientras el mar se transformaba en un espejo líquido.

Por fin, el sol se hundió lentamente en el océano, en un tierno beso de despedida.

Era una despedida.

La misma despedida que Mia se negaba a aceptar.

Se le escapó un suspiro. Recorrió la playa con la mirada.

Había gente corriendo cerca del agua. Otros sentados en la arena, disfrutando de los últimos momentos del día. Una pequeña sonrisa le asomó al ver a un niño jugando con un perrito, los dos corriendo en círculos cerca de las olas.

Durante unos segundos, la vida que sucedía a su alrededor le pareció injusta.

El mundo seguía.

El mar seguía.

El sol se ponía.

La gente reía.

Los perros corrían.

Los niños gritaban de alegría.

Y Thomas no estaba.

Sin pensarlo demasiado, Mia se quitó las zapatillas, se arremangó un poco los vaqueros y bajó los escalones de la terraza.

La arena estaba fría bajo los pies.

Ese detalle la sorprendió.

Había esperado calidez, quizás por el color dorado del atardecer, pero la arena conservaba el frescor de la noche que se acercaba. Caminó con cautela hacia el agua, sintiendo cómo los diminutos granos se le adherían a la piel.

La brisa le acarició el rostro y le enredó el cabello.

Mia cerró los ojos un momento.

Casi podía imaginar a Thomas allí, detrás de ella, diciendo algo sobre su terquedad, sobre su costumbre de salir corriendo sin pensar, sobre la imposibilidad de dejarla sola cinco minutos sin que cruzara medio mundo.

El recuerdo dolía.

Abrió los ojos.

Siguió avanzando hasta que la primera ola le tocó los pies.

El agua estaba fría.

Mia inspiró de golpe, sacudida por esa sensación simple, concreta, real.

Estaba allí.

En el paisaje en el que una vez había soñado vivir.

En la casa que Thomas había elegido para ella.

Con su llave.

Con uno de los lienzos.

Con el otro cuadro probablemente esperando al otro lado de la puerta.

Pero sin Thomas.

Y ese vacío ocupaba más espacio que el mar entero.

Desde el cruce de miradas aquella noche en el club, no había podido dejar de pensar en aquel hombre.

A medida que pasaban los días, su vida se había llenado de su presencia: la voz, el aroma, la postura intimidante, el humor seco, las manos delicadas, la forma en que parecía albergar un mundo entero tras sus ojos oscuros.

¿Y ahora?

¿Cómo iba a empezar de nuevo sin Thomas?

La verdad era simple y cruel.

Mia no quería dar ese paso.

Rechazaba ese nuevo comienzo.

Le vino a la mente el final de la película Un paseo para recordar.

En su momento, había pensado que el final era perfecto, porque veía el crecimiento de Landon tras perder a Jamie como la más hermosa declaración de amor.

Él era el milagro que ella tanto había deseado ver.

Ahora, lo rechazaba con vehemencia.

Solo era hermoso en la ficción.

En la vida real, dolía.

Hería.

Aplastaba.

Robaba el aire.

Mia se llevó una mano al pecho y presionó los dedos contra el lugar donde el dolor parecía más profundo.

—¿Cómo se supone que haga esto sin ti…? —susurró.

La única respuesta vino de las olas que le acariciaban los pies.

Miró hacia el vasto horizonte. El sol había desaparecido por completo y había dejado atrás un cielo pintado en oro antiguo, rosa quemado y sombras violetas.

La vida no le había dado la vista que habían planeado juntos.

El camino había cambiado de forma cruel y le había arrancado el futuro que había comenzado a desear sin miedo.

Aun así, aquel lugar era hermoso.

Dolorosamente hermoso.

Mia odiaba un poco esa belleza.

La odiaba porque Thomas había tenido razón.

La casa.

El mar.

Los lienzos.

La luz del atardecer.

Todo allí tenía algo de ella.

Algo de él.

Algo de ambos.

Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el aire salado le llenara los pulmones. El dolor seguía allí, pesado, anclado en su pecho. Pero junto a él vivía cada segundo que habían compartido.

Esos momentos no se habían perdido en el mar.

Estaban en su piel.

En sus recuerdos.

En la forma en que nunca volvería a ser la misma después de haber amado a Thomas West.

Mia abrió los ojos y dejó que las lágrimas cayeran.

El agua avanzó de nuevo y le cubrió los pies.

Luego se retiró.

Se quedó allí, inmóvil, abrazándose a sí misma contra el viento mientras la noche comenzaba a caer sobre Sanibel.

Algunas historias no tienen el final que esperamos.

Algunos cambios llegan sin pedir permiso.

Algunas despedidas suceden antes de que estemos listos.

Aun así, ciertos momentos permanecen.

Resisten la ausencia.

Sobreviven al dolor.

Y de algún modo, siguen creando recuerdos.

Hermosos recuerdos.

Más que eso…

Recuerdos extraordinarios.