Sombras del caos Capítulo 28
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Capítulo 28

Buscaban normalidad para aliviar las inevitables preocupaciones del futuro, y durante un tiempo, lo lograron.

En Little Venice —la pequeña Venecia de Londres— el aire estaba impregnado del aroma de las flores y envuelto en el suave murmullo del agua corriente. Las casas de colores a lo largo del canal parecían sacadas de un sueño.

Mia se sentía flotar en un mundo aparte. Thomas y ella caminaban de la mano, con los dedos entrelazados, unidos por una intimidad que ya no necesitaba explicación.

—Amor mío... —comenzó Mia mientras caminaban, ambos en vaqueros, de lo más informales—. Recibí una llamada de Pat Jones. Me invitó a volver a la galería.

Thomas se detuvo y se volvió hacia ella. Necesitaba hacerle una petición difícil.

—Sé que no puedo pedirte esto, y tienes todo el derecho a negarte, pero... no vuelvas todavía —pidió con suavidad—. Lo que me preocupa es tu seguridad.

—¿Temes que descubran lo tuyo y vengan a por mí? —preguntó Mia.

Él asintió.

—¿De verdad crees que no me he dado cuenta de que uno de los hombres de seguridad de Illir me sigue?

—No eres fácil... —dijo él, riendo—. Solo te pido que esperes un poco más.

Mia tuvo que pensarlo. Quería retomar su vida, pero comprendía su miedo.

—Cuando todo esto termine, quiero volver a mi vida profesional. Lo necesito... —advirtió.

—Y tendrás todo mi apoyo —dijo Thomas.

No era una decisión definitiva, solo una pausa.

Thomas la besó con ternura.

—Quiero enseñarte algo... —continuó Thomas, y caminó unos pasos más para dirigir su atención hacia un punto especial de la zona.

Más adelante, varios artistas se concentraban en sus lienzos, pincel en mano, completamente absortos en la tarea de capturar la esencia de Little Venice. Cada pincelada era un intento de retratar la tranquilidad y la magia de aquel lugar único.

—Dios mío... ¡esto es el paraíso! —dijo Mia, sonriendo como la amante del arte que era—. Cuando vine aquí, hacía tanto frío. Apenas había gente.

—Ven...

Pasaron lentamente frente a cada uno de los pintores.

Mia sonreía como una niña ante el mejor regalo del mundo. Se le iluminaban los ojos al ver tantos talentos desconocidos.

Mientras un artista se concentraba en los reflejos del agua, otro esbozaba los contornos de las ventanas decoradas con flores. Un tercero, con ojos atentos, intentaba capturar la textura de las piedras de las aceras, mientras el último, con trazos decididos, delineaba los barcos amarrados.

—Esta fue una de las últimas salidas que hice con mi madre... Aquí fue donde compró esos cuadros —le contó Thomas.

Mia volvió los ojos hacia él, sorprendida y conmovida.

—Eres el amor de mi vida, Thomas West...

—Probablemente tú seas el mío... —respondió él, con una expresión que ella nunca le había visto.

—Probablemente nada. ¡Lo soy! —Mia saltó a sus brazos y lo abrazó.

—Sí... lo eres... —susurró él en aquel abrazo, antes de retomar su paseo mágico.

El tiempo siguió su curso.

Un día, Thomas tuvo que ir a la empresa. Salió del edificio distraído.

Siempre elegantemente vestido, revisaba el teléfono mientras caminaba hacia donde Petra debía esperarlo con el coche.

Al alzar la vista, vio a Mia apoyada en el vehículo, con gafas de sol elegantes, vaqueros, botas y chaqueta de cuero, porque a pesar del sol de aquella tarde, el viento era frío.

Thomas sonrió y se detuvo frente a ella.

—Si tu intención era dejarme sin aliento, lo has conseguido —dijo West, recorriéndola con la mirada.

Mia le besó los labios con suavidad y los mordisqueó.

—Aún no has visto nada —dijo en voz baja—. ¡Conduzco yo! Y no te preocupes, Petra está con Illir en el otro coche.

Terminó la frase mientras rodeaba el coche para sentarse al volante.

—Solo por curiosidad... ¿sabes conducir este coche por el lado izquierdo de la carretera?

—¡Probablemente! —respondió Mia con una amplia sonrisa, y se subió al vehículo con Thomas.

Mientras arrancaba el motor, él hizo otra pregunta:

—¿Adónde vamos?

Mia lo miró y respondió:

—Al sex shop.

Thomas soltó una carcajada.

Mia encendió la música y aceleró el deportivo, dejando claro que sabía conducir.

Más tarde, descubrieron que algunos de los accesorios comprados aquella tarde solo estaban allí para iniciar la provocación.

El resto venía de ellos.

Del deseo.

De la confianza.

De la forma en que sus cuerpos ya se conocían y, sin embargo, parecían descubrirse de nuevo.

En el cómodo sillón del balcón, ambos envueltos en sus albornoces favoritos, se permitieron aquel raro momento a solas. Londres respiraba frío más allá del cristal, pero dentro todo era calor, piel y expectación.

Mia estaba sentada a horcajadas sobre el regazo de Thomas, con los brazos alrededor de su cuello, entregada al beso.

La textura de sus labios, el deslizamiento ardiente de su lengua contra la suya, el sabor del deseo entre ellos... todo hacía que el cuerpo de Mia respondiera con un anhelo casi inmediato.

—Cuando me besas así, pierdo la noción de todo... —susurró ella mientras la boca de él descendía desde su hombro hasta su cuello.

Thomas la sostenía con las palmas firmes contra su espalda mientras sus labios descendían, trazando un camino sobre su pecho hasta llegar a sus senos.

La punta de su lengua dibujó círculos lentos y provocadores alrededor de un pezón hasta que Mia hundió los dedos en su cabello y lo mantuvo allí, entregada a aquella boca suave y pecaminosa que la hacía perder la cabeza.

La succionó lentamente al principio.

Luego con voracidad.

Mia dejó caer la cabeza hacia atrás y gimió, sintiendo que todo su cuerpo se incendiaba en respuesta. El albornoz se deslizó de sus hombros, revelando la piel erizada, y Thomas aprovechó cada nuevo centímetro expuesto.

Entonces lo atrajo hacia un beso hambriento, de esos que roban el aire de los pulmones y deshacen cualquier pensamiento.

Al mismo tiempo, se movió sobre él, frotándose contra su cuerpo con intención clara, sensual, provocadora.

Era ardiente.

Demasiado ardiente.

Deliciosamente ardiente.

Thomas soltó un aliento pesado contra su boca mientras las manos se le deslizaban hasta las caderas de ella.

De repente, sonrió contra sus labios y se levantó lentamente, con los ojos fijos en los de él mientras dejaba que el albornoz se deslizara por su cuerpo y cayera al suelo.

Thomas la observó en silencio, con esa fascinación intensa que la hacía sentirse deseada de una manera casi peligrosa.

Se acercó de nuevo, pero no se sentó en su regazo.

Esta vez, se dio la vuelta.

Apoyó las manos en el respaldo del sillón y lo miró por encima del hombro. El cabello le cayó sobre un lado del rostro, los labios entreabiertos, el cuerpo abierto a él de una manera que hizo que el control de Thomas se quebrara de golpe.

—Lo quiero todo contigo —dijo, con la voz baja, firme, consumida por el deseo.

La certeza en su voz destruyó el último hilo de contención que él aún tenía.

Thomas no dudó.

Se puso de pie detrás de ella, se abrió el albornoz y dejó que la tela cayera al suelo. Un segundo después, su piel caliente se apretó contra la espalda de Mia, el pecho de él la cubrió, su erección dura e inconfundible contra ella.

Mia cerró los ojos y tomó aire bruscamente.

Le besó el hombro.

Luego la nuca.

Luego la curva sensible detrás de la oreja.

—Me vuelves completamente loco —susurró.

La respuesta de ella salió a medio camino entre un gemido y una provocación.

Thomas deslizó una mano hacia abajo lentamente hasta encontrarla húmeda, lista, dominada por el mismo deseo que los consumía a ambos.

Gimió en cuanto los dedos de él la tocaron, primero con cuidado, luego con la precisión de un hombre que conocía su cuerpo y sabía exactamente cómo hacerla perder el control.

—Tom... —suplicó sin aliento.

Le presionó la boca contra el cuello, la voz áspera contra la piel de ella.

—Dime qué quieres.

Mia apretó los dedos en el respaldo del sillón.

—A ti... dentro de mí.

La petición lo llevó al límite.

Thomas le sujetó las caderas, alineó su cuerpo con el de ella y la penetró por detrás en un movimiento lento, profundo, deliberado.

Mia gritó.

La penetración fue intensa, completa, exactamente como había pedido. El cuerpo de ella se arqueó bajo la fuerza de aquello, la respiración se le quebró mientras Thomas la sostenía firme, los dedos clavados en sus caderas, el pecho presionado contra su espalda.

No se apartó.

No suavizó el momento.

Permaneció profundo dentro de ella, respirando con dificultad contra su hombro, dándole solo el tiempo que necesitaba para sentirlo por completo.

Mia miró hacia atrás, con los ojos brillantes de deseo.

—No pares.

Entonces se movió.

Primero lentamente, prolongando cada embestida y cada retirada, dejándola sentir la profundidad, la presión, la intimidad devastadora de tenerlo detrás, alrededor, dentro de ella.

Luego, a medida que los gemidos de Mia se volvían más sueltos, más urgentes, Thomas encontró un ritmo ardiente, preciso e implacable de la mejor manera.

Mia empujó el cuerpo hacia atrás contra el de él, buscando más.

Más profundidad.

Más intensidad.

Más de él.

—Ahhh... —gimió.

Thomas apretó los dedos en las caderas de ella, perdiendo otra parte de su contención. El sonido de sus cuerpos al encontrarse, la respiración entrecortada y los gemidos que escapaban sin control hacían que la escena fuera casi indecente de puro viva.

Se inclinó sobre ella, cubriéndole la espalda con el pecho sin interrumpir el movimiento. Una mano subió hasta el pecho de ella mientras la otra se deslizó entre sus piernas de nuevo.

Cuando los dedos la encontraron al mismo tiempo que seguía embistiéndola profundamente, Mia casi perdió las fuerzas.

—Oh... Tom...

—Te amo —dijo en su oído, la voz áspera, fracturada por el placer—. Te amo tanto.

Eso cambió la temperatura de la escena.

El sexo siguió siendo ardiente, explícito, urgente.

Pero ahora el amor atravesaba cada movimiento.

Mia cerró los ojos, embargada por una emoción tan poderosa como el deseo. Thomas no solo estaba dentro de ella. Estaba allí por completo, entregado, vulnerable, enamorado, y esa certeza la golpeó con una violencia dulce.

—Te amo... —respondió entre gemidos—. Incluso cuando tengo miedo... incluso cuando estoy furiosa... te amo.

Thomas la sostuvo con más firmeza mientras el ritmo se volvía más profundo, más urgente, casi desesperado.

Mia sintió el orgasmo formarse en capas, naciendo en lo bajo del vientre, extendiéndose por las piernas, las caderas, toda la piel. Cada embestida la empujaba más cerca del borde. Cada toque de sus dedos hacía que el placer subiera de nuevo, más fuerte, más agudo, imposible de resistir.

Se aferró al respaldo del sillón.

—No pares... por favor, no pares...

Thomas no paró.

Se movió detrás de ella con una intensidad que hizo que todo el mundo se redujera a ellos dos. La boca de él se arrastró sobre el hombro de ella, la nuca, la piel caliente. Las manos la sostenían, la tocaban, la tomaban con un hambre que hacía que Mia se sintiera deseada en cada parte del cuerpo.

Podía sentirlo perder el control junto con ella.

Y eso la deshizo por completo.

El placer la alcanzó primero a ella.

Fuerte.

Devastador.

Mia gimió su nombre y echó la cabeza hacia atrás mientras el orgasmo la recorría entera, largo y profundo, arrancándole palabras inconexas que Thomas ni siquiera intentó comprender.

No lo necesitaba.

Simplemente la sostuvo, firme, mientras sentía cada temblor de su cuerpo envolviéndolo.

—Así… —murmuró, enloquecido por su entrega—. Déjame sentirte…

Mia aún temblaba cuando volvió la mirada, los ojos húmedos y una sonrisa perversa en los labios.

—Ven conmigo…

Thomas perdió el último vestigio de control.

Con las caderas presionadas contra las de ella, los dedos clavados en su piel y la boca contra su hombro, se corrió con un gemido profundo y roto que parecía arrancado del centro de su cuerpo.

Mia sintió cada contracción, cada espasmo, cada señal de esa entrega, y eso la hizo estremecerse de nuevo, más suave esta vez, pero igual de delicioso.

Durante unos segundos, permanecieron así.

Sin aliento.

Unidos.

Todavía perdidos en el eco físico de esa intensidad.

Cuando Thomas finalmente la atrajo hacia sí con cuidado, ambos acabaron de nuevo en el sillón, torpes, sudorosos, riendo quedamente por la falta de fuerzas y la deliciosa locura de lo que acababan de hacer.

Mia permaneció sentada sobre él, el cuerpo laxo, el cabello cayéndole sobre el rostro. Thomas le apartó un mechón con ternura y la besó en los labios.

—Eso fue… —Buscó las palabras.

—Lo que fueras a decir… sí, lo fue —dijo ella, sonriendo.

Él se rio contra su boca y volvió a besarla, más despacio, más hondo, con la ternura que llega después de la tormenta.

Sus manos la acariciaron sin prisa, ya no para provocar, sino para retener la sensación de tenerla allí.

Mia apoyó la frente contra la de él.

Tom la estrechó con fuerza.

Ella cerró los ojos y se permitió quedarse en sus brazos.

El dulce letargo que siguió a esa locura los sorprendió así, el uno en brazos del otro, calmando no solo sus cuerpos, sino también sus corazones.

Más tarde, esa misma madrugada, Thomas se despertó hacia las tres por una llamada.

—Petra, ¿qué pasó? —preguntó con voz adormilada y al instante preocupada.

—Será mejor que bajes.

No necesitó más. Se puso lo primero que encontró y bajó descalzo, procurando no despertar a Mia.

Al llegar a lo alto de la escalera, vio a Petra e Illir con expresiones mortalmente serias.

—¿Qué…? —empezó Thomas, pero no hubo tiempo de terminar.

—Está pasando —completó Petra.

Lo cierto era que Petra e Illir conocían esa posibilidad desde que Bob Flynn les informó de su llegada a Londres. Habían decidido no decírselo a Thomas para que pudiera tener un momento de paz por primera vez desde la muerte de sus padres.

Al oír aquellas palabras, Thomas se quedó paralizado, incapaz de describir todo lo que sintió.

En una décima de segundo, innumerables recuerdos invadieron su mente: el dolor de perder a sus padres, los descubrimientos devastadores que llegaron después, la decisión de convertirse en la mayor arma contra aquella gente.

Todo por lo que había luchado durante años…

Por fin se estaba haciendo realidad.