Capítulo 27
Illir y algunos hombres de su confianza cumplieron lo acordado con el empresario checo. Además del cargamento, todo extremadamente valioso, había una petición especial de Malek.
La mayor preocupación esa vez no era ni siquiera la misión en sí, sino que él había «invitado» a Thomas a esperar en su casa el desenlace de la noche.
Petra permaneció con él, y pese a toda la tensión, Thomas intentó disimular.
—Cuando decida negociar estas piezas, no olvide invitarme... —comentó, observando algunas esculturas expuestas en la sala.
—Haremos algo mejor. Cuando se cumpla nuestro acuerdo, le regalaré una de ellas —dijo Malek.
Thomas cruzó las piernas y le dedicó su mejor sonrisa cínica.
—Que venga envuelta para regalo.
Malek soltó una carcajada.
—Eres arrogante. Me gusta eso.
Poco después llegó Illir, cargando con cuidado un gran tubo que contenía un lienzo excepcional.
Los hombres de Malek lo detuvieron en la puerta e intentaron quitarle el tubo, pero Illir retrocedió, impidiéndolo.
—Solo lo entregaré al señor West —advirtió.
Al oír las voces alteradas, Thomas y Malek se pusieron de pie. Malek intervino y autorizó al albanés a entrar.
Illir colocó el tubo en las manos de Thomas.
—Gracias —dijo West, y se lo entregó de inmediato a Malek.
El checo lo tomó y se dirigió a Illir:
—¿Ni siquiera intentaste abrirlo?
—No, señor —respondió Illir, con su porte militar intacto.
—¡Deberías trabajar para mí! —bromeó Malek.
Luego se volvió hacia Thomas.
—Ven... mereces ver este tesoro.
Malek lo invitó a acompañarlo al despacho.
Solo otro hombre de la casa fue con ellos. Con guantes y extremo cuidado, tomó el tubo y lo abrió.
Cuando el lienzo quedó finalmente extendido sobre el escritorio del despacho, Thomas se quedó atónito.
—Dios mío... es un Rembrandt... —exclamó.
—Cristo en la tormenta en el mar de Galilea —completó Malek, sin poder borrar la sonrisa de sus labios.
—¿Puedo? —preguntó Thomas, pidiendo permiso para acercarse.
Malek asintió.
West observó con admiración aquellas pinceladas de matiz perfecto. En el cuadro, los hombres luchaban por controlar el barco pesquero en medio de la tormenta. Todos parecían desesperados. La única figura que permanecía serena era la que representaba a Cristo.
—Es magnífico... —dijo Thomas, dando un paso atrás.
Sabía que aquella obra había sido robada del Museo Isabella Stewart Gardner hacía más de treinta años, junto con otras piezas, en el mayor robo de arte de la historia.
—Cuando veo a alguien mirar una obra de arte y sus ojos se iluminan... ¡eso es amor! —Malek no se equivocaba.
Thomas no necesitaba fingir.
Sus ojos realmente se habían iluminado al contemplar aquella obra de arte.
—Me emocioné de verdad.
—Lo noté. ¡Y eso merece un brindis! —dijo Malek, y fue hacia la puerta a pedir bebidas.
Aquello fue providencial. Desde el momento en que había entrado en aquella casa, Malek se había mantenido a su lado. Esos fueron los únicos segundos que Thomas tendría lejos de él.
Y fueron suficientes.
Sutilmente, actuó en silencio.
Poco después, ya se preparaba para irse cuando Malek le habló en privado:
—Tu pago ya está hecho.
—No lo dudo.
Se estrecharon las manos, y cuando Thomas ya se iba, Malek se le acercó de nuevo.
—En dos meses volveremos a hablar. Tendré algo interesante para nosotros.
—Estaré esperando —respondió Thomas, consciente de que se trataba de un negocio importante.
Se despidieron y él se marchó.
Con la escultura prometida, por supuesto.
De regreso, la desconfiada Petra le pidió a Illir que detuviera el coche para examinar la pieza. Solo después de asegurarse de que no había nada en ella la metió en el maletero. Entonces hablaron con más calma.
—¡Eres tan desconfiada! —rio Thomas, aunque entendía a Petra—. Más tarde, por favor, deshazte de ella. No quiero nada que venga de ese hombre.
—Tú plantaste un micrófono allí. ¿Quién dice que él no haría lo mismo? —dijo Petra.
Thomas había logrado instalar el dispositivo durante los pocos segundos en que Malek fue a pedir las bebidas.
—Ese despacho está vigilado. Si descubren el micrófono, estaremos en serios problemas —dijo él.
—Flynn garantizó que no puede ser detectado —lo tranquilizó Petra.
—Ahora está en sus manos. Espero no tener que volver a pisar ese lugar.
Quería que todo aquello terminara.
Illir, que solo había estado escuchando, hizo una observación:
—No sé por qué, pero le caíste bien...
—Yo también lo noté —coincidió Petra.
—Malek es un psicópata. Me mataría allí mismo sin pestañear si le conviniera —dijo Thomas, pensativo—. Por suerte, cree que le soy más útil vivo.
Acabaron dándole la razón.
En cuanto llegaron a casa, Thomas buscó a Mia y la vio junto a la piscina, con pantalones cortos y camiseta, ya que la temperatura se había vuelto más agradable en esa época del año.
Miraba el agua, pero sus pensamientos parecían muy lejanos. En realidad, estaba angustiada, consumida por el miedo de que algo pudiera pasarle a Thomas.
West se acercó a ella y, en cuanto lo hizo, Mia se dio la vuelta.
—Prometí que lo entendería y que no te preguntaría nada, pero necesito saber…
Lo miró de frente.
—¿Tendrás que volver a ese lugar?
—No —respondió Thomas.
Y de verdad no tenía intención de hacerlo.
—Ahora depende de Bob —dijo, refiriéndose al agente.
—Bien…
Mia soltó un profundo suspiro de alivio y lo abrazó con fuerza.
—¿Te he dicho que te quiero…? —preguntó él sin soltarla.
—¡Mucho menos de lo que merezco! —bromeó Mia, y él le dio un beso húmedo y apasionado.
Luego se apartó y miró a su novio.
—Solo una cosa más…
Thomas mantuvo los brazos alrededor de su cintura, a la espera.
—Nunca pensé que te pediría esto, pero…
Hizo una pausa.
—Quiero la ubicación de tu teléfono. Y todo lo demás.
Thomas abrió mucho los ojos, divertido, y se rio de la petición.
Sin embargo, le dio su ubicación.