Capítulo 26
A primera hora de la mañana, Petra salió del dormitorio de Nicky y fue al salón, donde encontró a Thomas, que había preparado té con lo que había encontrado en la cocina.
Ambos intercambiaron miradas divertidas antes de que Thomas hablara.
—Buenos días —dijo, y le tendió una taza a Petra sin hacer preguntas, aunque una sonrisa asomaba en la comisura de sus labios.
—Buenos días. Si sigues con esa sonrisita, puede que olvide que soy tu amiga.
Thomas no pudo contener una carcajada.
—Seré una tumba.
—Esas dos... —dijo Petra, refiriéndose a Nicky y Mia—. Sospecho que tienen algo de brujas.
Bromeaba, pero con un tono extrañamente serio.
—Estoy seguro de que lo son —respondió Thomas.
El reconfortante aroma del té de menta llenaba el salón mientras seguían hablando.
—Se va hoy... —reveló Thomas.
—Nicky me lo dijo cuando llegamos —dijo Petra—. ¿Cómo lo llevas?
Por un momento, Thomas pareció hacerse la misma pregunta.
—En cierto modo, me alivia que vaya a estar lejos de todo esto —dijo con un suspiro—. Por otro lado...
No necesitaba terminar.
Petra lo entendió.
—¿Sabes esa frase que nunca esperabas oír de mí? «Sigue a tu corazón»...
Thomas sonrió, pero había poco humor en esa sonrisa.
Más avanzada la mañana, Mia fue despertando poco a poco y se dio cuenta de que Thomas no estaba a su lado.
—Creo que lo soñé... —susurró.
De repente, oyó:
—Buenos días...
Thomas estaba sentado en una silla junto a la cama.
—¡Joder, qué susto! —exclamó Mia, sobresaltada—. ¡Dios mío, me has asustado!
—La primera frase no encaja exactamente con la última —dijo él con sequedad.
—¡Me has asustado!
—Ya me he dado cuenta... —Thomas se levantó—. Venga. Necesitas té y analgésicos.
—Eres muy británico... Yo necesito café y analgésicos —lo corrigió.
Thomas abrió la puerta.
—Te espero en el salón —dijo antes de salir.
Media hora después, Mia apareció en vaqueros y camiseta, con el pelo aún húmedo de la ducha y los ojos entrecerrados por la claridad.
—La cafetera te ha preparado esto —dijo Thomas.
—Gracias... —Mia dio un sorbo—. Veo que te has apañado bien en esta cocina.
—Con gran esfuerzo.
Ambos hablaban entre líneas.
—Fue extraño quedarme dormida sabiendo que estabas aquí, y luego despertar y no verte... —admitió Mia.
—Ese es mi mundo. Conozco bien esa sensación.
Ella lo entendió.
—Vale... Me merecía esa ironía. —Mia miró a su alrededor—. ¿Dónde está Nicky?
—Ha salido. Petra también.
—Entonces... ¿ella y Petra...? —Mia no pudo contenerse.
—Mi discreción me impide responder —bromeó West.
—Uhhh... —Mia arqueó las cejas y sonrió.
Charlaron tranquilamente junto a la encimera hasta que surgió un tema inevitable.
—¿Te vas hoy...? —preguntó Thomas sin rodeos, mirándola.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Tú.
—Ah... —Fue todo lo que dijo.
—¿Para alejarte de mí? —preguntó sin apartar la mirada.
Sus voces se tensaron.
—¿Qué opción me diste?
Thomas la miró con seriedad.
—Mia... ¿estás segura de que quieres saber la verdad?
—No solo quiero... la necesito —respondió con determinación—. Thomas, eres parte de mi vida y, al mismo tiempo, siento que sé muy poco de ti.
Él respiró hondo.
—¿Quieres que salgamos de aquí?
Mia aceptó de inmediato. Era justo lo que quería.
Thomas condujo en silencio, lo que aumentó la ansiedad de Mia. Cuando llegaron a un parque bañado en tonos verdes, aparcó y los dos caminaron un rato.
Tras dudar un momento, West por fin empezó a hablar.
—No soy traficante de armas, ni nada por el estilo —le aseguró.
Mia ni siquiera parpadeó.
—Pero es a lo que me he dedicado estos últimos años.
Dio un paso adelante y se plantó frente a él, obligándolo a detenerse.
—¿Qué significa eso?
Thomas señaló un banco para que se sentaran.
Y entonces se lo explicó.
Le contó que cuando vivía con Candice, él y Willie habían espiado una conversación —ambos solían escuchar a escondidas— entre ella y un agente de Interpol.
Mia frunció el ceño, intentando seguir cada palabra. Su expresión aún mostraba desconfianza, pero la tensión de sus hombros delataba que algo en su interior comenzaba a ceder.
El hombre alto y canoso había mencionado sus sospechas sobre la muerte de los padres de Thomas. Como Candice trabajaba para el gobierno, tenía contacto con varias agencias, incluida Interpol.
Al oír mencionar a sus padres, Mia bajó la mirada un instante. Sus dedos se cerraron lentamente sobre la tela del pantalón y respiró hondo, intentando asimilar esa primera capa de verdad.
El agente, uno de los más experimentados, había compartido las razones de sus sospechas. Creía que alguien de la propia agencia estaba implicado —no directamente en las muertes, sino en el encubrimiento de los asesinatos.
Mia levantó el rostro de nuevo, más pálida.
—¿Dentro de Interpol...? —preguntó apenas en un susurro.
Thomas se limitó a asentir.
Siguió explicando que el padre de Thomas había buscado al agente antes de la tragedia y, desde entonces, ambos habían trabajado juntos para llegar hasta el checo. Según el agente, el accidente del helicóptero no había sido tal. Lo había ordenado ese hombre.
Mia se llevó una mano a la boca.
Durante unos segundos, no pudo decir nada. Solo miraba a Thomas, y el dolor que vio en sus ojos hizo que su propia indignación perdiera fuerza.
—Dios mío... —dijo al fin, tras escuchar todo el relato.
—Candice me lo ocultó. Creo que quería ahorrarme más sufrimiento. Habían pasado cuatro años desde el supuesto accidente, yo tenía veinte y estaba empezando a reconstruirme como persona —recordó Thomas—. Pero unos años después, ese mismo agente fue asesinado frente a su casa.
Mia se levantó del banco sin darse cuenta.
Dio dos pasos, se detuvo, se volvió hacia él y se pasó ambas manos por el pelo, atónita.
—Esto es una locura... —dijo horrorizada.
La palabra parecía quedarse corta para lo que acababa de oír.
—Eso me hizo creer lo que le había contado a Candice.
—¿Y crees que todo está relacionado con ese checo?
—Creo que murió porque siguió investigando. —Thomas hizo una pausa—. El otro día dijiste que el contacto por el que pagué con el collar debía de ser muy importante...
Mia se acercó de nuevo, pero no se sentó. Se quedó de pie frente a él, inmóvil, esperando la confirmación que ya empezaba a temer.
—¿Era ese hombre? —preguntó antes de que pudiera siquiera terminar la frase.
—Sí —confirmó Thomas.
Mia cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había miedo en ellos.
—Por el amor de Dios, esto es tremendamente peligroso...
—Mia, nadie ha estado nunca tan cerca de ellos. Pero yo lo estoy consiguiendo. Después de todos estos años...
—Pero...
Mia pensaba en las muchas razones por las que debería detenerse. Separó los labios, pero no le salió ninguna frase. Miró alrededor, el parque tranquilo, la gente que paseaba a lo lejos, y ese contraste lo hacía todo aún más absurdo.
—Esto no son imaginaciones mías. Es él —dijo Thomas, y tras una pausa añadió—: Y el hijo del agente también está convencido.
Mia volvió a sentarse, esta vez más cerca de él.
—¿Lo conociste? —preguntó atenta.
—Sí. El día de mi graduación se presentó. Dijo que nuestras familias tenían algo en común: las había destruido el mismo hombre. Luego me dio una tarjeta. Ya trabajaba en Interpol, como su padre, y me dijo que si alguna vez quería conocer toda la verdad, lo buscara.
Mia dejó escapar un suspiro corto y amargo.
—Y, por supuesto, lo buscaste...
Thomas asintió.
Ocho años antes
Washington D. C.
Tras llamar al agente que le había dado la tarjeta el año anterior, Thomas lo esperó en un punto de las afueras de Washington.
Cuando el hombre llegó y aparcó junto al coche de West, bajó con porte firme. Era atlético, de pelo castaño corto y con la mirada de quien guarda más verdades de las que debería.
—No pensé que me contactarías, pero me alegro de verte de nuevo... —dijo.
—No he olvidado ni una sola palabra de lo que me dijiste aquel día. Ahora estoy listo para hablar.
Y así mantuvieron la conversación de sus vidas.
A los treinta y cinco años, Robert Flynn tenía un futuro brillante en Interpol. Como su padre, siempre había seguido las reglas.
Hasta entonces.
Allí le mostró a Thomas las notas que su padre había tomado sobre el «accidente» que mató a los padres de Thomas. Estaba claro que el helicóptero había explotado en el aire y no se había estrellado por un error del piloto, como decía la versión oficial.
Thomas memorizó cada detalle de aquellas notas.
Con el tiempo, siguieron muchos otros encuentros que forjaron una confianza sólida entre ellos.
Al mismo tiempo, Thomas, ya con veintiséis años, asumía definitivamente el control de la empresa familiar y trabajaba en trasladar la sede a Londres.
Aunque el dinero heredado le habría bastado para vivir cómodamente —y convertirse en un auténtico bon vivant—, quería mucho más.
Invirtió con fuerza en cambios para la empresa y organizó con esmero su llegada a Londres: mansión, coches, glamur.
La modestia no impresiona a nadie, solía decir.
Además del peso de su apellido, eligió el arte como carta de presentación ante la alta sociedad británica, una pasión cultivada desde la infancia. Como sus padres, entendía el arte y se sumergió en los detalles de aquel mundo en cuanto decidió seguir ese camino.
Reservado por naturaleza, creó un personaje glamuroso pero discreto que pronto atraería considerable atención en la capital británica. Al fin y al cabo, una mentira creíble siempre necesita algo de verdad.
Durante ese período de preparación, le presentaron a ciertas personas que no formaban parte de Interpol, pero en las que Flynn confiaba plenamente.
Uno de ellos era un exsoldado albanés. Había servido con Flynn en una misión con estadounidenses y le había salvado la vida. Tenía su propia historia con esa organización, pero sabía que no podía derribarla solo.
Junto a él había una mujer rubia, hermosa, alta y de una seriedad implacable, que había sido agente de campo de Interpol. Tenía una relación cercana con Flynn, también había trabajado con él en el pasado, y su antigua tapadera, todavía intacta, era perfecta para aquella operación.