Sombras del caos Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Cuando llegaron, lo difícil fue subir a las dos, especialmente a Mia, porque sus piernas parecían tener vida propia en ese momento.

Se detuvo antes del primer escalón, miró la escalera con una seriedad inusitada y señaló hacia arriba.

—Esto es arquitectura hostil.

—Son solo escaleras, Mia —dijo Nicky, adelantándose con Petra.

—Necesito negociar con las escaleras —declaró Mia.

Thomas respiró hondo, conteniendo la risa.

—Se acabaron las negociaciones —declaró Tom. Y agachándose, le rodeó la cintura con un brazo firme y se la echó al hombro sin contemplaciones.

—¡Tom! —protestó Mia con voz indignada y pastosa.

Cuando Nicky los vio pasar, se rio a carcajadas, apoyándose en Petra.

—Debería haber grabado esto —bromeó Nicky.

Mia soltó un suspiro dramático, colgada de su hombro.

—Mi dignidad se quedó en el primer escalón —dijo.

—Enviaré a alguien a recogerla más tarde —respondió Thomas.

Soltó unas cuantas palabrotas. Y a pesar de la protesta, no hizo ningún esfuerzo real por bajarse. Se limitó a apoyar una mano en su espalda, derrotada por su propia falta de equilibrio y por la incómoda seguridad que sentía allí.

Cuando por fin llegaron al piso de arriba, Tom la llevó directamente al dormitorio, mientras Petra y Nicky se acomodaban en el sofá.

Desde allí, oyeron voces alzadas que venían del dormitorio.

—Van a discutir hasta el amanecer —dijo Nicky, sentándose con las piernas recogidas.

—Pararán pronto —dijo Petra—. ¿Y tú? ¿Te encuentras mejor?

—Sí... pero tengo una pregunta para ti.

—Nicky y sus preguntas —bromeó Petra.

—La pregunta es: ¿no puedo besarte porque tu jefe está aquí?

Petra la miró y solo entonces respondió:

—No está aquí como mi jefe.

Había una sonrisa escondida en esa respuesta.

—Ah... entiendo... —dijo Nicky, y se inclinó para besar a Petra.

Y cuando los besos se volvieron más intensos, esperaron que nadie apareciera por allí.

Si las cosas se estaban resolviendo en el salón, en el dormitorio la situación era muy diferente.

—¡Deja de ser terca! ¡Te voy a ayudar! —Thomas intentaba ayudar a Mia a cambiarse, pero ella no se dejaba—. Te he visto desnuda un número razonable de veces.

—¡Qué cosa tan... ordinaria de decir! —replicó Mia.

Thomas se detuvo y la miró con hastío.

—¿Ordinaria? ¿En serio?

—¡Sí! —reafirmó ella, y no se detuvo ahí—. ¡Thomas Ordinario West!

Lo dijo para sí misma, pero él lo oyó.

—Tu épica resaca será mi mayor venganza por esa frase —advirtió.

A diferencia de Nicky, que estaba simplemente achispada, Mia había sobrepasado con creces todos los límites del alcohol. Casi se cayó al intentar quitarse los vaqueros.

Se rio a carcajadas al darse cuenta de su propia dificultad y decidió sentarse para quitarse la prenda.

Aun así, seguía rechazando la ayuda de Thomas.

—Puedo hacerlo —aseguró, aunque estaba tirando de la pernera equivocada.

—Estoy seguro de que puedes —respondió él, sin moverse.

Mia se detuvo, miró los vaqueros con profundo rencor y los señaló.

—Estos pantalones están confabulados contigo.

—¿Conmigo?

—Hoy todo el mundo está en mi contra.

Thomas se llevó una mano a la cara, intentando contener la risa.

Tras una breve batalla, Mia logró liberarse de la prenda y levantó los brazos en señal de victoria, pero enseguida se arrepintió del movimiento y parpadeó varias veces.

—Mala idea... El techo se me ha venido encima.

—El techo no se ha movido.

—Tú qué sabes. No estabas mirando.

Thomas suspiró, divertido y preocupado a partes iguales.

—¿Sabes lo único en la vida que haces bien y no la cagas? —la voz de Mia sonaba pastosa.

Thomas se apoyó en un mueble y cruzó los brazos.

—Seguro que me lo vas a decir.

—¡El sexo! En eso eres... —Mia buscó una palabra para definirlo mientras Thomas esperaba con expresión irónica—. Vale... ¡estás buenísimo, joder! —admitió—. Con todo lo demás... siempre la cagas.

—Sé que soy un desastre emocional —dijo Thomas, acercándose.

Esta vez, ella por fin aceptó su ayuda.

Cuando estuvo lista para acostarse, Mia le susurró:

—Eres mi desastre emocional...

Thomas quiso abrazarla, pero se limitó a tumbarla en la cama y taparla.

—Me da vueltas la cabeza... —se quejó Mia, pero poco a poco fue calmándose.

West se tumbó de lado, apoyado en el brazo, de cara a ella.

La estaba observando cuando dijo algo inesperado.

—Me voy... —murmuró Mia con los ojos cerrados.

—¿Qué? —West pensó que había oído mal.

—Me voy... vuelvo a casa... hoy... —murmuró ella.

Él comprendió.

Y con la comprensión llegó una profunda tristeza.

—Quédate... —pidió sin darse cuenta—. Quédate conmigo...

Mia abrió los ojos y se encontró con aquella mirada.

—No confías en mí... amor mío...

Sus ojos se cerraron de nuevo, y guardó silencio; pronto su respiración se volvió acompasada.

Thomas le acarició el rostro lentamente.

La frase quedó suspendida entre ellos, más pesada que cualquier acusación. Mia estaba borracha, casi dormida, pero había dado justo en la llaga.

Él la amaba.

Pero amar no había sido suficiente para que confiara.

Y quizás esa era la parte imperdonable: no los secretos, no el peligro, no el dolor, sino que él había elegido protegerla sin dejarla decidir si quedarse.