Sombras del caos Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Sonrió al darse cuenta de que Mia, además de intentar alejarse del joven por todos los medios, también buscaba sutilmente a alguien en la galería. Además, no podía dejar de juguetear con su pulsera, algo que hacía cuando estaba nerviosa.

El atento empleado seguía explicando la seguridad, y Thomas simplemente asentía, porque sus ojos se habían detenido en ella.

Echaba de menos a Mia. En los pocos minutos que llevaba allí, ya había pensado innumerables veces en cogerla de la mano y llevársela.

Obviamente, Thomas se había enterado de los problemas que había tenido en su trabajo anterior. Entendía que ir a Londres era la forma que tenía Mia de empezar de nuevo y demostrar su valía, especialmente como profesional.

Al observarla más de cerca a través de las numerosas pantallas, notó que había tristeza incluso en su sonrisa, y se preguntó qué más estaría pasando.

Después de unos minutos, Thomas regresó a la sala principal, pero Jones lo interceptó. Ambos iniciaron una larga conversación sobre negocios.

Pasó más tiempo y hubo otras conversaciones.

Mientras Jake recibía atención especial de una chica en la galería, Nicky seguía hablando con Petra.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó Nicky.

—Normalmente, cuando la gente pregunta eso en lugar de simplemente preguntar, significa que no me va a gustar.

Nicky se rio.

—¿Estás trabajando o es tu noche libre?

—¿Esa era la pregunta?

—Sí.

A Petra le pareció graciosa su forma de ser.

—Respuesta: ambas. Oficialmente, estoy libre, pero…

—Entiendo… trabajar con Thomas debe ser así —dijo Nicky.

—Él cree que nunca le va a pasar nada, y eso puede ser muy imprudente —explicó Petra.

—Esa sí fue una frase de guardaespaldas —bromeó Nicole.

La gente iba y venía.

Poco a poco, la galería se fue vaciando.

Mia por fin pudo relajarse. Cogió una copa y se unió a las dos.

—No tenéis ni idea de cuánto quiero quitarme estos tacones —dijo, colocándose junto a Nicky—. Dios, cómo echo de menos las zapatillas.

—Dios me libre de un tacón como ese —exclamó Nicole.

—Prefiero no opinar —dijo Petra, que parecía menos seria que de costumbre.

—Las dos lleváis botas. Debería haber hecho lo mismo… —continuó Mia, volviéndose hacia Petra—. Tu jefe llegó casi al final de la exposición y, por lo visto, ya se ha vuelto a meter en su caparazón.

—No le hagas caso a su tono. Lleva días así. Síndrome premenstrual… con mucho énfasis en lo de «pre» —bromeó Nicole, ganándose una mirada entrecerrada de Mia.

—No se ha ido —respondió Petra a Mia, tras reírse con Nicky.

—¿No se ha ido…? —Mia se sorprendió, porque no lo había vuelto a ver.

Petra dio un paso atrás y asintió discretamente, señalando hacia las escaleras.

Mia siguió la mirada de Petra y vio a Thomas hablando con Jones en lo alto de la escalera.

Tenía las manos en los bolsillos de los pantalones a medida, la expresión seria, la barbilla ligeramente levantada, como siempre.

Cuando Thomas giró la cabeza con calma y bajó la mirada hacia la sala, vio a Mia observándolo.

Para ambos, fue como un déjà vu de la noche en que se conocieron. Quizás por eso quedaron atrapados en esa mirada.

Se miraron durante unos segundos hasta que un empleado despistado llamó a Mia.

Aun así, necesitó un momento para romper ese intercambio silencioso.

Media hora más tarde, quizás un poco más, Mia se despidió de algunos compañeros de trabajo, cogió el bolso y se dirigió hacia la puerta principal.

Cuando miró hacia delante, vio a Thomas de pie cerca de la salida, ya con un abrigo puesto.

Sostenía otro abrigo en las manos, y Mia lo reconoció.

Era el suyo.

Sin decir una palabra, Thomas abrió el abrigo y ayudó a Mia a ponérselo.

Sintió los labios de Thomas cerca de su oído.

—Echaba de menos este perfume… —susurró West.

A Mia se le cortó la respiración durante unos segundos. Cerró los ojos, sintiendo aquel aliento cálido tan cerca, pero enseguida se volvió para mirarlo.

—No hagas eso… —pidió.

Thomas lo esquivó.

—¿Vamos? Las nuevas mejores amigas están fuera.

Se refería a Nicky y Petra.

Mia lo acompañó. Salieron de la galería y caminaron lentamente por la acera.

Thomas comentó la ausencia de Anna y Willie, que estaban en Washington, y Mia, aunque dijo poco, le contó que ya lo sabía.

En verdad, Anna y ella habían estado en contacto desde la fiesta.

—La exposición fue un éxito… —dijo Thomas—. ¿Qué tal una cena de celebración?

Mia se detuvo, obligándolo a parar también, y lo miró con extrema seriedad.

—Para —pidió, firme.

—No sé si lo entiendo… —dijo él. Y continuó—: ¿Sigues enfadada por lo que pasó? Mia, mi única intención fue ayudar.

—¿Por qué estás aquí ahora? ¿No tenías uno de tus compromisos importantes y decidiste venir? —La irritación que Mia había logrado contener hasta ese momento se le escapó de las manos.

—¿Podrías ser más específica? Mi traductor de cosas no dichas está defectuoso hoy —respondió Thomas con sarcasmo.

Mia pensó en mencionar que Thomas había estado acompañado la noche anterior, pero aunque estaba muerta de celos, se negó a admitirlo.

La discusión estaba tomando forma, pero una voz masculina la interrumpió.

—¡Mia…!

El joven que tanto había intentado acercarse a ella en la galería la llamó justo en ese momento.

Ambos lo miraron, pero sus reacciones fueron muy distintas: Mia respondió con educación, y Thomas frunció el ceño como nunca.

—Pensé que quizá te apetecería tomar algo… —dijo el joven mientras se acercaba, señalando el bar y restaurante que había justo enfrente.

—Eh… —Mia estaba a punto de rechazarlo, pero lo pensó mejor—. ¿Y por qué no? —dijo, sonriendo.

Thomas la miró, buscando una explicación.

—Genial —dijo el joven, animado.

—Necesito avisar a una amiga primero. Te veo en el bar —dijo Mia.

—Te espero allí —respondió él con una sonrisa, y se dirigió hacia el bar.

Incrédulo, Thomas le preguntó:

—¿Qué estás haciendo?

No entendía nada.

Antes de responder, Mia respiró hondo y lo miró a aquellos hermosos ojos oscuros, llenos de preguntas.

—Tener que demostrar que no soy una mujer más en el trabajo es agotador, pero es parte del juego…

Hizo una breve pausa y añadió:

—Solo que nunca imaginé que dolería tanto vivirlo también en mi vida personal…

Expuso sus miedos, pero no esperó ningún comentario. Siguió adelante.

—¡Espera! —dijo él con firmeza.

En pocas zancadas, Thomas alcanzó a Mia y la sujetó del brazo.

—Ten la decencia de hablar conmigo como es debido —soltó, con la voz elevada.

—¿Cómo puedes fingir que no entiendes? —dijo Mia, indignada—. ¿Sabes qué es lo peor? Creo que de verdad no entiendes cuánto lastimas a la gente.

Aquello era incomprensible para Thomas.

—Me ignoras toda la noche… aceptas una cita con alguien en mis narices y dices que yo te lastimo —se indignó—. Necesitas replantearte tus criterios, Walls.

Mia bajó la mirada. Luego volvió a mirarlo.

—Ni siquiera puedo discutir contigo…

La emoción que había logrado contener la noche anterior la golpeó como una avalancha.

Thomas se dio cuenta, pero Mia intentó recomponerse y le hizo una señal a Nicky para indicarle que se quedaría cerca.

Nicky y Petra observaban aquellos movimientos, pero pensaron que era mejor no intervenir.

Mia estaba a punto de dejarse llevar por el impulso de entrar en aquel bar y beberse todo lo que pudiera, pero se detuvo al escuchar una frase:

—Alguien sí que quedó noqueado —dijo Thomas, refiriéndose a algo que ella había dicho antes. Eso hizo que Mia se girara y lo mirara—. Pero no fuiste tú…

Mia sintió que el corazón se le aceleraba en el pecho y no pudo moverse.

Thomas se acercó unos pasos hacia ella y continuó:

—Todavía estoy intentando entender qué rayo me cayó encima, porque me descubro pensando cosas que nunca había considerado y haciendo cosas que antes no habría hecho.

Parecía indignado consigo mismo.

—Odio sentirme así. Lo odio.

—¿Cómo puedes decir eso cuando estuviste con otra? —Mia no pudo contenerse.

No gritó. No perdió el control. Solo habló, pero con un dolor palpable en la voz.

A Thomas le llevó unos segundos entender.

—¿Otra? ¿De qué estás hablando?

No tenía ni idea de a qué se refería Mia.

—¿La gente es tan desechable para ti que ni siquiera recuerdas lo de ayer?

Thomas por fin entendió.

—¿Estás hablando de Gigi? —preguntó, pero la única respuesta que recibió fue una mirada silenciosa—. ¡Por eso…!

El alivio llegó primero, porque por fin entendió la razón de aquella distancia. Pero inmediatamente después lo asaltó algo más incómodo: Mia había sufrido por algo que él ni siquiera había notado.

Y eso le molestó más de lo que quería admitir.

—Ni siquiera sé por qué dije eso… —Mia no quería dejar en evidencia sus celos.

El moreno se acercó más, buscándole la mirada con una seriedad menos defensiva.

—Fue una reunión de negocios. Duró media hora. Nada más —dijo—. Y fue en el club… no en mi casa ni… en el puesto de tortitas.

Había un tono ligero en las últimas palabras de Thomas.

Su sinceridad removió algo en Mia y en sus dudas. La respiración se le alteró, y un miedo abrumador a bajar la guardia se apoderó de todo su cuerpo.

—No entres en ese bar… ni siquiera lo quieres —le pidió Thomas.

Luego le tendió la mano.

—Ven conmigo…

Fue tan dulce.

—Thomas… —Empezó a decir algo, pero él la interrumpió.

—Solo ven conmigo…

Mantuvo la mano extendida.

Mia soltó un largo suspiro, le tomó la mano, y los dos caminaron juntos hasta el coche de Thomas.

Petra le entregó la llave del coche y se quedó junto a Nicky, viéndolos marchar.

Nicky no pudo resistirse a comentar:

—Si eso no es enamorarse hasta las trancas, entonces no sé qué es…

—Y yo he vivido para ver esto —dijo Petra sobre West—. Creo que necesitamos una copa.

Nicky estuvo de acuerdo, y eso fue exactamente lo que hicieron, mientras el deportivo atravesaba las amplias avenidas de Londres, llevando a Thomas y Mia hacia una noche en la que ninguno de los dos podría seguir fingiendo que tenía el control.