Capítulo 14
Después de la discusión frente a la galería, Thomas no volvió a casa. Cogió el coche y condujo hasta un lugar que no había visitado en mucho tiempo.
Cuando llegaron, todavía dentro del coche, Mia observó la fachada, toda de madera cálida, acogedora y sin la ostentación que solía rodear a Thomas. Como era de noche, no podía ver el denso bosque verde ni el río que bordeaba gran parte de la propiedad. Aun así, quedó encantada.
—¿Qué es este lugar? —preguntó, mirando a su alrededor.
—Una casa de campo que era el refugio de mi familia —le contó Thomas—. Vamos…
Al salir del coche, Mia vio otro vehículo aparcado un poco más adelante y se lo señaló a Thomas, que se rio.
—Illir no me deja en paz… —bromeó, aludiendo a que su guardia de seguridad los había seguido.
Mia sonrió y entró con él. La casa ya estaba iluminada. Por indicación de Thomas, los cuidadores lo habían dejado todo listo para recibirlos.
Tras dejar los abrigos junto a la entrada, Walls observó cada detalle con atención. Era evidente que apreciaba aquella sencillez.
Cuando llegaron al salón, con su techo alto, sus amplios ventanales y una chimenea rústica ya encendida, Mia se detuvo.
—Es precioso… y tan cálido… —dijo, hasta que la mesa puesta captó su atención—. La cena… ¿era aquí? —preguntó, sorprendida.
—Sí… —confirmó Thomas.
Al decidir ir a la exposición, había querido regalarle a Mia algo especial.
Walls no pudo contener otra sonrisa. Aquel gesto significaba mucho.
Ella contempló el lugar.
Thomas la contempló a ella.
Mia sintió aquella mirada atenta y se acercó a él, deteniéndose justo frente a sus ojos.
—Casi puedo oír tus pensamientos… —dijo.
—¿Y qué dicen? —preguntó Thomas.
—Cosas deliciosamente inapropiadas —respondió Mia, arrancándole una sonrisa—. Necesito preguntarte algo…
—Prometo no volver a interferir en tu vida profesional —dijo él primero, sorprendiéndola—. Sí… yo también puedo oír tus pensamientos.
—Entonces ya sabes el poder que tienes sobre mí… —Era una confesión.
—No… eso no lo sé. Pero sí sé cuánto puedes acelerarme el corazón, tanto para bien como de rabia —dijo Thomas con una expresión peculiar, recordando lo que había sucedido fuera de la galería.
—¿Eso ha sido una declaración de amor o de guerra? —bromeó Mia, entendiendo perfectamente a qué se refería.
A pesar del tono más ligero, Thomas permaneció serio. Aquello captó su atención, y ella buscó respuestas en su intensa mirada.
Entonces lo comprendió.
—Me he enamorado de ti, Mia… —dijo Thomas sin previo aviso.
A Walls le temblaron las piernas. El corazón le dio un vuelco y los pulmones se le hicieron más pesados. Decir que tragó saliva se quedaría muy corto para describir lo que estaba sucediendo en su interior.
Aquella confesión desmanteló algo que Mia aún intentaba proteger.
Miedos, dudas, defensas, todos esos pequeños muros levantados desde su llegada a Londres parecieron perder fuerza ante la voz de Thomas.
Él no era hombre de declaraciones fáciles, y precisamente por eso, aquellas palabras la golpearon con una intensidad casi injusta.
Durante unos segundos, Mia solo lo miró, intentando asimilar todo el peso de lo que acababa de oír.
Conmovida, acarició las líneas limpias y bien definidas del rostro de Thomas e intentó responder a su confesión, pero aquellos labios suaves la interrumpieron con un beso que la hizo sentir como si hubiera perdido contacto con el suelo.
Mia se entregó y le devolvió el beso con la misma intensidad. El sabor de aquella pasión agudizó cada sensación en sus cuerpos, y para ambos, aquel era el único momento que importaba. Iba mucho más allá del deseo.
Aquello quedó claro en el instante siguiente, cuando se fundieron en un abrazo cálido y apasionado. El mundo a su alrededor perdió importancia, y solo la presencia del otro parecía importar.
Mia se permitió experimentar aquella fusión de sensaciones, mientras Thomas sentía algo que nunca había esperado encontrar, pero que ahora sabía que había estado buscando toda su vida.
El abrazo continuó hasta que Thomas se sentó en el sillón frente a la chimenea y acomodó a Mia en su regazo, con una pierna a cada lado.
Allí intercambiaron besos incesantes, sin pausa, mientras la ropa se deslizaba de sus cuerpos. El vestido de Mia acabó en el suelo junto con el chaleco de Thomas, y comenzó una secuencia enloquecedora de caricias ardientes.
Cuando sus bocas no se perdían contra la piel del otro, gemían y se deleitaban con las expresiones de placer en el rostro ajeno.
Con los pantalones de Thomas abiertos, Mia lo acarició, sintiendo su erección caliente y dura contra los dedos, mientras ella misma sentía los dedos de él penetrándola con una precisión que le robaba el aliento.
Cuando la boca de Mia descendió por el pecho de Thomas, él gimió más fuerte y le hundió los dedos en el cabello, intensificando aún más la caricia entre las piernas de ella.
Todo era intenso, sexy y deliciosamente excitante.
Besos, mordiscos y más caricias.
Ninguno de los dos podía detenerse.
Con un movimiento brusco, Thomas la giró en el sillón y tardó solo unos segundos en deshacerse de los pantalones. Tras protegerse, volvió junto a Mia y se tendió sobre ella.
Aquel cuerpo caliente y moreno contra su piel desató en Mia una avalancha de deseo. No pudo resistirse a deslizar las manos por la espalda de Thomas, atrayéndolo más cerca y siguiendo cada uno de sus movimientos.
Thomas la penetró lentamente al principio, pero su paciencia no duró. El encaje arrancó un gemido profundo a ambos, y la lentitud inicial dio paso rápidamente a una urgencia que parecía imposible de contener.
Mia se aferró a sus hombros, sintiendo el peso, la fuerza y el calor de aquel hombre sobre su cuerpo. Thomas movía las caderas con intensidad, besándole la boca, el cuello, los pechos, mientras ella se arqueaba bajo él y lo recibía con la misma entrega.
El fuego del hogar calentaba la habitación, pero nada se comparaba con el calor entre ellos.
Cuando el clímax se acercó, sus ojos se encontraron, la respiración entrecortada, los rostros enloquecedoramente sensuales.
—Ahh… estoy explotando… de deseo… —dijo Mia entre gemido y gemido.
No mentía. Todo su cuerpo ardía de placer.
—Mmm… entonces déjate ir por mí… —pidió West en el mismo tono, con su voz ronca contra la boca de ella.
Entonces sus gemidos llenaron la habitación.
Sus cuerpos se movieron con más fuerza, con más urgencia, hasta que Mia fue la primera en perder el control, temblando bajo Thomas mientras el placer la recorría por completo.
Cuando la sintió contraerse a su alrededor, Thomas también se dejó llevar, con un gemido bajo e intenso que casi se quebró contra su piel.
Su orgasmo fue delicioso y devastador.
Aún sin aliento, Thomas se tumbó a su lado. Quedaron frente a frente, con las piernas enredadas, mirándose durante un momento sin necesidad de palabras.
Solo ese silencio íntimo.
Hasta que Mia habló.
—He descubierto que me encanta verme reflejada así en tus ojos… —dijo, tocándole el rostro—. Porque te has convertido en mi lugar favorito del mundo…
Cuando terminó, el beso completó lo que las palabras nunca podrían.
Esa noche fue exactamente tan especial como debía ser.
Ya era de madrugada cuando cenaron. Eligieron la mullida alfombra frente a la chimenea en lugar de la mesa. La comida, aunque fría, estaba deliciosa, según comentó Mia después de probar un poco de todo lo que les habían servido.
Hablaron de muchas cosas. Mia compartió detalles sobre su vida en Florida, los años en Nueva York y su deseo de vivir algún día en un pueblo tranquilo cerca del mar.
—En mi corazón, siento que es ahí donde pertenezco… —dijo.
—La noche que nos conocimos, hablaste de eso… —recordó West.
—Sí… —confirmó Mia—. Los lienzos de atardeceres en tu casa me recuerdan a Sanibel.
—Nunca he estado en esa isla.
—Digamos que me va más a mí que a ti… —bromeó, dando un sorbo al vino tinto de su copa—. Eres muy urbano.
—Cuidado… puede que te sorprendas —la provocó Thomas, guiñándole un ojo.
—Eso no lo dudo —sonrió ella—. Viviste en Europa más que en Estados Unidos, ¿verdad?
—Sí… por eso hablo un poco como si tuviera una patata caliente en la boca.
Se rio al decirlo, y Mia también, recordando que había sido ella quien llamó así al acento británico.
Thomas habló de sus padres y de haber vivido entre dos continentes desde muy pequeño. También mencionó la soledad que traían consigo tantas idas y venidas.
Thomas no era de contar historias sobre el pasado, pero habló de momentos concretos, especialmente sobre esa cabaña, y Mia le prestó toda su atención.
—¿Así que el pequeño Thomas corría por cada rincón de esta propiedad? —preguntó Mia en tono de broma.
—Debo admitir que el pequeño Thomas era bastante travieso —dijo, sonriendo—. Mi padre siempre estaba trabajando. Creo que tenía una necesidad de aprobación, aunque no estoy del todo seguro…
Thomas dio un sorbo al vino y continuó:
—Pero mi madre estuvo muy presente.
—¿Aprobación? —Mia quería saber más.
—Todo lo que heredé venía de la familia de mi madre, y creo que mi padre intentaba demostrar que la merecía. O algo así —explicó.
—Y tus familiares… ¿viven en Europa? —preguntó ella.
De inmediato, sintió que había cruzado una línea.
—Lo siento. Estoy haciendo demasiadas preguntas.
Thomas se rio de esa pequeña costumbre suya.
—Está bien… —dijo antes de responder—. Puede sonar extraño, pero no conozco a la familia de mi padre. Por lo que sé, mi abuelo paterno no era alguien con quien se pudiera convivir. Bebía demasiado y pegaba otro tanto… así que cuando mi abuela murió, mi padre se fue de casa y nunca volvió.
—Qué triste…
—Sí… solo conocí a mis abuelos maternos. Tuve buenos momentos con ellos. Lástima que todo llegue a su fin…
En silencio, Mia reflexionó sobre tantas pérdidas.
—Lo siento mucho… —dijo.
—El accidente de mis padres fue un punto de inflexión en mi vida —dijo Thomas con tristeza, en referencia al accidente de helicóptero, mientras intentaba recomponerse—. Ya conocía a Willie, pero por esa época nos volvimos inseparables, porque viví unos años con Candice, su tía.
—Os conocéis desde hace mucho tiempo.
—Sí, muchísimo tiempo… Candice era la mejor amiga de mi madre. Es una mujer inspiradora. Por desgracia, ahora la veo menos de lo que me gustaría —dijo con nostalgia.
—No te refieres a ella como tía —observó Mia.
—No… porque significa mucho más que eso —dijo Thomas.
A Mia le pareció hermoso.
—Además, le caerías muy bien.
—¿Es de las que les hacen pasar un mal rato a tus novias? —bromeó Mia.
—No lo sé… nunca ha conocido a ninguna —respondió él.
Mia se sorprendió y, por dentro, celebró ese hecho, aunque intentó no demostrarlo.
Thomas continuó:
—En fin, perdí mucho y gané mucho. Algunos miembros de mi familia de aquí ni siquiera me dejan ir a una cabaña sin vigilarme —dijo con ligereza.
Mia se rio, entendiendo que se refería a Illir.
—Él y Petra cuidan de ti, y eso me gusta… —dijo, acariciándole el rostro.
Entre experiencias compartidas, sonrisas y complicidad, las horas seguían pasando. Era uno de esos momentos en los que uno desea poder pausar el tiempo para que no se escurra entre los dedos.
Y, sin embargo, la luz del sol ya empezaba a iluminar la habitación.
—Estoy intentando no hacer una pregunta, pero creo que necesito hacerla —dijo Mia, sin especificar.
Thomas frunció el ceño, sin entender.
—Gigi…
—Si esto es por el club… —intentó decir, pero apenas terminó la frase.
—No… o sea, sí. O sea… no exactamente. Es por el club, pero no solo por el club. Tiene que ver con eso, pero tampoco exactamente… —respondió Mia, tropezando con sus propias palabras.
Thomas entrecerró ligeramente los ojos, conteniendo la risa.
—Respira… que estás atropellando hasta las comas.
Contuvo la risa.
—Gigi y yo somos socios.
—¿Solo negocios? Aquel día en el restaurante parecía mucho más que eso.
Thomas pensó cómo explicárselo.
—Salimos algunas veces, pero ya no. Por eso la reunión no fue en casa —explicó.
—Creo que yo… —Mia hizo una pausa, apretó los labios y tensó la mandíbula—. Estoy celosa.
El moreno sonrió. Le encantó esa confesión.
—Ya que lo dices… —tomó aire antes de continuar—. Vale, puede que sintiera cierta incomodidad cuando aceptaste tomar algo con ese tipo.
—¿Incomodidad? Qué sutil. Casi le saltas al cuello —dijo Mia, riéndose a carcajadas.
Thomas no se molestó en negarlo.
—En mi cabeza, lo hice —admitió entre risas, y atrajo a Mia hacia él—. Mejor dejemos a esos dos atrás.
Mia asintió y vio a Thomas ponerse de pie y ofrecerle la mano para que hiciera lo mismo.
—Quiero enseñarte algo… —dijo West mientras la guiaba por el pasillo de madera.
Cuando llegaron a una pequeña habitación, abrió la puerta.
Dentro, sobre un caballete, había un lienzo apenas empezado, y otro ya terminado colgaba de la pared.
Mia se acercó y los observó con atención. Eran paisajes de concepto surrealista.
La sorpresa llegó cuando, al bajar la mirada, descubrió la firma: Thomas.
De inmediato, volvió a mirar a su novio.
—¿Tú? —preguntó.
Thomas se limitó a sonreír.
—La sensibilidad con la que hablas del arte… solo podía venir de un artista. Y tienes muchísimo talento —exclamó Mia.
—Durante muchos años, plantarme frente a un lienzo en blanco y poder llenarlo fue todo lo que quise… pero hoy eso ya no forma parte de mi vida. Lo siento muy lejano.
—Es precioso… sensible… —volvió a girarse hacia el lienzo de la pared.
En él, el cielo aparecía como un mosaico de colores y matices que mezclaba tonos fuertes con suaves y creaba la sensación de un crepúsculo interminable.
—Ese fue el último que pinté… hace años… —le contó Thomas.
—Es magnífico.
—Tu opinión puede que esté un poco sesgada —bromeó él.
—Qué va. Si no me gustara, simplemente no lo elogiaría. Pero tienes mucho talento —reafirmó Mia, y era una opinión sincera—. Este lienzo debería estar expuesto, no encerrado aquí.
Thomas la abrazó y negó con la cabeza entre risas.
—Nunca.
—Termina el que empezaste —le pidió Mia.
Él negó con un leve movimiento de cabeza.
—Por mí… —insistió ella.
—Quizá algún día…
Quizá aquel lienzo inacabado no había sido abandonado por falta de tiempo, inspiración o talento.
Quizá solo había estado esperando a que Thomas encontrara una parte de sí mismo que había quedado encerrada junto con aquella habitación.
Y, de algún modo, Mia deseaba poder estar cerca cuando eso ocurriera.
Entonces cambió de tema.
—Estaba pensando que podríamos pasar todo el fin de semana aquí… ¿Qué te parece?
—Sabes que no hemos traído ropa para quedarnos, ¿verdad?
—¿Y para qué íbamos a necesitar ropa? —dijo Thomas con picardía.
Entre risas, Mia lo cubrió de besos.
Pero no iba a dejar pasar el tema de la pintura.
En algún momento, volvería a sacarlo.