Sombras del caos Capítulo 4
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Capítulo 4

Cuando Thomas iba a llevar a Mia a un hotel, Nicky avisó a su amiga de que Eric ya no estaba.

Así que regresó al apartamento.

Después de descansar bien, Mia y Nicky se pusieron ropa deportiva y charlaron mientras hacían estiramientos en el parque del barrio.

—Quería matar a Josh por decirle dónde estábamos —dijo Nicky mientras estiraba las piernas.

—No fue culpa suya. Lo peor fue encontrarme a Eric delante del apartamento —le dijo Mia, que también estiraba.

—En el club le dije que forzar las cosas contigo no serviría de nada, pero no me hizo caso…

Mia se detuvo, pensó un momento y dijo:

—Nicky… ya no quiero volver.

—Lo sé. Y tienes que hacer lo que tú quieras, no lo que él quiera.

—Sí… —Se quedó pensativa.

—Ahora dime, ¿qué fue eso de ayer? —preguntó Nicky.

Mia volvió a estirarse enseguida.

—¿Qué fue qué? —Por un momento pensó que Eric podría haberle contado lo del beso que había visto.

—No intentes esquivarme, Mia Walls. Desapareciste y luego me mandaste un mensaje diciendo que estabas con el tipo duro.

—Oh… no sé… Nos volvimos a encontrar y hablamos un poco. —Le dio un breve resumen.

—Ya me pareció raro cuando nos pediste volver al club. Nunca quieres salir —dijo riendo—. Ahora cuéntamelo todo.

—Fue muy amable conmigo y me ayudó con todo ese lío. Eso es todo.

—Eso es todo, ¡y una mierda! —exclamó Nicky—. Mia… sabes que tiene fama de salir con muchas mujeres, ¿verdad?

—No lo sabía… —«Sale con muchas mujeres y besa increíblemente bien», pensó. Enseguida apartó esos pensamientos de su mente—. ¿Y qué? No tengo nada con él.

—Lo he visto en la galería con una pelirroja muy guapa —le contó Nicky.

—¿Novia? —La curiosidad se le notaba en la cara.

—No creo. Es muy reservado, pero no me parece que las relaciones sean lo suyo.

—Quieres decir que es un mujeriego —dijo Mia riendo.

—En otras palabras, eso mismo. —Nicky también se rio.

—Solo va a prestarme unos libros raros para mi investigación —dijo Mia, omitiendo el resto del acuerdo.

—¿Ese arrogante va a ayudarte? —Nicky abrió mucho los ojos, completamente atónita.

—Sí. Y si quieres que te diga la verdad, es mucho menos arrogante de lo que parece.

—Claro… —dijo con suspicacia.

—Hablando de eso, vamos andando, que tengo una cita luego. —Mia se adelantó a Nicky.

—¿Con el tipo duro? —gritó.

—Puede ser —le gritó Mia.

—Oye… espérame. —Corrió tras su amiga, que, riendo, aceleró el paso.

En el elegante barrio londinense, aquella tranquila tarde de domingo, Thomas estaba inmerso en el trabajo sin descanso.

—Illir ha conseguido organizarlo todo para la descarga —le informó Petra. Estaba con Thomas en una mesa en la zona exterior de la mansión, frente a una piscina infinita y un jardín variado.

—Seguiremos con el plan. Nadie debe conocer la ubicación hasta el momento adecuado —exigió West.

—Eso es muy importante. —Petra observó a su jefe mirar el móvil tras recibir un mensaje—. Y… ¿ayer todo fue bien?

—Sí. —Fue escueto, y luego añadió—: No fuiste muy discreta.

Confundida, Petra preguntó:

—¿De qué hablas?

—De que nos seguisteis. Ni siquiera sé cómo no se dio cuenta —dijo West, sin apartar la vista del móvil.

—Te diste cuenta porque sabías que estaríamos detrás de ti —argumentó Petra.

—No. Estás perdiendo facultades. —Se burló de ella.

Petra negó con la cabeza.

—Illir quería llevarse a ese tipo a dar un «paseo por el parque» después de la patada que le dio a tu coche.

—¿Por qué crees que mandé el mensaje? —Dejó el móvil sobre la mesa, cruzó las piernas y se volvió hacia Petra—. Por el retrovisor os vi hablando con él. ¿Qué le dijiste?

—Que éramos la vigilancia del barrio —le dijo Petra, y Thomas no pudo contener la risa—. Y le pedimos que se marchara.

—Me imagino lo obediente que fue —dijo, aún riendo.

—Ya sabes lo persuasivos que podemos ser con nuestra delicadeza —dijo Petra riendo.

—Menos mal que obedeció —continuó—. Hoy es domingo. Ve a disfrutar del día y, por favor, llévate a Illir. Ya hay demasiada gente de seguridad en esta casa.

—Ya sé adónde querrá ir. —La mujer rubia de ojos redondos se puso de pie—. Al remolque de su tío. —Se refería al lugar favorito de su jefe, que pertenecía a la familia de Illir.

—Vosotros dos necesitáis conocer gente —dijo Thomas.

—La gente me aburre —respondió Petra.

—Me llaman huraño porque todavía no te conocen a ti —bromeó Thomas mientras Petra ya se marchaba.

Horas más tarde…

Mia llegó a casa de Thomas a recoger los libros.

Mientras elegía cuál llevarse, Thomas se apoyó en el escritorio de su despacho y la observó en silencio.

El hombre, habitualmente muy elegante, vestía incluso en casa una camisa oscura con las mangas remangadas y pantalones de corte impecable. Mia, mucho más informal, llevaba zapatillas deportivas siempre que podía.

Los años que los separaban eran pocos, pero la diferencia en experiencia vital parecía una eternidad.

—¿Estás seguro de que puedo llevármelos a casa? —preguntó Mia, preocupada, porque los libros eran extremadamente raros.

—Quizá deberías dejarme tu pasaporte, por si desapareces con alguno de ellos —bromeó Thomas, aunque su rostro seguía serio.

—Cuando dices las cosas con esa cara, nunca sé si hablas en serio o te estás burlando de mí.

—La segunda, sin duda —sonrió—. Mia, estoy seguro de que no tienes intención de desaparecer con estos libros.

—No, claro que no, pero son extremadamente raros, así que me quedaré más tranquila si me llevo solo uno y vuelvo a cambiarlo después, si no te importa.

—No me importa.

Mia cogió el primer libro y se volvió hacia Thomas.

—Prometo que lo cuidaré bien.

—Espero que te sea útil.

—Lo será. Mucho —hizo una pausa—. En fin… no quiero quitarte más tiempo.

—Mmm… ¿qué tal un té antes de que te vayas? —preguntó West.

—Me encantaría. E intentaré no derramártelo encima —dijo Mia con una sonrisa boba en los labios.

Siguieron hablando mientras caminaban hacia la espaciosa cocina de la residencia. La isla central llamaba la atención, y era evidente que West casi nunca pasaba tiempo en aquel lugar.

—Bueno… —se detuvo, se frotó la barbilla, miró un armario, luego otro.

Mia, entre risas, preguntó:

—¿Cuántas veces al año pisas esta cocina? —Se dio cuenta de que Thomas no tenía ni idea de dónde estaban los utensilios.

—Vale, me has pillado.

—Tranquilo. Encontraremos el té en esta «pequeña» cocina —dijo, y lo ayudó a buscar algunas cosas.

Con la ayuda de Mia, prepararon el té. Sentados en los taburetes altos frente a la encimera, continuaron la conversación.

—Está delicioso —elogió Mia tras probar el té con un toque de menta.

—Soy la única criatura en este mundo que necesita ayuda para preparar un té en su propia cocina.

Mia soltó una carcajada y la conversación fluyó.

—La escultura que vimos el otro día —dijo Mia.

—La Valse —completó Thomas mientras daba un sorbo a su té.

—Sí. Es realmente impresionante.

—La obra de Camille Claudel es así. Todo es intenso, tanto el amor como el dolor.

—Esa fue su vida —recordó Mia.

—Exacto. La intensidad es palpable. No solo ves la obra, la sientes. Es casi como si pudieras oler, a través de los lienzos de Monet, los aromas entremezclados de los jardines.

—O la música que arrastra el vals de Claudel… —Mia recordó lo que Thomas había dicho, y él sonrió—. Es una pena que la obra original se alterara.

Originalmente, la escultura mostraba a la pareja desnuda, pero ante las críticas de la época, la artista cubrió parcialmente a la bailarina.

—Sí, una pena —coincidió West—. Es una pieza que captura la belleza y la tragedia del amor de Claudel por Rodin.

—Cierto —bebió su té y continuó—. Ahora tengo curiosidad por algo…

—¿El qué?

—¿Cuándo empezaste a interesarte por el arte? —preguntó Mia.

Thomas reflexionó unos instantes antes de responder.

—Estuve rodeado de todo esto desde muy joven. Mis padres… —su mirada se perdió en la distancia—. Me enseñaron mucho.

—Lo siento. No pretendía entrometerme.

—No te preocupes, no lo has hecho —continuó—. Mi madre era una gran admiradora del arte y mi padre era museólogo. Así fue como se conocieron.

—Ahora entiendo mejor por qué se te iluminan los ojos cuando hablas de este tema.

Y aquellos ojos realmente se iluminaban.

Thomas la miró con una sonrisa sutil. En ese momento, Mia se dio cuenta de lo fascinante que podía llegar a ser Thomas.

—El arte me fascina. Nos conecta con un nivel tan profundo de sensaciones que, muy a menudo, las palabras sobran y los sentimientos hablan por sí solos —dijo Thomas, y Mia escuchó atenta cada palabra.

Hablaban con gran facilidad, algo nuevo para West, que siempre había mantenido las distancias en cualquier tipo de relación salvo unas pocas amistades cercanas.

Por su parte, Mia valoraba los amigos cercanos y la familia unida. Su vida era relativamente tranquila, con apenas una pizca de drama.

Aquellos dos tenían vidas tan opuestas que encontrar similitudes entre ellos habría sido difícil, pero eso cambiaba por completo cuando hablaban.

—Mis padres me regalaron este viaje. Creo que llegó en el momento justo —dio otro sorbo al té—. Lo único que no les gustó fue enterarse de que no pienso usar mi billete de vuelta por ahora.

Se hizo un breve silencio y el teléfono de Thomas sonó. Era del trabajo. Miró la pantalla, pero no contestó.

Mia pensó que era hora de irse.

—Bueno… gracias por el té —dijo Mia.

—Gracias a ti por ayudarme a prepararlo.

Thomas la acompañó hasta la puerta y añadió:

—Haré que alguien te acerque.

—No, gracias. El taxi ya está llegando.

Y así era, porque lo había llamado cuando terminaron de tomar el té.

La despedida seguía siendo un poco formal, pero antes de salir por la verja, Mia se volvió.

—Thomas… —dijo, captando su atención—. ¿Me perdonaste?

West se acercó.

—¿Por besarme para provocar a tu ex? —Fue directo, y Mia no supo muy bien qué decir—. Querías darle una respuesta. Y lo hiciste.

—¿No te enfadaste?

—No. No me enfadé.

Le sostuvo la mirada.

—Pero ten cuidado de no convertirlo en costumbre…

Mia se quedó sin palabras y se sintió avergonzada, pero Thomas no se detuvo ahí.

—Porque podrías acabar disfrutándolo.

Cuando Mia estaba a punto de responder, él volvió a hablar.

—Llega a casa sana y salva.

Mia sonrió antes de subir al taxi y murmuró para sí:

—Mia Walls, ¿en qué te estás metiendo?