Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 78
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Su cuerpo tiritaba bajo la incesante lluvia y el viento continuaba soplando con virulencia haciendo ondear su cazadora a la altura de los hombros.

Kilyan cerró los ojos y sintió cómo sus músculos se tensaban tras oír el disparo.

Después de todo, el hijo de Mia iba a salirse con la suya. Arrojaría su cuerpo y el de Rebecka a las profundidades de Buffalo Bayou y huiría en la lancha. Parecía que había llegado el momento de reunirse con Lucy y Evelyn, pero nunca había imaginado que ocurriría de aquella manera.

Cuando abrió los ojos, le sorprendió seguir en pie.

El hijo de Mia lo miraba desconcertado con la boca medio abierta y el ceño fruncido.

Se agarraba el hombro izquierdo y tenía el cuerpo inclinado hacia adelante.

El detective vio cómo intentaba agacharse para coger el revólver que descansaba a sus pies, pero un segundo disparo le alcanzó el muslo izquierdo provocando que se retorciera de dolor y cayese de rodillas.

Fue entonces cuando la vio. Rebecka sostenía el arma de forma convulsiva a escasos metros de donde estaban.

Se apoyaba de mala manera en el acero de una grúa pórtico y parecía no tener buen aspecto.

Al otro lado del embarcadero, el buque de carga ponía en marcha los motores mientras varios estibadores observaban la escena sin entender lo que ocurría.

—Joder, parecen un par de gatos —protestó el hijo de Mia.

Kilyan miró el revólver y se relamió los labios.

—Está deseando matarme, ¿verdad, detective? —le preguntó como si acabara de leer sus pensamientos.

—Pudiste escoger otro camino.

—¿Eso es lo que cree? Le diré algo que escuché decir a mi madre una vez: si te enseñan a defenderte, te conviertes en un problema. Si te enseñan a huir de los problemas, estos no dejarán de perseguirte durante toda tu vida.

—El mundo no funciona así.

—¡Oh, vamos, detective!, ¿es que no lo ve?

¡El mundo no funciona! —El hijo de Mia respiraba con dificultad, pero su mirada era como la de un felino—.

Mi madre me tuvo encerrado en un sótano durante años con el pretexto de que me protegía del mundo exterior y, si le soy sincero, cuando logré escaparme de allí no vi ninguna diferencia entre la mierda que había en mi casa y la que encontré fuera.

Hui de una pequeña celda para acabar encerrado en otra más grande.

—Kilyan vio cómo Rebecka se dejaba caer con la espalda apoyada en la grúa—.

La vida era un juego en el que siempre salía perdiendo, y eso, detective, era algo que solo yo podía cambiar.

—Kilyan no le quitaba ojo al revólver—. Dígame una cosa.

Si el fuego... el calor, convierte el hielo en agua, y el agua apaga el fuego. ¿Qué cree que sería usted?

Kilyan no contestó.

—¿No se ha parado a pensar que si me dispara eso le convertirá en un asesino? Ahora mismo no voy armado, detective —dijo sonriendo sin ganas.

Temiendo desmayarse de un momento a otro, Kilyan hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y se abalanzó sobre el revólver.

Sin embargo, antes de poder alcanzarlo, escuchó un rugido más propio de un animal que de una persona y sintió cómo el hijo de Mia lo embestía brutalmente impulsándolo hacia atrás, haciéndolo caer a las oscuras aguas de Buffalo Bayou.

Aturdido y desorientado, Kilyan movió las piernas y el brazo que le quedaba sano haciendo caso omiso al dolor punzante de la rodilla. No le había dado tiempo a coger mucho aire y si no salía a la superficie pronto, terminaría ahogándose.

No veía nada. El terrorífico zumbido de la hélice y la corriente de agua que esta generaba tampoco le ayudaban a calmar los nervios.

De repente, como si alguien hubiera dado a un interruptor invisible bajo las negras aguas del muelle, una luz blanca iluminó la zona. Enseguida vislumbró al hijo de Mia. Se hallaba frente a él intentando salir torpemente a la superficie.

Kilyan buceó en su dirección y lo agarró como pudo por la sudadera.

Este forcejeó y le pasó un brazo por el cuello.

Kilyan sintió cómo le presionaba la garganta, pero consiguió asestarle a tiempo un cabezazo en el rostro echando la cabeza hacia atrás.

Después dio media vuelta y lo impulsó de una patada con la pierna buena en dirección al buque a la vez que expulsaba el poco aire que le quedaba tras el esfuerzo realizado.

Pudo ver la cara descompuesta del hijo de Mia antes de que el movimiento de las aspas de la hélice lo succionaran sin compasión arrastrándolo bajo la armadura del barco.

Kilyan permaneció sumergido mientras su cuerpo convulsionaba.

Inexplicablemente, los dolores de la pierna y el brazo fueron remitiendo poco a poco y dejó de escuchar el ruido de la hélice.

Se sentía en calma y en paz consigo mismo.

Como en un sueño, a su lado aparecieron nadando dos esbeltas figuras. Se trataba de su mujer Lucy y su hija Evelyn. Estaban radiantes y lo miraban sonrientes mientras le hacían un gesto con la mano para que las acompañara.

Kilyan estiró el brazo para coger la mano de su hija, pero, en el momento en que sus dedos se rozaron, sintió cómo alguien tiraba de él hacia arriba.

—Te tengo —dijo una voz grave mientras cogía aire entre jadeos y escupía agua.

A lo lejos le pareció oír sirenas de ambulancia y coches de policía.

Nada parecía estar ocurriendo realmente.

Bajo el agua, Lucy y Evelyn continuaban sonriendo, pero esta vez se despidieron agitando la mano y desaparecieron como dos ninfas en las oscuras aguas de Buffalo Bayou.

Un hombre rudo, con el pelo cortado al rape y larga barba lo miraba inquieto mientras le sujetaba por los hombros.

Se parecía al hombre que había visto ayudando a Rebecka en el muelle.

—Se acabó, amigo. Estás a salvo —le oyó decir antes de desvanecerse.