Epílogo
Ezra entró en el despacho con varios periódicos del día bajo el brazo y cerró la puerta de una patada antes de dejarse caer en la silla.
Se había pasado los dos últimos días redactando informes, organizando reuniones y acudiendo a salas de prensa abarrotadas de periodistas, intentando responder a preguntas cuyas respuestas seguían siendo un misterio.
El jefe de policía descolgó el teléfono para que nadie lo molestase y cogió el primer diario del montón.
Le dio un vuelco al corazón al leer el primer titular: «Salen a la luz imágenes comprometidas de Ezra Miller con una joven en un club nocturno».
No tardó en comprobar que se trataba de un actor con su mismo nombre y una sonrisa asomó en la comisura de sus labios.
Más abajo encontró la noticia que buscaba.
«Sombras y mentiras en el caso Tyson»
«Aún se sigue investigando la enigmática vida del asesino a quien, hasta el momento, se le atribuyen once víctimas entre las que se encuentra un agente de la Policía de Houston.
Su muerte en las instalaciones de la empresa de transporte marítimo Secmar Express y la información que se ha ido destapando en las últimas horas, han hecho que el caso de “El Hombre de la Máscara” se convierta a escasos días de celebrarse la Navidad en la noticia del año.
Según fuentes oficiales, el asesino ha vuelto loco al Departamento de Policía de Houston en vísperas de Navidad, podría ser el hijo de dos de sus víctimas: Mia Tyson y Michael Foster.
También corre el rumor de que sea el hermano gemelo de Peyton Tyson, principal sospechoso durante la investigación y cuyo cuerpo sin vida fue hallado dentro de una cabaña, en las proximidades de Greens Bayou.
Durante su comparecencia en la tarde de ayer, el alcalde Andy McDougall destacó la brillante labor policial que desempeñó el Departamento de Policía de Houston durante la investigación y lamentó la pérdida del agente Dennis Murray, agradeciendo “su valentía y la entrega de una vida dedicada a preservar la seguridad de nuestros ciudadanos”».
La noticia continuaba con los pocos detalles que se conocían hasta el momento sobre el hijo de Mia. Había muchas lagunas sobre su vida e iba a llevarles tiempo poder aclarar al menos parte de ellas.
Ezra se rascó la coronilla, echó el respaldo de la silla hacia atrás y miró el cuadro Fantasmas en un árbol que colgaba en la pared. «Pronto me jubilaré y alguien cubrirá mi puesto, pero ellos seguirán ahí, al acecho», pensó con cara de pocos amigos.
Afuera, la nieve caía en silencio sobre las calles de Houston. Ezra se incorporó y se acercó a la cristalera con las manos a la espalda.
—La historia no se repite, pero rima —recitó con nostalgia recordando la célebre frase de Mark Twain mientras contemplaba la ciudad.
—Kilyan, ¿puede oírme? Abra los ojos, por favor.
Una enfermera enfocaba con una pequeña linterna primero su ojo izquierdo y después el derecho.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó mientras le levantaba el brazo y lo movía en varias posiciones.
—Bien —balbuceó.
—Le hemos medido la temperatura corporal esta mañana y la tiene a 36º C, pronto estará mejor.
Tenía la boca seca y se sentía cansado. Quiso preguntarle cuánto tiempo llevaba inconsciente, pero, antes de hacerlo, volvió a quedarse profundamente dormido.
La segunda vez que abrió los ojos, percibió una silueta a los pies de la cama.
—¿Eres tú, Penni? —preguntó forzando una leve sonrisa.
—Venía a que me dieras las gracias por salvarte la vida —dijo Rebecka poniendo los brazos en jarra.
—No tienes mal aspecto.
—El chaleco me salvó la vida; tú, en cambio, no estás tan mal para no haberlo llevado —le reprochó.
Kilyan giró el rostro y reparó en un ramo de flores que había en una mesa abatible junto a la ventana.
—Te lo trajeron esta mañana. De parte de todo el departamento.
Kilyan asintió levemente con la cabeza y Rebecka se sentó en un sillón que había junto a la cama.
—¿No te parece raro que Nataly no estuviera en el punto de mira de su sobrino? —preguntó tras un largo silencio.
—¿Eso crees?, recuerda que le arrebató la poca familia que le quedaba.
—Mia y Peyton.
Kilyan asintió.
—Además, no olvides que su intención siempre fue que Peyton cargara con todos los crímenes que él había cometido. Imagina lo que hubiera supuesto para Nataly que la persona que había criado y tratado como a un hijo hubiera terminado en la cárcel con todos esos delitos a su espalda.
Rebecka lo observó sin añadir nada.
—¿Sabes algo? Poco antes de que le dispararas en el muelle, me preguntó si me consideraba fuego o agua —dijo Kilyan.
—No entiendo.
—El agua apaga el fuego y el fuego derrite el hielo. Me dio a entender que si lo mataba eso me convertía en un asesino.
—Es una estupidez y lo sabes. Fue en defensa propia, Kil.
Kilyan la miró a los ojos en silencio.
—¿Asesino de asesinos?, tampoco suena tan mal —dijo Rebecka poniéndose en pie—. Si quieres un consejo, no dejes que nadie plante semillas en tu huerto. Me pasaré en otro momento. Aparte de recibir un disparo, has pasado por una hipotermia y lo que ahora necesitas es descansar.
Kilyan vio cómo Rebecka abandonaba la habitación y cerraba la puerta tras de sí.
«Quien con monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en monstruo», pensó mientras notaba cómo los párpados se le cerraban y sucumbía al sueño provocado por los tranquilizantes.
Pocas eran las casas que conservaban sus luces navideñas. La época de celebración, en donde los problemas quedaban aparcados y solo cabían las buenas acciones había llegado a su fin. Los ciudadanos de Houston volvían a sus rutinas diarias mientras él abandonaba las suyas.
Matthew Brener limpió el vaho de la ventana y sopló sus manos temblorosas para entrar en calor. Sabía a qué había ido allí y el riesgo que suponía. Sin embargo, se sentía un extraño en su propio coche.
Hacía rato que la casa se encontraba a oscuras. En esta ocasión había tenido que esperar hasta las tres de la mañana para que eso ocurriera. En las dos semanas que lo llevaba vigilando, tenía claro que aquel tipo no obedecía a un horario determinado.
—¿Qué esperabas tratándose de un policía? —maldijo mientras cogía una fotografía en la que una niña de trece años lo abrazaba en un parque de atracciones.
—Lo hago por ti, cielo —susurró tratando de contener las lágrimas.
Sacó de la guantera la pistola que había comprado el día anterior, la sostuvo un momento entre las manos y la devolvió a su sitio.
Si no dejaba de temblar corría el riesgo de errar el tiro y, por lo que había descubierto en internet, Kilyan Kil no era precisamente un aficionado en la materia.
Matthew Brener se quitó el sudor frío de la frente y arrancó el coche. Si iba a matarlo, debía actuar de forma rápida y decidida. Pero para eso, primero tenía que estar preparado.