Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 77
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Bryan Sell colgó el teléfono, anotó en el registro la hora de salida del último buque de la tarde y volvió a enfrascarse en la lectura de un artículo sobre la eólica marina del New York Times .

Tan solo quedaban veinte minutos para que acabara su turno y con un poco de suerte llegaría a casa a las diez y media para ver un capítulo de la serie de humor que tanto le gustaba a Karen.

A él particularmente no le hacía mucha gracia y las risas enlatadas que metían en cada gag tenían parte de culpa, pero para Bryan se trataba sin duda del mejor momento del día.

Sobre todo, cuando escuchaba a su hija reír a carcajada limpia mientras Maia preparaba la cena.

Afuera, la tormenta golpeaba los cristales con violencia y Bryan sentía las sacudidas del fuerte viento sobre las finas paredes de la caseta. A su vez, los truenos se sucedían sin apenas interrupción.

—Cualquier día tendremos una desgracia —murmuró levantando la mirada hacia la ventana.

Una figura negra pasó fugazmente entre dos contenedores. Se preguntó si sería Greg, pero enseguida desechó esa idea. Rara vez acudía puntual y sería muy ingenuo por su parte pensar que por un día le hubiera dado por presentarse veinte minutos antes de la hora.

Bryan se quitó las gafas de lectura, las dejó sobre el periódico y se acercó a la ventana. No tardó en localizarlo. Miraba hacia la zona del aparcamiento y parecía sostener algo en la mano.

—¡Joder! —exclamó sobresaltado al distinguir que se trataba de una pistola.

Se quedó petrificado y no pudo reaccionar hasta que escuchó el primer disparo, amortiguado por la tormenta.

En el momento en que la figura desapareció de su campo de visión, sonaron dos disparos más consecutivos.

Bryan se pasó nervioso la mano por su poblada barba mientras sus ojos bailaban por toda la habitación en busca de un objeto contundente con el que defenderse. Finalmente cogió un tubo de metal oxidado que se encontraba apoyado en un rincón junto a la puerta.

Nada más salir, vio a una mujer joven que yacía boca arriba en el suelo. Vestía unos pantalones vaqueros y un plumífero sin mangas.

Como no vio a nadie cerca, dejó el tubo en el suelo y bajó de un salto las escaleras.

Bryan se arrodilló junto al cuerpo. Sangraba por un costado y parecía estar inconsciente.

No sabía cómo actuar y se sentía impotente.

Tras tomarle el pulso en la muñeca y en el cuello, apoyo la oreja derecha en su pecho y escuchó con atención.

No tenía pulsación.

Bryan regresó corriendo a la caseta y llamó con manos temblorosas a urgencias desde el teléfono fijo que colgaba en la pared de la entrada. Una voz mecánica de mujer contestó al tercer tono y le explicó lo que había ocurrido.

—… Avisen a la policía, la persona que disparó a la chica sigue en las instalaciones… Ya le he dicho que creo que está muerta… Sí, parecía no tener pulso… De acuerdo, no me moveré de aquí, dense prisa, por favor.

Bryan colgó el teléfono y se fijó en que había manchado el auricular de sangre.

Al mirarse las palmas de las manos, se acercó al fregadero y se las frotó con agua de forma compulsiva hasta que las tuvo limpias.

Acto seguido, se enfundó en un chubasquero verde y salió de nuevo para quedarse junto al cuerpo hasta que llegara la ambulancia.

Cuando bajó los escalones, barrió la zona con la mirada y se quedó paralizado en medio de la tormenta.

La mujer que hasta hace un momento yacía sobre el asfalto, había desaparecido.