Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 75
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La tormenta no parecía remitir. El viento y la lluvia azotaban el bosque con vehemencia y Rebecka optó por recogerse el pelo en una cola de caballo.

Tal y como se estaba el terreno, le resultaba imposible ir todo lo rápido que pretendía. El barro y el lodo se mezclaban haciendo de la superficie una trampa resbaladiza y tenía que sortear ramas y zarzas para abrirse camino entre la maleza cada dos por tres.

Hacía diez minutos que había perdido de vista a Kilyan y cinco desde que sonó el disparo que la hizo estremecerse.

No entendía qué podía estar pasando. Si Peyton realmente estaba muerto, ¿a quién diablos perseguía Kilyan?

¿Tal vez a un cómplice? Fuera lo que fuera, parecía encontrarse en peligro y debía dar con él lo antes posible.

Las ramas y zarzas dibujaban con violentas pinceladas de tono rojizo los brazos y el rostro de Rebecka. Solo llevaba puesto un plumífero Blauer sin mangas sobre el chaleco antibalas y tenía el cuerpo lleno de heridas y arañazos.

Unos metros más adelante, el bosque dio paso a una zona despejada. Los ojos oscuros de la detective escudriñaron la explanada en busca de alguna señal que indicara que Kilyan había pasado por allí, pero la oscuridad era tan penetrante que resultaba difícil ver con claridad.

Cuando comenzó a tener dudas respecto a qué dirección tomar, escuchó al norte una ráfaga de disparos.

Temblando de frío y empapada, la detective desenfundó el arma y echó a correr a campo abierto bajo el diluvio. Al adentrarse de nuevo en la espesura del bosque, el eco de otra detonación sonó como el implacable martillazo de un juez dictando sentencia.

Rebecka atravesó la arboleda lo más deprisa que pudo hasta llegar a una carretera que conducía directamente a los muelles de una empresa de transporte marítimo, donde grandes buques de carga esperaban para zarpar.

A lo lejos distinguió a Kilyan. Perseguía torpemente a una silueta que le iba ganando distancia.

Estaban entrando en una zona de carga llena de contenedores e imponentes grúas pórtico.

Le tranquilizó ver que Kilyan seguía con vida.

Rebecka cruzó unas vías destinadas a trenes de mercancías y atravesó un aparcamiento que pertenecía a la empresa.

Tras sortear varios coches y camiones, se plantó frente a una verja que impedía el acceso a las instalaciones. Sin pensarlo dos veces, trepó por la maraña de alambres y saltó al otro lado.

Pasó entre dos contenedores rojos y miró a ambos lados del muelle. Una figura oscura se aproximaba con decisión hacia ella.

—¡Alto! —exclamó desenfundando el arma.

El hombre encapuchado se paró en seco, giró la cabeza y posó sus ojos azules en los de Rebecka.

No podía creerlo, era Peyton Tyson.

Aquello no tenía sentido. Estaba confundida y no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. ¿No le había dicho Pam que Peyton había muerto? Entonces, ¿quién era la persona que tenía delante?

De repente oyó un disparo.

Rebecka levantó la mano que sujetaba el revólver y observó el arma. No había sido consciente de haber apretado el gatillo.

El hombre encapuchado la contemplaba con curiosidad.

No comprendió lo que había sucedido hasta que una mancha roja comenzó a extenderse por su costado derecho.

Rebecka palpó la herida y sintió la sangre caliente.

Sorprendentemente no le dolía. Cuando quiso darse cuenta se había desplomado y la lluvia caía sobre su rostro mientras sufría ligeros espasmos.

Con la respiración entrecortada, oyó pisadas que se acercaban. Poco después, la figura oscura apareció a su lado, le apuntó con una pistola y apretó dos veces el gatillo.