Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 74
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Kilyan tenía la camiseta empapada y adherida al cuerpo, y empezaba a sentir el peso de la ropa mojada. Además, se le había metido agua dentro de las botas y tenía la incómoda sensación de estar constantemente pisando charcos.

La persona encapuchada se dio la vuelta lentamente con las manos sobre la cabeza.

Para cuando lo hizo, Kilyan ya tenía los nudillos blancos de tanto apretar el arma.

Un rayo cayó cerca permitiéndole ver su rostro con claridad durante un breve instante.

Dos ojos ávidos brillaban bajo la sombra de la capucha negra y una boca de finos labios sonreía ante la expresión de asombro del detective.

Era la viva imagen de Peyton Tyson.

—¿Cómo lo supo, detective? —preguntó con un deje de curiosidad en la voz.

Kilyan pronto comenzó a llenar las lagunas que se le habían presentado en el transcurso de la investigación.

Comprendió por qué había dos habitaciones en casa de Mia y por qué Nataly negaba por activa y por pasiva que Peyton hubiera estado alguna vez en un orfanato.

La persona a la que apuntaba con una Colt era el hermano gemelo de Peyton que Mia había tenido en secreto.

—Dejaste la pistola en la mano equivocada de tu hermano —respondió ante la atenta mirada del hombre de la capucha negra—.

Sabíamos que la persona que agredió a Peter Gilmore y la persona del cajero eran zurdas.

Tampoco tenía sentido que Peyton no quisiera que Bernard le viese la cara si iba a suicidarse.

Sin embargo, no se trataba de Peyton, sino de ti.

No querías que Bernard viese cómo matabas a tu propio hermano. Pretendías cargarle el muerto.

—Muy astuto, detective.

—Lo que no entiendo es por qué tuviste que matar a Dennis.

—Digamos que no llegó en un buen momento y vio más de la cuenta.

Kilyan deseaba pegarle un tiro por ello.

—Las pintadas del sótano eran tuyas, ¿verdad? —continuó—. Fue allí donde Mia decidió ocultarte tras dar a luz, mientras Nataly cuidaba a Peyton ajena a tu existencia.

—Pasé siete primaveras encerrado en ese sótano. Cuando cumplí ocho años me escapé y, como ya sabe, terminé en el orfanato Niños con esperanza. Qué irónico el nombre, ¿no cree?

—Pero al año siguiente decidiste regresar a casa.

—Así es. Digamos que allí no tuve mejor experiencia que en casa, aunque he de decir que desde que regresé las cosas cambiaron bastante. Mi madre temía que volviera a escaparme. Debe entender que gracias a esa mentira podía sostener la vida que llevaba.

El hermano de Peyton tenía la voz rasgada y arrastraba las palabras al hablar. A Kilyan le costaba entender lo que decía bajo la tormenta.

—Michael Foster, ¿era tu padre? —probó Kilyan.

El hijo de Mia asintió con la cabeza.

—Las noches que no trabajaba en el club, me madre me empezó a dejar subir al salón y ver la televisión junto a ella. He de reconocer que he llegado a echar de menos esos momentos.

—¿Cuándo decidiste marcharte de casa?

—El día en que ese gordo hijo de puta abusó de mí —dijo con los ojos llenos de ira. Su sonrisa había mudado en una mueca de desprecio—. Solo tenía trece años.

—¿Te refieres a Bud Delaney?

El hijo de Mia volvió a asentir con la cabeza.

—Mi madre le ofrecía sexo a cambio de un poco de coca.

Yo solía espiarlos desde el salón por un agujero que hice en la pared detrás del televisor.

Al principio me repugnaba lo que veía, pero más adelante llegó a excitarme.

Una noche mi madre se encontraba tan borracha que se quedó dormida mientras follaban.

Estaban desnudos y él la zarandeaba entre insultos.

Debió de escuchar algo, porque en un momento dado miró en dirección al agujero por el que yo les estaba espiando.

Asustado, salí corriendo y me encerré en el baño.

La madera del suelo crujía a cada paso que daba y no paraba de decir en voz alta que no se debía espiar a los mayores.

También recuerdo que me dijo: «por mucho que te escondas, acabarás dándome lo que la puta de tu madre no ha sido capaz de terminar».

Tras echar la puerta abajo, me bajó los pantalones y los calzoncillos y me violó.

No sabe lo que fue tener su cuerpo sudoroso y peludo sobre mí, mientras oía sus jadeos con cada penetración y sentía rozar contra mi mejilla los pelos de su asquerosa barba.

Creo que convendrá conmigo en que tuvo una muerte más que merecida —a Kilyan le pareció percibir un pequeño temblor en su ojo izquierdo—.

Al día siguiente mi madre me encontró en la cama hecho un ovillo.

No podía ni caminar. Cuando le conté lo que había ocurrido, se alteró mucho y dijo que aquello no iba a quedar así.

Me aseguró que iría a la policía a interponer una denuncia.

Entre usted y yo, no me creí una sola palabra suya y dudo mucho que llegara a pisar la comisaría.

Dicen que los borrachos nunca mienten, pero creo que mi madre era una excepción.

«Si que lo denunció. Pero para no desvelar tu existencia, se presentó ella misma como víctima de la agresión. Seguramente la acabó quitando por temor a que Bud jugara con esa baza», pensó Kilyan.

—¿Y qué me dices de Sharon y Elizabeth?

—Elizabeth me hizo la vida imposible en el orfanato. Fue una lástima lo que le pasó a la anciana. En cuanto a la preciosa Sharon, digamos que fue una decepción para mí. Pensaba que no era como el resto…

—Eran solo unas niñas.

—Yo también, detective —dijo a la vez que pasaba rápidamente las manos sobre su cabeza. Lo hizo tan rápido y con tal destreza que, cuando Kilyan quiso darse cuenta, lo apuntaba con una pistola—. Vaya, vaya… ¿qué le parece? Resulta que la balanza se ha equilibrado.

Se le pasó por la cabeza dispararle en el brazo y después abalanzarse sobre él, pero pensó que antes debía distraerlo para cogerle con la guardia baja.

—¿Qué ocurrió entre Mia y Michael? —continuó preguntando como si nada hubiese ocurrido.

—Él se opuso al embarazo y mi madre dio a luz a sus espaldas.

Cuando se lo contó llegaron a un acuerdo verbal por el cual él se desentendía de la paternidad y, a cambio, mi madre conservaba su puesto de trabajo en el club indefinidamente, con cierta libertad en los horarios y un sueldo más que generoso.

—Aun así, no entiendo por qué permitió que Mia continuara en el club cuando te hiciste mayor de edad.

—Supongo que a esas alturas le salía más caro echarla que mantenerla. Le diría que se lo preguntase a él, pero creo que eso ya no va a ser posible. Debería haber visto cómo chillaba —añadió esbozando una sonrisa.

—No permitiremos que le atribuyas a Peyton crímenes que tú has cometido.

—Seamos sinceros, detective. No ha compartido con ninguno de sus compañeros la teoría que le ha traído hasta aquí y mi intención es que eso no cambie —dijo mirando por encima de su hombro—.

A mi hermano le dieron la oportunidad de vivir la vida que yo nunca tuve, ¿no le parece justicia poética que ahora cargue con mi muerte?

El viento zarandeaba con violencia las ramas de los árboles impidiendo que Kilyan pudiese realizar un disparo certero. Para colmo, las manos comenzaban a temblarle debido a las bajas temperaturas. O actuaba con rapidez o el hijo de Mia acabaría disparando antes que él.

—Solo una cosa más, ¿cómo sacaste del hotel a Peyton sin ser visto? —preguntó presionando ligeramente el gatillo.

—No lo hice. Tras el funeral de nuestra madre, mi hermano no volvió a pisar el hotel.

—¿Qué quieres decir?

—Me decepciona usted, detective —dijo con desdén—. Yo fui en su lugar tras secuestrarlo a la salida del cementerio y encerrarlo en la cabaña. Después solo necesité un sencillo disfraz para abandonar el hotel sin levantar sospechas.

Un relámpago cayó cerca. En el instante en que el resplandor del rayo dio paso a la oscuridad de la noche, Kilyan vio cómo el hijo de Mia desaparecía como por arte de magia. Confundido, efectuó cuatro disparos a ciegas entre la vegetación y, acto seguido, se ocultó tras el ancho tronco de un roble.

—¡Ha fallado, detective!

Una bala silbó a escasos centímetros de la oreja de Kilyan, obligándole a tirarse al suelo.

La lluvia lo cegaba y apenas podía distinguir lo que había a un metro de distancia. Un olor intenso a tierra mojada inundó sus fosas nasales mientras se arrastraba por el fango y rodeaba el roble. Poco a poco se incorporó apoyándose en la rodilla sana y buscó al hijo de Mia con la mirada.

—Los disparos se habrán oído por todo el bosque y no tardarán en llegar los refuerzos —dijo levantando la voz para que se le oyera por encima de la tormenta —. ¡No tienes escapatoria!

El hijo de Mia volvió a disparar.

Kilyan se desplazó a un lado y se llevó la mano al hombro y vio que sangraba.

En esta ocasión le había alcanzado, aunque parecía una herida superficial.

Asomó la cabeza por detrás del tronco y vio que echaba a correr en dirección contraria. Si su memoria no le fallaba, se dirigía a una zona industrial donde había una empresa de transporte marítimo a orillas de Buffalo Bayou.

Kilyan fue tras él cojeando y embarrado hasta las cejas. Tenía que impedir a toda costa que subiera a una de las embarcaciones que zarpaba esa noche o, de lo contrario, podrían perder su rastro para siempre.