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Rebecka llamó a Dennis un par de veces sin éxito.
Bernard tampoco cogía el teléfono y en el de Kilyan saltaba el contestador.
Era consciente de que conducía a más velocidad de la permitida, pero el mensaje que había dejado Bernard por radio no invitaba a otra cosa que no fuera acudir cuanto antes a la cabaña en la que habían perdido el contacto con Dennis.
La lluvia golpeaba con violencia el parabrisas y por un momento pensó que le acabaría estallando encima en mil pedazos.
Tras desviarse por Haden Road, el GPS la condujo por un largo y angosto sendero, donde no tardó en encontrar el coche de Dennis aparcado a un lado del camino. Por lo visto, Kilyan y Bernard habían tomado la misma decisión.
Rebecka continuó a pie por precaución, pero en lugar de escoger el lado oeste como habían hecho Bernard y Dennis, o ir directamente colina arriba como Kilyan, optó por internarse en la zona boscosa del lado este.
El azul claro de sus zapatillas de deporte enseguida se tornó marrón oscuro por el suelo embarrado.
La detective iba apartando las ramas que colgaban de los árboles a la vez que procuraba no tropezar con sus raíces o algún que otro objeto impropio en plena naturaleza, como viejos neumáticos de automóvil o largos palos de hierro oxidado.
Después de varios metros luchando contra el viento y la lluvia que la golpeaba de frente, vio asomar el morro de un vehículo blanco entre unos arbustos.
Retiró como pudo las ramas y las hojas de árbol que lo cubrían y comprobó que se trataba de una furgoneta Mercedes Sprinter como la que conducía Peyton en las grabaciones del motel. Le habían quitado la matrícula.
Echó un vistazo a través de la ventanilla y después continuó andando hacia la cabaña mientras llamaba a Pam. No le cabía la menor duda de que Dennis había dado con el paradero de Peyton Tyson.
—¿Rebecka? —contestó con ansiedad la joven agente.
—Pam, menos mal. ¿Por qué nadie contesta a mis llamadas?
—Rebecka, tienes que venir… esto es horrible, ¡han matado a Dennis! —dijo Pam atropelladamente.
Una sensación de vacío e impotencia la inundó por dentro.
—… ¿qué ha pasado? —acertó a preguntar.
—Tenía una horrible trampa para animales en la pierna…
—Dime que al menos lo habéis cogido.
—No exactamente…
—¿Qué quieres decir?
—Está muerto… se ha pegado un tiro en la cabeza.
—Mierda. ¿Bernard está bien?
—Sí, está aquí conmigo. Lo que no sabemos es dónde se habrá metido...
Rebecka dejó de escuchar a Pam y apartó poco a poco el teléfono de su oreja. A lo lejos, al otro lado del riachuelo, vio a Kilyan perderse en la espesura del bosque.
—¿Qué coño está pasando aquí? —preguntó a la nada antes de echar a correr pendiente abajo.