Sombras de una mentira (Kilyan Kil 1) 72
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Nada más dejar la carretera, giró a la izquierda y vio el coche de Murray. Unos metros más adelante se encontraba el Honda de Bernard. Kilyan aparcó entre los dos vehículos y comprobó que llevaba el arma antes de enfundarse la cazadora y salir a la tormenta.

La lluvia no cesaba y la noche se cernía sobre él como un pozo sin fondo. Un rayo cayó iluminando la vieja cabaña en lo alto de una pequeña colina. Kilyan se preparó para el estruendo del trueno que debería seguir al relámpago, pero, en lugar de eso, escuchó un disparo.

—No... —balbuceó temiéndose lo peor mientras el eco de la detonación retumbaba por todo el bosque.

Con el corazón martilleándole el pecho, echó a correr pendiente arriba en el momento en que el estruendo del trueno hizo su incursión.

Cuando llegó, la puerta de la cabaña se encontraba abierta. Kilyan subió los escalones de la entrada jadeando y con el arma en ristre.

Lo que vio lo dejó totalmente perplejo.

Había un hombre sentado en una silla frente a él.

Su brazo izquierdo descansaba sobre el regazo y el otro colgaba por el brazo de la silla.

De su dedo índice pendía una Taurus del calibre 347.

Tenía la cabeza echada hacia adelante y un fino hilo de sangre roja y brillante goteaba desde su frente hasta el suelo de madera.

Kilyan no daba crédito a la escena que tenía delante.

Se trataba de Peyton Tyson.

Se había volado la tapa de los sesos.

La respiración agitada de Bernard lo devolvió a la realidad.

Estaba arrodillado de espaldas a él. Tenía las manos atadas y la cabeza cubierta con un saco.

A su lado yacía Dennis Murray recostado en la pared.

Kilyan le quitó el saco de la cabeza y extrajo una pequeña navaja del bolsillo para cortar las ligaduras de sus muñecas.

—¡Kilyan! —exclamó Bernard al verlo—, al fin, ¿qué coño ha pasado?

—Peyton se ha pegado un tiro.

Bernard se levantó y lo vio espatarrado en una silla. No se esperaba ese desenlace para nada y por la expresión de Kilyan, él tampoco.

—Ese hijo de puta se ha cargado a Dennis —dijo con voz grave al ver que Kilyan se agachaba para ver las heridas que tenía—. Ni siquiera me defendí cuando tuve la ocasión. Pudo haberme…

—¿Le viste la cara? —lo cortó Kilyan.

—¿A qué te refieres?

—Peyton Tyson. —Kilyan se volvió hacia él y lo miró a los ojos—. Cuando viniste a la cabaña, ¿le viste la cara?

—No. Estaba de espaldas y me obligó a ponerme ese saco de mierda, ¿a qué viene esa pregunta?

Kilyan se acercó a Peyton y lo observó en silencio. Se le veía inquieto y ansioso.

—¿Estaba Murray muerto cuando llegaste?

—Sí… me lo encontré ahí tirado. Al principio pensé que estaba inconsciente. Aparte de la trampa en la pierna, tiene una herida de arma blanca en la nuca.

Kilyan registró la casa como si alguien hubiera escondido una bomba en ella y fuesen a detonarla de un momento a otro.

En una habitación encontró una cama con correas.

A su lado había una mesita con un espejo redondo y enfrente una chimenea de piedra roja.

También vio una mesa abatible que contenía un abanico de herramientas de carpintería y un balde verde junto a la puerta.

—Posiblemente sea el lugar donde tuvo encerrada a Sharon Fisher—oyó que decía Bernard a su espalda.

Kilyan continuó registrando la casa.

En la habitación contigua solo había un cuadro de caza, donde un jabalí y sus crías eran atacados por dos perros. También un par de monitores de ordenador que ofrecían imágenes del exterior. En una de ellas vio a Pam corriendo hacia la cabaña.

—Ese cabrón tenía cámaras por todas partes… —murmuró Bernard mientras sentía la vibración del teléfono en el bolsillo.

—Hola, jefe —contestó al ver que se trataba de Ezra.

—¿Se puede saber qué ha pasado? Kilyan no responde a mis llamadas y es la segunda vez que intento contactar contigo.

—Dennis ha caído, jefe. Peyton se ha volado la tapa de los sesos.

Ezra se quedó callado al otro lado de la línea.

—Jefe, ¿sigue ahí?

—Sí, pásame con Kil.

Bernard vio cómo Kilyan abría una puerta que daba al baño.

—Es Ezra, quiere hablar contigo —dijo tendiéndole el teléfono.

Kilyan lo miró como si se tratara de un objeto extraño y volvió a concentrarse en el cadáver de Peyton.

—Esto no tiene sentido —dijo echándose el pelo mojado hacia atrás.

—¿Qué ha pasado? ¡Oh, Dios mío! —exclamó Pam visiblemente afectada al entrar y descubrir los cadáveres.

Como si estuviera hipnotizado, Kilyan apartó a Pam de la entrada y salió a la fría tormenta invernal con aspecto contrariado. Bernard y Pam cruzaron sus miradas preguntándose qué le estaría pasando por la cabeza.

Después de mirar a derecha e izquierda, Kilyan fue a la parte posterior de la cabaña y se agachó colocándose la mano a modo visera para evitar que la lluvia le resbalase por la cara.

No estaba del todo seguro, pero le pareció ver unos surcos en el barro que descendían hasta el riachuelo.

Sin pensárselo dos veces se deslizó colina abajo y escudriñó la arboleda que había al otro lado.

A pesar del fuerte viento y la incesante lluvia, creyó distinguir una silueta a varios metros de distancia que corría en dirección al pantano.

Kilyan llegó hasta el riachuelo que descendía con violencia arrastrando troncos y sedimentos en su corriente. Por suerte, el agua solo le cubría hasta las rodillas y, salvo por algunas heridas superficiales en las piernas, pudo cruzarlo sin mayor problema.

Se encontraba en una de las zonas más frondosas del bosque.

Era como pasar por un túnel de lavado de coches donde las cerdas de los cepillos eran ramas afiladas que se enganchaban en su ropa.

En el suelo embarrado distinguió unas pisadas cuyas huellas se fueron haciendo más visibles a medida que avanzaba.

Tras sortear una señal oxidada parcialmente cubierta de vegetación y en la que podía leerse «prohibido encender fuego», divisó un pequeño claro en el bosque y se detuvo para examinar entre la maleza en busca de cualquier movimiento extraño.

Un trueno estalló en el momento en que una silueta negra serpenteaba por entre árboles que estaban al otro lado del claro.

Kilyan cruzó a toda velocidad la zona despejada.

La humedad comenzaba a calarle los huesos y la oscuridad era cada vez más penetrante.

Al volver a internarse en la arboleda, resbaló e hincó la rodilla en un intento por frenar la caída.

El impacto le hizo ver las estrellas. Sin embargo, se incorporó de inmediato, consciente de que podía ser su última oportunidad para atraparlo.

Cada vez lo tenía más cerca. Vestía un pantalón negro y una sudadera del mismo color con capucha.

Era el atuendo que llevaba el hombre del cajero.

—¡Quieto! —gritó disparando al cielo a modo de advertencia.

El encapuchado se detuvo en seco.

—No te muevas. Las manos sobre la cabeza —ordenó sin dejar de apuntarlo con el arma.

No tenía escapatoria. Kilyan observó cómo colocaba las manos lentamente tras la capucha negra.

La lluvia caía con fuerza y de modo ininterrumpido. Una bolsa de plástico pasó por delante de su rostro y acabó enganchándose en la rama de un árbol muerto.

Kilyan se aproximó a la silueta negra. Apenas les separaban tres metros.

—Date la vuelta. Despacio —dijo, mientras las gotas de lluvia salpicaban sobre el frío acero de la Colt 45 que empuñaba firmemente.