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Las águilas volaban alto prediciendo la tormenta que ya salpicaba sus primeras grandes gotas sobre el parabrisas del coche de Bernard, quien conducía a toda velocidad por Maxey Road con la cara impregnada de preocupación.
—¡Joder, joder, joder! —protestó mientras golpeaba con fuerza el volante.
Acto seguido, comunicó angustiado la situación por radio.
Minutos antes, había recibido una llamada en la que se escuchaba a Dennis hablando con un tipo. No tuvo la menor duda de que se trataba de Peyton Tyson y tenía que llegar lo antes posible al lugar si quería atraparlo. Además, Dennis se encontraba en verdadero peligro.
Mientras apretaba el acelerador, rezaba para que no fuera demasiado tarde.
Bernard aparcó delante del coche de Dennis en el instante en que se desataba la tormenta y caminó a toda prisa por el sendero que conducía a la cabaña. Un manto de lluvia cubría el bosque por el que decidió internarse sin saber que Dennis había tomado esa misma decisión minutos antes.
«Será mejor que vayamos dentro», era lo último que había escuchado antes de perder el contacto con él.
La vieja construcción de madera se encontraba en lo alto de una pequeña colina entre zarzas y hierba alta.
Bernard comenzó a subir por la pendiente, cuando oyó un ruido a su espalda que le hizo parar en seco.
Casi resbala y se da de bruces contra el suelo.
Tras girar lentamente sobre sus pies, su mirada se cruzó con la de un aterrado ciervo de cola blanca.
Los ojos negros y redondos del animal observaban con intensidad al detective.
Estaba totalmente inerte.
Parecía que lo hubieran disecado allí mismo.
Pasados cinco segundos, en los que ninguno de los dos fue capaz de mover un solo músculo, el ciervo echó a correr desapareciendo en las profundidades del bosque.
Bernard respiró con pesadez después del susto que se acababa de llevar, pero enseguida se recompuso y continuó ascendiendo hasta la cabaña.
Además de la lluvia, que caía sin descanso, se había levantado un fuerte viento que agitaba con violencia los árboles que había a su alrededor. Empapado hasta los huesos, Bernard se apartó el flequillo mojado de la cara, desenfundó el arma y rodeó la estructura ocultándose entre la hierba alta.
Vio un reguero de sangre que conducía a la entrada.
—Dennis… —murmuró con un halo de preocupación en la mirada.
Al lado de la puerta había dos ventanas con las persianas echadas. Una de ellas tenía las lamas rotas y se acercó para comprobar si podía ver algo.
La estancia se encontraba en penumbra y solo vislumbraba una mesa de madera, varios electrodomésticos y dos palés amontonados en un rincón.
El suelo era de tablones anchos y al fondo había una puerta entreabierta que daba paso a otra habitación.
Por desgracia, no alcanzaba a ver si había alguien oculto en la entrada.
El foco de luz que se filtraba por el pequeño orificio de la persiana y el ángulo de visión que tenía no se lo permitían.
Se imaginó a Peyton apoyado en la pared con un hacha entre las manos esperando a que se decidiese a entrar.
Bernard aguardó unos segundos en la misma posición, se aproximó a la puerta y probó a empujarla hacia adentro con sumo cuidado. Para su sorpresa no estaba cerrada con llave, pero solo consiguió entornarla. Había algo al otro lado que hacía tope.
Bernard apuntó con el revólver por el resquicio de la puerta y apoyó todo su peso en el panel de madera para empujar con todas sus fuerzas.
Finalmente consiguió abrirla lo suficiente como para poder entrar.
Miró a derecha e izquierda, avanzó unos pasos y se dio media vuelta dispuesto a apretar el gatillo.
Se sobresaltó al ver a Dennis recostado en la pared.
Tenía la cabeza ladeada y parecía estar inconsciente.
Una trampa de caza desgarraba los músculos y tendones de su pierna izquierda.
Estaba bastante hinchada y tenía un feo color morado.
Un gran charco de sangre procedente de la herida se extendía por el suelo de madera.
Si no lo sacaba pronto de allí terminaría desangrándose.
—Murray, colega. Aguanta, ¿vale? Voy en busca de algo para poder quitarte esa mierda.
Bernard entró con cautela en la habitación contigua.
Allí había un balde y una cama deshecha con correas psiquiátricas.
Se le puso la carne de gallina al pensar que podría tratarse del lugar donde Peyton tuvo cautiva a Sharon.
En una mesa abatible encontró varias herramientas de carpintería básicas como un martillo, un mazo, una sierra de calar, unos alicates o una pistola de clavos.
Optó por coger los alicates y regresó a la entrada.
—Tranquilo, amigo, espero no hacerte daño —dijo posando su mano sobre la de Dennis.
Su rostro palideció al sentirla fría.
—¡No me jodas, tío! —exclamó nervioso mientras le tocaba el cuello en busca de pulso.
No tenía.
Al apartar la mano, tenía los dedos manchados de sangre. Bernard movió el cuerpo de Dennis hacia adelante y comprobó que había una herida de arma blanca en su nuca.
—Si no quiere reunirse con su amigo, será mejor que no se mueva —dijo una voz sibilante a su espalda.
Bernard se quedó petrificado.
—Tire el arma y los alicates, por favor —Bernard obedeció—. Muy bien, ahora póngase esto. Si hace lo que le digo no le pasará nada.
Una mano enguantada apareció en su campo de visión, sujetando un pequeño saco de tela.
—Vamos, no tengo todo el día.
Bernard se cubrió la cabeza con el saco y sintió cómo le agarraba las manos y se las ataba por la espalda. Después, le obligó a ponerse de rodillas, recogió el arma del suelo y lo registró.
—Bienvenido a mi morada, detective Bernard Lampbell —dijo leyendo su placa.
—Acabas de matar a un agente de policía. No compliques más las cosas.
—¿De verdad cree que soy yo quien complica las cosas? —la voz susurrante que sonaba a su espalda chasqueó la lengua—, que yo sepa, no recuerdo haberles invitado. Por cierto —dijo desinteresadamente—, lo de su amigo… él se lo buscó. Digamos que no quiso cooperar.
—Estás rodeado —probó Bernard—, no tienes escapatoria.
—¿Está seguro?
Bernard se sentía impotente, atado y sin poder ver nada. No sabía cuáles eran los planes de Peyton y tampoco estaba seguro de querer conocerlos.
—Aguarde un momento.
Bernard le oyó alejarse. Poco después sonó el ruido de una cerradura y aprovechó el momento para intentar soltarse de las ligaduras que aferraban sus muñecas.
Las tenía fuertemente atadas. Terminó desistiendo al sentir que le quemaba la piel.
¿Qué pensaba hacer con él?, ¿por qué no le había matado aún?
, ¿acaso quería usarlo como rehén? Sea como fuere, tenía que ganar tiempo hasta que llegaran los demás.
La lluvia golpeaba con fuerza las persianas cuando lo oyó acercarse. Parecía arrastrar algo pesado. Después sonaron dos golpes secos.
—Veo que ha intentado soltarse. —Bernard irguió la cabeza al notar su aliento en la nuca—. Tranquilo, esperaba que lo hiciese. Conozco ese instinto.
Su voz arrastraba las palabras en cada frase que pronunciaba. Parecía disfrutar con la situación.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó Bernard asustado.
—Les gusta resolver casos y colgarse medallitas, ¿verdad detective?
—dijo haciendo caso omiso a su pregunta—.
Pero siempre tiene que haber víctimas para que se pongan en marcha.
No hacen absolutamente nada por evitar que las cosas ocurran.
Eso sí, una vez que suceden salen corriendo a por la presa como un perro al que le lanzan el hueso.
—¡Eso no es así! —protestó Bernard con desprecio—, lo que hacemos es sacar de la calle a escoria como tú.
—¿Sabe que en un porcentaje bastante elevado las personas a las que intentan detener fueron alguna vez víctimas de delitos que ustedes pasaron por alto?
Pero claro, esos delitos, ya sean abusos, abandono, violación o maltrato, les parece una pérdida de tiempo, ¿verdad?
Pues le voy a decir una cosa, no se hace idea de la cantidad de detenciones que se evitarían resolviendo este tipo de situaciones.
Yo mismo podría haber sido un ciudadano corriente, con su trabajo, su familia y su casita en el campo.
Bernard no supo qué decir. Su corazón palpitaba con fuerza y sudaba como si hubiese corrido una maratón.
—Enseguida vuelvo, no se mueva —añadió en tono irónico.
El silencio volvió a reinar en la estancia.
No sabía si Peyton se había marchado o lo estaba observando desde algún punto de la habitación.
Se reprochaba a sí mismo por no haber registrado a fondo la cabaña.
Tampoco había intentado defenderse antes de que le cubriese la cabeza y le atase las manos.
Ahora se encontraba a merced de ese psicópata y, si no quería acabar como Dennis, tenía que hacer que siguiera hablando y rezar para que llegara pronto la caballería.
Tras un portazo, escuchó pasos que se acercaban.
—He visto la cama con correas —dijo Bernard—, ¿es ahí donde tuviste a Sharon?
—Me gustaría invitarle a probarla, pero parece que a lo lejos viene un amigo suyo. Siento que nuestro encuentro tenga que ser… tan breve.
Bernard se puso tenso y cerró los ojos al oír el martillo de una pistola.
—Hasta siempre, detective.